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miércoles, noviembre 02, 2016

La sorprendente ley que decretó que trabajar era honesto y honorable

Trabajar no era honroso.
Si hay algo en que pudiéramos estar todos más o menos de acuerdo es que, trabajar, lo que se dice trabajar, no gusta a nadie. Eso de levantarse a horas intempestivas, pasarte una carretada de horas fuera de casa (a la familia la conoces de oídas) para, encima, cobrar una miseria, es algo que no llena de orgullo y satisfacción a nadie, contrariamente a lo que pudiésemos pensar viendo las kilométricas colas que hay en las oficinas de empleo. Con todo, de algo se tiene que vivir y, por tanto, el común de los mortales nos encontramos en la diatriba de, o trabajas de alguna forma, o pasas más hambre que un caracol en un espejo. No obstante, existen los afortunados que, pudiendo vivir de rentas, no tienen necesidad de dar un palo al agua y a los que parece que el trabajo les produce auténticos sarpullidos. Y es que, fíjese si gusta poco el trabajar en este país que incluso Carlos III tuvo que decretar ¡por ley! que trabajar era honroso. No es broma.

Ni contigo, ni sin ti
¿Qué es lo que lleva a un rey a hacer una ley en la que se ordena que el trabajo sea honroso y honorable? Evidentemente, el gusto y la valoración favorable hacia el hecho de ejercer una profesión manual por parte de sus súbditos, no. Pero esto, que a día de hoy, es un hecho incontestable (adictos al trabajo a parte), choca con la paradoja de que, quien más quien menos, desea un trabajo, constituyendo un serio problema en caso de no obtenerse. Sin embargo, en 1783 el problema era al revés, que nadie lo quería. No por ningún desprecio especial por la ocupación diaria (que también) sino porque, el hecho de tener un trabajo manual remunerado, te impedía subir de ningún modo en el escalafón social. El trabajo era vil y deshonroso. Sencillamente.

Los tres estamentos
Durante el Medievo y la Edad Moderna, la sociedad europea (y por extensión la española) se dividía en tres estamentos netamente diferenciados: la aristocracia, el clero y la plebe. En esta división social, en que el peso de las cargas económicas de los estados iban todas para la plebe (en el fondo no hemos cambiado tanto), la Iglesia y los nobles simplemente vivían de las rentas que les proporcionaba su patrimonio y las espaldas de sus trabajadores. Mucho “ora et labora” y “el trabajo ennoblece”, pero eso de coger un astil como que no iba mucho con ellos.

Nobleza ociosa
Sea como sea, y aunque les gustase moverse menos que a la quijada de arriba, la verdad es que los derechos y los privilegios de la nobleza venían dados por derechos de sangre, de tal forma que solo podían ser nobles (y aspirar a serlo) los que provenían de familia noble. Ello significaba que si necesitaban ejercer un trabajo manual para poder sobrevivir, suponía que habían tenido que deshonrar el nombre de la familia y de su título, por lo que no merecían la consideración de “hidalgos”. Un noble tenía que vivir de rentas, no de algo que tradicionalmente habían hecho -y aún hacían- los esclavos. Punto. No obstante, y como diría un conocido Nobel de literatura (ejem), los tiempos estaban cambiando.

La modernidad venía imparable
Durante el siglo XVIII, el desarrollo de las ciencias, las tecnologías y el transporte, propiciaron que la burguesía dedicada al comercio y a la incipiente industria se enriqueciera y aumentase su cuota de poder. Cuota de poder que, por contra, no le estaba permitido ejercer oficialmente, ya que, en su inmensa mayoría no pertenecían a la nobleza y, por no poder, no podían ni aspirar a los cargos públicos. Había, por tanto, una notable presión de los nuevos poderosos que se oponía a las refractarias antiguas formas de hacer, a las cuales ya les estaba bien como estaban las cosas.

De esta manera, los que mantenían de alguna forma los derechos de hidalguía y nobleza en función de su origen familiar, aunque fuesen pobres como ratas, se negaban a emplear en cualquier trabajo manual remunerado, habida cuenta que ponerse a trabajar significaba arrancar de cuajo todas las posibilidades de progresar en el escalafón social del momento, a la vez que perdían peso específico en las estructuras de poder del Estado.

Trabajar era de pobres
Así pues, la Corona Española, en perpetua crisis a pesar de mantener todavía las colonias, se encontró con la necesidad de, por un lado, poder premiar con títulos y prerrogativas a los individuos que más hacían por el mantenimiento del Estado con su solvencia  y, por otro, pero no menos importante, poder dar salida a todos los nobles que, por temor de perder sus derechos de hidalguía, vivían ociosos e improductivos, la mayoría de ellos a base de rentas pagadas por el Estado. O dicho de otra forma, el rey prefería tener cerca a los ricos (aunque plebeyos) que a los pobres (aunque aristócratas). Simple cuestión de intereses.

Carlos III de Borbón
Fue entonces que Carlos III, viendo necesario el adaptarse a los nuevos tiempos y el arrimar el ascua de los billetes de la creciente burguesía a su sardina particular que, mediante la Real Cédula del 18 de marzo de 1783, decreta de forma oficial que el hecho de trabajar en cualquier oficio es honesto y honrado, no envilece a las familias nobles que trabajen y, por tanto, no perjudica a ningún derecho nobiliario pasado o futuro.

Esta ley, por tanto, era una forma de bañarse y guardar la ropa por parte de la monarquía, cediendo un poco a las aspiraciones de poder de la burguesía pero sin quitar poder a la nobleza -en pleno despotismo ilustrado, el postureo de “todo por el pueblo, pero sin el pueblo” lucía mucho. Sus consecuencias, por contra, serían mínimas, y no fue hasta la Constitución liberal de 1812 (la Pepa) en que el Antiguo Régimen, con sus prebendas y sus derechos de sangre quedaron abolidos -si no definitivamente (ver ¡Muera la libertad!... y no era una broma), sí decisivamente- permitiendo el ascenso imparable de las nuevas clases medias y sus novedosas formas de hacer y de pensar.

Eso si, las ganas de trabajar de la población continuaron siendo las mismas: ninguna.

Y así nos luce el pelo.

Una ley un tanto sorprendente

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