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domingo, febrero 27, 2011

La máquina que transformaba negros en blancos.

¿Antirracismo racista?
Los rayos X han tenido desde su descubrimiento en 1895 una infinidad de usos, entre ellos, el más vistoso -y por el cual ha trascendido- ha sido su capacidad de atravesar el cuerpo humano y de realizar fotografías del esqueleto y del interior del cuerpo humano. Dentro de estas utilidades, entre 1903 y 1904 se inventaron una máquina que, utilizando los rayos X, prometía convertir a los negros en blancos y acabar de esta forma con el incómodo problema de la diferenciación racial. Lo más curioso del caso es que, efectivamente, lo consiguieron.

Mano de Roentgen
Los periódicos de la época se hicieron eco de los exitosos experimentos que el profesor Thomas Eldridge de Filadelfia (Estados Unidos) había llevado a cabo con pacientes afro-americanos, los cuales, después de una serie de sesiones con rayos X, habían aclarado la piel. Las crónicas explican que el citado doctor, especialista en fototerapia, después de tratar con éxito diversas afecciones de la piel, tal como son las manchas, las rojeces o los antojos, descubrió que la aplicación de dichos rayos decoloraban la piel, por lo que no dudó en utilizar esta nueva técnica para luchar contra el racismo imperante en los Estados Unidos de los primeros años del siglo XX.

La Ilustración Española
Las sesiones se revelaron altamente eficaces, ya que en diez sesiones se conseguía que la piel de un negro pasara de su típico color ébano a un castaño claro, y en unas treinta, pasara a obtener un color pálido "tolerable por los blancos". Según contaban las revistas -en España fue publicado por la revista La Ilustración Española y Americana- si se prolongaban las sesiones hasta un punto en que no perjudicara a la salud del paciente, la piel del antes negro, pasaba a ser la de un individuo blanco con blancura pálida de enfermo o de convaleciente. Todo un descubrimiento revolucionario, vamos, pero no todo iba a ser de color rosa.

Quemadura por exceso de Rayos-X
Para empezar, los experimentos no pudieron acabarse en su totalidad, una de las veces por un incendio en el consultorio del Dr. Eldridge, y otras por la discontinuidad del tratamiento, la cual cosa condenó a los negros que se sometieron al tratamiento a ser un blanco a trozos. Además de esto, el color que obtenían los pacientes, no era un color crema pálido como se vendía desde los diarios, sino que más bien se trataba de un bonito color gris perla. Y es que la ignorancia de los peligros de una sobreexposición a las radiaciones y un exceso de romanticismo literario, no casaban muy bien con la realidad patológica médica.

Conejillos de indias
Nada se sabe del destino de las personas que fueron los conejillos de indias de este intento anti-racista tecnológico, pero mucho nos tememos que la expectativa de vida de esta gente ante lo que sería , desde nuestro actual punto de vista, un auténtico bombardeo radiactivo, no sería excesivamente larga ni saludable. Máxime cuando las secuelas de los investigadores que trabajaban con los rayos X fueron quemaduras, amputaciones y cánceres de todo tipo, que acabaron en no pocos casos con la vida de los pioneros de la radiactividad científica.

Cuando se supieron los verdaderos riesgos de la radiactividad en el cuerpo humano, dichos "experimentos" cayeron en el olvido más absoluto habida cuenta el fiasco que esta supuesta "filantrópica" acción comportó. Los negros, como colectivo descastado, sirvieron de excusa para hacer pruebas con una nueva tecnología que se demostró eficaz, pero a la vez mortal. Y es que, como dijo Einstein,... "Triste época la nuestra, en la que es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio".

Blancos quedaban... ahora, lo que duraban...

sábado, febrero 26, 2011

Calle Anglesola: Réquiem por una calle mayor.

