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martes, marzo 09, 2010

Hoy, cuento: El Trabajo.

Señoras y señores, hoy, no se lo puedo negar, me he levantado especialmente contento: A pesar de la crisis galopante que sufrimos en este país, he tenido la tremendísima suerte de poder encontrar trabajo después de que me despidieran hace unas cuantas semanas. Les puedo asegurar que tal y como está la situación actualmente, en que hay colas hasta para que te den trabajo como pedigüeño ambulante por los mercados,
me ha tocado auténticamente la lotería.

Anteriormente trabajaba en una funeraria, pero tuvieron que hacer reducción de plantilla porque la gente, con tal de no gastar, ya ni se moría. Incluso se daban casos en que, en enfermos terminales, se cavaban ellos mismos la tumba y se enterraban vivos. Total, para lo que les quedaba de vida, al menos se ahorraban un dinerillo. Sin duda eran los daños colaterales de una "desaceleracioncilla sin importancia" como la habían denominado nuestros díscolos y juguetones políticos.

Sea como sea, me toca ir tirando hacia el trabajo. Hoy me he levantado tempranito y, con mis mejores galas, he enfilado el camino para llegar. No es un gran trabajo, ni un sitio de gran responsabilidad. Es, sencillamente, un puesto como administrativo/chico-para-todo en una empresa multinacional de cierto prestigio, con un más que decente salario mínimo interprofesional. No puedo quejarme por ello, y estoy satisfecho. La gente lo nota y me sonríe cuando me cruzo con ellos. ¡Magnífico día para ir por la calle!

(...)

Segundo día. Ayer me cansé un poco -después de unas semanas en paro, siempre cuesta el arrancar- pero ésta mañana ya me vuelvo a encontrar pletórico de fuerzas y de ganas de seguir adelante. ¡Hoy puede ser otro gran día!

(...)

Quinto día. Hoy llueve, y voy a ir toda la jornada calado hasta los huesos porque no cogí el paraguas y he pecado de imprevisión. Espero poder secarme; siempre da mala impresión a ojos de la gente. Aunque solo sea para repartir cafés o meter datos en un ordenador, uno siempre ha de enseñar su mejor cara. Por otro lado, ya me he adaptado al ritmo diario y me encuentro más a gusto que días anteriores.

(...)

Decimosexto día. Lleva cinco días lloviendo, y aunque me he comprado varios paraguas nuevos, cuando hago la pausa para comer, los pierdo. Tengo una cabeza como una calabaza. Por suerte que llevo un plástico grande que me pongo para estas circunstancias y me protege un poco. De todas formas, comienzo a estar un poco hartito de la situación, pero veo a la gente revolviendo en los containers y me anima: yo, al menos, tengo un trabajo.

(...)

Trigésimo séptimo día. Ya estoy hasta el mismísimo moño de olvidarme los paraguas, y hoy, para colmo, hace una calor y una humedad asfixiantes. Me duele todo, supongo que de dormir de cualquier forma y de los remojones anteriores. Seguro debo estar incubando una gripe de caballo, ya que las narices me chorrean como una fuente abierta. Para acabarlo de arreglar, he metido el pie en un charco de fango y me he puesto perdido. Ya me da todo lo mismo; el que no quiera mirar que no mire. Paso delante de una oficina de empleo, y veo la cola. Me alegro de que tengo trabajo, pero casi los envidio.

(...)

Quincuagésimo octavo día. Día de perros. Hay tormenta y ha apedreado durante el camino, dejándome el cráneo como un saco de nueces. Encima me han robado la cartera y ya no puedo comprarme ni el desayuno. Voy hecho un Adán y, para más INRI, como no descanso bien por las noches, me despierto destrozado. Estoy por enviar al estercolero más cercano este trabajo, total, para el sueldo que he de cobrar, no me vale la pena tanto sufrimiento. Me doy un margen de unos días, saco fuerzas de flaqueza y me encamino, como todos los días, hacia el trabajo.

(...)

Nonagésimo noveno día. Ya no puedo más. Mi límite como humano ha sido alcanzado. Estoy baldado, hecho fosfatina. Mi salud se resquebraja por momentos y me voy pisando la moral a cada paso que doy. Al estrés cotidiano de ir al trabajo se añade mi depresión porque por más que lo intento veo que no llego a cumplir mis expectativas y me desespero. Me he derrumbado. Me rindo. Lo dejo. Nunca debí aceptar un trabajo tan lejos de casa.

Ya estaba harto de dormir bajo los puentes.


Yo, al menos, tengo un trabajo.

2 comentarios:

dezaragoza dijo...

Auch...

cosmofonio dijo...

Jeje, muy bueno!