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sábado, octubre 17, 2015

La sorprendente montaña de ánforas llamada Monte Testaccio

Subida al Monte Testaccio
La huella que está dejando el ser humano en el planeta, como puede comprobar cualquiera que mire a su alrededor es, sencillamente, de impresión. Carreteras, canteras, ciudades, embalses... el hombre ha tomado la Tierra al asalto y la está destrozando, la mayoría de veces por simple especulación económica. No obstante, tanta actividad frenética tiene un precio, y ese es el de los residuos que se generan. Históricamente, estos desechos se han depositado en cualquier agujero en el suelo o en el corral, cuando no en medio de la calle (ver Las mareas que afectaban Madrid a pesar de no tener mar). Tan solo modernamente se han habilitado grandes espacios abiertos donde acumular la ingente cantidad de residuos de todo tipo que generan las grandes ciudades (ver La pútrida avalancha de Can Clos) con unos impactos ambientales de impresión (ver El dulce mar de la Falconera). Con todo, estas montañas de desechos no han sido patrimonio exclusivo del hombre de los últimos 100 años, sino que los romanos también producían sus basuras y las acumulaban de forma masiva. Tal es el caso de una colina artificial existente en la actualidad en Roma, la cual, si bien estuvo considerada durante un tiempo la más grande de toda la ciudad, no es esta su gracia principal. Y se preguntarán ¿cual es su particularidad? Pues que está construida única y exclusivamente por trozos de ánfora. Me estoy refiriendo al Monte Testaccio.

Monte Testaccio
¿Qué es lo que llevó a los romanos a hacer una montaña de 12 pisos de alto y 200 metros de largo tan solo con trozos de ánfora? Esta pregunta se la han hecho los historiadores y arqueólogos durante los últimos siglos cuando observaban esta curiosa colina de 35 metros de alto a orillas del Tíber, pero únicamente en los últimos 20 años se ha logrado discernir la magnitud de esta magnífica acumulación de cerámica. La conclusión es que, los romanos -por si tenia alguna duda- ante todo eran prácticos y que, hace 2000 años, ya utilizaban envases no retornables. Definitivamente, no hemos inventado nada.

En efecto, los romanos si han destacado por algo durante la Historia ha sido por sus innovaciones técnicas y por su infinito pragmatismo, y el Monte Testaccio (también llamado Monte dei Cocci) es una de sus manifestaciones más evidentes.

Producto básico mediterráneo
Uno de los productos que más consumían los romanos era el aceite de oliva. Este aceite de oliva, que hoy igual que ayer, es ampliamente usado por los países de la costa mediterránea, procedía de colonias romanas de más allá de la península Itálica tales como Túnez y Libia, pero sobre todo de la Bética, la actual Andalucía. No por nada, sino porque con la limitada producción propia, no daban abasto para atender las necesidades del millón largo de almas que habitaban la Ciudad Eterna. Esta circunstancia hacía que se tuvieran que organizar correctamente los transportes -básicamente marítimos- para hacer llegar a Roma el preciado oro verde. Y para ello, un buen contenedor que preservase el producto era crucial; y lo tenían.

Dressel 20 y Tituli Picti
Desde el siglo I al III d.C, los barcos romanos que se dedicaban al transporte de víveres utilizaban un tipo de ánfora que era especialmente práctica a la hora de acarrear el aceite de oliva. Esta arquetípica ánfora de cerámica, llamada por los arqueólogos Dressel 20 por ser catalogada así por el arqueólogo alemán Heinrich Dressel (1845-1920), pesaba unos 30 kg y con su forma globular era capaz de transportar unos 70 litros de aceite. De esta forma, desde los centros productores de aceite de las riberas del Guadalquivir, salían los barcos que cargados con el aceite hacían el trayecto hasta Roma, donde acababan el viaje.

Una vez llegados a la capital del imperio, las ánforas se vaciaban en depósitos y los cacharros, al contrario de lo que pudiéramos pensar, no se reutilizaban, sino que se descartaban y se llevaban enteras a un vertedero especial, es decir al Monte Testaccio.

Etiquetas a la romana
Acarreadas con burros o mulas, se llevaban hasta el montón por rampas, y aquí se rompían las ánforas, depositándose los trozos de forma organizada creando terrazas que se aseguraban con paredes de contención hechas de ánforas rellenas de fragmentos. Estas terrazas, a su vez, se cubrían con capas de cal, que además de evitar los nauseabundos olores de aceite rancio, servían de base para las nuevas capas de ánforas que continuamente se iban acumulando. Acumulación que, según los arqueólogos, pudo haber llegado a superar los 50 metros de altura, debido a que el comercio del aceite movía millones de ánforas. No en vano, los investigadores estiman que en el Monte Testaccio están los restos de unos 25 millones de ánforas (el 80% de ellas proceden de la Bética), que habrían transportado no menos de 175 millones de kilos de aceite.

