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viernes, septiembre 28, 2018

La rosa leñosa, la irresistible fragancia de la flor que huele a sudor

Flores masculinas de rosa leñosa
Flores de rosa leñosa
Pocas cosas hay más patéticas para la dignidad de la especie humana que el observar los sistemas para ligar que tiene la gente, sobre todo los hombres, en una discoteca. Desde quien tiene un imán para atraer al sexo contrario (o propio, según el caso), pasando por quien baila como si le hubiesen metido una cucaracha por el cuello del jersey o quien se cree que tiene telequinesia y se queda bizco de tanto echar miraditas, la verdad es que cada persona utiliza las armas y trucos que puede para destacar del resto y refocilarse un rato. En el resto de mundo natural la situación no es muy diferente, y cada uno se busca los garbanzos como buenamente puede para hacerse notar, aunque no sea un refulgente adonis o, lo que es lo mismo, que sea más feo que Picio. Tal es el caso de la llamada Rosa Leñosa, una planta neozelandesa (ver Wellington 1855, el terremoto que emuló a la Atlántida) que es una auténtica birria de planta -estéticamente hablando- pero que ha conseguido desarrollar una estrategia de polinización que vuelve locos a un montón de mamíferos y que, como mínimo, podemos tildar de poco ortodoxa: oler igual que ellos.

Dactylanthus taylorii
La apariencia estética de la rosa leñosa (Dactylanthus taylorii) si algo podemos asegurar es que es de todo menos agradable. De hecho, se trata de una planta parásita que vive en las raíces de otras plantas y de las cuales se nutre enteramente, hasta el punto de que, si su hospedador se muere, ella acaba por morirse también. No obstante, no es eso lo “feo” de ella, sino que al crecer de entre las raíces enganchadas a ellas con un tubérculo en forma de patata, sus tallos no fotosintéticos (obtiene su alimento de la planta parasitada) tienen un color pardo como la tierra y la hojarasca que los rodea, de tal forma que, en vez de una planta al uso, parece un pegote de musgo húmedo y podrido. La planta, que de esta manera es capaz de vivir hasta 30 años, pasa totalmente inadvertida entre el mantillo húmedo y las hojas de los árboles a medio descomponerse, pero claro… ¿cómo llamar la atención de los animales e insectos para que te polinicen, cuando tienes unas minúsculas flores pardas parecidas a alcachofas podridas sin abrir? Pues con el olor. Sencillo.

Pasan del todo inadvertidas
Pasan del todo inadvertidas
Efectivamente, la estrategia de utilizar el olor como forma de atraer a los polinizadores es una técnica que es utilizado con profusión en el mundo vegetal (ver La Rafflesia o el nauseabundo atractivo de la flor más grande del mundo) y que el ser humano ha podido disfrutar desde antiguo. Rosas, lilas, jazmines, claveles, damas de noche… nos embriagan con los delicados aromas de sus flores y las cultivamos por ello en nuestros jardines y terrazas. Sin embargo, la rosa leñosa -que recibe su nombre por la forma estrellada del punto de contacto con las raíces de su huésped y no tiene nada que ver con las rosas- en vez de desarrollar un aroma atrayente por su buen olor, ha sido capaz de desarrollar un perfume que imita a la perfección a las feromonas animales. O dicho de otra forma… que hace un olor a sobaco que tira para atrás.

El olor a almizcle los atrae
El olor a almizcle los atrae
Así las cosas, las inflorescencias de unos 5 cm de ancho que crecen a ras de suelo, con su potente olor a almizcle mamífero y abundante néctar igualmente perfumado, atraen a toda una pléyade de pequeños animales hacia sus flores y, entre ellos, el que se lleva la palma es el pequeño murciélago colacorta (Mystacina tuberculata), principal vector de polinización de la especie. Polinización que se traduce en la producción de unos pequeños frutos de 2 mm y que deleitan a todo tipo de mamíferos, desde los murciélagos, pasando por oposums, zarigüeyas y ratas, hasta llegar a cerdos y ciervos. No obstante, este “éxito” atrayendo mamíferos le está dando bastantes dolores de cabeza a la especie.