Actual Carrer de Anglesola
La especulación urbanística de las grandes ciudades es tan voraz que la mayoría de veces se vuelve totalmente incompatible con el mantenimiento de la trama urbana, la historia, recuerdos y sentimientos de los habitantes de un barrio. En esta situación, la construcción desaforada y los intereses de unos pocos respecto el interés general, pueden borrar de un plumazo calles antaño importantes y llenas de vida sin el más mínimo remordimiento. En Barcelona, uno de estos ejemplos paradigmáticos lo podemos encontrar en el barrio de Les Corts, en la calle Anglesola.

El tranvía pasaba por ella
La calle Anglesola es una de las calles más antiguas del centro histórico del antaño municipio independiente de Les Corts de Sarrià, y actual barrio barcelonés de Les Corts. Sin embargo  este señorío no le ha servido para librarse de los embates de la especulación urbanística.

Esta calle que fue abierta en 1856 para conectar el barrio con la Carretera de Sarrià, hasta 1859 fue la Calle Mayor del barrio. A partir de esta fecha se llamó Carretera Nueva hasta el 1907, en que se le dio el nombre actual de Anglesola. En ella, se edificaron diversas casas de veraneo de la burguesía barcelonesa, de las cuales aún se pueden ver algunos pocos ejemplos y con el tiempo, gracias a su comunicación, algunas industrias, tales como las Cristalerías Planell.

Importancia perdida
El primer gran mazazo lo recibió con la abertura de la Diagonal a finales del siglo XIX, ya que provocó la desaparición de buena parte del tramo que conducía hasta la Carretera de Sarrià y, aunque seguía siendo transitado en su forma habitual, al ser cortada a nivel por la Diagonal, la calle quedó dividida en dos. A pesar de ello, como signo de su importancia en el barrio a principios del siglo XX recibió la primera línea de tranvía que llegaría al barrio, tal y como se puede ver en la siguiente imagen correspondiente a una guía callejera del año 1952-53. La cosa no cambiaría demasiado hasta los 80.

El pasillo recrea la calle
Al eliminarse la posibilidad de atravesar la Diagonal siguiendo la calle Anglesola por cuestiones de seguridad vial, el trozo que quedaba al otro lado de la Diagonal, quedó inutilizado. Asimismo, la desaparición de las edificaciones del asilo de San Juan de Dios, dejó un gran espacio vacío a tocar de la Diagonal, que fue aprovechado para construir en 1990 el centro comercial Illa Diagonal. Este centro comercial se comió literalmente el trozo de Anglesola que llevaba desde la calle Numancia hasta la Diagonal y por donde había pasado el tranvía años atrás, dejando la calle reducida a la mitad tal y como la conocemos aún hoy día. La empresa constructora, si bien anuló el trozo de calle, al menos tuvo la sensibilidad de hacer uno de los pasillos comerciales siguiendo el antiguo trazado de la calle.
Sea como sea, la zona al otro lado de la Diagonal fue también anulada y absorbida para construir edificios, eliminando todos los restos de la existencia de la calle Anglesola y que hasta finales de los 90, en forma de calzada adoquinada relicta, aún se podían observar en la acera sector montaña de la avenida Diagonal.
Degradación evidente
Por desgracia, el proceso de destrucción de la calle no había acabado, y la degradación de algunos de los edificios más antiguos fue cada vez más evidente. Edificios tapiados y solares sin construir tras el derribo de antiguos edificios, llenaron de escombros la otrora troncal calle llevando al Ayuntamiento de Barcelona a declarar en 2006 un polémico plan de reordenación de Anglesola y las zonas circundantes que observaba la obertura de una nueva calle, el derribo de algunas edificaciones, la creación de un Instituto y una plaza ajardinada que comunicara con la Diagonal. El Plan se empezó a ejecutar, pero la crisis paró el proyecto dejándolo todo a medias, dejando la calle Anglesola convertido en una caricatura de lo que llegó a ser.

