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jueves, agosto 18, 2016

La sorprendente veneración indígena por Santiago "mataindios"

Procesión en Cuzco
En verano, una gran cantidad de pueblos y ciudades celebran sus fiestas patronales, dedicadas a todo tipo de santos, vírgenes y por motivos igualmente variados, la cual cosa permite al turismo un entretenido “tour” yendo de fiesta en fiesta durante los calurosos días veraniegos. Es en esta vorágine festivo-estival que, el 25 de julio, uno de los santos más conocidos y con más devoción en el mundo cristiano, el apóstol Santiago, celebra su día. No obstante, a pesar de por su importante trabajo convertidor de almas por la península Ibérica desde el siglo I d.C. -la cual cosa le llevó a ser considerado el patrón de España- gran parte de su afecto se lo llevó por ser, con su caballo blanco y su espada en ristre, el comandante de las huestes cristianas contra los musulmanes durante la Reconquista. Devoción que, de mano de las tropas castellanas, se llevó al Nuevo Mundo, donde también se le tiene una gran veneración por las comunidades indígenas... aunque con una salvedad: allí, en vez de “matamoros” se le conoce por “mataindios”. ¿Santiago Mataindios? ¿Y venerado por los indígenas hasta el punto de ser considerado el patrón de América? Pues, aunque le parezca una broma, así es. Y es que la religión tiene unas lógicas que, a veces, desafían todas las leyes de la cordura humana.

Apóstol Santiago en Compostela
Cuando los conquistadores llegaron a América, no solo llevaron con ellos los vicios (muchos), las virtudes (pocas), las enfermedades (a capazos) y las formas de hacer típicas españolas, sino que también llevaron todas las creencias y devociones típicas del catolicismo. De hecho, las luchas por la reconquista de los últimos territorios musulmanes de la península Ibérica aún estaban frescas e, incluso, la misma Iglesia Católica vistió la conquista de los nuevos territorios ultratlánticos como de una auténtica cruzada contra los infieles. En este caso, los infieles eran los pueblos indígenas que, más o menos, vivían tranquilamente por aquellos lares desde hacía unos 10.000 años. Gran pecado, ciertamente.

Culto exportado
Así las cosas, los ejércitos castellanos, cuando entraban en combate, se encomendaban a todos los santos del santoral y, especialmente, a Santiago para que les ayudara en la lucha. El único inconveniente era que no habían musulmanes que “cepillarse”, por lo que el apelativo de “matamoros” no tenía mucho sentido. La solución a este dilema era lógica: de “matamoros” pasó a ser “mataindios”; al fin y al cabo, los de enfrente también eran infieles y los españoles continuaban siendo los mismos. El santo, de todas formas, no iba a poner ningún pero.

Los moros pasaron a ser indios
En esta situación, conforme que los conquistadores iban avanzando e implantando sus creencias, imponían el culto a Santiago Mataindios (ex Matamoros) a los pueblos conquistados, los cuales tenían que abandonar sus antiguas tradiciones religiosas o bien adaptarlas como buenamente podían, tal y como había hecho el propio cristianismo durante la época romana (ver La Natividad del Dios-Sol). Sin embargo, no todo era imposición forzosa.

Devoción indígena
Durante la conquista de América, no fueron pocos los pueblos indígenas que vieron en los españoles unos aliados ideales para acabar con otros pueblos que los tenían sojuzgados y de los cuales eran sus enemigos tradicionales (ver Aztecas, sacrificios humanos y los salvadores conquistadores españoles). De este modo, cuando las tropas indias iban a entrar en combate, veían que los españoles se encomendaban a un todopoderoso y guerrero apóstol Santiago que cabalgaba un despampanante caballo blanco y blandía una espada, por lo que, ellos, en no teniendo una deidad similar, acabaron por hacerlo propio. Y es que si los españoles estaban protegidos por él, y eran vencedores, los indios, que estaban en el mismo bando, no iban a ser menos.

