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viernes, julio 29, 2016

Los Friendly Floatees, los patitos de goma que navegaron por medio mundo

Ebbesmeyer y sus "Floatees"
Que el mar se ha convertido en auténtica cloaca donde tirar todo tipo de residuos es una verdad incontestable que basta con pasear por nuestras playas una mañana de invierno para confirmarlo...¡Y que sólo fuera en invierno! Porque nadar cualquier día de verano entre compresas, plásticos o zurullos flotantes -por mucha bandera azul que tenga la playa- les puedo asegurar que es una sensación inconmensurable. No obstante, a pesar de hacer de los mares nuestro particular vertedero de inmundicias varias, los mecanismos que rigen las grandes corrientes oceánicas han sido unos verdaderos desconocidos hasta hace muy poco. Curiosamente, uno de los empujones más importantes al conocimiento de las corrientes marinas tuvo como protagonista un vertido de plástico un tanto peculiar: un container cargado con miles de patitos de goma.

Portacontenedores Ever Laurel
El día 10 de enero de 1992, el carguero Ever Laurel se encontraba de singladura comercial llevando centenares de contenedores desde Hong Kong hasta Tacoma (Washington-EE.UU.), cuando un violento temporal alcanzó de lleno el barco en el punto 44,7ºN 178,1ºE -en el medio de la nada más absoluta en el Pacífico Norte, vamos.

El temporal, con olas de 11 metros de altura (ver Las misteriosas olas gigantes) produjo que la carga de contenedores que transportaba el carguero se desplazara y una docena de ellos se soltaran de sus anclajes, perdiéndose irremisiblemente en medio del mar embravecido. El Ever Laurel pudo llegar sano y salvo finalmente a su destino, pero uno de aquellos containers perdidos iba cargado con un pedido de juguetes de baño. Una carga particular que iba a dar un juego que nadie se esperaba.

Retractilado original
El cargamento perdido, formado por 28.800 muñequitos de plástico para divertir a los niños mientras están en el baño, estaba distribuido a partes iguales (7.200 cada uno, vaya) entre patitos amarillos, castores rojos, tortugas azules y ranas verdes. Sin embargo esto no tendría mayor importancia si no fuera porque, al caer al mar, el contenedor se abrió, dejando escapar la ingente cantidad de animales de goma en medio del Pacífico. Unos muñequitos que, para mayor casualidad, no tenían agujero, con lo cual su flotabilidad estaba más que asegurada.

De esta forma, toda la carga de patitos de goma quedó a merced de las corrientes oceánicas, iniciando un viaje que, sin prisa pero sin pausa, los llevaría a miles de kilómetros del punto de naufragio. Viaje que pronto llamaría la atención de un oceanógrafo norteamericano especializado en la monitorización de las corrientes marinas llamado Curtis Ebbesmeyer.

Mapa de corrientes marinas
Ebbesmeyer en aquel momento estaba trabajando con James Ingraham, otro oceanógrafo, en la confección de un modelo informático que permitiera conocer con cierta exactitud las derivas de las corrientes y así predecir el desplazamiento de la pesca o de las mareas negras de petróleo en caso de accidentes marítimos. De este modo, los juguetes (conocidos con el nombre genérico de “Friendly Floatees”), debido a sus formas características, colores llamativos y por la inscripción “The First Years” -nombre de la empresa que los comercializaba- se convertían en unos magníficos puntos de referencia para controlar los movimientos oceánicos.

Deriva de los patitos de goma
Así las cosas, 10 meses después, el 16 de noviembre de 1992, se encontraron los primeros 10 patos de goma en las costas de Sitka (Alaska), a 3.200 kilómetros del punto de naufragio, abriendo la puerta a la llegada masiva de estos peculiares náufragos. No en vano, hasta agosto de 1993, se encontraron más de 400 repartidos por las costas orientales del golfo de Alaska. Pero no acabó la cosa aquí.

Entre el 1995 y el 2000, miles de los patitos, gracias a la corriente llamada “Giro Subpolar” (que subiendo la costa de Alaska pasa por el Mar de Bering, baja a Japón y cruza el Pacífico hasta Hawaii) enfilaron el estrecho de Bering hacia el norte, quedando atrapados por los hielos árticos durante varios años... aunque ello no significó quedar parados.

Rana en la costa este de EE.UU.
Efectivamente, el hielo ártico, al contrario de lo que pueda parecer no se está quieto (ver El Baychimo, el increíble Barco Fantasma del Ártico) y se mueve a una velocidad de 1 milla diaria (1,6 km), por lo que los juguetes, atrapados en el hielo, se movieron con él dirigiéndose hacia el Atlántico Norte. 8 años después del accidente, los primeros patitos de goma llegaban a las playas de Maine (Massachusetts), en la costa atlántica de los Estados Unidos, al haberse liberado de los hielos y haber seguido las corrientes hacia el sur. Habían llegado al Atlántico, tal y como predecían los modelos confeccionados por Ebbesmeyer e Ingraham.