Por suerte, parece que el proyecto ha vuelto a ser puesto en marcha y se espera que durante el 2011 se acabe, sin embargo, por mucho que se reforme, la calle Anglesola nunca volverá a ser la fue. El peso de los intereses urbanísticos y el devenir de la actividad urbana constructora han acabado con toda una calle Mayor convertida, para la memoria colectiva, en poco más que un callejón sin ninguna trascendencia.

Bella casa de veraneo restaurada en la calle Anglesola

domingo, febrero 20, 2011

El porro con patas de los lemures.

Una de las razones que más usualmente se utilizan para pedir la legalización del cannabis son sus cualidades curativas y paliativas en según qué enfermedades. Ello provoca airadas proclamas, los unos defendiendo el producto por beneficioso, y los otros atacándolo ya que los beneficios simplemente serían excusas para legalizar una droga. Sin embargo, esta situación en la que una sustancia mezcla el placer vicioso con el beneficio sanitario, aunque le parezca mentira, no es nueva ni exclusiva de los humanos.

En Madagascar, en las pocas selvas que aún subsisten en el norte de aquella isla vive el Lemur Negro (Eulemur macaco), un tipo de primate muy antiguo que está incluido dentro del listado de especies en peligro de extinción. Este monito -en realidad prosimio- de denso pelaje de color rojizo las hembras -negro en los machos-, de unos 50 cm de largo y otros tantos de cola, tiene una curiosa costumbre: coger todos los milpiés que puede, tocarles un ratillo lo que no suena y restregarse con ellos todo el pelaje. Pero...¿qué es lo que encuentra el lemur de divertido en coger un ciempiés de un palmo y darle mordisquitos? Si les digo que no todos los porretes hace falta encenderlos, ya sabrán por donde van los tiros, si bien, como para los humanos, también tienen su faceta terapéutica.

El milpiés es un insecto que se alimenta sobretodo de hojas en descomposición, por lo que se encuentran allí donde haya vegetación abundante. Estos bichos, en Madagascar, pueden llegar a tener tamaños muy grandes, y si bien acostumbran a ser de colores oscuros, algunas de ellas visten colores muy vistosos, para avisar a los depredadores de su toxicidad. Y este detalle, es justamente el que buscan los lemures negros.

Los milpiés, para defenderse de sus depredadores, cuando son molestados se enrollan sobre si mismos y segregan una sustancia repelente con un alto contenido en ácido cianhídrico, que por su causticidad, les resulta especialmente útil para quitarse de encima a las hormigas. Los lemures lo saben, y se rocían con el líquido que éstos bichos expelen para quitarse todo tipo de parásitos del pelaje y como improvisada loción antimosquitos... y algo más.

El líquido que sacan de frotarse los milpiés, al ser rico en cianuro, ejerce un efecto tóxico en el lemur. Lo que dicho de forma más entendedora significa que el lemur coge un colocón de los que hacen época con la excusa de quitarse los mosquitos y las garrapatas de encima. Este efecto hace que empiece a cazar milpiés como un desesperado en busca de ese efecto embriagador, hasta que ya no puede más. Los milpiés no sufren daños, y no está claro que los lemures no los sufran, pero por lo visto les compensa.

En definitiva, que el hecho de mezclar lo terapéutico con lo hedonista es tan antiguo como la humanidad misma, y que ya está todo inventado. Que cada uno haga lo que quiera mientras que no haga daño a los demás, y si encima le es beneficioso, mejor que mejor. Que se trate de fumarse un porrete o de restregarse un milpiés por encima, fuera de prejuicios sociales, posiblemente sea lo de menos. Y si no, que se lo pregunten a los lemures.

Tranqui... yo, controlo.

sábado, febrero 19, 2011

La pútrida avalancha de Can Clos.

