viernes, noviembre 27, 2009

Oda a España

Escucha, España:

Después de casi tres años de lenta deliberación y de continuos escarceos tácticos que han dañado su cohesión y erosionado su prestigio, el Tribunal Constitucional puede estar a punto de emitir sentencia sobre el Estatut de Catalunya, promulgado el 20 de julio del 2006 por el jefe del Estado, el rey Juan Carlos, con el siguiente encabezamiento: «Sabed: Que las Cortes Generales han aprobado, los ciudadanos de Catalunya han ratifi cado en referendo y Yo vengo en sancionar la siguiente ley orgánica». Será la primera vez desde la restauración democrática de 1977 que el alto tribunal se pronuncia sobre una ley fundamental refrendada por los electores. La expectación es alta.
La expectación es alta y la inquietud no es escasa ante la evidencia de que el Tribunal Constitucional ha sido empujado por los acontecimientos a actuar como una cuarta Cámara, confrontada con el Parlament de Catalunya, las Cortes Generales y la voluntad ciudadana libremente expresada en las urnas. Repetimos, se trata de una situación inédita en democracia. Hay, sin embargo, más motivos de preocupación. De los 12 magistrados que componen el tribunal, solo 10 podrán emitir sentencia, ya que uno de ellos (Pablo Pérez Tremps) se halla recusado tras una espesa maniobra claramente orientada a modificar los equilibrios del debate, y otro (Roberto García-Calvo) ha fallecido. De los 10 jueces con derecho a voto, cuatro siguen en el cargo después del vencimiento de su mandato, como consecuencia del sórdido desacuerdo entre el Gobierno y la oposición sobre la renovación de un organismo definido recientemente por José Luis Rodríguez Zapatero como el «corazón de la democracia». Un corazón con las válvulas obturadas, ya que solo la mitad de sus integrantes se hallan hoy libres de percance o de prórroga. Esta es la corte de casación que está a punto de decidir sobre el Estatut de Catalunya. Por respeto al tribunal –un respeto sin duda superior al que en diversas ocasiones este se ha mostrado a sí mismo–, no haremos mayor alusión a las causas del retraso de la sentencia.

Avance o retroceso

La definición de Catalunya como nación en el preámbulo del Estatut, con la consiguiente emanación de símbolos nacionales (¿acaso no reconoce la Constitución, en su artículo 2, una España integrada por regiones y nacionalidades?); el derecho y el deber de conocer la lengua catalana; la articulación del Poder Judicial en Catalunya, y las relaciones entre el Estado y la Generalitat son, entre otros, los puntos de fricción más evidentes del debate, a tenor de las versiones del mismo, toda vez que una parte significativa del tribunal parece estar optando por posiciones irreductibles. Hay quien vuelve a soñar con cirugías de hierro que cercenen de raíz la complejidad española. Esta podría ser, lamentablemente, la piedra de toque de la sentencia.
No nos confundamos, el dilema real es avance o retroceso; aceptación de la madurez democrática de una España plural, o el bloqueo de la misma. No solo están en juego este o aquel artículo, está en juego la propia dinámica constitucional: el espíritu de 1977, que hizo posible la pacífica transición. Hay motivos serios para la preocupación, ya que podría estar madurando una maniobra para transformar la sentencia sobre el Estatut en un verdadero cerrojazo institucional. Un enroque contrario a la virtud máxima de la Constitución, que no es otra que su carácter abierto e integrador. El Tribunal Constitucional, por consiguiente, no va a decidir únicamente sobre el pleito interpuesto por el Partido Popular contra una ley orgánica del Estado (un PP que ahora se reaproxima a la sociedad catalana con discursos constructivos y actitudes zalameras).

