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jueves, diciembre 17, 2015

El USS Indianapolis o el peor ataque de tiburones de la historia

El peor ataque de tiburones
Un antiguo refrán africano dice que, cuando dos elefantes se pelean, la que siempre sale perdiendo es la hierba. Este ejemplo de sabiduría popular es especialmente sangrante sobre todo en las grandes guerras, donde el campo de batalla, por mucho que nada tenga que ver con la contienda, acaba recibiendo las consecuencias directas de la confrontación. Sea como sea, toda regla tiene su excepción, y eso fue lo que pasó durante una batalla de la Segunda Guerra Mundial en el Pacífico, en que, dando la vuelta a la tortilla, quien más ganó fue el mar en que se produjo. Bueno... para ser precisos, los tiburones que vivían en él, porque protagonizaron el ataque a humanos más sangriento que se ha documentado hasta la actualidad.

USS Indianapolis CA-35
Julio de 1945. La Segunda Guerra Mundial está dando sus últimos coletazos en el Pacífico a pesar de que los japoneses no están dando su brazo a torcer. Esta obstinación nipona lleva a los Estados Unidos a decidir el lanzamiento de la recién desarrollada primera bomba atómica sobre Japón. No obstante, debido a la lejanía entre los dos países, se decide llevar los componentes a la base de Tinian, una isla perteneciente a las Marianas -española hasta 1899-  y que hacía menos de un año había sido arrebatada al ejército nipón, desde donde se podría alcanzar territorio japonés con facilidad. En esta tesitura, el crucero USS Indianapolis fue el encargado de llevar algunas de las partes vitales de la bomba a Tinian, y una vez acabada su misión sin incidentes, su siguiente destino fue encontrarse con el acorazado USS Idaho en medio del Mar de Filipinas para organizar una más que segura invasión de Japón. La misión era secreta, por lo que no llevaría ningún tipo de escolta -el capitán -Charles Butler McVay- la pidió, pero se la negaron- y las comunicaciones estaban restringidas. Sin embargo, la cosa iba a complicarse. Y mucho.

Trayecto frustrado
A las 23 h del 29 de julio, a medio camino de su encuentro con el Idaho, el Indianapolis fue interceptado por un submarino japonés. Éste disparó dos torpedos que alcanzaron los depósitos de combustible y la santabárbara (el polvorín, vamos), lo que produjo una explosión en cadena y el hundimiento del crucero en tan solo 12 minutos. 900 de los 1.196 hombres de la tripulación pudieron salvarse saltando al mar, aunque poco imaginaban que aquello no era el fin de sus padecimientos sino, justamente el principio.

I58, el submarino atacante
Ante el caos imperante en una situación como aquella, cada uno salió como pudo. Unos saltaron con chalecos salvavidas, otros sin nada y, los menos, tuvieron la oportunidad de subirse a los pocos botes que habían podido ser arriados, de tal forma que al hundimiento siguió una constelación de gente en el agua, mirándose de mantener a flote como buenamente podía.

En medio de este jaleo, las explosiones, el chapoteo y el olor de la sangre de los heridos y muertos llamaron de inmediato la atención de los tiburones que rondaban por aquellas aguas. Evidentemente, en un mar abierto y desierto como aquel, estaban siendo llamados a gritos a participar en un auténtico festín.

Naufragos entre tiburones
Por su parte, la imposibilidad del capitán del Indianapolis de enviar un S.O.S. por haber sido dañados los generadores de electricidad por los torpedos, hizo que el alto mando estadounidense no se enterara en absoluto del incidente. Así, de esta manera, los 900 supervivientes, la gran mayoría en el agua, con pocos víveres y menos agua potable tuvieron que enfrentarse a una temible noche rodeados de depredadores hambrientos.

Al principio, los tiburones comenzaron a atacar a los cadáveres que flotaban entre los supervivientes, pero conforme se animaban a comer los restos de los infortunados marinos, los heridos, cuyas heridas sangrantes eran un perfecto reclamo, empezaron a ser el foco de los escualos, hasta el punto que los marinos sanos, apartaban de su lado a los heridos como si fueran apestados. Pero la cosa aún no había empeorado lo suficiente.