"Friendly Floatees"
Así pues, en 2001, se constató que algunos habían pasado por la zona donde se hundió el Titanic, y en 2003 se encontró una de las tortugas verdes en las playas de las islas Hébridas (Noroeste de Escocia). La expectación fue tal que, en aquel año, la empresa The First Years prometió una recompensa de 100 dólares a cada uno que pudiese confirmar la llegada de algún patito a las costas de Islandia, Groenlandia o Canadá, recuperándose durante 2004 más patos que en años anteriores.

Sea como sea, a pesar de que el programa OSCURS (el modelo de corrientes de Ebbesmeyer) pronosticaba la llegada de nuevas figuras a las costas de Inglaterra en el 2007 -y una falsa alarma se dio en Devon-, no se ha encontrado ninguno más al sur, en el Atlántico. Aunque no se descartó que durante los años siguientes pudieran incluso llegar a arribar a las playas españolas, ya que se estima que cualquier elemento flotante puede llegar a estar 30 años sin tocar tierra, por lo que la esperanza no se pierde.

Pato y castor descoloridos
Con todo, si bien las ranas y las tortugas aún mantienen su color, los castores y los patos, con el paso del tiempo, la intemperie y la sal, se han descolorido y han pasado a ser de un color marfil o blanco roto, por lo que su detección para unos ojos poco entrenados puede llegar a ser dificultoso. Dificultad que, sumada al hecho de su práctica desintegración en mares más cálidos, ha hecho que estos náufragos de plástico estén muy cotizados por los coleccionistas, los cuales llegan a pagar hasta 1.000 dólares por ellos.

Peligrosa basura flotante
En definitiva, que por mucho que este vertido de plástico accidental haya ayudado a la ciencia a determinar la circulación de las corrientes oceánicas, hemos de contar que cada año caen al mar entre 2.000 y 10.000 contenedores como el que transportaba los patos de goma. Los plásticos, por desgracia, se han convertido en una de la peores amenazas medioambientales del planeta, habida cuenta la imposibilidad material de los ecosistemas de poderlos degradar, por lo que haríamos bien en racionalizar su uso. Un uso que, por excesivo, los mantiene en nuestro medio ambiente, cual patitos de goma en el océano, flotando amenazadores por los siglos de los siglos.


Ebbesmeyer o cómo hacer de la basura una ventaja

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sábado, julio 23, 2016

La bochornosa historia de Pizarro, el elefante matador de toros

El elefante Pizarro (1873)
Una de las mayores plagas del verano, a parte de los incendios, las medusas y los turistas con el palo selfie, es el abandono de todo tipo de mascotas. Y es que, este país no es que haya destacado nunca por el amor y el respeto demostrado para con los animales y, no en vano, las corridas de toros son consideradas la “fiesta nacional”. Pero claro... una cosa es que se utilicen toros para el divertimento del populacho, y otra es que todo lo que se menea y que sea más grande que un gato haya sido susceptible de ser lanzado al centro de un coso cual cristiano en el circo romano, tal y como ha pasado repetidamente en las plazas de toros hasta hace relativamente poco tiempo (ver Un tigre, un toro y el infinito disparate humano). Enmarcado en este tipo de despropósitos -afortunadamente pasados a mejor vida- en el siglo XIX hubo un elefante que se hizo famoso por dedicarse a la lucha contra los toros: Pizarro.

Elefantes indios
Pizarro, también conocido como Pizarrín, era un elefante indio hembra procedente de Ceilán (actual Sri Lanka) que llegó a Madrid en 1863 de la mano del empresario estadounidense Edward Miller para enfrentarse a los toros en un espectáculo que, a modo de entremés, se ofrecía al público antes de la corrida tradicional.

El espectáculo de este elefante, el cual ya venía de hacer giras por América y Francia, consistía en ser atado por una pata a un poste clavado en el medio del albero y, acto seguido, se hacía salir un toro bravo a la plaza para que se pelearan entre ellos. Obvia decir que el morbo y las ganas de sangre atraía un numeroso público que llenaban los tendidos hasta la bandera.

Un espectáculo demasiado popular
Una vez en la plaza ambas fieras, los animales (con más tino que los seres humanos) la mayoría de las veces lo único que hacían era esquivarse el uno al otro. El toro, que en su vida había visto un bicho semejante, no osaba ni acercarse por miedo. Pizarrín, por su parte, bregado como estaba en estas lides, tampoco tenía muchas ganas de luchar contra un animal que lo eludía. De esta forma, el espectáculo deslucía mucho, por lo que era preciso el trabajo de los mozos para que se encontraran y avivasen un poco el show. Así las cosas, el toro acababa por embestir a la elefanta y esta, a su vez, se liaba a trompazos y colmillazos con el morlaco, acabando con él por simple superioridad de tonelaje.