Inserción en forma de rosa
Inserción en forma de rosa
Si bien la estrategia funciona a la perfección, la cual cosa significaría a priori que las posibilidades de reproducción se tendrían que multiplicar, en realidad se ha convertido en un serio hándicap. El hecho de ser una especie endémica de Nueva Zelanda, con lo que ello significa de haberse desarrollado en una isla, significa que, cuando los europeos llegaron a aquellas islas, introdujeran a cascoporro toda una serie de mamíferos nuevos y sin depredadores que rápidamente entraron en competencia “desleal” con todo el conjunto de fauna neozelandesa.

Tela metálica para protegerlas
Tela metálica para protegerlas
En este caso, la rosa leñosa -también conocida como Wood rose (rosa de madera)- se encontró de golpe atrayendo a tal cantidad de “polinizadores” que lo que tenía que ser una ventaja se convirtió en inconveniente. Y es que una cosa es estar diseñada para que libe un murciélago y otra que te venga una rata hambrienta y te roa toda la planta hasta no dejar una rosa leñosa que se pueda reproducir. Esta situación ha provocado que la planta, ya de por sí restringida al espacio de la isla Norte, se haya visto reducida en todo su ecosistema hasta el punto de estar declarada en peligro de extinción, debido a la excesiva presión de sus potenciales polinizadores al convertirse en letales depredadores. Ello ha despertado la inquietud entre las autoridades y los grupos conservacionistas por su incierto futuro, obligado a implementar toda una serie de políticas de protección más o menos eficaces de la especie.

En definitiva, que como en una discoteca, en que cada uno se las apaña como puede, hay especies de plantas que han encontrado que la mejor forma de atraer los ligues es poniéndose un perfume que agrade a su “clientela” por mucho que éste nos parezca una aberración. La próxima vez que salga un sábado y se encuentre a alguien que se ha bañado en Axe (ver Los terribles hombres-spray), o a quién se le ha muerto toda la banda en el alerón, sepa que, por extraño que parezca, siempre hay un roto para un descosido.

La naturaleza, en asunto de reproducción, nunca dejará de sorprenderle.

Una planta fea con ganas, pero irresistible

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lunes, septiembre 24, 2018

El Montseny, la puerta de entrada del esquí en España

Montseny nevado desde Barcelona
Montseny nevado desde Barcelona
Durante los fríos días de invierno, en que las nieves hacen su presencia por el litoral catalán y la atmósfera está extrañamente limpia, Barcelona puede disfrutar con la visión en lontananza de las cumbres nevadas del Montseny. Este macizo que se encuentra a 50 km en línea recta de la Ciudad Condal y se eleva hasta los 1.712 m de altitud (ver Comet 4: Tragedia en el Montseny), debido a su altura y su proximidad al mar, que le proporciona humedad a mansalva, destaca por un verdor impropio del mundo mediterráneo y por la cantidad de nieve que es capaz de acumular cuando el blanco meteoro hace acto de presencia por estas tierras. Nieve que hace que, en cuanto caigan cuatro copos, el Montseny se llene de domingueros barceloneses en procesión, ávidos de hacer su tópica guerra de bolas y su más tópico aún muñeco de nieve. No en vano se ha convertido en uno de los Parques Naturales más populares de Catalunya. Sin embargo, lo que mucha gente no sabe es que, justamente estas montañas barcelonesas fueron las pioneras, allá por el año 1909, en la introducción del esquí en España. Ni los Pirineos, ni Sierra Nevada, ni los Picos de Europa… el Montseny.


