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domingo, marzo 14, 2010

Hoy, cuento: El folleto.

Era ya avanzada la tarde y mi estómago reclamaba con ansia e insistencia su particular impuesto revolucionario. No tenía ganas de meterme en la cocina, limpiar las montañas de cacharros acumulados de días -por no decir semanas- anteriores para hacerme una delicatessen del estilo de unas acelgas hervidas con una rodaja de ves a saber qué extraño pez encontrado en las estanterías más económicas de la zona de congelados del hipermercado de la esquina. No. Hoy me inclinaba por un manjar más sofisticado: una pizza de "Cinquillo's Pizza", por ejemplo. Tenía el día sibarita, mira.

Me acordé que por encima del mueble corría casi con vida propia un folleto de los que se depositan diariamente en los buzones al mejor estilo urna electoral; a veces los descuentos que ofrecen son bastante suculentos. Efectivamente, se encontraba dormitando a la pata la llana encima del televisor entre la miríada de sobres y correspondencia inútil que se acumulaban allí.

La oferta que marcaba era impresionante, de aquellas que hacen época, como sólo podía hacer esta afamada empresa: 50 céntimos de descuento al encargarla y dar el código del folleto. No era una gran cosa, pero dado los tiempos que corrían, cualquier ahorro era precioso. Aún me acuerdo de la última gran promoción (verídica), en la que se ofrecía una pizza al precio de 5.95 y si te llevabas dos, te costaban 12. Los especialistas en marketing de la casa no eran de la élite, definitivamente.

Dejé por un momento el folleto en la mesa y una racha de viento juguetona -por no decir otra cosa peor- se llevó el vale ventana abajo. Me quedé con un palmo de narices, pero en un momento de calentón, decidí no dar la batalla por perdida y recuperar, costase lo que costase, aquel cupón tan descaradamente robado . ¡50 céntimos, son 50 céntimos! ¡Qué corcho!

Bajé corriendo de tres en tres las escaleras de los tres pisos que me separaban de la calle . La brisa que corría frenaba la caída del papel y me daría el tiempo suficiente para llegar a recogerlo. Sin embargo, la suerte no se alió conmigo cuando en llegando a la portería vi como el huidizo papel se metía en la única tapa de alcantarilla que estaba abierta en todo el barrio: la de delante de mi casa.

¿Qué hago? ¿Me meto o no me meto? Mi testarudez infinita me empujó a meterme dentro de la cloaca, descendiendo sin dudar el tramo de cuatro o cinco metros de escalera que conducía a la red de alcantarillado. No me podía quedar sin el vale, y no me iba a quedar. ¡Por estas!

Cuando llegué al fondo vi que el papel se depositaba suavemente, navegando túnel adentro en la superficie del jocoso riachuelo subterráneo mezcla amorfa de interioridades humanas y perfume de Dior que transcurría a mis pies. Por suerte las luces estaban encendidas y seguí por la pequeña acera el folleto semisumergido, que poco a poco iba tomando más velocidad debido a la cada vez mayor pendiente de la canalización.

No podía ser. A cada intento de capturarlo, el papel hacía una finta sobre lo que antaño hubiera sido agua, y se escapaba a mis manos. La terquedad y, porqué no decirlo, la tacañería, me hacían seguir y seguir, avanzando en aquel túnel hediondo.

En un momento dado, las luces se apagaron. Quedé sumido en la más tenebrosa oscuridad, rodeado únicamente por el murmullo de los residuos gelatinosos en circulación y los chillidos de las ratas que me rodeaban. Ratas que debido a mi obcecación por el folleto habían pasado totalmente inadvertidas. Estaba perdido. Un sudor frío recorrió mi espalda. Tenía miedo.

Avancé lentamente, a palpas, intentando llegar a algún sitio indeterminado donde hubiera alguna salida, procurando no caer a la canalización. Me sentí desfallecer de impotencia, rabia y pavor en aquella oscuridad absoluta de la cual no sabía si llegaría jamás a salir. Los sustos se sucedían uno tras otro cuando notaba los movimientos ocasionales de las ratas entre mis pies.

De pronto, tropecé con algo y di con mis huesos en el asqueroso y húmedo suelo de cemento. El olor de aquella nauseabunda corriente a escasos centímetros de mi cara, me hizo vomitar hasta el calostro en un paroxismo de asquerosidad, repugnancia y terror difícilmente imaginable por nadie.

En esta circunstancia pude vislumbrar, en el fondo del túnel, una pequeña y lúgubre luz amarillenta, que me dio fuerzas suficientes para ir hasta ella a pesar de las condiciones en que me encontraba. Cuando llegué, quedé pasmado. La pequeña luz la emitía un pequeño duende que estaba dormitando tranquilamente al pie de un bonsái de unos 50 cm de alto. Me acerqué a un palmo de él para verlo mejor. Era flipante.

Al notar mi presencia, el enanito abrió un ojo, luego el otro, se incorporó y dirigiéndose a mi, comenzó a darme un sermón sobre si no me daba vergüenza ser tan rácano, sobre si era un "fatigas", sobre si era un guarro y me comía mis propios mocos (no me dio tiempo a explicarle lo de la caída, y que no eran míos), que si me lo merecía, que si patatín, que si patatán... En medio de la tremenda perorata del duende, que ya me tenía la cabeza como un balón de Nivea, me sentí mareado y caí al suelo redondo.

Cuando me desperté estaba en el exterior estirado en una camilla de los servicios de urgencias, rodeado por los operarios que estaban trabajando en el alcantarillado y que encontraron mi cuerpo desvanecido en medio de uno de los conductos. Según ellos, las emanaciones gaseosas de los residuos me produjeron el desmayo y seguramente la muerte si no hubiera tenido la suerte de que me hubieran encontrado.

Posiblemente tengan razón, y ello explique también la extraña visión del duende pero... ¿Quién me explica que apareciese un sucio folleto de pizza perfectamente doblado en mi bolsillo?


Tenía el día sibarita, mira.