Anuncio en prensa
Este espectáculo digno de un frenopático, se repitió con mucho éxito por los pueblos de España durante aquellos años, llegando a ser famoso porque, llegando al culmen del morbo, en 1865, se le hizo luchar ni más, ni menos, que contra 5 toros en la Plaza de Toros de Alcalá. No obstante, todo tiene un límite, y un día, entre 1870 y 1871, en Valladolid, en un mal embiste, Pizarro perdió un colmillo. Ello significó el fin del espectáculo y de la vida “útil” de la elefanta.

Casa de las Fieras del Retiro
Tras esta jubilación forzada, el ayuntamiento de Madrid decidió comprar el malogrado proboscídeo y, a modo de retiro ilustre, lo cedió al Parque Zoológico de la capital, el cual se encontraba en aquel momento en una esquina del Parque del Retiro. No obstante, los zoos de entonces no eran como los de ahora, y los bichos tenían unas jaulas que eran poco más grandes que lo que ellos mismos ocupaban, lo que convertía sus vidas en auténticos tormentos. Y Pizarrín no fue la excepción.

Un día que la elefanta se conoce que se había quedado con hambre, decidió ir a buscarse el sustento por sí misma, por lo que, ni corta ni perezosa, se escapó de su recinto. Así las cosas, saliéndose del parque del Retiro, empezó a vagar por las calles de Madrid destrozando lo que iba encontrando, yendo a parar a una tahona (una panadería, vaya), donde parece que comió hasta saciarse. El animal, pacífico como era, finalmente fue devuelto a su espacio sin mayor inconveniente.

Las condiciones eran penosas
Tras esta “aventurilla”, la vida de Pizarro se convirtió en una prisión anodina y monótona, lo que provocó un lento declive del animal hasta acabar con su muerte en 1873 con una edad estimada de 58 años.

Se cuenta que, a fin de disecarlo, el cuerpo del paquidermo fue metido en uno de los estanques del parque para que se macerara y pudiera quitar la carne de los huesos con facilidad (sobre olores y asquerosidades varias del agua, mejor no preguntar). No obstante, el cuerpo nunca se disecó y los huesos , según la prensa de la época, fueron enterrados en un lugar indeterminado del interior del Parque del Retiro.

En definitiva, un triste final para un animal que tuvo que pasearse medio mundo matando toros a trompazos para saciar la enfermiza sed de sangre ajena del ser humano. Hoy, que sabemos que los elefantes se encuentran entre los seres más inteligentes y más sensibles del planeta (ver Topsy, el elefante condenado a la silla eléctrica) haríamos bien en pensar en lo que tuvo que padecer Pizarro en sus morbosos espectáculos para, poniéndonos en su piel, acabar con todos aquellos espectáculos que, por simple codicia humana esclavizan y ultrajan la dignidad de los animales.

Sin duda, el día en que seamos capaces de respetar a los animales seremos capaces de respetarnos a nosotros mismos.

No hay más.


En uno de los estanques estuvo el cuerpo de Pizarro "macerando"

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viernes, julio 15, 2016

El insólito fertilizante del Amazonas llamado polvo del Sahara

Polvo del Sahara
A pesar de que, con los actuales medios de comunicación, el planeta se nos ha hecho muy pequeño, la verdad es que, para la escala de un humano corriente y moliente, nuestro mundo es gigantesco. Y si no se lo cree, pruebe a caminar tan sólo 20 km en un día, que verá cómo, distancias que parecen cortas en su coche, moto o incluso bicicleta, se hacen auténticamente eternas cuando las queremos abastar con nuestros medios. Pues bien, lo más maravilloso de todo es la sorprendente capacidad que tiene la Tierra de que, todos los fenómenos biológicos y geológicos que se dan en su superficie, encajen y funcionen talmente como si fuera un reloj suizo. Una interdependencia que llega al extremo de que, para mantener exuberante la selva del Amazonas, resulta imprescindible el polvo que se genera a miles de kilómetros de ella: en pleno corazón del Desierto del Sahara.

Nieve roja en el Pirineo Aragonés
Cuando en el Instituto comencé a recibir mis primeras clases de geología, uno de los detalles que más me impactó fue el saber que aquellos materiales arcillosos de color rojo que formaban los escarpes de la zona montañosa de L'Hospitalet eran así, entre otros procesos, por el acúmulo continuo de polvo del Sahara. Aquellas lluvias de barro -relativamente habituales- que dejan hechos una pena los coches que aparcan en la calle o la ropa que no se ha recogido a tiempo, repetidas en el tiempo durante los últimos milenios, habían sido capaz de depositar toneladas y toneladas de polvo hasta llegar a dar el color rojizo a aquellas tierras de mi entorno. Polvo sahariano que, tiempo a venir, pude comprobar que era capaz de teñir de rojo hasta la superficie nevada de las cumbres del Valle de Arán, demostrando la capacidad de este material de llegar a distancias endiabladamente lejanas de su punto de origen.