Isla Tinian
Efectivamente, tras una primera noche de horror, la ayuda seguía sin llegar. La falta de agua, el hambre y la insolación empezaron a hacer mella entre los supervivientes, los cuales se juntaban en grupos para hacer frente a los tiburones. Unos grupos en los que el centro era lo más buscado, mientras que permanecer en la periferia era poco menos que estar sentenciado a muerte por el continuo acoso de los hambrientos tiburones.

La situación se hacía crítica por momentos. A la insolación se sucedía la sed, que llevaba a la locura a los marineros, los cuales llegaban a beber agua de mar, produciéndose envenenamientos por la ingestión de sal, o lo que es lo mismo, tenían alucinaciones, perdían el conocimiento, sacaban espumarajos por la boca  para acabar en violentas convulsiones; convulsiones, que llamaban la atención de los siempre dispuestos tiburones. El colmo llegaba en el momento de abrir alguna de las latas de carne que llevaban,  ya que el fino olfato de los tiburones era atraído por el aroma de la carne, por lo cual, el miedo hacía que ni tan solo se atrevieran a comer. Y eso, en el mejor de los casos, ya que algunos de los supervivientes eran incapaces de coordinar el más mínimo movimiento debido a que el miedo a los tiburones los tenía paralizados. ¿Lo peor? Que tuvieron que aguantar en esta situación de terror psicológico durante cuatro eternos días.

4 días de infierno
En la mañana del cuarto día, un avión estadounidense de reconocimiento submarino que pasaba por la zona vio el grupo de supervivientes en el mar, dando aviso al Alto Mando, el cual, a pesar de que el Indianapolis tenía que haber llegado el 31 de julio a su destino, no lo echó en falta en ningún momento. El primero en llegar fue un hidroavión que, a pesar de tener prohibido amerizar y viendo la situación, bajó y estuvo ayudando a los malogrados marinos hasta que a la noche llegó el destructor USS Cecil J. Doyle, y pudo ponerlos a salvo.

Primeros auxilios
El resultado fue pavoroso. De los casi 900 náufragos que se salvaron inicialmente del hundimiento del Indianapolis, tan solo pudieron ser recuperados con vida 316. El resto murió fruto de las heridas, la falta de alimentos, de agua y, sobre todo, por los tiburones, ya que se estima que la mitad de los que murieron durante aquellos cuatro truculentos días, fueron presa de los afilados dientes de los escualos que por allí pululaban.

Charles B. McVay
La historia acaba en 1968 con el suicidio del capitán McVay, al ser declarado culpable en el Consejo de Guerra que se le abrió. De nada sirvió que alegase que no se le permitió llevar escolta, ni que el propio comandante del submarino japonés -detenido con el final de la guerra- asegurase que iba a su caza y que, si hubiera fallado, hubiese enviado a sus torpedos suicidas (ver Los kaiten, los kamikazes submarinos japoneses), que el Alto Mando, buscando tapar su propia ineptitud, lo degradó y lo envió a oficinas, provocando tan luctuoso final. Tampoco sirvió de mucho que, en el año 2000, Bill Clinton rehabilitase su memoria. Más que nada por llegar un pelín tarde, claro.

En definitiva, la tragedia del Indianapolis fue dos veces mortífera. Primero fue el naufragio con más víctimas de la marina estadounidense y, por otra, el ataque de tiburones más sangriento documentado hasta la actualidad. Con todo, y a pesar de la horrible matanza, haríamos bien en no ver a los tiburones como los culpables o los malos de esta película, ya que, si algo fue lo que provocó las muertes fue la estupidez humana en forma de guerra, y la inutilidad manifiesta de los responsables de la Marina norteamericana para vigilar por sus marines. Los tiburones, al fin y al cabo, estaban en su casa.

... y se encontraron con la mesa preparada.

Un auténtico festín a cuenta de la guerra
Webgrafía

3 comentarios:

Noé Reyes dijo...

Increíble, no conocía el suceso, y de solo imaginar estar en esa situación me dan escalofríos, una tragedia (y los traumas de los sobrevivientes) que quizás podría haberse evitado con esa escolta que le negaron al capitán Mcvay, o como mencionas al final, si no hubiera guerra en primer lugar, aunque esto ultimo se ve bastante difícil lamentablemente.
¡Saludos!

Libro Lector dijo...

Yo sí que lo conocía la historia. deberían haberlo pillado en el camino de ida cuando llevaba la bomba.

Alberto Laf dijo...

Muy buen artículo, me gustó mucho.Gracias por compartirlo