Los pactos obligan

El alto tribunal va a decidir sobre la dimensión real del marco de convivencia español, es decir, sobre el más importante legado que los ciudadanos que vivieron y protagonizaron el cambio de régimen a finales de los años 70 transmitirán a las jóvenes generaciones, educadas en libertad, plenamente insertas en la compleja supranacionalidad europea y confrontadas a los retos de una globalización que relativiza las costuras más rígidas del viejo Estado-nación. Están en juego los pactos profundos que han hecho posibles los 30 años más virtuosos de la historia de España. Y llegados a este punto es imprescindible recordar uno de los principios vertebrales de nuestro sistema jurídico, de raíz romana: Pacta sunt servanda. Lo pactado obliga.
Hay preocupación en Catalunya y es preciso que toda España lo sepa. Hay algo más que preocupación. Hay un creciente hartazgo por tener que soportar la mirada airada de quienes siguen percibiendo la identidad catalana (instituciones, estructura económica, idioma y tradición cultural) como el defecto de fabricación que impide a España alcanzar una soñada e imposible uniformidad. Los catalanes pagan sus impuestos (sin privilegio foral); contribuyen con su esfuerzo a la transferencia de rentas a la España más pobre; afrontan la internacionalización económica sin los cuantiosos beneficios de la capitalidad del Estado; hablan una lengua con mayor fuelle demográfico que el de varios idiomas oficiales en la Unión Europea, una lengua que, en vez de ser amada, resulta sometida tantas veces a obsesivo escrutinio por parte del españolismo oficial, y acatan las leyes, por supuesto, sin renunciar a su pacífica y probada capacidad de aguante cívico. Estos días, los catalanes piensan, ante todo, en su dignidad; conviene que se sepa.
Estamos en vísperas de una resolución muy importante. Esperamos que el Constitucional decida atendiendo a las circunstancias específicas del asunto que tiene entre manos –que no es otro que la demanda de mejora del autogobierno de un viejo pueblo europeo–, recordando que no existe la justicia absoluta, sino solo la justicia del caso concreto, razón por la que la virtud jurídica por excelencia es la prudencia. Volvemos a recordarlo: el Estatut es fruto de un doble pacto político sometido a referendo.

Solidaridad catalana

Que nadie se confunda, ni malinterprete las inevitables contradicciones de la Catalunya actual. Que nadie yerre el diagnóstico, por muchos que sean los problemas, las desafecciones y los sinsabores. No estamos ante una sociedad débil, postrada y dispuesta a asistir impasible al menoscabo de su dignidad. No deseamos presuponer un desenlace negativo y confiamos en la probidad de los jueces, pero nadie que conozca Catalunya pondrá en duda que el reconocimiento de la identidad, la mejora del autogobierno, la obtención de una financiación justa y un salto cualitativo en la gestión de las infraestructuras son y seguirán siendo reclamaciones tenazmente planteadas con un amplísimo apoyo político y social. Si es necesario, la solidaridad catalana volverá a articular la legítima respuesta de una sociedad responsable.

Publican también este texto La Vanguardia, Avui, El Punt, Diari de Girona, Diari de Tarragona, Segre, La Mañana, Regió 7, El 9 Nou, Diari de Sabadell y Diari de Terrassa.

No hay peor sordo que el que no quiere oir.

miércoles, noviembre 04, 2009

Glaciares domésticos.

Cuando oímos hablar de "glaciares", se nos vienen a la memoria las imágenes de la caída de los grandes bloques de los glaciares argentinos, las extensiones inmensas del hielo antártico o los imponentes ríos de hielo de los Alpes. Sin embargo, y aunque parezca mentira, en casa tenemos también ejemplos de estos espectáculos de la naturaleza en los Pirineos. Y digo "tenemos" aún a sabiendas que la utilización del tiempo presente para definir la existencia de los glaciares pirenaicos puede ser muy, pero que muy breve.

Un glaciar no es más que la acumulación de la nieve que cae en las montañas y que no se ha fundido durante el verano. Esta nieve, al no fundirse del todo, se va acumulando año tras año creando grosores de hielo de varios metros que llegan a sobresalir del sitio en que se acumulan, empezando a fluir vertiente abajo como si fuera plastelina. Este movimiento de la nieve compactada en hielo, va modelando a su paso todo el terreno que se encuentra ante si, formando todo un tipo de paisaje muy típico del Pirineo, con picos escarpados y largos valles en forma de "u", tales como el valle de Arán.

