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martes, diciembre 08, 2015

Roy Sullivan, el guardabosques que recibió 7 rayos y vivió para contarlo

Roy C. Sullivan y una prueba
¿Quién no se ha dicho alguna vez "se están riendo de mí" cuando parece que todo se alía contra nosotros de una forma casi imposible? Todos los semáforos en rojo cuando más prisa tienes... la inoportuna llamada de teléfono que jamás se ha producido anteriormente, ni nunca más volvió a producirse... la luz que se va en el momento más interesante de la película... todo ello son cosas que, por pura imposibilidad estadística de que haya sido por azar, nos conducen a pensar que algo o alguien nos está vigilando y que se está divirtiendo -y mucho- a nuestra costa (en su momento escribí el cuento "¡Que hay prisa!", dedicado a este tema, y que te invito a leer). Sin embargo, la casualidad existe, y como las estadísticas están para romperse, hay cosas que ocurren por simple azar... aunque, claro... cuando la situación es repetida en el tiempo y las posibilidades de que te pasen es de 1 entre 24 quintillones, la verdad es que es para empezar a pensar mal. Tal fue el caso de Roy Sullivan, el hombre al que le cayeron 7 rayos encima y, además, sobrevivió a todos ellos.

Zeus, el dios del rayo
El rayo, como todo el mundo conoce, es uno de los fenómenos atmosféricos más poderosos y destructivos de la naturaleza. La barbaridad de voltios que es capaz de descargar una simple chispa es de los que ponen los pelos de punta a cualquiera y, simplemente viendo cómo queda un árbol después de haberle caído uno, o los daños que producen a las edificaciones que no están provistas de pararrayos, podremos ser consciente de ello. Las personas y animales no se salvan de ser objetivo de las iras de Zeus y, a quien le cae uno no acostumbra a salir bien parado. No obstante, hay veces en que la lotería celestial te toca y, pese a caerte un rayo, lo máximo que te llevas es un shock y un bonito tatuaje natural (ver La figura de Lichtenberg, el tatuaje gratuito del rayo), pero que esto mismo le ocurra a alguien hasta en siete ocasiones, normal, lo que se dice normal, no es.

Roy Cleveland Sullivan (1912-1983) era un guardabosques de Virginia (EE.UU.) que no se diferenciaría de cualquier otro, si no hubiese sido por la obsesiva fijación que tenían los rayos con ir a impactar contra su persona en cualquier situación y lugar. Basta que hiciera un poco de nublo para que, si tenía que caer una chispa eléctrica, fuera el punto de impacto preferido. Su historia de pararrayos a tiempo completo, a pesar de todo, empezó bastante tarde.

Atalaya de vigilancia
La primera vez que se le documentó un impacto de rayo fue en 1942, con la edad de 30 años, cuando trabajando ya de guardabosque en una torre de vigilancia forestal, durante una fuerte tormenta, cayeron hasta ocho rayos sobre la torre. Por aquel entonces, las torres no estaban equipadas con pararrayos, de tal forma que al impactar sobre aquella, prendieron fuego al interior. Sullivan, al ver aquello, decidió salir poniendo pies en polvorosa, con tan mala suerte que, a los pocos pasos de la torre, le alcanzó una descarga. Esta primera ocasión se saldó con una quemadura de 1 cm de ancho todo lo largo de su pierna derecha, que saltó hasta el pie y de ahí al suelo, haciéndole un agujero en el zapato. El susto fue tremendo, pero no pasó de aquí.

El tiempo transcurrió y el incidente pasó como una afortunada anécdota en su vida hasta julio de 1969, cuando todo iba a dar un vuelco.

Figura de Lichtenberg
Un día de verano de ese año, circulando por una carretera de montaña con su camión, un rayo impactó contra un árbol cercano a por donde circulaba. La fuerza de la descarga hizo que la chispa rebotara en el árbol, impactando contra Sullivan, el cual iba conduciendo tranquilamente con la ventanilla abierta. En circunstancias normales, la estructura de metal del camión habría sido suficiente para conducir el rayo, pero al ir con la ventana abierta, éste se coló por ella, dejándolo inconsciente y quemándole las pestañas, las cejas y parte del pelo. Por suerte para él, el camión se paró a tiempo de no precipitarse por un acantilado. Si difícil es salvarse de la caída de un rayo, Roy se había salvado de dos... y no sería la última

A partir de aquí, y durante 8 años, Sullivan se convirtió en lo más parecido que hay a un pararrayos humano.

Impacto en un bosque
En 1970, un rayo rebotado en un transformador eléctrico le quemó el hombro izquierdo; en 1972 otro rayo le quemó el pelo cuando estaba en la oficina del guardabosques; en 1973, huyendo de una nube de tormenta en su camión, cuando ya pensaba que la había dejado atrás, se bajó y le impactó un rayo, quemándole el pelo, bajando por el brazo y pierna izquierda, y al llegar al zapato le rebotó en la pierna derecha; en 1976, otro rayo le dio en el tobillo y, para acabar la fiesta, en 1977, mientras que estaba pescando, un rayo que le impactó en la cabeza, le chamuscó el cabello, el pecho y el estómago. Lo más gracioso del asunto es que, en aquel momento, un oso vio la oportunidad de robarle la trucha que estaba pescando y Sullivan, ni corto ni perezoso, se lió a palos con el oso hasta que lo puso en retirada. Que un rayo me haga al ast, tiene un pase, pero que un oso te birle una pieza... ¡Ah, no! ¡Eso sí que no!

Rayo en la Torre Eiffel
Sea como sea, ni más ni menos que siete veces fue documentado que el cuerpo de Roy Sullivan había sido el punto de impacto de un rayo. Ello hizo que el hombre cogiera miedo a morir, a los rayos y a las tormentas (¡y quién no!) y que, cada vez que intuía que había una tormenta, se escondiera en el coche hasta que pasaba. Pero no solo cogió miedo él, sino que la gente que lo conocía le tenía más miedo a él que a la propia tormenta, y cuando había riesgo de tempestades, la gente lo dejaba más solo que la una, cual apestado. Una auténtica alegría.

Sullivan, irónicamente, murió en 1983 víctima, no de un rayo, sino de sí mismo. Y es que, tras haber sido capaz de soportar una de las mayores fuerzas de la naturaleza sin sufrir daños de consideración no menos de siete veces (por lo que fue incluido en el Libro Guinness), un amor no correspondido le hizo descerrajarse un disparo en el estómago lo que le llevó, ahora sí, a la tumba.

Su sombrero lo delata
En definitiva, el caso del pararrayos humano Roy Sullivan, si algo nos deja en claro es que vivimos en un mundo extraño. Un mundo extraño donde creemos más en los designios de un ser divino que nos putea y nos protege a partes iguales, pero que podemos evitar pegándonos un simple tiro, mientras que dudamos de las posibilidades matemáticas reales de que un rayo impacte sobre una persona siete veces sin matarlo, aunque el 90% de los que reciben un rayo sobrevivan a la descarga. Es por ello que, tal vez, antes de aventurarnos a pensar en el más allá ante lo desconocido, haríamos bien en conocer bien el más aquí para amar y comprender el sorprendente mundo que nos rodea.

Francamente, nos iría mucho mejor.


El 90% de los que reciben un rayo, sorprendentemente, sobreviven



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