Mosaico con transporte de Dressel20
La realidad es que no se sabe porqué los romanos no reutilizaban estas ánforas como lo hacían con otros productos, pero se especula que la dificultad de limpiarlas del aceite hacía más rentable el comprar nuevas que aprovechar las viejas, por lo que se convertían en envases de solo un uso... para regocijo y fruición de los arqueólogos actuales, evidentemente.

Una gozada arqueológica
El hecho de que trataran las vasijas así, ha permitido a los investigadores encontrar una ingente cantidad de información que, de otra forma no se habría obtenido. Ello es así, debido a que los romanos, organizados como eran, marcaban cada ánfora con datos del productor, los lotes de producción, las fechas de envasado, las empresas encargadas de los transportes, las rutas, y un montón de datos (llamados Tituli picti) que, como las empresas de hoy en día, controlaban las mercancías que se transportaban de un lado para otro.

Pared de contención
El trajín de aceite y el uso práctico del Monte Testaccio acabó con la caída del imperio romano (ver Rómulo Augústulo, el último emperador romano), pero los restos de aquel inmenso comercio permanecieron, desapareciendo de la memoria colectiva el porqué de aquella extraña acumulación hasta finales del siglo XIX, en que los arqueólogos e historiadores han llegado a comprender mínimamente la importancia de este vertedero. No obstante, esta ignorancia supina de su origen durante siglos es la demostración inequívoca de la importancia de la memoria histórica y de que, por mucho que duela a quien duela, el advenimiento del cristianismo significó el frenazo en seco y la marcha atrás a una cultura occidental desarrollada que ha tardado 1.500 años en recuperarse.

Un curioso vertedero romano perfectamente organizado

Webgrafía

5 comentarios:

Unknown dijo...

Interesantísimo blog. lo de las ánforas es fundamental para recomponer la historia de las rutas comerciales y su no reutilización es obvia: el barro es muy poroso y el aceite viejo y en esos tiempos seguramente más crudo que el actual debería dejar un olor poco agradable que arruinaría cualquier ánfora que usase (su precio debería ser irrisorio en comparación con el contenido). Es como las cajas viejas esas que salen en programas de antiguedades y que ahora valen una pasta como objetos victorianos o vintage: en 1800 eran cosas que tras un uso sólo podrían ser destinados a leña o a trastos mientras ahora son decoración para un pijo londinense o el dueño de un pub de postín.

Unknown dijo...

A ver. El articulo es interesante. Le sobran las opiniones sesgadas sobre lo malísimos que son los humanos hacia la Tierra y la referencia al cristianismo como culpable de la marcha atrás de la cultura occidental El cristianismo no derrocó al Imperio Romano, al contrario, es su sucesor en muchos aspectos. Quizás te suene el Sacro Imperio, de dónde viene el titulo de Pontífice y mil detalles mas. El Imperio Romano se descompuso por su propia dinámica y lo arrasaron los llamados bárbaros, no los curas y obispos cristianos. Si no entiendes eso, no sé qué conocimientos de Historia tienes. A no ser, claro, que hayas estudiado en la Complutense, lo cual explicaría ese sesgo infundado.
Por otro lado, si las ánforas llevaban unas inscripciones tan prolijas, ese etiquetado sobre barro ya me parece motivo suficiente para no poder reutilizarlas. Tanta información grabada a fuego no se pude desprender como una etiqueta adhesiva. Eran envases fabricados para un solo viaje.

Unknown dijo...

Después de escribir el comentario anterior he ido a tu biografía y he leído que no acabaste los estudios de Historia. Desconozco el motivo, si se te atragantó, te resultó demasiado difícil o te faltó tiempo, ganas o dinero.
Solo repetiré, como ya dije en mi anterior comentario, que se nota.

Ireneu Castillo dijo...

A ver, Desconocido...

-Evidentemente, a alguien desconocido no le explicaré mi intimidad, por lo tanto, puedes especular lo que te plazca, ya que eres libre para ello.

- 200 millones de personas en el mundo, bien; 7000 millones es una plaga.

- El advenimiento del Cristianismo fue un golpe mortal al Imperio Romano, y un freno y marcha atrás durante más de 1000 años a la cultura occidental. Lo afirmo, lo reitero y lo sostengo donde y ante quien sea.

-La Historia es la que es. La opinión, humana. Y yo, mejorando lo presente, no soy un extraterrestre.

-Si se nota mi formación, me siento halagado. Significa que el trabajo de mis Maestros, las carretadas de libros leídos, los seminarios, las visitas y mis investigaciones han valido la pena.

-Gracias por tu visita y te invito a volver siempre que quieras.

Amanda Maria Buisan dijo...

Como siempre, me parece muy interesante el artículo de Ireneu. Aunque pueda discrepar de sus opiniones de fondo, sus publicaciones son siempre amenas y nos descubren aspectos que (los lectores de a pie) quizá ignoramos, que es de lo que se trata al fin y al cabo.
Muy interesantes también las objeciones de Unknown (o uno de cincuenta), aunque me disguste su ataque personal.
Pero ya se sabe, salvando las distancias (ya que no se trata de discutir sobre "genialidad", que no sería el caso) , Mozart y Salieri, tampoco se andaban con chiquitas!