¿Ustedes se acuerdan del Mar de Aral? Aquel mar que durante primaria nos enseñaron que estaba en Asia, un poco más allá del
mar Negro y del
mar Caspio... ¿Si? pues ya no hace falta que lo recuerden más, ya que llenando una piscina de goma, de las de crío, tendrán más agua almacenada que la que tiene actualmente. La increíble capacidad del hombre de ser una auténtica plaga de langosta para el planeta, se pone en evidencia en este hasta hace 20 años mar interior, convertido ahora en una pestilente charca cenagosa.
Imagínese que vive en una ciudad costera, con su puerto pesquero y todo, y que en menos de 20 años, lo que antaño era una playita mona a tocar del paseo marítimo, ahora la tiene que ir a buscar a 100 kms en línea recta desde donde lo tenía antes. O traducido a medidas conocidas, que la playa de la
Barceloneta le quedaría a medio camino de
Mallorca. Esto es exactamente lo que le ha pasado a la ciudad de
Aralsk en
Kazajstán. Pero... ¿cómo ha podido ocurrir semejante descalabro? El hombre tiene toda la culpa.
El Mar de Aral, en realidad es (era) un lago interior ubicado en las estepas desérticas de Asia Central. Este lago recibe el agua de un par de ríos importantes de Asia llamados Amu Daria y Sir Daria, pero no tiene ninguna salida, por la que toda el agua que recibe queda embalsada en aquel punto. La calor y el sol del desierto provoca en él una gran evaporación concentrando las sales que transportan los ríos creando un lago salado, un auténtico mar de hasta 68 m. de profundidad y extenso como
Andalucía.
Esto fue así durante los últimos 20.000 años, pero en los años 40, la
Unión Soviética vio en los caudalosos ríos que desembocaban en el Aral, una fuente inagotable de agua con los que convertir en regadío extensísimas porciones de desierto dedicándolos exclusivamente al cultivo del algodón. La extracción de agua del
Sir Daria y
Amu Daria fue tan brutal que sólo un 10% del agua que llegaba antes de los planes de regadío llegaba ahora al
Mar de Aral.
El nivel del mar, empezó a descender a un ritmo desenfrenado. A mediados de los 60, el nivel descendía a 20 cms por año y en los 80, se llegó a descender la friolera de 1 m. por año. Con este ritmo, a mediados de los 90 el mar había perdido el 80% de su volumen y el 60% de su superficie. La bajada de nivel provocó la división, primeramente en dos y posteriormente en tres partes, y los pueblos que habían vivido de la pesca industrial, tuvieron que dejar sus barcos varados en medio del desierto, ya que les era imposible seguir el ritmo del retroceso del agua a base de hacer canales.
La desecación provocó que extensas zonas del fondo quedaran expuestas, cubiertas por gruesas capas de sal que se llevó el viento, ya que no había ninguna cubierta vegetal que los detuviera. Los habitantes perdieron las fuentes de agua dulce y empezaron los problemas sanitarios por las tormentas de polvo salino que las tormentas se llevaban a lugares tan lejanos como el
Ártico. Los problemas respiratorios y de cáncer derivados se dispararon. Paralelamente, el clima se volvió loco, aumentando las temperaturas máximas y haciendo más frío en invierno debido a la desaparición del colchón térmico que significaba el mar.
Para más INRI, en una isla en medio del mar -que al final quedó en tierra firme- los soviéticos habían instalado una base secreta dedicada a experimentar con armas bacteriológicas (con
Antrax, entre otros) contaminando la región al verter residuos tóxicos al agua. Actualmente estos desechos están en la superficie y arrastrados por el viento, hacen aún más pavoroso el desastre del mar de Aral.
¿Y las soluciones? Semejante catástrofe tiene una muy difícil solución debido a la magnitud de la tragedia, y el Aral no volverá a ser el mismo. En 2003 se proyectó una presa con la intención de, al menos, salvar una de las partes de este mar, subiendo el nivel del agua y disminuyendo la salinidad. La idea a día de hoy ha funcionado, aumentando notablemente el nivel del agua, pero sólo representa una quinta parte de la superficie original y ha condenado al resto del mar a la evaporación, ya que impide la llegada de la poca agua que lo regaba.
Incluso se ha planteado desviar ríos enteros desde
Siberia para avenar de nuevo el mar, pero es una solución costosísima y sería desnudar un santo para vestir a otro. Por su parte, las soluciones drásticas de disminuir los regadíos han sido desestimadas por ser los cultivos de algodón las únicas fuentes de riqueza de las empobrecidas repúblicas ex-soviéticas que comparten las costas del Aral.
En definitiva, que poco más que rezar por el fallecido Mar de Aral podemos hacer. Una catástrofe ecológica y humanitaria provocada por la codicia, la locura humana y perfectamente evitable, ha acabado con un mar. Esperemos que el planeta entero no sea el siguiente en caer por nuestras propias manos.