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miércoles, diciembre 14, 2016

El yoyó, el diabólico invento prohibido por provocar sequías

Jugando al yoyó
Hace no mucho tiempo, una conocida me explicaba que tenía a sus nietos y a los amiguitos de sus nietos totalmente rendidos a sus pies, y no era para menos. Para unas criaturas acostumbradas a las consolas, los móviles y las tablets como método de distracción habitual, el hecho de que hubiera un mayor que les enseñara a jugar a la charranca (rayuela), al escondite, a las canicas o al 1,2,3 pica pared era una auténtica fiesta. Los tiempos de aquellos juegos que todos los que tenemos una cierta edad hemos jugado alguna vez, hace tiempo que pasaron en beneficio de una tecnología que ha substituido el contacto físico por una aislada y onanista realidad virtual. Uno de los juegos que parecen haber pasado a mejor vida para los cibernéticos infantes es el yoyó. Y es una pena porque este sencillo y antiquísimo artilugio ha hipnotizado a generaciones de niños y niñas, hasta el punto de llegar a ser prohibido por... ¡provocar sequía! De locos, pero cierto.

Todo el mundo ha tenido uno
Cuerda arriba, cuerda abajo... de esta forma machacona, la juventud y no tan juventud de todas las épocas se ha pasado días enteros intentando hacer bailar el yoyó. Este par de discos unidos por un eje con una cuerda enrollada, ya se conocía en la Antigua Grecia y desde entonces, ser capaz de repetir las figuras que eran capaces de hacer con él los más experimentados, ha sido un reto para todo el mundo que lo ha tenido en las manos. No obstante, a pesar de ser conocido en todo el mundo, el verdadero boom de este juego vino a principios del siglo XX, cuando el filipino-estadounidense (ver Rizal o cómo un pacifista hizo perder las Filipinas a España) Pedro Flores creó la Yo-yo Manufacturing Company en 1928 y empezó a venderlos como churros, con unas tiradas de producción que llegaban a los 300.000 juguetes diarios.

Funcionamiento del yoyó
Los yoyós, de esta forma, y gracias a su precio económico, empezaron a distribuirse internacionalmente de una forma pasmosa, volviendo medio locos a todos los niños y jóvenes que entraban en contacto con él. Dentro de la expansión mundial del yoyó, uno de los lugares donde más éxito obtuvo fue Oriente Medio, y sobre todo, en el territorio que hoy conocemos como Siria. Sin embargo, no todo el mundo estaba tan contento con tal profusión de estos oscilantes juguetes.

Mapa de Siria
Siria, a principios de los años 30 del siglo XX, era un territorio conflictivo (no tanto como hoy (ver ¿Qué está pasando en Siria? Síntesis de un conflicto armado), pero casi) que estaba desde 1920 bajo mandato francés, país que lo había convertido en un protectorado con un estamento religioso que tenían un poder muy fuerte. Así las cosas, la juventud siria, como forma de escapar de la dura realidad de una sociedad en permanente enfrentamiento contra el poder galo, se lanzó de brazos abiertos a la poco menos que hechizante afición de hacer subir y bajar con más o menos gracia los yoyós, llegando a ser una auténtica obsesión.

Alá no gustaba del yoyó
Paralelamente, el país estaba pasando unos malos momentos climáticamente hablando, con una fuerte sequía (ya de por sí dura por ser de clima semidesertico) concatenada con un invierno muy frío que habían provocado que la cosecha se perdiese, cosa que ponía en un serio brete a las capas más vulnerables de la sociedad, sobre todo agricultores y ganaderos.

Juego milenario
Si hubiese sido un país católico, ante semejante panorama pluviométrico, poco hubieran tardado en sacar los santos y las imágenes solicitándoles que lloviera (ver El alcalde que le echó un órdago a Dios... y ganó), pero al ser Siria un país predominantemente musulmán, a parte de rezar para que llegaran las lluvias, cualquier expresión idólatra en ese sentido está estrictamente prohibida. Aunque, como fueran las cosas, las autoridades religiosas musulmanas no se iban a quedar de brazos cruzados y más si conocían quién era el culpable de la situación: el yoyó.

Más o menos como se habrá quedado usted al descubrir este singular culpable, se quedaron los miles de practicantes del juego del yoyó cuando en enero de 1933, un comité formado por jefes religiosos de Damasco, se entrevistaron con el Primer Ministro Haqqi al-Azm y solicitaron la prohibición del yoyó. Las razones argumentadas para ello no tenían desperdicio.

Yoyó profesional
Según los lideres religiosos sirios, imbuidos de una superstición tan solo explicable en la medida de su extrema desesperación, pensaban que el yoyó, en su eterno bajar y subir, era un elemento diabólico que desagradaba a Alá, que absorbía la mente de los sirios y que provocaba que la lluvia que tenía que caer al suelo, al ver el juguete en funcionamiento, volvía a subir antes de llegar a tierra. Ello, junto a la idea entre los imanes de que era una absurda pérdida de tiempo, convencieron al gobierno sirio e hicieron que se oficializara la prohibición inmediatamente. Una prohibición que hizo que, a partir de entonces, la policía siria se dedicase a parar todos aquellos impíos que osasen jugar con un yoyó.

Los griegos jugaban al yoyó
El resultado fue la incautación de miles de estos artilugios satánicos y la práctica eliminación del juego del yoyó en territorio sirio. Las crónicas no dicen qué pasó con la prohibición aunque apuntan a que, pasado un tiempo llovió de nuevo para regocijo de toda aquella sedienta tierra. ¿Casualidad? ¿Ciclo climático?

Sea como sea, esta prohibición de un juguete milenario en la creencia totalmente ignorante y fanática de que su funcionamiento propiciaba absurdamente la sequía, ha quedado como ejemplo de la delgadísima (caso de que realmente exista) línea roja que, por mucho que se obstinen en negarla los elementos más devotos de cualquier confesión, separa una religión de una simple y necia creencia supersticiosa.


Un diabólico invento capaz de producir sequía

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