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sábado, septiembre 14, 2013

Catalunya: múltiples colores, un solo cuadro.

Una de las quejas que tienen los puristas de la lengua catalana es lo mal que se habla esta lengua, llena de barbarismos y estructuras extrañas, sobretodo en el área metropolitana de Barcelona. Ello es así debido a la secular oficialidad del castellano, a la represión del uso del catalán y a la continua mezcolanza con los inmigrantes de habla castellana. Esto ha llevado a que en Barcelona, la mayoría de veces que escuchas hablar en catalán ya sean a nativos, trasplantados o naturalizados (utilizando un símil forestal), llegues a la conclusión de que Pompeu Fabra se debe mover más en su tumba que un cubito en una coctelera. Sin embargo esto que, a priori, es un síntoma de mala salud del catalán -como de hecho es- puede ser también una de sus grandezas, sin la cual no se puede llegar a entender desde fuera el grado de compactación de la sociedad catalana visto el éxito sin paliativos de la Vía Catalana.

El catalán y el castellano son dos lenguas románicas próximas entre ellas. Al imponerse el castellano sobre el catalán, (ya sea política o demográficamente) ello ha provocado que el catalán se vea corrompido, llenándose de barbarismos de todo tipo y condición, al ser la parte más débil. Este hecho que, alargado en el tiempo, implica la desaparición de una lengua, por otro lado significa que hay mucha gente que se lanza a hablarlo a pesar de no conocerlo bien. O lo que es lo mismo, que el hecho de poderte expresar en la otra lengua, aunque sea mal -y tal vez justamente por eso- rompe la barrera de utilización del catalán, lo cual, curiosamente, juega en favor del catalán y no del castellano. Curioso, pero cierto.

Esta misma situación es prácticamente impensable en el caso del vasco, el cual, al ser tan diferente del castellano, divide la sociedad en dos: los que lo saben y los que no lo saben, mientras que en Barcelona, prácticamente es imposible hacer esta distinción, ya que te puedes encontrar todo tipo de puntos medios.

En Barcelona te puedes encontrar quien hable un catalán perfectos, quien lo habla informal, el que le da más patadas que a una pelota, el que habla un castellano lleno de catalanismos e incluso (y esto es rigurosamente cierto) a quien habla un criollo mezcla de catalán y castellano que tanto le sirve para hablar en castellano como en catalán... y todas las combinaciones  intermedias posibles, claro. 

Si a eso sumamos la diversidad de orígenes y de los sentimientos de cada persona, se entenderá que la idea de bombero de algunos militares españoles de dividir Catalunya en dos, una para los españoles y otro para los catalanes, con la -mala- intención de balcanizarnos artificialmente, simplemente denote un desconocimiento total y absoluto de lo que se cuece a nivel de calle en este país. Desconocimiento que, por otro lado, es lo que les genera el miedo de pérdida de control de la situación. En el País Vasco, posiblemente funcionase, pero aquí sería como poner puertas en medio del océano.

Opuestamente a esta situación de bilingüismo y de mezcla de sentimientos -totalmente inconcebible desde Madrid, por otro lado- , desde los centros del poder central se hace tabla rasa (habituados como están a jugar al blanco o al negro exclusivamente) y se nos acusa de que odiamos a España, estigmatizando a toda la población que vivimos en Catalunya gratuitamente. La realidad dice que quien no tiene un familiar castellano, lo tiene gallego, o murciano, o extremeño, o valenciano, o francés, o... por lo que el verbo "odiar" no ha lugar. 

Vale que en todo grupo siempre hay el gilipollas que rompe la regla, pero cuando la inmensa mayoría de la gente que se siente independentista o ve el movimiento con simpatía se opone a España, no lo hace por un odio visceral contra una población o a un grupo en concreto, al contrario de lo que se ha querido vender. El odio visceral es, en realidad, contra la oligarquía que se ha apropiado del nombre de España y no ha dudado en incriminar -y discriminar- a los catalanes para seguir en el poder ininterrumpidamente desde mediados del siglo XIX.

En Catalunya no le queremos el mal a una España que forma parte de nuestras raíces ni a quien se siente español, pero las continuas muestras de intolerancia de quienes han de regir nuestros destinos hacia nuestra realidad, hacen que cada vez seamos más los que pensemos que es mejor para todos coger civilizadamente caminos diferentes y así, tener aquí paz y allí gloria. 

Al fin y al cabo, cada uno en su casa, puede ser amigo de todo el mundo. ¿O no?


Múltiples colores, un solo cuadro
(Obra "Chispa de luz", Montse Fernández)

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