Esquiando en Matagalls (1909)
Esquiando en Matagalls (1909)
A finales del siglo XIX y principios del XX, la sociedad europea se vio sacudida por una nueva moda que acabaría por llegar a todos los rincones del planeta: el deporte. Moverse, sudar, obtener la mejor forma física para, así, mejorar la salud de las personas a costa de practicar todo tipo de juegos individuales o de equipo, se convirtió en una afición de masas, creándose una gran cantidad de clubs y agrupaciones dedicadas a la promoción de la actividad física. En Barcelona (y Catalunya en general), donde el asociacionismo está muy arraigado, una de las actividades que más “adictos” encontró fue el excursionismo y fueron justamente excursionistas del Centre Excursionista de Catalunya (CEC) los que, tras contactar con alpinistas europeos, quedaron encandilados por los deportes de invierno que se celebraban en los Alpes. El paso siguiente fue obvio: ¿por qué no traer el esquí y sus derivados a casa? El conocimiento de las montañas, la nieve que se acumula (a veces varios metros) y, sobre todo, su cercanía a la capital hizo decidir a esos pioneros que el mejor sitio para hacer sus pinitos en el mundo del esquí serían las cumbres del Montseny. Era el año 1908.

Una mágica rareza mediterránea
Una mágica rareza mediterránea
Así las cosas, los excursionistas tras importar de Suiza diverso equipamiento de esquí (esquíes, trineos, raquetas, piolets…) absolutamente imposibles de encontrar en España, empezaron a organizar excursiones a las montañas nevadas más cercanas a Barcelona, donde poder practicar tanto el alpinismo como el esquí. Hemos de contar que, aunque las cumbres del Montseny estén a unos 60 km de la Ciudad Condal, las comunicaciones no son como en la actualidad, que tardas menos de una hora en plantarte allí, sino que desplazarse hasta el Turó del Home (cima culminante del macizo) podía llevarte todo el día. En estas condiciones, acercarse al Pirineo era una proeza, ya que aún no estaba construida toda la línea de tren hasta Puigcerdà (aún no llegaba ni a Vic) y las carreteras eran poco menos que caminos de carro.

Aspecto nevado del Matagalls
Aspecto nevado del Matagalls
Sea como sea, durante enero y febrero de 1909, se organizaron salidas al Montseny (Matagalls y Santa Fe) y al Pirineo más cercano a Barcelona (Nuria y Ulldeter -ver El Ter y su desembocadura de quita y pon) donde se fueron “viciando” cada vez más en el esquí y dando a conocer este tipo de actividad novedosa que, si bien en Europa estaba muy extendida, era una auténtica desconocida en nuestro país. Vicio que llevó a los integrantes de la sección de Deportes de Montaña del CEC a organizar el 21 de marzo de 1909 el primer campeonato de deportes de invierno documentado: el Primer Concurso Catalán de Luges (trineos).

Foto de los participantes
Foto de los participantes
El concurso fue todo un éxito. Más de un centenar de personas (7 de ellas mujeres -lo de la igualdad de género no estaba muy en boga), entre participantes, periodistas y curiosos, se plantaron el día de autos en lo alto de la cumbre del Matagalls (1.697 m) y, desde allí, se hicieron los diversos descensos en trineo. Según cuentan las crónicas, el día espléndido, la nieve acumulada y la organización, que marcó el circuito de un kilómetro por el cual los 28 inscritos (todos hombres, claro) se deslizaron montaña abajo, propiciaron el éxito sin precedentes de aquella convocatoria. Santos Mata, con 1’ 15”, y Albert Santamaria, con 1’ 15,5”, fueron el primer y segundo clasificado respectivamente en aquella primera jornada histórica.

El segundo concurso se tuvo que anular por falta de nieve
Se tuvo que anular
Tan bueno fue el resultado de aquella experiencia que se decidió repetir el concurso al año siguiente y en el mismo emplazamiento. No obstante, a pesar de publicitar ampliamente el 2º Concurso Catalán de Luges y que prometía ser otro gran éxito, el evento no pudo llevarse a cabo por falta de nieve. Y es que, pese a que las cumbres del Montseny son capaces de acumular hasta dos metros de nieve, las nevadas son muy irregulares, duran poco y las temperaturas no son lo suficientemente bajas como para que se mantengan durante un tiempo prolongado. Ello hizo que, ante la mejora de las comunicaciones con el Pirineo y la generalización de los Deportes de Invierno, éstos se fueran practicando cada vez más en las zonas donde la climatología asegurara la permanencia de la nieve y, con ella, de las actividades relacionadas con el esquí, olvidándose -no sin un punto de resignación- de las pioneras y cercanas cumbres del Montseny.

