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miércoles, diciembre 22, 2010

El asesinato express de una vaca marina.

Vaca marina de Steller
A estas alturas, no vamos a descubrir que el hombre es un lobo para el hombre -como decía Descartes- y para todo el resto del planeta. Sabemos que la acción humana está acabando con un montón de especies animales y vegetales a un ritmo endiablado, pero lo que no podemos ni llegar a comprender es la espeluznante velocidad a que lo hacemos. Hubo una especie que, después de su descubrimiento, acabamos con ella nada más pasados 27 años: La vaca marina de Steller.

Eran demasiado pacíficas
Georg Wilhelm Steller, un naturalista y físico alemán, iba embarcado en la expedición rusa que, comandada por el capitán danés Vitus Bering, descubrió las islas Aleutianas en 1741. En esta expedición por el mar de Bering, una tormenta echó a pique el barco en el que iban y se vieron obligados a refugiarse en una isla en la que permanecieron 10 meses, antes de poder salir apañando un bote con los restos del naufragio. Durante ese periodo, el capitán Bering murió, así como 28 tripulantes más, pero descubrieron un curioso animal que parecía una mezcla entre un manatí y una vaca marina, que era muy fácil de matar y que les sirvió de alimento a los supervivientes. A la isla le pusieron Isla Bering en nombre del capitán fallecido; al animal lo bautizaron con el nombre de su descubridor.

Comparativa entre sirénidos
La vaca marina de Steller (Hydrodamalis gigas) tenía entre 8 y 9 metros de largo, y podía llegar a pesar unas 10 toneladas. Tenía una piel muy dura y con una grasa sabrosa y abundante que hacía las veces de sustituto de la mantequilla. Debido a sus grandes dimensiones, no salía prácticamente del agua y era eminentemente vegetariana, hasta el punto que no tenía dientes, sino placas óseas estriadas con las que machaba su alimento. Este animal, que vivía en las islas del Comandante y en la isla Bering era tremendamente pacífico y no se inmutaba lo más mínimo cuando tenía a los hombres cerca, por lo que era muy fácil matarlos. Steller, durante sus 10 meses de "robinsón", hizo un estudio detallado de este animal, el cual, cuando volvieron a Europa dieron a conocer... para desgracia del pobre bicho, claro.

Islas del Comandante
Desde 1742, hasta 19 expediciones se alimentaron y cazaron este animal, del cual se aprovechaba todo. La carne era gustosa, los huesos se utilizaban para hacer navajas y la grasa, además de para los candiles, se utilizaba para curar el escorbuto debido a su alta proporción de vitamina C. Para su desgracia, tan solo se extraía uno de cada cinco animales arponeados o disparados, ya que huían hacia el fondo, y allí acababan pereciendo. La caza masiva de este sirénido había dado el banderazo de salida... y casi el de llegada.

Se aprovechaba todo
En 1763, ya quedaban tan pocos que se desestimó su caza, y en 1769, murió el último ejemplar del que se tenía noticia. Tan solo 27 años después de su descubrimiento, la vaca marina de Steller yacía en el cajón de las especies eliminadas de la faz de la Tierra gracias a la mano del hombre. De todas formas, cuando esta especie fue descubierta, ya presentaba una distribución muy reducida, lo cual era un serio handicap para el animal. Ello hace pensar que la especie estuviera en un proceso de desaparición,  y que, por su debilidad, no pudo soportar el mazazo de la codicia humana.

Esqueleto reconstruido 
Se especula que la caza masiva de la nutria marina por sus pieles, hizo crecer las poblaciones de erizos de mar hasta niveles nunca vistos, provocando la destrucción de los algares en los que pastaban las vacas marinas de Steller. Ello habría acelerado el continuo declive de la especie -de lenta reproducción- y su aislamiento a los sitios más recónditos y apartados, hasta su total eliminación (ver Wrangel, el dominio del último mamut).

Busto de Vitus Bering
Sea como fuere, la mano del hombre dio la puntilla a una especie simplemente por el provecho económico. Esperemos que las técnicas de reproducción y clonación avancen lo suficiente como para poder recuperar las especies que jamás deberíamos haber hecho desaparecer.

El tiempo lo dirá.




En 27 años, no quedó ni uno...¡ni uno!