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El estudio Tuskegee, el infame experimento donde sífilis y racismo se dieron la mano

Uno de los efectos secundarios que nos ha dejado la crisis es una creciente ola de racismo y profunda animadversión contra los inmigrantes, como respuesta al empeoramiento de las condiciones económicas globales. No importa el país ni la raza, que los que vienen de afuera son poco menos que los culpables de la muerte de Manolete, cuando nadie parece ver que, sin ellos, todos los países se van al garete. Todos. Aunque justo uno de los que más tendría que saberlo, Estados Unidos, levantado a base de sucesivas oleadas inmigratorias, no es que destaque por su amor a la diferencia racial exactamente; que se lo digan a la comunidad afroamericana, que ha tenido que sudar sangre en aquel país simplemente para que se les considerase personas (ver La máquina que transformaba negros en blancos). Y es que el trato vejatorio e indigno para con los negros americanos, incluso a nivel oficial, llevó en su momento a hacer auténticas barbaridades inmorales que, vistas desde la no tan alejada lejanía te…

Hoy, cuento: La rectitud

Era Don Germán un hombre respetado en su comunidad, una auténtica autoridad social. Tal consideración por parte de sus conciudadanos había sido ganada a pulso de una sacrificada rectitud y unos principios sin mácula. Estas características hacían de él una autentica rara avis en un mundo donde la corrupción, la falsedad y el egoísmo eran la moneda de cambio doquier se mirara.

Acompañaba a este filántropo una merecida fama de sabio al haber conseguido, partiendo de unos orígenes muy humildes y a base de una formación meramente autodidacta, llegar a hacer sombra a cualquier experto tanto en literatura, como en filosofía o conocimientos de política o de ciencias naturales. Una prodigiosa mente asociada a una integridad modélica habían hecho de Don Germán, un auténtico portento de la especie humana.

Querido como pocos gracias a su talante de natural amable, este hombre de bien defendía infatigablemente la justicia social y los derechos humanos allí donde fueran estos conculcados. A sus sesenta y cinco años, había trabajado -y aún trabajaba- apasionadamente en favor de los más desfavorecidos, denunciando cualquier tropelía que fuera detectada por su analítica y maravillosa mente. Ello hacía de él un auténtico azote para todos aquellos que con aviesas intenciones intentaban clavar dentellada a la tierna carne de los más débiles.

Don Germán era un personaje serio, valiente, y gracias a su profunda formación y fluida oratoria, no tenía miedo en dirigirse a la gente cuando así se lo solicitaban, encandilando con sus ideas, forma de ser y forma de actuar a toda su audiencia. Incluso llegaron a proponerle la creación de un partido político, pero humildemente declinaba todos los ofrecimientos que en este sentido recibía: su modestia y honradez se lo impedían.

En una ocasión, Don Germán fue impelido a dirigir unas palabras sobre un tema de tan candente actualidad como es el de la inmigración y los problemas que comporta. Un público entregado estaba deseoso de escuchar su docta palabra. Ni corto ni perezoso, aceptó la propuesta.

El día de la conferencia y ante un auditorio hasta la bandera, nuestro docto personaje se dispuso a tomar la palabra. Iba vestido con un elegante y sobrio traje-chaqueta digno de los mejores acontecimientos cuando tomó posesión de su atril. La soledad en aquel estrado era desoladora, el silencio de la audiencia sepulcral y el daño de los miles de ojos clavándose en su persona, infinita.

Fue en el preciso momento de empezar a hablar que Don Germán no pudo reprimir un furtivo y retronante pedo. La gente empezó a bisbisear ansiosamente.

Un mito se había desmoronado ante ellos.

La soledad, en aquel estrado, era desoladora

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