La montaña de Montjuïc, en Barcelona, es mundialmente conocida por las Olimpiadas de 1992, al acoger gran parte de las instalaciones deportivas que participaron en dicho evento. También es conocida por ser un gran pulmón verde de la ciudad y porque acoge ferias de importancia mundial (Mobile Word Congress, por ejemplo) o la Fuente Mágica. Sin embargo, esta imagen idílica y lúdica de la montaña, dista mucho de la que tenían los habitantes de la barriada de Can Clos en 1971 cuando una avalancha de mierda -literalmente- casi destruye el barrio.

En la noche del 5 al 6 de diciembre de 1971, después de unos días de lluvias intensas, los cielos se abrieron dejando caer 196 litros por metro cuadrado en la capital catalana. La caída de tanta agua sobre mojado en una época, la franquista, en que la ciudad no estaba preparada para tales desmanes de la naturaleza produjo daños importantes en infraestructuras tales como el puente de Molins de Rei, tratado en un post anterior. Inundaciones de bajos, desbordamiento de ríos, rieras y cloacas provocaron el caos en Barcelona y la saturación de los servicios de urgencia de toda el área metropolitana. Pero no solo se desbordaron las rieras.

En la montaña de Montjuïc, unos años atrás se empezaron a aprovechar los agujeros dejados por las canteras que extraían la preciada piedra arenisca amarilla con la que se construyeron infinidad de edificios históricos de la ciudad, como improvisados vertederos donde hacer desaparecer los residuos que generaba Barcelona. Miles de camiones encaraban cada día desde la Zona Franca el área que ocupa hoy la llamada Anella Olímpica -la zona donde años a venir se construirán edificios tan emblemáticos como el Palau Sant Jordi, la torre de comunicaciones de Calatrava o las instalaciones de la INEF- abocando su pestilente carga en las antiguas canteras, contaminando el aire de la Ciudad Condal y los acuíferos de Montjuïc. Una de esas canteras, ubicada aproximadamente donde hoy se encuentra el campo de béisbol Pérez de Rozas, recibió de lleno el embate de la tormenta.


Los residuos depositados en aquella cantera -que no estaba aún colmatada- absorbieron el agua de los días anteriores, pero ya no pudieron absorber los casi 200 litros caídos en aquella noche, rompiendo tras una fuerte explosión debida a los gases de fermentación el débil dique de protección y provocando un alud de detritos, lodos y aguas negras que bajaron por la vertiente sur de Montjuïc, arrasando todo lo que encontraba a su paso, en este caso el humilde barrio de Can Clos. La avalancha pútrida dejó una treintena de familias sin casa, cortó el agua, la luz, arrasó coches, mobiliario urbano y sumió la barriada bajo una capa de mierda de hasta medio metro de altura. Una auténtica alegría a puertas de Navidad, vamos.

A pesar de la dictadura, la cual no dejó que trascendiera el incidente, el barrio se puso en pie de guerra y unas 200 personas pidiendo soluciones, bloquearon el acceso de cientos de camiones a las canteras, los cuales, a pesar de la desgracia, continuaban accediendo a la zona para descargar las más de 2000 toneladas diarias de basuras que Barcelona generaba en 1971. La policía, concejales y el mismísimo alcalde Porcioles, se personaron en Can Clos ante las protestas del vecindario, arrancándole el compromiso de cerrar los vertederos en menos de un mes, cosa la cual no iba a cumplirse hasta la entrada en funcionamiento del vertedero del Garraf en 1974.

Montjuic se movió durante buena parte del siglo XX entre el barraquismo más mísero, el olvido gubernamental más ignominioso y la degradación más absoluta, y este episodio significó el principio del fin del estado tan lamentable de la montaña. El cierre de los vertederos, el fin de las barracas, la lucha vecinal, la llegada de la Democracia y las Olimpiadas del 92, permitieron que este antiguo islote ahora unido a tierra volviera a tomar, esta vez con propiedad, el nombre que había perdido durante la dura época de Franco: la Montaña Mágica.

