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martes, abril 01, 2014

Barcelona 1888, la torre que quería competir con la Torre Eiffel

Arc de Triomf de Barcelona
La Torre Eiffel es, hoy día, el monumento más visitado del planeta y el símbolo de identidad de toda una ciudad como París, por no decir de toda Francia. Construida para la Exposición Universal de París de 1889 y en conmemoración del centenario de la revolución francesa, con el tiempo ha acabado por ser un símbolo mundialmente reconocido. Barcelona, por su parte, si bien más humilde, siempre ha tenido los ojos puestos en París, de donde ha obtenido tradicionalmente sus referentes arquitectónicos. Fue por eso que cuando se enteró que para la Exposición de 1889 se pretendía levantar la Torre Eiffel, la ciudad proyectó -para no ser menos- levantar otra torre emblemática para la de Barcelona 1888.

Marzo 1888, Torre Eiffel
Por la Ciudad Condal ha corrido insistentemente desde hace años, el bulo de que Eiffel ofreció hacer su famosa torre a Barcelona y como que no la quiso, se fue y la hizo en París. Nada más lejos de la realidad, ya que el proyecto de Eiffel es algo anterior, pero lo que sí es cierto es que, al tener conocimiento de semejante proyecto de construcción, los prohombres encargados de tirar adelante la mucho menos fastuosa Exposición Universal de Barcelona de 1888 quisieron estar a la altura, nunca mejor dicho.

Para conseguirlo, el proyecto inicial promovido por el empresario gallego Eugenio Serrano de Casanova observaba la construcción de una torre de unos 200 metros de alto que, ubicada en el medio del actual Parc de la Ciutadella y siendo más alta que la cercana montaña de Montjuïc, sería el centro de atracción de la exposición.

Torre Lapierre
El encargado de levantar la torre sería el ingeniero J. Lapierre, de Toulouse (Francia) y la estructura consistiría en una torre piramidal de 4 caras, con una base de 60 metros de lado y 200 metros de alto construida enteramente de madera y profusamente ornamentada. En esta torre, a parte de los ineludibles miradores, habría todo tipo de servicios de restauración -restaurantes, cafés, bares...- e incluso incorporaría unos potentes faros de luz en la cúspide que iluminarían el entorno de la Ciudadela. Todo ello sería una maravilla que competiría con la de París -según los entusiastas medios de comunicación del momento.

Pere Falqués
Sin embargo, si algo faltaba en el proyecto era el dinero, ya que al contrario del proyecto francés, en que participaba todo el país, la exposición de Barcelona fue un proyecto eminentemente privado, que no llegaba ni de lejos a los niveles presupuestarios de la exposición de París. Ello produjo que las autoridades tardaran lo que no está escrito en aceptar el proyecto de la Torre Lapierre, síntoma claro de que se acabaría por no hacer. Cuando el ayuntamiento desestimó finalmente la construcción de esta torre a finales de 1887, no se abandonó el proyecto, sino que se puso sobre la mesa un segundo: la Torre Condal (Torre Comtal).

Torre Condal
Proyectada por el arquitecto catalán Pere Falqués, tendría que tener igualmente 200 metros de altura, sería construida en piedra, ladrillo y hierro y su ubicación inicial sería la plaza de Tetuán. De diseño un tanto innombrable, corrió como la falsa moneda de una ubicación a otra y de despacho en despacho hasta poco antes de la apertura de la exposición (abril 1888) cuando se desestimó finalmente. Paralelamente a la Torre Condal se jugó con la posibilidad de hacer una segunda, llamada Torre Carbonell, que construida en hierro al mejor estilo Eiffel, prometía tener 350 metros de altura, 50 más que la francesa. Evidentemente si no había dinero para una, menos había para dos, por lo que ambos proyectos monumentales quedaron en el cajón. La exposición de Barcelona acabaría finalmente sin torre conmemorativa y sustituyéndose por un sencillo -pero barato- globo cautivo desde el que admirar la ciudad desde las alturas.

La Exposición Universal de Barcelona, a pesar de los fiascos, los delirios de grandeza y las restricciones presupuestarias, significó un cambio radical de la fisonomía de la ciudad. Monumentos emblemáticos como el Arco de Triunfo, el Parque de la Ciudadela o el monumento a Colón, han perdurado desde entonces. Y aunque los 2'5 millones de visitas de Barcelona 1888, poco tienen que ver con los más de 32 que tuvo París al año siguiente, la Ciudad Condal dejó, de esta forma, constancia al mundo de su mentalidad mediterráneamente abierta y de una vocación europeísta de la que aún hoy, en pleno siglo XXI, sigue haciendo gala.


La Ciutadella durante la Expo de 1888

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