Santiago de Tlatelolco
Así pues, el culto a Santiago “mataindios” se extendió por todo el continente, ya fuera por imposición de los conquistadores, por adopción directa de los propios indígenas o por adaptación (sincretismo) de antiguos dioses y creencias de las diferentes etnias americanas. Y tal fue el éxito de esta advocación al apóstol Santiago por los pueblos nativos que hay crónicas que narran que los indígenas lo ven con su caballo blanco luchando en su bando e, incluso, castigando a los españoles por tratar mal a los indios. Pero no sólo eso sino que, tal apego consiguió por los habitantes autóctonos, que éstos veían a Santiago Mataindios como un símbolo propio de lucha contra los españoles, provocando que la propia Iglesia, en algunos casos, prohibiese el uso del nombre “Santiago” por ser utilizado de forma idólatra, y obligando a la utilización de su variante “Diego”.

Procesión en los Andes Peruanos
Sea como sea, la veneración a San Santiago, al Santiago Mataindios, acabó por calar hondo en la nueva población americana, ya fueran de origen europeo, indígena, o de los esclavos negros. Solo así se entiende que, a pesar de ser una incongruencia tremenda, hayan centenares de ciudades, pueblos, villas y villorrios en todo el continente americano que lleven el nombre de Santiago y que, de ser un símbolo de opresión de una fuerza impuesta desde el exterior haya pasado a ser, por arte de birlibirloque y de la ilógica lógica religiosa, un símbolo de las esencias de las culturas nativas.

Definitivamente, quien entienda al ser humano y a la religión, que los compre.

Veneración indígena por un "mata indígenas"

Webgrafía

viernes, agosto 12, 2016

"Holistic Management", la forma de evitar la desertización aumentando la ganadería

Manadas inmensas de herbívoros
Una de las amenazas medioambientales que más están poniendo en jaque al planeta es la desertificación. La continua pérdida de bosques y de cobertura vegetal de la superficie del planeta está provocando que los suelos fértiles se erosionen y se laven por la acción del agua y del viento, dejando tras de sí una estela de eriales improductivos. Este problema se produce sobre todo en las zonas de sabana, donde las escasas lluvias, sumadas a un pastoreo excesivo, hacen que los extensos herbazales no se puedan regenerar, produciendo los daños de todos conocidos y llevando al convencimiento de que la ganadería extensiva es uno de los principales factores de desertificación. No obstante, hay algo que no cuadra... ¿cómo puede ser que unas miles de cabezas de ganado afecten tanto a las zonas de pradera mientras que, históricamente, manadas de millones de bisontes, cebras o ñus pastado, no han afectado en lo más mínimo estos ecosistemas? Según parece, la solución a la desertización no pasaría por reducir la cantidad de ganado sino por fijarnos en cómo lo hace la naturaleza.

La ganadería, fuente de desertificación
Tradicionalmente, en los círculos ecologistas se ha visto a la ganadería humana como uno de los principales factores de avance del desierto en las zonas áridas, ligado a la pobreza, a las guerras y a la necesidad de explotar unos menguantes recursos al máximo. Ello ha hecho que políticas de reducción del pastoreo y de regeneración de la cobertura vegetal se hayan llevado a cabo en las zonas de más peligro de desertización del planeta, como el Sahel, las Grandes Llanuras o la Estepa asiática. Sin embargo, y a pesar de algunos éxitos un tanto milagrosos  (ver El inesperado retroceso del desierto: Greening Sahel), las políticas de recuperación de las praderas no están dando los frutos deseados. ¿Qué está pasando aquí?

Allan Savory
A finales de los 60, el ganadero y ambientalista de Rhodesia (actual Zimbabwe) Allan Savory, preocupado por los efectos de la desertización en las sabanas del sur del continente africano, llegó a la conclusión de que el exceso de animales salvajes y de ganado estaba provocando la pérdida irreparable de los grandes pastizales. Tras un informe suyo que llegó a las autoridades, éstas decidieron que era perentorio el sacrificio de más de 40.000 elefantes para asegurar la sostenibilidad de aquellas praderas. No obstante, a pesar de la matanza, la sabana siguió degradándose a pasos agigantados. Algo fallaba.

