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lunes, enero 03, 2011

El triste fin de un puente Real.

Cuando desde Barcelona se quiere coger la carretera N-340, un paso prácticamente obligado ha sido desde hace mucho tiempo el puente que atraviesa el río Llobregat a la altura de Molins de Rei. Este puente es, en la actualidad, un ecléctico, soso y eminentemente práctico puente de cemento que une las dos orillas del río, pero hasta el 1972 fue un hermoso y sólido puente de 15 arcadas que resistió incluso dos intentos de voladura durante la Guerra Civil. Tan solo la corrupción política y la dictadura pudieron acabar con él, en uno de los episodios más vergonzosos y flagrantes de finales del franquismo.

El puente de Molins de Rei, también conocido como "Puente de las Quince Arcadas" o "Puente de Carlos III", era un puente de estilo neoclásico construido entre 1763 y 1767 durante el reinado de Carlos III, cuya finalidad era salvar el paso del río Llobregat y dar continuidad al camino real que con el tiempo sería la actual N-340.

El puente, construido en piedra arenisca roja proveniente de las cercanas canteras de Corbera de Llobregat, tenía una longitud de 334,36 metros distribuidos en 15 arcadas, con una plataforma de 11.70 m de ancho y una altura de entre 10 y 12 metros. Las características de porosidad de la piedra y del mortero empleado le conferían una solidez extraordinaria a la construcción, a prueba de las frecuentes riadas que acostumbran a afectar al Llobregat. El dicho puente llegó a ser tan resistente que aguantó diversos bombardeos durante las guerras carlistas, y dos intentos de voladura durante la Guerra Civil, una cuando los batallones de la FAI quisieron frenar el avance de las tropas republicanas que pretendían imponer el orden en Barcelona y la otra por las fuerzas republicanas para frenar el avance franquista. Ambas intentonas no dañaron la estructura de importancia.

El aumento de tráfico en el área de Barcelona durante final de los años 60 llevó a una primera agresión al centenario puente en 1967, al aumentársele el ancho de la plataforma para poder instalar dos calzadas de dos carriles y permitir el paso de 36.000 vehículos diarios. El hecho de tener que soportar un tránsito diario tan elevado para una estructura que no estaba preparada para ello, produjo una sobrecarga del puente, debilitándolo gravemente. Aún así, el puente seguía en pie.

Simultáneamente, la construcción de la autopista de Tarragona (actual AP7), paralela al río por su orilla izquierda, requirió de una gran cantidad de áridos, no encontrando mejor gravera que el propio cauce del río para extraerla. La extracción descontrolada de áridos -que llegaba a hacerse al mismo pie del puente- produjo que el lecho del río bajase 2 metros, descarnando los pilares de nuestro puente y poniendo al descubierto las pilastras de madera de la base que se pudrieron en poco tiempo al quedar expuestas al aire. 

La sociedad civil de Molins de Rei (en aquel entonces Molins de Rey) se puso en pie de guerra en vista del desaguisado que amenazaba con hacer caer un puente histórico, pero entre las presiones de las altas instancias y el hecho de que el presidente de la Confederación Hidrográfica del Pirineo Oriental -encargada de velar de la integridad del cauce fluvial- era, a la vez, directivo de la mayor empresa de extracción de áridos del país, echaron al traste cualquier movilización. A pesar de ello, se remitió un informe reportando los daños estructurales del puente de Carlos III. Para más inri, el 20 de septiembre de 1971 se produjo la mayor riada que jamás se ha detectado en el Llobregat, con más de 3.000 m3/segundo, lo que debilitó aún más si cabe la estructura, si bien la excepcional calidad de su construcción permitió que, a pesar de ello, el puente siguiera en pie.

El gobierno, para acallar las protestas ante la eminente ruina de la infraestructura, hizo unas pantallas de hormigón delante de los pilares más afectados para evitar su descalce, pero sospechosamente tan mal hechas, que el 5 de diciembre de 1971, con una "riadita" de tan solo 800 m3/seg, estas pantallas  lo único que hicieron fue derivar todo el cauce que bajaba por el río hacia una de las pilastras, la cual acabó por ceder, llevándose consigo a un camionero que pasaba justamente en ese momento y que murió arrastrado por las aguas. 200 años de resistencia a todos los embates posibles llegaron a su fin.

Se hizo un vado temporal para permitir el paso del intenso tránsito pero, 25 días más tarde, el día 30 de diciembre, otra subida del río se llevó el vado construido y dos arcos más, por lo que en febrero de 1972 se decidió su demolición y la construcción en el mismo sitio de un nuevo puente. La población de Molins se opuso con todas sus fuerzas para salvaguardar el antiguo puente del siglo XVIII como patrimonio cultural de la población, pero otra vez las presiones de los poderes franquistas -que tenían intereses en la construcción del nuevo puente- así como la de los comerciantes e industriales de Molins de Rei que temieron que el desplazamiento de ubicación del puente principal les afectaría en sus negocios, dieron la puntilla al puente. De todas formas, las protestas siguieron.

El Ministerio de Obras Públicas, alegando que era más barato hacerlo nuevo, y ante la insistencia de las protestas, prometió que se numerarían todos los sillares, se desmontaría el puente, y se volvería a construir con más tranquilidad cuando hubiera la menor opción. Así se hizo, pero para desmontarlo no se encontró un mejor método que utilizar explosivos (el mortero utilizado en la construcción del puente era más duro que las piedras que tenía que unir), de tal forma que la demolición se hizo a base de barreno metido en la estructura, demostrando muy a las claras que no había la menor intención ni de conservar las piedras -destruidas en mil pedazos por las explosiones- y ni mucho menos de reconstruirlo pasado un tiempo

El puente, y todo lo que significaba para la comarca, voló por los aires hecho pedazos pero, eso sí, con todos sus sillares numerados, quedando durante lustros sus restos desperdigados en el cauce del río. Camiones, furtivamente, cargaban las piedras para ser utilizadas en las obras de la Zona Franca, desapareciendo totalmente cualquier rastro del puente de Carlos III.  Tan solo una única piedra, que se puede encontrar en la Plaça de la Bàscula de Molins, es todo el recuerdo que queda de una imponente construcción, símbolo de Molins de Rei, y que fue destruida gracias a la imbecilidad, la tiranía y la corrupción política de un puñado de personas.


Un puente magnífico que mereció un mejor fin.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Eri sies que algun politico algundia llega a leer este pequeño documento de la historia del pasado, que no hace tanto tiempo, sea de Barcelona sea de Molins de Rei si es que les queda algo de vergüenza cosa que lo pongo en duda tendrían que al menos confesar el mea culpa, y sino que le avisen al Juez Garzon y que les pida responsabilidades como recuerdo de la historia del pasado.

Nuria Tortosa dijo...

Coincidiendo con los 50 años de la riada del 62, me ha dado por buscar si había tenido consecuencias en el puente de Molins de Rei y me he encontrado esta magnífica entrada. Sin duda, una auténtica pena no haber conservado parte del antiguo puente, teniendo en cuenta que desde hace unos años la mayor densidad de tráfico se desvía por la B-24.

pilar dijo...

Como sienpre los putos políticos terminan con todo lo bueno de nuestro país.
Y vergüenza no tienen así que no les dan

pilar dijo...

Como sienpre los putos políticos terminan con todo lo bueno de nuestro país.
Y vergüenza no tienen así que no les dan