27,7 mill. de toneladas anuales
Es en esta capacidad de viajar libremente por el aire, que el polvo generado por la acción de los agentes erosivos en el mayor y más árido desierto del mundo (ver La increíble supervivencia de los cocodrilos del desierto), gracias a las corrientes de aire ascendentes fruto del brutal calentamiento de la superficie del Sahara durante el día, es capaz de llegar hasta las capas más altas de la atmósfera... y quedarse.

Una curiosa forma de abonar
Una vez que estas partículas inferiores a 0,0625 mm (si fueran mayores, serían consideradas arena) llegan a la estratosfera, entran dentro de la circulación general atmosférica. Una circulación general que en la zona tropical circula de este a oeste, y que permite que, impulsado por las fuertes corrientes que circulan en este sentido -y que generan buena parte de los huracanes caribeños-, lleguen a cruzar el Atlántico para acabar depositando su carga mineral.

Depresión de Bodélé
El polvo sahariano, originado mayoritariamente en la zona de la Depresión de Bodélé (Chad) -un antiguo lago desecado más grande que los Grandes Lagos norteamericanos y cuyo último exponente es el actual lago Chad- incluye grandes cantidades de hierro, sulfatos, carbonatos y, sobre todo, de fósforo, que provienen de los restos de diatomeas de agua dulce que formaron los sedimentos de este antiguo fondo lacustre.

Así las cosas, cuando los vientos llegan sobre la cuenca del Amazonas, todo lo que eran altas presiones y corrientes ascendentes sobre el Sahara, se convierten en zonas de bajas presiones y corrientes descendentes, provocando grandes lluvias que riegan toda la zona selvática de Sudamérica. Y aquí está el quid de la cuestión.

Exuberancia amazónica
Al llover tanto sobre el Amazonas, los suelos son muy pobres debido a que el producto de la erosión del suelo sudamericano se lava continuamente, impidiendo que se formen suelos fértiles y profundos sobre los que se asiente la vegetación. De esta forma, las lluvias, al caer, depositan hasta 27,7 millones de toneladas anuales de polvo que viene del Sahara, reponiendo elementos básicos como el fósforo o el hierro y ayudando a que la selva mantenga su exuberancia a pesar de encontrarse -al contrario de lo que pudiera parecer- en una zona extremadamente pobre en nutrientes.

En definitiva, un ejemplo más de interconexión biológica, que nos tendría que hacer recapacitar sobre la necesidad de respetar nuestro entorno, de conocerlo profundamente y de reconocer que, nos guste o no, no somos ni reyes de la creación, ni seres divinos, ni nada que se le parezca, sino, simplemente, una pieza más en este maravilloso engranaje matemático que se llama planeta Tierra.


El polvo sahariano también fertiliza el océano

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miércoles, julio 13, 2016

Rumanía o cuando la austeridad extrema destruyó un país

Austeridad extrema
A raíz de la crisis inmobiliaria y, con ella, de todo el castillo de naipes económico que había montado a su alrededor, palabras como “deuda externa” o “prima de riesgo” se han vuelto habituales en el vocabulario del común de los mortales del planeta. El hecho de que toda la economía mundial estuviera soportada en el crédito entre los diversos países hizo que, en el momento en que la gente no tuvo ni un duro que gastar, los estados se vieran imposibilitados de pagar los créditos que habían solicitado a instancias internacionales. La solución fue sencilla: reducir los gastos para poder pagar la deuda, o lo que es lo mismo, austeridad, austeridad y austeridad. Una austeridad que acabó produciendo un frenazo en seco de las economías afectadas y alargando la crisis hasta el infinito y más allá. No obstante, choca que las instituciones cayeran en esta trampa de arenas movedizas (en que lo que en teoría te ha de sacar te hunde más en ella) y más teniendo el ejemplo reciente de Rumanía, en que la obsesión de Ceaucescu por eliminar la deuda externa acabó llevando el país al caos más absoluto y a él mismo al paredón.

Rumanía en Europa
Rumanía, durante la Guerra Fría, era un caso atípico dentro de la tendencia general del bloque socialista. Este país, ubicado a orillas del Danubio, conocido por el Conde Drácula y, últimamente, por las mafias de mendigos que llenan nuestras aceras, decidió no abandonar el estalinismo tras la muerte del líder soviético, lo que le llevó a desmarcarse de una forma muy notable de las políticas que llevaba la Unión Soviética.

Apoyo popular a Ceaucescu
Esta “independencia” respecto los rusos, hizo que sus dirigentes, si bien seguían con sus típicos planes quinquenales, llevaran una política diplomática “a su bola” que les permitía entrar en contacto con los países occidentales y participar, al menos mínimamente, en el juego comercial mundial.