Cambios espectaculares
Savory, amante de los elefantes, y chocado por la culpa de ser partícipe de una decisión que se mostró inútil, decidió dedicarse en cuerpo y alma a solventar el problema de la desertificación de la sabana. La solución la tenía delante de sus propias narices: los inmensos rebaños salvajes que pastaban libres por las praderas.

Bisontes en las praderas
En libertad, la cantidad de herbívoros que forman las manadas no parece que sean ningún impedimento para la buena salud de los herbazales de las sabanas, al contrario de los rebaños de ganado humano, los cuales, con pocos individuos pueden llegar a arruinar cualquier espacio por amplio que sea. Sin embargo, Savory se dio cuenta de la forma que la naturaleza tiene para gestionar el territorio y sus recursos, en los cuales, los depredadores tienen un papel fundamental.

En las sabanas, al contrario que en las grandes haciendas, los herbívoros tienden a concentrarse en manadas muy densas debido a la existencia de los grandes depredadores (leones, tigres, guepardos, hienas...) habida cuenta que, dentro del grupo, la seguridad es mayor. Este acoso continuo hace que las manadas se tengan que desplazar continuamente en bloque, ya que el grupo compacto, al comer continuamente, acaba rápidamente con la hierba que pisa, trasladándose a zonas donde la hierba esté alta.

La forma de gestión es vital
Este peculiar sistema de rotación hace que la manada, en vez de consumir de forma moderada los recursos de una gran superficie, machaca de forma intensiva pequeñas superficies, las cuales no vuelven a ser comidas hasta que no han vuelto a crecer. Pero no solo eso, sino que al hacer manadas compactas, los excrementos y la orina se concentran en aquellas zonas “arrasadas”, aportando nutrientes y semillas que, tras pasar un tiempo, vuelven a germinar y aseguran un crecimiento vegetal que de otra forma sería prácticamente imposible.

El sistema fija el CO2
Savory, viendo esta forma de actuación de la naturaleza tanto en África, como en América (bisontes) y Asia (saigas), desarrolló una técnica en que los ganados humanos imitaban esta forma de hacer de la vida salvaje, a la que llamó “Holistic Management” (Administración Holística), con resultados extraordinarios en poco tiempo.

De esta forma, las sabanas ganaderas, sin restricciones de cabezas de ganado, se regeneraban en cuestión de meses, aumentando la cantidad y la calidad de los pastos, reteniendo una humedad que de otra forma se evaporaría irremisiblemente y, además, captando y fijando CO2 atmosférico, ahora que las emisiones de este gas se han convertido en un serio problema.

Disminución de la erosión
El sistema parece ser la solución a la desertización e, incluso, al cambio climático, pero como todo en esta vida, desarrollar una novedad en un mundo tan reaccionario no podía ser tan sencillo y, la principal oposición a este sistema proviene de parte de la propia comunidad científica, la cual acusa a Savory de documentar pobremente sus trabajos y de basar su técnica en especulaciones. Ello ha producido una agria polémica que, ahora por ahora se mantiene en tablas técnicas, como tantas y tantas otras polémicas científicas.

¿Solución o espejismo?
Sea uno o sea otro, la realidad es que, por mucho que el ser humano se obstine en ser más listo que nadie y en creerse que él es el que hace mejor las cosas del mundo, la naturaleza, tras millones de años de prueba y error, es la única que ha sido capaz de organizar un sistema totalmente sostenible  medioambientalmente hablando. Bien haríamos en ser más humildes y reconocer que, si yendo por libre, estamos dejando el planeta hecho unos zorros, si queremos arreglarlo, tendremos que fijarnos en cómo lo hace la única que, hoy por hoy, sabe hacerlo: la propia naturaleza.


Método tradicional (izq) y método Holístico (der)
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miércoles, agosto 03, 2016

La ceguera al cambio o cuando no arrancamos con el semáforo en verde

Ceguera al cambio
Una de las cosas que más molesta a los conductores que usualmente nos movemos por la ciudad es el típico “empanado” que, cuando está esperando en un semáforo, no reacciona en el momento en que se pone en verde, y provoca la retención de todos los vehículos que tiene detrás. Esta situación, que se resuelve con el consiguiente concierto sinfónico para claxon e insulto y el sobresalto del despistado, resulta absolutamente normal, pero el hecho de que sea tan habitual no significa que la respuesta a este hecho sea tan sencilla como parece. O si no... ¿porqué el conductor no reacciona cuando cambia el semáforo? ¿Es posible que no haya visto el cambio de luces a pesar de estar, la mayoría de veces, mirándolo fijamente? Pues aunque pueda parecerle mentira, así es: es lo que se conoce como ceguera al cambio.

