Publicidad

domingo, enero 22, 2006

Hoy, cuento: El buzón.

Era una mañana de aquellas de las que sólo se pueden disfrutar en la ciudad, es decir, como otra cualquiera, aunque más bien fresca y soleada. Me disponía, entre otros quehaceres administrativo-cargantes, a depositar dentro del buzón de correos cercano a mi casa un pequeño sobre destinado a un alejado amigo mío que vivía, concretamente, dos calles más arriba de donde estaba ubicado dicho buzón.

Me disponía a meter el sobre en la ranura cuando me pareció que algo o alguien, se dirigía desde el interior hacia mi persona.

-¡Pssst! ¡Pssst! ¿Qué puede ayudarme?

Yo, particularmente, no creía que el carajillo del desayuno pudiera tener estos efectos, por lo que me asusté. Miré con cautela al interior y vi un hombre, poca cosa él, de cara delgada, mostachillo ridículo y gafas de la conocida marca “Culo-de-botella”.

-¡Por favor! ¡Ayúdeme! ¡Llevo dos semanas aquí dentro y no me han querido sacar de aquí!

¡Dos semanas ahí dentro! ¡Dios mío! ¿Y donde hacía sus necesidades ese hombre? ¿En las cartas? Decidí salir corriendo y dar aviso a los funcionarios de correos que estaban trabajando (con perdón de la exactitud del término) en la estafeta que distaba unas pocas decenas de metros del depósito epistolar.

-¡Oigan! ¡Que tienen un hombre dentro del buzón! ¡Avisen a los bomberos y al ejército! – solicité con toda la educación de que me fue posible.

-Sí. ¿Y qué? Está mal franqueado.

Hubiese jurado que el individuo llevaba sus sellos apropiadamente ubicados, y no me pareció que estuviera mal embalado: un traje, que si bien no era de Armani, alcanzaba los estándares. El sumo funcionario me respondió cuando le hice el comentario de mi apreciación del correcto franqueo.

-Tiene que perder un par de kilos. Hasta entonces, no corresponderá a la tasa pagada por el remitente.

Fue entonces cuando empezó el gran discurso de que si ese no era su trabajo, que si la vida era muy dura, que si trabajaban demasiado para lo que cobraban y arengas políticas semejantes, lo cual me llevó a pensar que un gran político se había perdido entre tanta montaña de cartas.

A mí, lo que me tenía realmente preocupado era el porvenir de mi carta si caía en manos del tipejo bigotudo en un momento de solaz intestinal. No sería de muy buen gusto recibir una carta que no estuviera en condiciones de ser leída.

Dejé al ilustrísimo señor funcionario que continuara su perorata a una señora sorda, pero que se fijaba mucho, que venía detrás de mí, y fui a buscar otro buzón en que depositar mi carta. Esperaba encarecidamente que no hubiera nadie dentro.



¡Pssst! ¡Pssst! ¿Qué puede ayudarme?

5 comentarios:

TST dijo...

Jejejeeee, qué bueno!

Tbo dijo...

Al parecer, en la era de internet, el correo ya no es lo que era, ¿por que no le envías un E-Mail a tu amigo.?

Me han comentado que el tipo ese del bigotillo que has visto en el buzón, es la mejor solución para vigilar los envíos postales de tipos sospechosos. Pertenece a red Echelon contra la carta bomba.

Oceanida dijo...

Anda, no quiero imaginar si despues de tener el peso apropiado llego a su destino y menos como llego...
Me gusto Ireneu.
Te mando beso.

Haters dijo...

Tres dían han pasado y seguimos sin análisis del Estatut en ireneu.blogspot.com.

Una vergonya.

O.k.,o.k.! dijo...

Algo oí en la radio de los mossos. Desaparecido un señor con bigote... ¿Un tal J.L.López-Vázquez, tal vez?

Muy bueno ;-)