Así las cosas, cuando Nicolae Ceaucescu accedió al poder en 1965 como presidente del Partido Comunista Rumano, siguió con las políticas estalinistas de potenciación de la industria pesada en detrimento de la agricultura, la cual ocupaba a la gran mayoría de la población de Rumanía. Y hasta tal punto era la agricultura importante en el país que cuando el COMECON (la Unión Europea del bloque soviético) decidió repartirse las faenas según las características de cada estado, asignó a los rumanos el papel de proveedor agrícola.

Complejo industrial en 1978
Ceaucescu, nacionalista hasta las trancas, no aceptó el designio ruso, ya que ello impedía a su país alcanzar un alto grado de industrialización y, por tanto, de desarrollo e importancia internacional. Ello le llevó a hacer de su capa un sayo, adquiriendo los mejores bienes industriales que había en el momento directamente de los países occidentales. El inconveniente era que no tenía suficiente dinero para comprarlo, por lo que decidió entrar en el Fondo Monetario Internacional y pedir préstamos para poderlos invertir en la mejora de la economía productiva del país. El éxito fue total.

A pesar de mantener el país con mano de hierro con la inestimable y temible ayuda de la Securitate (el KGB rumano), el aumento de la industria y la política de aumento de salarios, hizo que la economía se disparara durante los años 70 y, con ella, el nivel de vida de los rumanos. No obstante, al mismo ritmo que crecía la economía, también lo hacía el grado de endeudamiento con los organismos económicos internacionales. Hasta que la burbuja explotó.

Nicolae Ceaucescu
Fruto de la crisis del petróleo de 1979 como consecuencia de la revolución en Irán y su posterior guerra con Irak, las economías mundiales sufrieron una importante recesión. Esta recesión, significó el cese de los créditos al tercer mundo, el aumento del interés de los mismos y la reclamación de la devolución de los fondos prestados. Rumanía, debido a su producción industrial en alza, dependía del petroleo iraní, por lo que se vio afectado de lleno por la caída de los mercados internacionales, afectando gravemente a su economía interna.

Casa del Pueblo
Fue en el momento en que vio que no se podía pagar los créditos internacionales, que Ceaucescu se dio cuenta de la trampa mortal en que se había convertido la deuda externa, ya que los 11.000 millones de dólares debidos en 1981 ponían la independencia del país en manos de los bancos. Ante esa tremenda bofetada de realidad para un socialista, Ceaucescu decidió dar prioridad absoluta a poner fin a la deuda externa, cortando de forma radical con todo tipo de importaciones y dedicando la producción propia exclusivamente a la exportación. El resultado de tal draconiana política fue, sencillamente, la debacle.

Al cortar las importaciones y dedicar la producción al exterior, provocó el desabastecimiento total y, a la vez, la caída en picado de la economía interna. Los rumanos pasaron de vivir relativamente cómodos a no tener absolutamente de nada.

Esta situación de austeridad extrema hizo que todos los productos básicos sufrieran un racionamiento salvaje. Valga como ejemplo que se racionalizaron todo tipos de alimentos (patatas, huevos, harina, azúcar, leche...) llegando al extremo de poder obtener tan sólo ½ kg de carne -ya fuera vaca, pollo o cerdo- y un litro de aceite... ¡al mes! y eso con colas que podían llegar a ser de 48 horas. Aunque no fue lo peor...

Colas para recoger aceite
El racionamiento hizo que el suministro de energía se redujera al mínimo exponente. Ello significaba la falta prácticamente total de gasolina en las gasolineras (los agricultores incluso tuvieron que dejar el tractor y volver al arado y las mulas) y del gas para las cocinas y las calefacciones, independientemente de si fuera verano o invierno. La electricidad no se libraba de los recortes, suprimiéndose el alumbrado de las calles, y reduciéndose su consumo doméstico hasta el punto de no poder utilizar más que una bombilla de 40 vatios para cada casa. El summum llegó cuando, durante el invierno de 1983-1984, las restricciones en el suministro eléctrico afectaron a los hospitales, produciendo decenas de muertes de niños debido a que las incubadoras no podían funcionar. Obvia decir que los medicamentos simplemente no existían y se llegaba al extremo de reutilizar las jeringuillas, multiplicándose los casos de SIDA de una forma brutal por deficiente esterilizado. Dantesco.

Austeridad al estilo Ceaucescu
Ajeno a todo este padecimiento infligido a su propio pueblo, el régimen de Ceaucescu continuaba con su estado represivo, dedicando ingentes recursos a obra pública de dudosa utilidad (Canal Danubio-Mar Negro) o bien a su propia megalomanía (Casa del Pueblo, edificio más grande de Europa en la actualidad) y a su política de eliminación a marchas forzadas de la deuda externa. Política que había logrado reducirla a la mitad en 1986, hasta llegar a su total eliminación a principios de 1989. No obstante, todo tiene un límite, y más si el pueblo las está pasando peor que el que se tragó las trébedes con la excusa del bien común, y resulta que Ceaucescu y su camarilla vivían rodeados de lujo asiático. A finales de 1989, la gente explotó.

