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miércoles, noviembre 02, 2005

Hoy, cuento: El atasco.

¿Alguien sabe decirme si ha tenido algo la Leti? Es que con eso de que se me haya escacharrado el PC, he quedado desinformado. Y como ningún medio ha dicho nada, pues...

En fin... por si acaso, les regalo a los papás este cuentecillo.


EL ATASCO

Es la última vez que se me ocurre hacer un pastel a base de manzana y plátano y casi comérmelo todo. Porque con aquello de que es época de algarrobas, y me pirran, me encuentro pues..., ¿Cómo decirlo?... en fin... ¡Que llevo 8 días sin ir al lavabo!. Me siento como el muñeco de “Michelín”, inflado a no poder más, y tengo que tener cuidado con los picos de las mesas; si pincho, darán la alerta química. Alguno se va a pensar que ha explotado la petroquímica.

Exageraciones a parte, la cosa iba en serio, y decidí poner una solución al problema aprovechando que era fiesta.

-Hoy, te sientas, y no sales hasta que te hayas aliviado mínimamente. –me dije-

Dicho y hecho. Me puse cómodo, me cogí mi lectura preferida y me encerré en mi pequeño lavabo. De hoy no iba a pasar. Sabía que después sufriría en silencio, pero la faena ya estaría acabada.

Transcurridas unas dos horas, y notando cierto movimiento intestinal que me dio cierta esperanza, hice un fuerte esfuerzo con el fin de expulsar aquello de mi cuerpo. Cerré los ojos y apreté... ¡Mmmmm!

Una voz, al lado mío, me distrajo...

-¡Venga, chico! ¡Un poco más, que tú puedes!

Me quedé estupefacto al ver delante de mí un clon mío, que me animaba a seguir con el esfuerzo. No había obtenido resultado satisfactorio del apretón, pero por algo que no llego a comprender, tenía una copia de mí mismo en plan “cheer-leader” delante de mis narices. Yo tenía la predeterminación de que hoy acababa la faena, y la acababa, independientemente que fuera yo solo o... yo acompañado de mí mismo. Total, quien me miraba me era conocido.

Otro movimiento intestinal, me hizo creer que la cosa tenía posibilidades y retomé el esfuerzo con la ayuda incondicional de mi otro yo, que me animaba apasionadamente. Al volver a abrir los ojos me encontré con dos clones míos añadidos al que ya había, todos ellos muy exaltados y animándome a conseguirlo. No había salido nada de positivo de aquellos abdominales forzados, pero el pequeño cuarto de baño de cuatro metros cuadrados, empezaba a quedarse pequeño con tanto “yo” empujándome hacia el éxito.

Otro retortijón. Cerré los ojos e hice fuerza durante bastante rato. Parecía la definitiva. Yo cada vez escuchaba mas gente dentro de aquel lavabo y una algarabía de apoyo cada vez mayor. A cada esfuerzo, el gentío de “yo mismos” alrededor de mi inesperado trono, se multiplicaba. Cuando abrí los ojos aquello era una mezcla entre el cuarto de los hermanos Marx y una final continental de fútbol. Banderas, trompetas, pancartas, bufandas... trasmitiéndome fuerza para que obtuviera mi gran trofeo o como quieran ustedes llamarlo.

Realmente, no podía defraudarlos. No conseguirlo sería fallarme a mí mismo... nunca mejor dicho.
Pasado un rato en que las decenas de “yo mismos” que se encontraban apiñados alrededor mío, se lo estaban pasando en grande haciendo “la ola”, e incluso coreando eslóganes del tipo “¡Este lavabo, lo vamos a cag...!” y “Mucha m..., mucha m... ¡Eh!¡Eh!” (ruego excusen la escatología de mis clones), sentí unas fuertes convulsiones en mi interior que hacían presagiar que mi objetivo sería alcanzado en breves momentos.

Y así fue. Hice un último y tenaz esfuerzo y tras un momento de gran dolor, un cósmico sentimiento de alivio y felicidad inundó todo mi cuerpo, acompañado por el paroxismo del casi centenar de “yoes” que se abrazaban, gritaban, saltaban e incluso lloraban en aquella diminuta lata de sardinas en que se había convertido mi excusado. Aquello era la locura.

Una vez recuperado del esfuerzo, y tras adecentar mi “dos de oros”, me levanté de mi dura butaca entre los vítores de mis eufóricas réplicas. Procedí a estirar de la cadena y un gran estruendo de agua se llevó al causante de mis padecimientos. Cuando se calmó el fuerte ruido, un silencio radical invadió el ambiente y descubrí que me había quedado de nuevo solo en la inmensidad de los cuatro metros cuadrados de mi baño.

¿Cómo salieron? ¿De donde salieron? La verdad que ni lo sé ni me importa. Solo sé que estaban allí y me dieron su apoyo en un momento en que los necesitaba. Otro gallo nos cantaría a todos si tuviésemos siempre a alguien como ellos que nos apoye incondicionalmente en los momentos duros.

¡Huy! ¡Los pantalones! Ustedes perdonen.

3 comentarios:

scape95 dijo...

Jajaaaaaaa, qué buenooooooooo!!!! XDDD

Anónimo dijo...

Verás, chico. Todo el mundo tiene derecho a coger el boli o el teclado. Pero tus textos destilan dos cosas: cierta petulancia y manifiesto sopor. Ni que decir tiene cuál es la resultante de todo ello.

Ireneu dijo...

Efectivamente... todo el mundo tiene derecho a coger el boli o el teclado. ¡Y yo no te voy a negar el derecho!

Gracias por tu visita! :-)