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domingo, febrero 20, 2011

El porro con patas de los lemures.

Una de las razones que más usualmente se utilizan para pedir la legalización del cannabis son sus cualidades curativas y paliativas en según qué enfermedades. Ello provoca airadas proclamas, los unos defendiendo el producto por beneficioso, y los otros atacándolo ya que los beneficios simplemente serían excusas para legalizar una droga. Sin embargo, esta situación en la que una sustancia mezcla el placer vicioso con el beneficio sanitario, aunque le parezca mentira, no es nueva ni exclusiva de los humanos.

En Madagascar, en las pocas selvas que aún subsisten en el norte de aquella isla vive el Lemur Negro (Eulemur macaco), un tipo de primate muy antiguo que está incluido dentro del listado de especies en peligro de extinción. Este monito -en realidad prosimio- de denso pelaje de color rojizo las hembras -negro en los machos-, de unos 50 cm de largo y otros tantos de cola, tiene una curiosa costumbre: coger todos los milpiés que puede, tocarles un ratillo lo que no suena y restregarse con ellos todo el pelaje. Pero...¿qué es lo que encuentra el lemur de divertido en coger un ciempiés de un palmo y darle mordisquitos? Si les digo que no todos los porretes hace falta encenderlos, ya sabrán por donde van los tiros, si bien, como para los humanos, también tienen su faceta terapéutica.

El milpiés es un insecto que se alimenta sobretodo de hojas en descomposición, por lo que se encuentran allí donde haya vegetación abundante. Estos bichos, en Madagascar, pueden llegar a tener tamaños muy grandes, y si bien acostumbran a ser de colores oscuros, algunas de ellas visten colores muy vistosos, para avisar a los depredadores de su toxicidad. Y este detalle, es justamente el que buscan los lemures negros.

Los milpiés, para defenderse de sus depredadores, cuando son molestados se enrollan sobre si mismos y segregan una sustancia repelente con un alto contenido en ácido cianhídrico, que por su causticidad, les resulta especialmente útil para quitarse de encima a las hormigas. Los lemures lo saben, y se rocían con el líquido que éstos bichos expelen para quitarse todo tipo de parásitos del pelaje y como improvisada loción antimosquitos... y algo más.

El líquido que sacan de frotarse los milpiés, al ser rico en cianuro, ejerce un efecto tóxico en el lemur. Lo que dicho de forma más entendedora significa que el lemur coge un colocón de los que hacen época con la excusa de quitarse los mosquitos y las garrapatas de encima. Este efecto hace que empiece a cazar milpiés como un desesperado en busca de ese efecto embriagador, hasta que ya no puede más. Los milpiés no sufren daños, y no está claro que los lemures no los sufran, pero por lo visto les compensa.

En definitiva, que el hecho de mezclar lo terapéutico con lo hedonista es tan antiguo como la humanidad misma, y que ya está todo inventado. Que cada uno haga lo que quiera mientras que no haga daño a los demás, y si encima le es beneficioso, mejor que mejor. Que se trate de fumarse un porrete o de restregarse un milpiés por encima, fuera de prejuicios sociales, posiblemente sea lo de menos. Y si no, que se lo pregunten a los lemures.

Tranqui... yo, controlo.

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