La realidad actual esconde historias muy amargas.

domingo, febrero 13, 2011

La perdida duda de una calle.

En las grandes ciudades los cambios se producen a una velocidad vertiginosa. Nuevas calles se abren, los edificios caen y se vuelven a levantar, las aceras se ensanchan, se actualiza la trama urbana continuamente, de tal forma que en pocos años las ciudades cambian de forma radical y tan solo la memoria retiene una fotografía de aquel momento que ya no existe. Barcelona, no es ajena a esta dinámica, y algunas calles que hasta hace muy poco estaban vivas, ahora han desaparecido dejando tan solo exiguos rastros de otros tiempos. Tal es el caso de la calle del Dubte.

El Carrer del Dubte (Calle de la Duda, hasta el año 1900) estaba situada en el barrio del Raval de Barcelona, inmediatamente detrás de la Ronda Sant Antoni, entre las calles Riera Alta y Príncipe de Viana, muy cerca del Mercado de Sant Antoni. Pero... ¿qué tenia de especial esta calle? La respuesta es contundente, amén de sencilla: nada. Nada, literalmente.

Efectivamente, la antigua calle de la Duda era un callejón de unos 20 metros de largo por unos 2'5 metros de anchura, en la que no había ninguna puerta, ni portón, ni similar, ya que hacía de separación entre un edificio del siglo XIX que tenía fachada a las calles Riera Alta, Príncipe de Viana, Cendra y la citada del Dubte y la isla de casas ubicada entre este punto y la calle Requesens. Solamente había en ella una fuente de dos caños empotrada en una de las paredes. Resulta hasta cierto punto normal que se le pusiera el nombre de "Calle de la Duda" dadas las dificultades para determinar si era o no una calle. Sin embargo, no parece que fuera ese el origen de su nombre.

Según Joan Amades y recoge el nomenclátor oficial de Barcelona, el origen del nombre provendría de las disputas de tres labriegos de la zona por saber de donde venía el chorro de agua que salía de la fuente que había en ese lugar, ya que según cada uno de ellos era igual a la vena de agua que pasaba por sus campos y que sacaban con su noria. Al no poder aclarar el "misterio", llamaron a la fuente como "de la duda", dando nombre tiempo más tarde a la calle donde se ubicaba dicha fuente y que aguantó durante siglos hasta el 1995.
El estado decrépito de los edificios de la zona, algunos de los cuales eran anteriores a la demolición de la muralla de Barcelona -que dio origen a la Ronda de Sant Antoni-, condujo al derribo de varios inmuebles y, entre ellos, el edificio que generaba la calle del Dubte. Este edificio, de una superficie muy pequeña, ya no fue reedificado, dejando en su lugar un solar que fue urbanizado de nuevo dando forma a la actual Plaça del Dubte y permitiendo que la fachada que aún quedaba en pie, y que era una de las aceras de la antigua calle de la Duda, se abriera a la nueva plaza y aprovechara sus bajos para el comercio. 

Lamentablemente, ahora, ya no hay nada que recuerde la existencia de lo que fue durante muchos años la calle más corta de la Ciudad Condal. Pero no, todo no ha desaparecido, ya que con un poco de perspicacia aún podemos ver una placa callejera de finales del siglo XIX, que nos informa que en ese lugar existió una calle que nunca se supo si lo era o no lo era y que ahora ya tan solo existe en nuestra memoria. 

Otros tiempos, otras realidades.

sábado, febrero 12, 2011

El Tratado de Utrecht o cuando la Historia pasó por Hospitalet.