Revolución de 1989
Tras una serie de protestas sindicales brutalmente reprimidas en Timisoara y en Bucarest, la gente se echó a la calle y pese a un primer intento de control por parte del régimen de Ceaucescu, el ejército se puso en favor del pueblo. Ceaucescu, por su parte, huyó con su ambiciosa mujer Elena -que controlaba la Securitate- en helicóptero, pero fue traicionado y fue detenido antes de huir del país. Tras un juicio sumarísimo (o simulacro de, porque serio, lo que se dice serio, solo lo fue la sentencia) la pareja fue condenada a muerte el día de navidad de 1989, siendo ejecutados dos días después, dando fin a una dictadura de más de 25 años.

Humilde morada del "Conducator"
Así las cosas, la deuda externa, por mucho que significase una pérdida de independencia económica para el pueblo rumano, no justificaba el grado de padecimiento que tuvo que sufrir para poder devolver el crédito acumulado con el exterior. Derrochar a manos llenas es indecente, pero imponer políticas de austeridad recalcitrantes simplemente para satisfacer el bolsillo de unos cuantos, de espaldas a las necesidades de la sociedad es igual o peor.

En estos momentos en que parece que hay gente que, sentada en sus cómodos sillones de piel y cobrando sueldos espeluznantes, se creen los amos del corral, estaría bien que recordasen este episodio de la historia y pensasen que, por desgracia, el ser humano siempre tropieza dos veces en la misma piedra.

Y no siempre en la que les pueda interesar a ellos.

No había recursos para el pueblo, pero sí para edificios megalómanos

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viernes, julio 08, 2016

Moros en la costa: La historia de los pueblos dobles del Maresme

Pueblos dobles del Maresme
Arenys de Mar - Arenys de Munt, Vilassar de Dalt - Vilassar de Mar, Premià de Dalt - Premià de Mar... cualquiera que haya pasado por la comarca catalana del Maresme y se haya bañado en sus playas (o padecido las colas de la N-II), seguro que se habrá percatado de esta particular dualidad que existe entre los pueblos de esta parte de la costa barcelonesa. Sin embargo... ¿cual es el origen de este curioso desdoblamiento que ha hecho que varios pueblos diferentes, unos ubicados en la misma playa y otros alejados de ella unos kilómetros, compartan un mismo nombre? La Historia, como pasa siempre, tiene sus golpes ocultos y les puedo asegurar que sus poderosas -y a veces sangrientas- razones para tener que hacerlo.

Comarca del Maresme
A pocos kilómetros de Barcelona, hacia el norte, podemos encontrar la comarca de El Maresme, una franja de tierra de unos 400 km2 que ocupa el estrecho piedemonte existente entre las cumbres de la sierra del Montnegre (ver Las extraordinarias hayas del Montnegre) y las playas del Mediterráneo. Esta comarca, desde siempre ha sido el destino de vacaciones preferido de la burguesía barcelonesa. Su relativa cercanía a la capital, sus costas y sus paisajes mezcla de agricultura, bosques espesos y montaña baja, han hecho que este espacio, desde el siglo XIX, sea uno de los centros turísticos con más fuerza y desarrollo de Catalunya. Pero, claro... no siempre han sido así las cosas en esta parte del Mare Nostrum y, durante varios siglos, tener una casita en la playa, no era sinónimo de holganza y asueto, sino de ser una presa fácil de los piratas que, cimitarra en ristre, visitaban de forma furtiva y violenta las playas del Maresme.

Durante el siglo XVI y hasta el siglo XVIII, el mar Mediterráneo era el tablero de ajedrez donde se dirimían los pulsos de poder entre un Imperio Español en decadencia y un Imperio Otomano que, en pleno auge, ponía en un serio brete a los países europeos (ver Caransebes, la batalla más idiota de la historia).

Piratas berberiscos
Esta situación de conflicto entre ambas potencias hacía que los encontronazos bélicos fueran constantes, aunque tuvo un punto de inflexión en el momento de la Batalla de Lepanto (1571), cuando las tropas cristianas, con España a la cabeza, consiguieron parar los pies a la expansión mediterránea de las huestes turcas. No obstante esta derrota, había muchas formas de incordiar a los españoles en el Mare Nostrum sin tener que recurrir a la lucha directa de las flotas. Y una de ellas era llevar a cabo expediciones de pirateo.

Jabeque pirata otomano
En estas incursiones -que se organizaban desde mucho tiempo antes de la derrota de Lepanto- grupos reducidos de embarcaciones otomanas (muchas veces con moriscos españoles expulsados y que se conocían el territorio) atacaban las poblaciones costeras de todo el Mediterráneo Occidental. La idea era hacer razzias rápidas y violentas con las cuales saquear los pueblos costeros y crear un clima de terror e inseguridad entre la población civil. En pocas palabras: terrorismo.