Los glaciares se ven afectados fuertemente por las oscilaciones climáticas de la Tierra, creciendo o retrocediendo según la temperatura del planeta. Durante las glaciaciones, la temperatura baja considerablemente, lo que conlleva un aumento de la nieve que no se funde en las montañas y una bajada del nivel del mar. Entre glaciaciones, la temperatura sube, provocando una mayor fusión de la nieve y por tanto retroceso de los hielos y aumento del nivel del mar. Estos vaivenes del hielo son totalmente normales, pero ocurren muy lentamente abarcando varias decenas de miles de años.

Durante la última glaciación (empezó hace 75000 años y acabó hace unos 20.000 años), se acumularon grandes cantidades de hielo en las montañas de todo el mundo. En Europa, toda Escandinavia se cubrió de una gruesa capa glacial, y las cordilleras más importantes acumularon grandes casquetes helados, menos potentes cuanto más bajas o más al sur estuviesen situadas. Los Alpes, debido a su altura y latitud, acumularon los mayores grosores. Más al sur, los Apeninos en Italia, y los Pirineos o los Picos de Europa en la península ibérica, también acumularon grandes cantidades, pero menos importantes. El frío fue tan extremo que cordilleras tan al sur como Sierra Nevada (Granada) llegaron a tener sus propias acumulaciones de hielo.

Al acabar la época glacial, la temperatura subió y los hielos comenzaron a retirarse, quedando restos de esta antigua distribución donde las condiciones fueron más óptimas, normalmente en las caras norte de las montañas, donde la luz del sol es menor y por tanto la temperatura es más baja. En el Pirineo, estos glaciares relictos podemos encontrarlos en la zona más alta del Pirineo aragonés, en las cumbres ubicadas entre el valle del rio Gállego y el valle del Noguera Ribagorzana. Los montes Aneto, Posets, Balaitus, Perdiguero y el macizo de la Maladeta, poseen sus glaciares que si bien son modestos en comparación de los de Alaska o la Antártida, no dejan de ser más que supervivientes de antiguos tiempos "mejores". Pero esta supervivencia de milenios está gravemente amenazada.

Durante los últimos años, y gracias a la desaforada actividad humana, la temperatura del planeta está subiendo de una forma alarmante, provocando entre otras cosas que los glaciares retrocedan continuamente. Y como ejemplo valga destacar que el glaciar del Veleta, en Sierra Nevada, sobrevivió hasta el verano del 1913, cuando desapareció fundido por el excesivo calor. El tan manido "cambio climático", para nuestros glaciares, es algo muy real.

Las cifras del retroceso son de espanto: de las 1779 hectáreas de glaciares que había en el Pirineo en 1894, hemos pasado a menos de 300 en la actualidad, lo que significa que ha desaparecido casi un 85% de la superficie helada. Un patrimonio natural que ha sobrevivido los últimos 20000 años está desapareciendo en poco más de 100 años gracias a nuestra inestimable ayuda, sin darnos cuenta que somos los principales afectados de esta situación.

Un glaciar en equilibrio es una fuente de agua dulce prácticamente inagotable, pero si se deshace, en el momento que el hielo se funda, se acabó el suministro de agua, con el agravante de que gran parte de la población mundial depende directamente del agua dulce de los glaciares. En nuestro país, este recurso hidráulico no es muy importante debido a la poca extensión de nuestros glaciares, pero este problema se está presentando actualmente con los glaciares del Himalaya, donde se estima que en menos de 50 años el 40% de la población de Asia puede quedarse sin suministro de agua potable.

En definitiva, nuestros pequeños glaciares domésticos son el mejor testigo de lo que estamos haciendo mal en nuestro planeta. Si los mantenemos, querrá decir que hemos podido revertir la tendencia; si los perdemos, será el signo más evidente de que nos hemos puesto la soga en el cuello nosotros mismos.

Solo cabe esperar que no hayamos pegado la patada al taburete todavía.

Glaciar de Monte Perdido: pronto en un cubata encontraremos más hielo.