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lunes, junio 17, 2013

Hoy, cuento: La bicicleta

Otro día más. Otro día anodino, gris y exactamente igual de frío y desesperante que los últimos quinientos días que llevo sin trabajo. Quinientos días en que, a pesar de todos mis esfuerzos y cualificaciones no he encontrado ni un mísero trabajo digno que llevar a mi paupérrima cuenta corriente y ya estoy cansado. Cansado de ver a mi familia pasarlo mal; cansado de todo el esfuerzo baldío en busca de un trabajo; cansado de tener al banco detrás mío por no poder pagar la hipoteca; cansado de no poder dar de comer a mis hijos puntualmente; cansado de mendigar una oportunidad. Cansado... y hundido.

Me gustaría poder coger de las solapas a quienes me convencieron un día de que estudiar una carrera me daría la seguridad de un trabajo, y con tres carreras y un máster es como si fuera analfabeto. Me gustaría poder coger del cuello a quienes me convencieron de que era mejor comprar que alquilar un piso y me felicitaron cuando me compré un piso de 80 metros cuadrados porque el de 60, para cuatro personas, era pequeño. Me gustaría reventar la cabeza a quienes me convencieron de que con aquella hipoteca podría comprar el coche y que con lo que sobraba podría invertir en preferentes. Me gustaría...

No quiero pensar más porque, a cada vuelta de neurona, únicamente consigo enredarme más y más en mi misma pegadiza tela de depresión y pesimismo arrastrando hacia ella a todos los que me rodean. Y es que, aunque mantengamos todo el mundo las formas, la situación es desesperante; es insostenible; es límite.

¡Vale! ¡Ya está bien! Quiero huir de esta vida que me ha tocado vivir y que no he buscado en absoluto y no ser una carga para nadie pero, desgraciadamente, no puedo hacerlo. ¿O si? ¡La bicicleta!

¡Mi bicicleta! Aquella vieja bicicleta verde que, en mis años mozos, me convirtió en todo un campeón de las pistas de tierra y que me permitió conocer a mi actual esposa. Qué buenos tiempos. Qué nostalgia de la felicidad perdida.

Sin pensarlo dos veces, bajó su olvidada bicicleta del altillo, la limpió y la montó. Toda ella funcionaba a la perfección, a pesar de los lustros en aquel armario. Por desgracia no podía decirse lo mismo del maillot amarillo que aún guardaba en el fondo de un cajón, no por culpa de la prenda, sino por culpa de su propio cuerpo el cual había tendido a la expansión desde el mismo momento que desmontó la bicicleta. A pesar de todo, las ganas de olvidarse de todo pudieron más que el decoro de parecer una morcilla de Burgos y salió a la calle.

Las articulaciones estaban tan oxidadas como los engranajes de su amada bicicleta, pero aún así se encaminó velozmente a través de las calles hacía las afueras, en busca del campo abierto. En busca de una naturaleza que, en su impiedad salvaje, era más amable y acogedora que la realidad que estaba viviendo.

En cuanto el potente pedaleo le llevó a salir de los altos edificios y llegar a los verdes campos de trigo, su alma se infló de vida y de esperanza. Pájaros volando en libertad por aquí, árboles en flor por allá, un campo cultivado acullá, un bosquete a la izquierda, un pequeño camino a la derecha... Un aliento de bienestar le invadió de arriba a abajo, haciéndole olvidar por un instante todos y cada uno de los problemas que le acuciaban. Eso era la felicidad para él ¿Tanto pedía?

Pedaleados un par de kilómetros más, de pronto se dio cuenta de que no reconocía el paisaje. En el éxtasis de la felicidad "bicicletil" no se había fijado en absoluto de por donde iba y, entre eso, y los más de diez años que hacía que no se movía por aquellos caminos había perdido totalmente el sentido de la orientación. Pero le era igual, ya preguntaría a algún labriego cuando se cansara de pedalear. El día era claro, soleado, temperado... perfecto para la práctica del ciclismo. Un ciclismo que no dejaría de practicar mientras que el cuerpo le aguantase y le permitiese sentir la libertad y el bienestar inconmensurable que estaba disfrutando en ese momento. "Cuando me canse, me vuelvo", pensó.

Una ambulancia llegó, pero ya era innecesaria. El conductor de aquella furgoneta salió sin mirar de aquel pequeño camino cercano al bosquete y se llevó por delante a aquella bicicleta verde y su conductor. El impacto fue tan brutal que aquel ciclista enfundado en un ceñido maillot amarillo murió en el acto, descoyuntado, desmenuzado, destrozado... exactamente tal y como la vida le había tratado últimamente.

Tranquilos, nadie del banco lloró.


Eso era la felicidad para él ¿Tanto pedía?

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