L'Hospitalet de Llobregat, como ciudad satélite de Barcelona, ha crecido desmesuradamente en los últimos años, pasando en un siglo de ser un pueblecito agrícola hasta prácticamente ocupar todo su término municipal. Este endiablado crecimiento en tan poco tiempo ha provocado que Hospitalet se haya transformado en una gran ciudad, pero con muy poca historia en su haber, y si preguntamos a cualquier hospitalense, a parte de las historias del día a día en un suburbio trabajador, pocos acontecimientos históricos que hayan sido caudales van a poder contar. Sin embargo, si buscamos un poco algo sacamos  y, por ejemplo, nos encontramos con que, en la calle Xipreret de L'Hospitalet -en pleno centro histórico-, se firmó uno de los tratados que más ha afectado toda la geopolítica europea de los últimos siglos, el Tratado de Utrecht.

En 1713, la Guerra de Sucesión a la corona española estaba dando sus últimos coletazos. Los borbones y los Austria habían convertido el territorio español en un campo de batalla donde Castilla defendía al aspirante borbónico y donde Aragón defendía la causa austracista. Por su parte, Francia apoyaba a los borbones (cuestión de familia) e Inglaterra y Portugal ayudaban a los Austrias para evitar la formación de un bloque franco-hispano que decantara gravemente el equilibrio de fuerzas en Europa. No obstante, cuando el archiduque Carlos de Austria se encontró, sin buscarlo, sentado en el trono del Sacro Imperio Germánico, todo cambió.

Ante esa situación, los austrias dejaron de interesarse por la corona española, y los ingleses dejaron de interesarse por apoyar a los austrias debido a que no había ganas de reeditar el macro-imperio de Carlos I, o lo que es lo mismo, que tantos los unos como los otros abandonaron a su suerte la resistencia antiborbónica de la antigua Corona de Aragón. Estos territorios se enrocaron aún más en sus tesis, habida cuenta la merienda de negros que se avecinaba para las tropas de Felipe V si estos vencían, y que después se confirmó como tal.

Al cambiar tanto los objetivos de los diversos contendientes, el armisticio entre todas las partes era obligado y comenzó un intercambio de cromos en la cual la peor parada -como siempre- fue España, debido a la obsesión de Felipe V por ser reconocido como rey de España por la comunidad internacional, no dudando en desprenderse de Gibraltar, Menorca, Cerdeña, Sicilia y Flandes (curiosamente, casi todos territorios de la rebelde Corona de Aragón) para conseguirlo.

En esta tesitura, el 22 de junio de 1713 y a espaldas de los resistentes catalano-aragoneses, se reunieron en Hospitalet el Conde de Königsegg  y el general Ceba Grimaldi, representantes del ahora emperador Carlos VI y de Felipe V respectivamente, para consensuar los términos de evacuación de las tropas austracistas de los territorios rebeldes de Aragón, en lo que se dio a llamar "Convenio de Hospitalet" dentro de los Tratados de Paz de Utrecht. Con este convenio, llegaron al acuerdo de que no iban a tirar ni un tiro entre ellos, y que los Austrias simplemente abandonarían las plazas fuertes que ocupaban en un plazo más o menos breve de tiempo.

La suerte de los seguidores de la causa del emperador Carlos en los territorios evacuados no importó lo más mínimo, ya que los territorios aragoneses, simplemente habían servido como campo de batalla para dirimir quien era más fuerte en Europa, en una reedición del conocido dicho africano según el cual cuando dos elefantes se pelean, la que pierde siempre es la hierba. 

De esta forma, los defensores antiborbónicos se vieron totalmente traicionados y abandonados a su suerte ante la apisonadora hispano-francesa, cayendo los focos de resistencia uno tras otro al paso de las tropas de Felipe V, hasta llegar el culmen en la caída del Sitio de Barcelona el 11 de septiembre de 1714, y comenzando una represión brutal contra los perdedores la cual aún colea hoy en día.

Se ignora el sitio exacto donde se firmó el convenio de Hospitalet, pero se especula con que fuese en la Casa Espanya (sede del actual Museo de Historia de la Ciudad). Este palacete es la antigua casa solariega de estilo renacentista de la familia Llunell y se cree que fue aquí donde se encontraron ambos negociadores debido a ser ésta una de las familias más poderosas e influyentes del municipio. Para investigarlo, el ayuntamiento de l'Hospitalet convocó en 2010 una beca para estudiar este hecho histórico de gran importancia para Europa.