Can Mir (Canet de Mar)
Los pueblos de todo el arco mediterráneo español se encontraron de esta forma con una seria amenaza para sus vidas (de aquí la expresión "No hay moros en la costa"). Amenaza que, además, no era resuelta satisfactoriamente por la corona castellana, habida cuenta su prioridad absoluta para con el control militar del Atlántico y del control de las riquezas que provenían del Nuevo Mundo, la cual cosa provocaba una seria desprotección de las costas mediterráneas. O dicho de otra forma, que como los turcos no dejaban expandirse hacia oriente, los recursos se fueron hacia occidente, dejando los territorios españoles más orientales a dos velas.

En el Maresme, los pueblos, conociendo la peligrosidad que se desprendía de estar cerca del mar, crecieron a una cierta distancia de la costa. La franja costera, por su parte, quedaba relegada para los que tenían tierras en aquella zona o bien para los que no tenían tierras y se veían forzados a vivir de la pesca para poder subsistir.

Can Ratés (Santa Susanna)
De esta forma, aprovechando los lechos casi siempre secos de las rieras y torrentes que, bajando del Montnegre y el Corredor llevan desde el interior a la costa, se fueron desarrollando unas vías de comunicación entre los pueblos originales y sus barrios de pescadores. Barrios marítimos que, ante la amenaza berberisca, o bien se parapetaban como podían (aún hoy se pueden encontrar muchas masías fortificadas y torres de vigilancia de aquella época) o, lo que era más normal, huían hacia el núcleo habitado de tierra adentro, volviendo a sus casas una vez el peligro había pasado... si aún estaban enteras, claro.

Torre Llobet (Arenys de Mar)
Así las cosas, además de las evidentes dualidades antes mencionadas de Premià, Vilassar y Arenys, pueblos maresmenses de interior tales como Tiana, Teià, Sant Iscle de Vallalta o Palafolls, desarrollaron los respectivos barrios marineros de Montgat, Masnou, Canet de Mar o Malgrat de Mar. Núcleos costeros que, no fue hasta la llegada del siglo XIX -y con él, el fin definitivo de la amenaza pirata otomana- cuando pudieron crecer libremente, independizándose muchos de ellos de las parroquias principales, formando el germen de los municipios turísticos que conocemos en la actualidad.

Can Desclapers (Malgrat)
En resumidas cuentas, que estos pueblos dobles del Maresme corresponden a una respuesta de la población civil en un momento de la historia de este país en que el Estado, ni era capaz, ni quería atender las necesidades de seguridad pública de los habitantes de la costa mediterránea. Ahora que el Estado reduce cada vez más su cobertura en todos los sentidos (excepto para los de siempre, evidentemente), haríamos bien de tener en mente este ejemplo y recordar que, cuando el estado no funciona, la comunidad tiene el deber moral de organizarse ella misma para poder sobrevivir.

Piensa global, actúa local. No hay más.


Crónica de un ataque pirata en el dintel de la iglesia de Pineda de Mar (1545)


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jueves, julio 07, 2016

El candirú, el pez capaz de meterse en el pene humano

El inquietante candirú
Llegan las épocas estivales y parece que si no te has ido a la otra punta del mundo, no has visitado ninguna ciudad exótica, no has comido nada raro y no te has hecho el selfie con el palito de marras, no has estado de vacaciones. Tonterías supinas a parte, la verdad es que el desarrollo de los vuelos low-cost ha permitido que la gente se mueva de un continente a otro como quien se va a la tienda de la esquina. No obstante, el hecho de que sea más fácil llegar a un sitio, no implica ni que sea mejor conocido, ni que ello nos evite interactuar con unos ecosistemas que poco o nada tienen que ver con nuestros hogares y para los que no estamos preparados biológicamente. En este caso, las enfermedades tropicales se llevan la palma, pero no solo de enfermedades raras se llenan las tumbas de los alelados turistas de escaparate y el conocimiento intensivo de la fauna indígena, muchas de las veces se demuestra el mejor seguro de vida. Tal es el caso de la zona del Amazonas, en Sudamérica, donde, si bien todo el mundo conoce la ferocidad de las pirañas, poca gente conoce al fantasmagórico y temible candirú: el pez capaz de alojarse en el pene humano.