El mundo que nos rodea nos bombardea continuamente con una cantidad ingente de información que debemos tener en cuenta si pretendemos sobrevivir en nuestro día a día. Para cumplir con esta función tenemos el cerebro, el cual dispone de una capacidad impresionante para gestionar todos los datos que nos llegan a nuestros sentidos. No obstante, esta capacidad es limitada, por lo que le es materialmente imposible procesarlos todos, y es entonces cuando el cerebro, para evitar un colapso, se ve obligado a utilizar argucias para priorizar la información recibida.

El semáforo no es prioritario
Así las cosas, cuando la situación es rutinaria y habitual, el cerebro “desconecta” automáticamente de aquellos estímulos que, por conocidos, no representan una prioridad y centra su atención en aquellos puntos que le interesa en aquel preciso momento.

Si durante ese lapso de “desconexión” se produce algún cambio en el entorno, el cerebro, a pesar de recibir el estímulo, si considera que no es prioritario, no lo procesará y no pasará a formar parte de la conciencia del individuo. Mas que nada porque, posiblemente, tenga otros puntos de atención en aquel momento (trabajo, familia, amigos...) que, para su cerebro, son prioridad absoluta.

Forma de alarmar al cerebro
Es entonces cuando el cambio de rojo a verde no representa ninguna señal prioritaria para el cerebro, por lo que ese cambio, sencillamente, no lo vemos. Si tenemos en cuenta que la ciudad está llena de las alternancias entre colores rojos y verdes de los semáforos, resulta hasta cierto punto normal que el cerebro no lo procese, habida cuenta que, en general, no deja de ser uno más. El problema es cuando, para el resto de chóferes, este cambio sí resulta prioritario, por lo que harán uso de su bocina, haciendo notar al cerebro del “empanado” de turno que ese cambio de luces, también es urgente para él.

Según parece, el cerebro dispone de un tipo de memoria visual a corto plazo (una especie de RAM que dura milisegundos) llamada memoria icónica, en la cual se almacenan los datos visuales para su posterior proceso. No obstante, esta memoria se renueva a cada estímulo, por lo que si el estímulo no es lo suficientemente fuerte o determinante para el cerebro, la imagen no se renueva y el cambio pasa totalmente inadvertido.

Utilizado en trucos de magia
Esta curiosidad del funcionamiento del cerebro, puede parecer banal para el día a día, pero tiene una importante repercusión, ya que se cree que una gran cantidad de accidentes de tráfico están detrás de esta falta de percepción de cambios sutiles. Asimismo, esta “ceguera” puede comprometer la veracidad de testigos en procesos judiciales donde la percepción de según qué detalles puede ser clave para la resolución de las causas, so pena de enviar a alguien a prisión por una mala pasada de la memoria del testimonio.

En conclusión, que la mente humana, de por sí, tiene algunas limitaciones de funcionamiento que le impiden, en algunas circunstancias, gestionar mal los cambios que ocurren a nuestro alrededor. Tal vez por ello, la sociedad de nuestro país, durante el transcurso de la última crisis, no ha reaccionado en absoluto y, como el despistado delante del semáforo en verde, se ha quedado absorto mirando el “espectáculo” como si no fuera con ella. Es posible que el estímulo no haya sido lo suficientemente importante para el oxidado cerebro de tanta y tanta gente, como para reaccionar rápidamente al cambio, aunque viendo la situación política actual -camino de unas terceras elecciones en un año- y la cagalera que les ha entrado a todos con el Pokémon Go, lo pondría en seria duda: eso no es padecer de ceguera al cambio, eso es padecer de estupidez supina.

Y eso sí que es un fallo del cerebro.

Los pequeños cambios pueden no ser evidentes

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