Tenemos tendencia  a denostar la periferia de las grandes ciudades, quitándole importancia simplemente porque la historia que se ha producido en ella no ha sido la de los grandes titulares. Sin embargo, la mayoría de las veces, la historia influyente, la que realmente marca, la encontramos en los pequeños detalles, en las cosas aparentemente sin importancia. 

Como diría alguien, todo está interconectado, o si no, que se lo digan hoy a los egipcios.

Fachada de Ca n'Espanya.

miércoles, febrero 02, 2011

Mimosa sensitiva, una mimosa muy recatada.

Quien más o quién menos, hemos podido ver plantas que cierran las flores por la noche, que siguen la luz solar u otras, como las carnívoras, que se cierran para atrapar sus complementos vitamínicos con patas. Sin embargo...¿conoce una planta a la cual, cuando usted la toque se pliegue toda? aunque le parezca imposible, ella existe y se llama Mimosa Sensitiva.

Mimosa sensitiva.
La mimosa sensitiva (o púdica) es una planta rastrera perenne no muy diferente a las mimosas arbóreas de flores amarillas que se cultivan en los jardines mediterráneos, ya que pertenecen como ellas, a la familia de las leguminosas. Es justamente, al tener estos hábitos terrestres que la mimosa sensitiva ha desarrollado el curioso método de, para salvarse de los herbívoros, al más mínimo roce plegar todas sus hojas y encoger las ramitas para ocupar el mínimo espacio, volviendo a su posición inicial a los pocos minutos. Si no sabes de que va la cosa, las primeras veces te puedes llevar un sustillo.

Reaccionando al tacto.
Esta peculiar mimosa, que no levanta más de un metro del suelo y es originaria de Brasil, está cubierta de pequeños ganchos -al estilo de las rosas- que le ayudan a engancharse al resto de la vegetación y, lo que es más importante para ella, le son un eficaz método defensivo. Estas espinas y su capacidad de retraerse al menor contacto, hacen que, cuando una vaca o cualquier herbívoro intentan acercarse a la mata, la mimosa contraiga todo el follaje dejando en primer plano todas sus aguzadas defensas. El animal, por tanto, queda sorprendido ya que la jugosa mata ha pasado, de golpe, a ser un zarzal indigesto. En este vídeo puede ver cómo lo hace.

Flores de Sensitiva
Es tal el éxito de esta especie, que en algunas partes de su Brasil natal se la haya considerado como una auténtica plaga, ya que con sus zarcillos se van haciendo las dueñas del sitio donde se encuentra, volviéndolo prácticamente impenetrable. Además, esta curiosa planta saca unas bonitas flores rosáceas-violetas, que no difieren mucho de las de sus primas mayores las acacias de Constantinopla o las Mimosas, si no fuera porque de esta flor al fructificar, salen unos racimos de pequeñas habas de un par de centímetros de largo literalmente forradas de pequeños ganchos que hacen que se aferre a todo aquello que se mueva. Al secarse, la vaina se abre y dejan caer tres o cuatro lentejillas que germinan con sólo mirarlas.

Manojito de semillas
Hace unos cuantos años, esta especie era una auténtica rareza en nuestro país, pero de un tiempo a esta parte, con la globalización, se puede ver con cierta regularidad en los viveros y garden center. Les recomiendo que adquieran alguna, no cuestan mucho y son de vida breve (viven mal en estas latitudes), pero la sensación de tener una planta tan peculiar durante una temporada es de las que vale la pena. Eso sí, aprenda bien cómo es esta planta, porque como le guste...¡se pasará todo el día tocando las hojas de las mimosas normales para ver si alguna se cierra!

Se lo digo por experiencia.

Una planta curiosa.