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viernes, marzo 19, 2010

Hoy, cuento: El tren.

En un día cualquiera a las ocho de la mañana, en un tren de cercanías, podrás sentirte como quieras pero como seguro no te sentirás nunca será solo. A esas horas, media humanidad viaja dentro de esos trenes, mezcla perfecta entre vagones de transporte de ganado y latas de sardinas. Por desgracia, personalmente no tengo más opciones de transporte público para ir al trabajo, por lo que me toca apechugar diariamente con dicho Via Crucis.

Aquella mañana no era diferente a la de cualquier otra, con ese calor humano que desprende el gentío dentro del vagón, con esos móviles con la música de Beethoven a toda castaña o con esos músicos muertos desde hace años en los sobacos de más de un viajero. Incluso el parón de duración indeterminada y de ubicación igualmente aleatoria dentro del recorrido era el de siempre. La paciencia que teníamos que tener cada día era tal, que en el Vaticano ya nos habían abierto un proceso de beatificación y todo. Santo Job...¡tiembla!

Estábamos parados, como siempre, pero aquella parada ya estaba durando más de lo que era habitual. Viene siendo normal que el tren esté parado entre quince minutos y dos horas, pero ya llevábamos casi tres horas en aquel convoy, y la gente ya comenzaba a intranquilizarse un poco.

Como es tradición por estos lares, ningún responsable dio la más mínima información; la megafonía estaba más callada que un melón y por los vagones no pasaba ni el obispo. Y puedo suponer por que lo hacían: si llegan a pasar, la mitra obispal iba a ser de difícil digestión para el "obispo" que tuviera la osadía de pisar aquella ratonera.

El tiempo iba pasando y pasando, pero allí no venía nadie. El cabreo de la gente que estaba allí dentro supuraba entre la silicona del vidrio de las ventana. Sin embargo no se perdió ni la calma ni la cordura y no se produjeron altercados importantes si exceptuamos el par de monjas que casi pierden los nervios cuando vieron que no llegaban a misa. La gente, extrañamente, sacó su parte más positiva y lo que parecía que tenía que ser un largo cautiverio dentro de un montón de chatarra se convirtió en una experiencia increíble.

Conforme pasaban los días, la gente se fue organizando. Abrieron las puertas de emergencia y enviaron a unos cuantos a buscar alimentos con el dinero de la colecta que se cogió entre todos haciéndose bocadillos para repartirlos primero entre los más necesitados de la improvisada hostería para luego servir a los demás. Los médicos y enfermeras que habían quedado atrapados hacían su función atendiendo las necesidades más básicas e incluso las monjitas improvisaron un templete para los más religiosos.

Los pasajeros se habían acomodado por los suelos, dejando los asientos más cómodos a la gente mayor y a los niños, en un ejercicio de solidaridad y generosidad que pocas veces se ha dado en la historia. Se hicieron amistades - y algo más- al ritmo de las guitarras de los perrofláuticos con el acordeón del gitano que sonaban con una suavidad y armonía inaudita. Aquello era humanidad en estado puro, y todo el mundo la disfrutaba.

Transcurridos unos meses, una mañana, sonó de repente el sonido avisador de cierre de puertas y los motores comenzaron a sonar. Un sentimiento de desesperación invadió todo el convoy, haciendo que se incorporaran todos los pasajeros. El tren se estaba poniendo en marcha.

Justo en el momento en que las ruedas se empezaron a poner en movimiento, el pasaje, como si fuera una única persona, estiró todos y cada uno de los frenos que había en el tren. Nadie había dicho nada. Nadie indicó a nadie lo que se tenía que hacer. Se hizo, sencillamente.

El tren quedó clavado de nuevo, pero esta vez fue definitivamente. Vinieron las autoridades a llevarse el convoy, que según ellos, molestaba. Se presentaron las fuerzas antidisturbios y los medios de comunicación para desalojarlos y así evitar que el ejemplo se expandiese tal y como estaba ocurriendo en otros convoyes averiados en otras ciudades del mundo. Todo fue en vano. Aquel pasaje actuaba como si fuera una única persona, repeliendo cualquier agresión exterior que pusiera en peligro aquella humanidad utópica hecha realidad.

Nadie se movió de ese tren de cercanías. Nadie.

Por los vagones no pasaba ni el obispo.

2 comentarios:

Noches de Bohemia dijo...

¿Podrá alguna vez llegar a tanto la candidez del ser humano? Muy buenos tus escritos. Un saludo desde Argentina.

Ireneu dijo...

Gracias por tu visita, Gerardo! Ya me gustaria que la humanidad llegase a ese punto de candidez, pero como ya habrás notado, no es más que una caricatura de la realidad.

Intentaré ir publicando mis cuentos, y espero que te gusten.

Un saludo.