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jueves, noviembre 06, 2014

El diminuto monasterio de El Palancar

Claustro de El Palancar
72 metros cuadrados sería una superficie que, para un piso de hoy en día, correspondería a una vivienda normalita -más bien tirando a pequeña- de cualquier ciudad española. Ahora  imagínese que, en esta escueta superficie, ha de embutir como si fuera un Tetris un monasterio entero, con su iglesia, su capilla, su claustro, sus celdas, su refectorio, su cocina, su coro, su enfermería, sus oficinas... Pues bien, este proyecto que haría las delicias -nótese la ironía- de cualquier arquitecto o diseñador de interiores, existe en realidad y se puede visitar. Se trata del Convento de la Purísima Concepción de El Palancar y sus extraordinarias medidas le han hecho merecedor de ser considerado el monasterio más pequeño del mundo.

Un desierto verde
El Convento de El Palancar -también llamado "el Conventito" por razones obvias- se encuentra perdido en medio de la nada, a 5 km del pueblo cacereño de Pedroso de Acim. Un emplazamiento que si hoy día ya parece aislado, en el año 1557, cuando fue construido por el santo extremeño San Pedro de Alcántara, aquello debía ser lo más parecido a encontrarse en pleno desierto del Sahara, pero rodeado por la sierra extremeña. Y es que, tan curioso personaje no eligió el lugar porque sí, ni tampoco construyó el convento tan minúsculo por nada.

San Pedro de Alcántara
Juan de Garavito y Vilela de Sanabria -San Pedro de Alcántara para los amigos- (1499-1562) era un monje muy conocido en la provincia por su don de gentes, su simpatía y, sobre todo, por su vida austera y de penitencia hasta el límite, que le llevó a ir caminando hasta Roma... descalzo. Hoy, Pedro de Alcántara, no dejaría de ser más que un masoquista irredento, pero entonces eran otros tiempos y se vio como un hombre virtuoso y santo, lo que le llevó tiempo después de su muerte a santificarlo y a ser el patrono de Extremadura.

Cocina rústica del convento
En este "medio ambiente", Fray Pedro ("de Alcántara", porque había nacido allí) decidió levantar un cenobio en unos terrenos perdidos de la mano de Dios que habían sido cedidos por un noble extremeño. De esta forma, en este lugar tan aislado podría seguir los votos de pobreza y austeridad dictados por San Francisco de Asís (ver El escueto nombre oficial de Los Ángeles). Preceptos que perpetuaba la Orden de los Franciscanos a la que pertenecía el monje alcantarino.  Y... ¡vaya si los siguió!

Mínima expresión
El convento fue construido con los elementos más básicos y más rupestres que encontró, tales como piedra y vigas de madera sin desbastar, de cara a evitar toda ostentación y riqueza. En la capilla, no cabía más que un oficiante y un acólito a la hora de dar misa, y como se metiera alguien más, aquello parecía el metro en hora punta. Las puertas eran la mínima expresión -se tenía que entrar agachado y de medio lado- y el claustro era tan amplio que los monjes se podían dar la mano de lado a lado.

Se pueden dar la mano
La cocina, al estilo extremeño, tenía el fuego en el suelo, en un rincón, y el refectorio (el comedor, vamos) se reducía a unas piedras a modo de mesa, donde los monjes comían de rodillas. Ésto último tampoco les preocupaba demasiado, habida cuenta que ayunaban diariamente y comían poco y mal. Eso si, Fray Pedro, aderezaba su frugal comida con ceniza, no fuera que le gustase su sabor -Ferran Adrià habría tenido poco cliente con él, todo sea el decirlo.

Celda, cama y cojín de Fray Pedro
Las celdas ya eran el acabose de la comodidad. Los camastros se reducían a un par de troncos para hacer de cama y, en el caso de la celda de San Pedro de Alcántara, ni eso, ya que en el metro y medio escaso que hacía de largo, el hombre, con su 1,90 de alto, no podía ni estirarse. En vez de eso, se dormía sentado sobre una piedra y con su frente apoyada en un madero que salía de la pared. Un descanso como Dios mandaba... solo a él, claro.

Refectorio bonsái
Como no podía ser menos, las dormidas que se metía también eran de impresión: como mucho una hora y media al día. Es de suponer que era lo máximo que podía aguantar su cabeza ante semejante almohadón "de plumas", pero la cuestión es que Santa Teresa de Jesús cuenta que por más de 40 años estuvo durmiendo tan poco, martirizándose para no sucumbir a los placeres de la carne, como si fuera un faquir hindú (ver Amar Bharti: 40 años con el puño en alto). Sea como fuere, Fray Pedro vivió 5 años en el convento de El Palancar, acompañado con unos -pocos- seguidores, donde se alimentaban de los productos que daba la (cómo no) pequeña  huerta que tenía en el exterior.

Claustro nuevo
A la muerte del fraile, el convento siguió su ascética existencia pese a la santificación de su fundador a finales del siglo XVII, si bien a partir de 1702, al "conventico" se le añadió una iglesia barroca y un nuevo claustro. Añadidos que, si bien sobredimensionan y distorsionan las dimensiones reales del convento original, le dan una mayor habitabilidad a los cuatro frailes franciscanos que aún, a día de hoy, habitan y conservan el monasterio más pequeño y más austero del mundo.



El Palancar, un monasterio diminuto

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