Un bello y popular Parque Natural
Un bello y popular Parque Natural
Con todo, cada vez que el Turó del Home se levanta vestido con su blanca capa, las almas de la gente del área metropolitana de Barcelona no quedan indiferentes. Y es que, por mucho que el calentamiento global haya convertido este espectáculo de la naturaleza en algo cada vez más raro (ver Glaciares pirenaicos, la lenta muerte de nuestros glaciares domésticos), por mucho que el clima no permita tener una estación de esquí en sus cumbres, el Montseny es, y continuará siendo, una de las montañas mágicas de Catalunya.

Practicando con los luges en el Matagalls (1909)
Practicando con los luges en el Matagalls (1909)

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sábado, septiembre 22, 2018

Las bon bon terre, las infames galletas de tierra contra el hambre

Comiendo lodo
Comiendo lodo
El problema de la desnutrición en los países del Tercer Mundo es un tema que, de tan repetido en los medios de comunicación y redes sociales, al final se ha convertido en un ruido de fondo inaudible al que no hacemos el más mínimo caso a no ser que pase algo bien gordo. Hambrunas producidas por desgracias naturales y guerras las ha habido desgraciadamente desde siempre, pero el desarrollo de los mass-media e internet ha llevado las impactantes fotos de niños esqueléticos moribundos hasta los comedores del mundo avanzado y nos las ha metido hasta en la sopa con tal fruición y constancia que las hemos convertido en un ingrediente más de nuestros platos al cual ya no damos importancia. Esta lejanía “moral”, que tendría que ser impropia del ser humano, necesita cada vez estímulos más bestias para llegar a romper la línea Maginot (ver La Línea Maginot, el inexpugnable fiasco militar francés) que defiende nuestra empatía. Alguien podría pensar que poner imágenes “gore” del hambre al más puro estilo “Viernes 13” podría dar algún resultado, pero nada más equivocado. Y es que pocas cosas hay más duras que la realidad y saber que hay humanos que, ante la falta acuciante de comida, no tienen otra opción que comer... tierra. ¿Se imagina llegar hasta ese extremo? Pues lamento decirle que no es ninguna broma. Es muy real y se denomina geofagia.

Desnutrición desesperada
Desnutrición desesperada
Seguro que en un momento u otro habrá utilizado la expresión tener un hambre que se comería las piedras. Este dicho que usamos en sentido figurado (para algún tragaldabas, seguro que no tan figurado), por desgracia es una situación muy real en la que se encuentran muchísimos miles de personas para las que una hamburguesa es tan prohibitiva como una tienda de Dior. Y es que cuando no hay que comer, la necesidad obliga a hacer muchas barbaridades, y una de ellas es la de comer lo primero que pillas, en este caso, el suelo que pisamos.

Tabletas de tierra bendita (Mexico)
Tabletas de tierra bendita (Mexico)
El hecho de comer piedras o tierra no es una cosa excesivamente rara en el mundo que nos rodea, ya que hay una gran cantidad de animales que las comen para ayudarles en las digestiones o como complemento vitamínico de una dieta pobre en según qué minerales. Sin ir más lejos, mascotas como los periquitos se deleitan royendo bolas de yeso, las gallinas y las codornices picotean pequeñas piedras con las que llenar sus mollejas y ayudar a la digestión, o los humanos mismo, utilizan la sal directamente (que no deja de ser más que una piedra) como formas de obtener una serie de elementos. Sin embargo, una cosa es comer ciertos tipos de tierra como complemento a una alimentación sana o que te dé una neura y te pongas a comer piedras como un descosido, y otra verse obligados a comerla porque no haya nada más que llevarse a la boca.

La infancia, la principal afectada
La infancia, la principal afectada
Si bien, durante la historia del ser humano el recurso de ingerir tierra en momentos de hambruna y de desesperación total, ha sido documentado desde tiempos inmemoriales (en China tenían la llamada “tierra de misericordia”), el hecho de que ello ocurra en la actualidad no deja de sorprender a propios y extraños. Y uno de esos episodios trágicos que dejó en evidencia esta práctica absolutamente aberrante fue el desastroso terremoto de Haití de 2010.

