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lunes, octubre 24, 2005

La igualdad de la diferencia

Ya la tenemos armada de nuevo. Joel Joan sopla un “Visca els Països Catalans Lliures” en medio del Camp Nou, y se ha armado la gorda en los círculos blaveros de Valencia. Que si ésta gente que se ha creído, que si Valencia no es catalana, que si es una provocación… en fin, lo de siempre, repetido hasta la exasperación. Toda esta polémica, aparte de servir de una cortina de humo inmejorable al cuñado franquista -pero catalanista por los cuatro costados, eso sí- de Laporta, tiene de antigüedad la que tiene Valencia de cristiana, es decir, desde 1238.

Esta polémica que se lleva arrastrando siglos y siglos no es más que la prolongación en el tiempo de la situación que se dio en el momento de la reconquista del reino musulmán de Valencia. Por aquel entonces, Catalunya y Aragón estaban emperrados en avanzar territorialmente hacia el sur, ya que Francia había cortado las posibilidades hacia el norte. Valencia era limítrofe hacia el sur y fueron conquistando los territorios que podían. Aragón buscaba salida al mar, pero Catalunya, más potente y con flota marítima lo impedía constantemente. Aragón se vio entonces obligado a conquistar y repoblar la parte montañosa y Catalunya, la costera.

Cuando cayó definitivamente el reino musulmán de Valencia, el mogollón que se armó fue pequeño. Los aragoneses querían que su parte se rigiera por los fueros aragoneses, y los catalanes por los fueros de Barcelona. ¿Solución de Jaume I? Valencia es un reino aparte y tendrá fueros a parte. Los aragoneses no lo aceptaron gustosamente y los catalanes tampoco, y empezó un tira y afloja entre las dos facciones que aún se arrastra. Los catalanófilos y los aragonófilos (tiempo a venir, castellanófilos) han dualizado desde entonces la vida cultural y política de Valencia. Ser valencianos fue el recurso fácil para calmar -poco- a tan heterogénea población. La alternancia de poder económico en el área mediterránea entre Barcelona y Valencia, hicieron el resto.

Valencia y Catalunya, siempre enfrentadas, esa es la imagen estandarizada, pero no es tan fiero el león como lo pintan. Y tuve la posibilidad de comprobarlo en la mili, en Madrid, allá por el 89. Me hice muy amigo de los valencianos valencianoparlantes que tenía en el Gómez Ulla, y las largas tardes de tedio militar daban para mucho.Incluso a alguno tenía que hacer de traductor porque no sabía hablar castellano. Fuerte, pero cierto.

Ellos me explicaban que lo que más les molestaba era el hecho de que la lengua se llamara genéricamente “catalán”, porque les quitaba protagonismo a los valencianos, pero que sin embargo no podían negar la evidencia de que cada uno hablaba una forma diferente de la misma “llengua de cosins-germans” (lengua de primos-hermanos). La mejor prueba la obtuve cuando confundí un alicantino con uno de Tarragona a pesar de llevar buen rato de conversación.

Por su parte, los valencianos castellanoparlantes no salían de su discurso extremista de “en Valencia se habla en valenciano”, y sin embargo no pronunciaban ni una palabra en valenciano. Curioso cuando menos.

Allí éramos 4 catalanes para casi 40 valencianos, y se divertían llamándonos los valencianos del norte. Unos lo hacían con ánimo despectivo y otros simpáticamente. A mi me daba lo mismo, porque mirado desde arriba o mirado desde abajo, todo es lo mismo. Diferente, pero lo mismo.

Lo demás, es simplemente política.

5 comentarios:

scape95 dijo...

Ah, la política que todo lo envenena...

Interesante post.

laceci dijo...

Te ha faltado decorarlo con el mapa del reino de Aragón, u otros de esa página tan mona que encontré....

qué tiempos aquellos...

Ireneu dijo...

Ceci: Si mujer, para que encima me acusen de plagio ¿no?... jejejejeje

deja, deja...


Scape95: La vida es pura política... jijiji

NoBrain dijo...

El problema no es tanto que la vida sea puta política, el problema surge cuando los ciudadanos nos creemos las memeces de la clase política.
Crear problemas que no existen para darles soluciones que no funcionan. Y nosotros pagándoles el sueldo...

chin dijo...

Hoy, 25, Santiago Carrillo escribe en El País un artículo con el que se debería empapelar el metro.