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martes, julio 20, 2010

La atracción del riesgo.

Si algo tenían en común todos los artículos que sobre el accidente del Tibidabo del otro día he leído hoy en la prensa, era que todos eran conscientes de que el riesgo cero no existía. A pesar de eso, todo el mundo pone el grito en el cielo por lo ocurrido, y por la necesidad de esclarecer las causas y responsabilidades para que no vuelva a pasar y las atracciones vuelvan a ser seguras. Esto que pudiera parecer lógico, resulta que es paradójico, ya que queremos que no exista ningún riesgo, pero somos conscientes de que ello es utópico. Como otrora decía José Luis Moreno en boca de Macario: me lo explique, Don José.

Últimamente, los parques de atracciones de todo el mundo compiten en ver quien, como decimos en catalán, “la fa més grossa” (la hace más gorda). Atracciones cada vez más arriesgadas e impactantes en que se trata de poner al máximo el corazón de quien se monta, exclusivamente a base de velocidad, gravedad y fuerza centrífuga, o lo que es lo mismo, con fuerzas físicas básicas que controlan el universo.

Para conseguir el efecto deseado, estas atracciones necesitan una barbaridad de energía, ya sea para ponerse en movimiento como para controlar dicha atracción -imagínense lo que significan varias toneladas de metal en caída libre desde un montón de metros- y lo que las estructuras han de soportar. A su vez, los presupuestos se disparan ampliamente para conseguir que las atracciones sean “seguras”.

 Sin embargo, las ganas insaciables de los consumidores de sentir emociones cada vez más fuertes en una insensata espiral de irracionalidad provocada por el síndrome de abstinencia de la adrenalina liberada, hacen que los parques de atracciones entren a su vez en ella y arrastren a los fabricantes. Controlar cada vez más energía -aunque sea con fines recreativos- implica mayores presupuestos para conseguirlo. El pequeño inconveniente es que los presupuestos destinados a las atracciones no entran en la espiral con la misma alegría.

Tal como ya expliqué en otro post, nuestra seguridad depende exclusivamente de los dineros que se hayan invertido en dicha seguridad, cuantificándose únicamente en una estadística. Según el presupuesto, el riesgo aumenta o disminuye, con el añadido de que en este tipo de atracciones la línea roja que separa el peligro real, del peligro buscado por el usuario y del beneficio (una atracción exenta de riesgo sería inviable económicamente), es milimétrica.

Lo peor de todo, es que somos conscientes del riesgo, pero no queremos creer en él y aún así continuamos tentando a la (mala) suerte una y otra vez. Cuando la tragedia ocurre, todo el mundo, hipócritamente, ponemos el grito en el cielo por algo que entra perfectamente dentro de las estadísticas, con los resultados de todos conocidos. Ayer fueron los que se montaron en El Péndulo; anteayer los que cruzaron la vía en Castelldefels por la zona prohibida.

Por desgracia, y por mucho que nos entestemos en taparnos los ojos ante la realidad más dura, si no queremos que nos toque la lotería, la única forma de evitarlo al 100%, es no jugar.

Así de simple.

El riesgo, existe. Siempre.