Haití, semanas después
Haití, semanas después
Haití, que ocupa la parte oeste de la isla caribeña de La Española (la parte este está ocupada por la República Dominicana), con más del 80% de su población -unos 11 millones de personas- por debajo del umbral de la pobreza, es el país más pobre de América y uno de los más pobres del mundo. Pues bien, en esta situación calamitosa y de estado prácticamente fallido gracias al “savoir faire” (ejem) de sus élites gobernantes, el 12 de enero de 2010 se produjo un terremoto de grado 7 (escala de Richter) con epicentro a menos de 30 km de la capital Puerto Príncipe. Si semejante sacudida -sin ser extrema (ver Valdivia 1960, el terremoto del Fin del Mundo)- ya produciría el caos en cualquier país mínimamente organizado, en un país en caída libre como Haití, significó el desastre más absoluto.

"Cocinando" las bon bon terres
"Cocinando" las bon bon terres
Más de 300.000 muertos, la ciudad destruida de arriba abajo, sin ningún servicio, sin agua potable… sin nada, fue lo que se encontraron las ONG’s que se lanzaron al auxilio de aquella desgraciada gente. Sin embargo, por mucha ayuda que se enviase en aquel momento, la falta de alimentos, sobre todo para la clase más pobre, rápidamente se convirtió en acuciante. La gente se moría de hambre y de sed por las calles, añadiéndose a la macabra estadística de víctimas producidas por el terremoto.

En esta situación de falta total de alimento salió a la palestra informativa cómo, los habitantes haitianos hacían uso de un tipo de arcilla para hacer unas “galletas” con aceite y sal con las cuales combatir la desesperación del hambre y a las que llaman "bon bon terres". Lo más grave del asunto es que el consumo de estas galletas ya era tradicional en el país, la cual cosa habla -y muy mal- de la situación de hambruna crónica que afectaba (y aún afecta) el país. Obvia decir que el daño para el cuerpo humano del consumo de este producto es tremendo.

Necesidad acuciante
Necesidad acuciante
Más allá del gusto a tierra que según los que las han probado deja en el cuerpo, estas tortas -que no dejan de ser más que bolas de barro secas- absorben el agua del cuerpo y producen obstrucciones intestinales graves si el consumo es masivo. No obstante, no es el peor efecto, ya que esta arcilla está cargada de parásitos (al fin y al cabo, es tierra) y de elementos contaminantes (en un país en ruina, no les vengas con exquisiteces de higiene), la cual cosa produce a su vez desde anemias, pasando por intoxicaciones por metales pesados (plomo, zinc…), ceguera, o infestación por lombrices, tenias y otros parásitos del suelo, llegando a poder coger incluso el tétanos en caso de ingestión prolongada de este “alimento”. Todo un elenco de efectos secundarios que, en el fondo, no tienen importancia cuando intentas evitar el efecto principal que es la muerte.

Injusticia humana
Injusticia humana
En definitiva, que el ser humano, ante la necesidad imperiosa de sobrevivir, no duda en alimentarse con lo que buenamente pueda, ya sea animal, mineral o del McDonald’s (ver El Happy Meal Project o cómo documentar la incorruptibilidad de una hamburguesa). Esto, en sí, no es malo, ya que indica que tenemos capacidad para obtener alimento de debajo de las piedras con los que seguir viviendo en épocas de hambruna grave. Lo que sí es intolerable es que, en una sociedad humana como la actual, en la que se desperdicia alimento a mansalva por intereses comerciales, en la que la gente comemos hasta reventar por gula, en la que la obesidad mórbida es una epidemia (ver La infalible dieta portuguesa de La Puerta de los Gordos) y en la que nos morimos de hambre por estética, que millones de personas tengan que recurrir a comer tierra para no morir es simplemente pornográfico.

Es posible que saber que hay gente que tiene que comer barro para sobrevivir no haga que concienciemos a los estados para luchar seriamente contra el hambre en el mundo, pero, al menos, seamos conscientes de que ello ocurre.

Después no podremos alegar ignorancia.

Un "alimento" absolutamente vergonzoso
Un "alimento" absolutamente vergonzoso

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