¿Baños arriesgados?
El Amazonas y toda su cuenca, debido a su ubicación en el ecuador, tienen la virtud de ser la mayor zona selvática que hay en el planeta y uno de los ecosistemas más ricos y variados que en él existen. Esta impresionante variedad de flora y fauna -en grave recesión por la desforestación humana- hace que los visitantes que, felices como perdices, se dedican a colapsar la tarjeta de memoria de sus móviles fotografiando el paisaje, sean desconocedores de los peligros que los acechan tras esa bonita ranita de colores abigarrados, esa inocente planta de savia rezumante o ese pequeño pececillo que nada entre el agua turbia. El peligro ya se eleva a la enésima potencia como sea de noche o si bien, debido al tremendo calor, se le ocurre al osadillo turista darse un baño en cualquiera de los ríos que por aquellas tierras corren, porque se puede llevar una poco grata sorpresa.

Pequeño, pero peligroso
El candirú (Vandelia cirrhosa) es un pequeño pez de la familia de los siluros que, con un cuerpo casi transparente, alargado y estrecho, hace poco más de 10 centímetros de longitud. Hasta aquí no llamaría demasiado la atención, pero cuando los locales lo conocen con el nombre de "pez vampiro" por algo será.

Efectivamente, este diminuto siluro que recuerda por su forma más a las anguilas (ver  La escurridiza vida de la misteriosa anguila)  que a sus primos mayores, es una especie parásita de pez de agua dulce que se alimenta normalmente de la sangre que extrae de las agallas de otros peces mayores. 

Adaptado a meterse en cualquier sitio
Para esta función, dispone de un par de espinas bajo su cabeza que, ensartándose en la piel de su hospedador, le permite fijarse a él y, con un sistema bucal especialmente diseñado, absorber la sangre que necesita para sobrevivir talmente como si fuera un Conde Drácula acuático. Pero claro, una cosa es que el candirú se alimente de la sangre de otros peces mayores y otra cosa es que nos vea a los seres humanos como una fuente de sustento diario. Y aquí es cuando entra en conflicto con nosotros.

Prefieren las agallas de otros peces
Los candirús, si bien es cierto que puestos a preferir, prefieren las agallas de los peces, en caso de necesidad no dudan en introducirse en cualquier agujero de cualquier animal superior, ya sean salvajes o domésticos o, incluso, el ser humano. Es decir que cualquier ano o vagina son susceptibles de recibir la visita de este incómodo huésped, pero no solo en estos -relativamente grandes- orificios, sino que, según los testimonios que nos han llegado desde el siglo XIX, incluso pueden alojarse en un sitio tan inverosímil como es el interior de la "pichurra" humana. Y es que hasta las tribus indígenas, tienen la costumbre de bañarse de espaldas a la corriente tapándose los orificios para evitar el ataque del pequeño pez, ya que si se aloja en salva sea la parte, la única forma de extraerlo, en el caso de los hombres, es cortando el pene. Simplemente inquietante.

Doctor Anoar Samad
De hecho, en 1997, un joven de 23 años llamado F.B.C. de la ciudad de Itacoatiara, en el interior de Brasil, llegó a urgencias aquejado de fuertes dolores en el pene, con fiebre, retención de orina y hemorragia. Según el afectado, el hombre estaba meando dentro del agua, cuando un candirú, remontando el chorro de pis cual vulgar salmón, se instaló en la uretra y, a pesar de que intentó quitárselo, el hecho de estar húmedo y resbaladizo le impidió arrancárselo. Atendido por el doctor Anoar Samad, jefe del servicio de Urología del Hospital Adventista de Manaos, el médico pudo determinar que tenía alojado en su uretra un candirú de 13,4 cm y 1 cm de ancho, lo que llevó al facultativo a operarlo y extraérselo.

Un riesgo mítico
Con todo, y a pesar de lo truculento del caso, para su tranquilidad le tengo que decir que existe el convencimiento por parte de la comunidad científica de que la amenaza del candirú está más basada en el mito y las habladurías que no en la realidad contrastable.

El hecho de que todos los testimonios hasta la actualidad (excepto uno) sean indirectos, que existan experimentaciones que demuestren que los candirús no se sienten atraídos por la orina, la imposibilidad física de que un pez remonte un chorro como el de un hombre meando y las grandes contradicciones en el documento de 1997 -único testimonio directo llegado hasta hoy- han hecho pensar a los investigadores que las posibilidades de que le ataque un candirú son similares a las que tiene de que le caiga un rayo mientras está siendo devorado por un tiburón. Es decir, ninguna.

No es tan fiero como lo pintan
En conclusión, que lo más sensato seria que, más allá de los paquetes de los tour-operadores que a toque de pito, y como si estuvieras en un kaiten-sushi, te enseñan únicamente los tópicos de los países que se visitan, el turista, por simple consideración y curiosidad, hiciera un profundo ejercicio de conocer la realidad de la tierra que visita. Una realidad que, talmente como el candirú, se ha de saber que existe, los riesgos que comporta y, una vez informados convenientemente, ser conscientes de nuestro entorno para disfrutar de un planeta peligroso y desconocido, pero que, sin duda, vale la pena conocer y respetar.


¡A saber como le llegó este bicho a su pene!

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