Publicidad

miércoles, julio 26, 2006

Como en casa, nada.

Como acostumbra a ser habitual, el ayuntamiento de Barcelona había programado toda una serie de obras para los meses de julio y agosto aprovechando la circunstancia de que la gente se va de vacaciones. Estas obras, afectarían sobretodo las grandes vías de la ciudad. Pavimentar, hacer obras de acondicionamiento, cubrimiento de la Ronda… toda una serie de cortes de carriles y restricciones de tráfico que en muchos de los casos se han tenido que anular o modificar debido a los tremebundos colapsos que se produjeron en pasadas fechas. Da la impresión que el ayuntamiento haya pecado de imprevisión, pero las causas reales parecen que apuntan a otro lado.

Años atrás, en cuanto se llegaba al 15 de julio, las calles empezaban a vaciarse. Los críos habían dejado de ir al colegio, y los padres, en periodo prevacacional marchaban a las torres y apartamentos a disfrutar del verano y, de paso, a dar rienda suelta a los inagotables instintos infantiles. La ciudad bajaba súbitamente de actividad y la vida urbana se hacía más llevadera pese al bochornoso calor.

Ahora, por el contrario, estamos a mediados de la última semana de julio y la actividad de la ciudad es exactamente la misma que la que había por San Juan. Resulta imposible encontrar un aparcamiento, las plazas y calles en cuanto baja el sol están a reventar y la ciudad ruge al ritmo de los aires acondicionados, sus corrientes de aire caliente, y de sus calles atestadas de coches. ¿Qué ha pasado aquí?

Hace unas fechas que se publicaron unas estadísticas en las que se llegaba a la conclusión de que el 40% de la gente no se iba de la ciudad durante el verano. Unos porque es cuando hay menos gente en la ciudad y por tanto, se vive mejor. Otros porque al convertirse en itinerario turístico, todo está abierto; y otros porque la oferta lúdica de Barcelona se había multiplicado espectacularmente y no era imprescindible salir. Todo tipo de razones para no moverse de la ciudad, vaya.

Sin embargo, en una encuesta radiofónica, la verdadera razón la dio un señor mayor. Entre 8 o 10 personas preguntadas, todos dieron razones a porqué se quedaban y sólo éste dio con la clave: La gente, simple y llanamente, no tiene un duro y por tanto no es que no quiera salir, sino que NO PUEDE SALIR, optando entonces por el veraneo de proximidad. La ciudad no se vacía de gente debido a la falta de recursos de una población cada vez más empobrecida, fastidiando de carambola los planes de obras del ayuntamiento.

La tendencia, por tanto, es la de volver a las costumbres de principios del siglo XX, es decir, los más ricos a veranear a las poblaciones costeras mientras que el grueso de la ciudadanía, carente de capacidad pecuniaria suficiente, se quedaba trabajando de sol a sol y disfrutando, en todo caso, de las diferentes fiestas de barrio, los cines a la fresca y de las costas de la ciudad. Cien años de progreso humano parece que nos llevan al punto de partida.

Eso sí, ahora todo el mundo tiene móvil.


Como en casa, en ningún sitio...

1 comentario:

Sergio Fidalgo dijo...

Pues sí... la verdad es que no hay un duro. Por eso hay tanta publicidad de financieras chungas a interés astronómico para que la gente se vaya de vacaciones. Así se entrampan un poco más...