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Hoy, cuento: El autobús

Hoy, día 2 de abril del Año del Confinamiento de 2020, es el 215 aniversario del nacimiento de Hans Christian Andersen, el famoso escritor de cuentos infantiles danés, siendo por ello que hoy se ha declarado el Día Internacional del Libro Infantil. Sea como sea que, según los críticos, sus cuentos, de inocentes tenían poco, hoy le hago mi pequeño homenaje a tan ilustre colega de profesión publicando en Memento Mori! un cuento de los míos. Un cuento que, aún siendo para todos los públicos, seguro que os hará pensar con su moraleja, tal y como hacen los cuentos de Andersen. 

Espero que os guste.



Ya era tarde. Había acabado mi jornada laboral bastante más tarde de lo habitual y no estaba de muy buen humor. Una tarde demasiado densa y un dolor de cabeza intenso, no contribuían demasiado a poder extraer unas pocas sonrisas con las que adornar mi medio ambiente. Para postre, tenía que tomar el autobús que me retornara a casa, el cual daba una vuelta terriblemente larga para alcanzar mi tampoco cercana casa.

Había poca gente en la parada, cosa de agradecer, ya que no estaba para muchas relaciones sociales a aquellas horas de la madrugada. El autobús no tardó mucho en aparecer y subimos unos cuantos acomodándonos ampliamente; yo, como suele ser habitual, me puse en la fila final del vehículo hacia el lado izquierdo. Arrancó.

Estaba reventado y no podía pensar en muchas cosas. La fatiga misma me hacía penoso dicho acto e incluso me impedía hacer una mínima cabezada, ya de por sí dificultosa debido al continuo traqueteo del autobús sobre las destartaladas calles de mi ciudad. El trajín de subidas y bajadas no era demasiado importante y pronto me encontré como único pasajero. Había tenido un día de perros y lo único que tenía eran ganas de llegar a casa e irme a dormir con urgencia. Estaba harto.

Un movimiento brusco me estampó contra la ventanilla. El conductor había acelerado de golpe y me había pillado tan despistado que me había herido en la cabeza. El autobús, lejos de frenar siguió acelerando y acelerando. Yo no podía, por menos, que cogerme al asiento delantero ya que todos los baches repercutían sobremanera en el eje trasero del vehículo. Grité insistentemente al conductor que parase, pero debía haberse vuelto sordo, o lo que es peor, loco.

Los semáforos ya no significaban nada y las paradas, aún con gente que le solicitaba la parada, eran perfectamente ignoradas. El conductor, al cual veía nítidamente desde mi posición, seguía apretando el acelerador y conduciendo como si de un coche de "rallies" se tratara. En las curvas, el bus se tambaleaba con tanta inercia que el acto de volcar era más una realidad que una posibilidad. El olor a goma quemada de las ruedas invadía el zarandeado habitáculo y lo hacía irrespirable. Yo no podía mas que agarrarme con fuerza al asiento para evitar ser aún más victima si cabe, de los continuos golpes que estaba recibiendo. La herida en la cabeza sangraba abundantemente pero no podía dejarme ir; aferrarme al asidero era aferrarme a la vida.

La esquizofrénica escena no parecía tener fin y me quedé afónico de tanto gritar al desquiciado chófer. El ruido ensordecedor del motor, de las ruedas chillando y las frenadas y cláxones de los coches que nos cruzábamos, ahogaban mi cada vez más débil voz. Pensé en romper la luna lateral de emergencia y lanzarme al exterior, pero la exagerada velocidad que llevábamos, me dictó la prudencia de no hacerla efectiva.

Un bandazo tras otro bandazo. Mi cuerpo se estaba mezclando con sus propios jugos como si de una coctelera se tratase. Yo ya no podía más e iba a soltarme en cualquier momento; mis fuerzas me abandonaban por segundos en aquella frenética carrera hacia la muerte.

Un frenazo súbito que hizo “culear” el autobús hasta casi ponerse de medio lado, me hizo soltarme de golpe y rodar violentamente los cuatro metros que me separaban de la plataforma posterior a la cual fui a parar. ¡Se había parado! ¡Por fin!

De repente, las puertas se abrieron. Al verlo, mi cuerpo magullado salió momentáneamente del estado de semi-inconsciencia en que estaba sumido por la última paliza recibida; algo me decía que aprovechara ese momento, ya que aquello no duraría demasiado.

Hice un esfuerzo sobrehumano y me arrastré lo más veloz que pude fuera de aquel vehículo infernal. Apenas había lanzado totalmente mi cuerpo fuera de las escaleras de acceso, el bus cerró sus puertas y arrancó con la misma violencia que había frenado. Y allí quedé yo, herido, magullado, destrozado psíquica y físicamente y estirado encima del asfalto.

Me arrastré penosamente buscando la protección de la acera y, sacando fuerzas de la más absoluta flaqueza, me incorporé mínimamente y me senté apoyado contra la pared. Con la cara entre las rodillas comencé a llorar de dolor y de impotencia por el maltrato brutal e injustamente recibido. Sólo al  cabo del rato, y gracias a un atisbo de raciocinio vivificante, atiné a preguntarme cuál era mi paradero.

Sí. Estaba en mi parada; en mi conocida y siempre mal iluminada parada de autobús que, como de costumbre, estaba medio a oscuras y absolutamente desierta a aquellas horas intempestivas.

Juré solemnemente no volver a quejarme de la duración del trayecto.

Aferrarme al asidero era aferrarme a la vida
Aferrarme al asidero era aferrarme a la vida

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