Publi-5

jueves, junio 14, 2018

Una noche en el monasterio: oscuridad y tentaciones en los cenobios visigodos (siglos VI-VII)

Jordina Sales Carbonell
Dra. Jordina Sales Carbonell
El hecho que la Historia, el Patrimonio y las Ciencias sean mis pasiones me ha permitido entrar en contacto con muchos y muy buenos estudiosos de estos campos. Estudiosos (y estudiosas, no me sean puntillosos) que si destacan por algo es por su tremenda dedicación, su sabiduría sin límites y... que conocen anécdotas a cascoporro. Es justamente para que no se pierda este legado "anecdotil" que estos sabios guardan bajo toneladas de tesis, estudios y ensayos que, aprovechándome de mi amistad con ellos (¡encima son buenas personas!), de vez en cuando tendré el honor de poder ceder este atril virtual que es Memento Mori para que nos deleiten con el conocimiento que atesoran. Y para empezar... ¿qué mejor que hablar de cómo se lo montaban los monjes en la Alta Edad Media para atajar las siempre "incómodas" tentaciones de la carne por las noches? Pues para explicárnoslo, hoy tenemos la visita de una de las mejores conocedoras del Cristianismo primigenio de nuestro país, la doctora Jordina Sales Carbonell, la cual, si me seguís asiduamente ya os sonará porque traté su teoría sobre la posible ubicación del anfiteatro de Barcelona (ver La oculta ubicación del anfiteatro romano de Barcelona).  Espero que os guste.


Una noche en el monasterio: oscuridad y tentaciones en los cenobios visigodos (siglos VI-VII)

San Fructuoso
San Fructuoso
Los monasterios son lugares de recogimiento por antonomasia y, una vez llegada la noche, este recogimiento se convierte en el paradigma de la paz y silencio absoluto… si todo transcurre según lo previsto: “dirigiéndose (el monje) a su dormitorio con gran silencio y con continente recogido y paso tranquilo, sin acercarse a otro menos de un codo o al menos sin atreverse a mirarle, irá cada uno a su cama, y en ella, orando en silencio […], sin hacer ruidos, ni murmullos, ni escupir con sonoridad, cogerá el sueño en el silencio de la noche” (Regla de Fructuoso de Braga, cap. I).

Pero los escenarios idealizados que nos transmiten algunos cronistas acostumbran a ser bastante distintos de la realidad, y el ambiente nocturno de los primeros monasterios surgidos al final de la Antigüedad no constituyó una excepción, como testimonian de forma indirecta algunos documentos históricos.

Monasterio de San Millán de Suso
Monasterio de San Millán de Suso
Donde quedan al descubierto los excesos cometidos durante la noche en los cenobios es, paradójicamente, en las reglas monásticas. Tal vez porque las normas nacen para intentar regular y frenar todo aquello que sucede de facto. En la Península ibérica visigoda son solo cuatro las reglas conservadas, aunque con toda seguridad existieron algunas más, todas ellas redactadas por obispos famosos que previamente habían sido monjes y por lo tanto sabían muy bien de lo que hablaban. A pesar de ser tan poca la documentación disponible, ésta resulta ser sorprendentemente explícita y gráfica para haber sido escrita y transmitida por eclesiásticos; y para muestra un botón.

San Benito de Nursia entrega su regla a los monjes
S. Benito de Nursia entrega su regla
La primera regla, la de Leandro de Sevilla, escrita hacia el año 580, estaba pensada para el monasterio donde había ingresado su hermana Florentina. De hecho, es la única regla para monjas que se conserva en la Hispania previa a la invasión musulmana (a. 711). La noche aparece de lleno en el capítulo III, con el clásico título ‘La virgen debe guardarse del trato con jóvenes’: “A éstos (los jóvenes) pone el diablo ante los ojos de la virgen para que durante la noche piense en las figuras de los que contempló durante el día […] de modo que, por poco que halague a la imaginación tal representación, se le reproducirá durante el sueño lo que vio con los ojos. Con tales dardos queda atravesado el espíritu de la virgen y se clava en su corazón una afición tóxica que le lleva a repetir con gusto al día siguiente la visita que recordó durante la noche. Y así penetran hasta las telas del corazón las trazas de satanás […]”.

Aquí se muestra al diablo actuando preferentemente de noche, como ya se advertía en el Evangelio de San Juan (quien obra mal aborrece la luz, -Juan 3, 20-) y como se puede comprobar también en las reglas monásticas masculinas.

Isidoro de Sevilla y su hermana Florentina
Isidoro de Sevilla
En la escrita por Isidoro de Sevilla hacia el 619 algunos pasajes ilustran de nuevo el tema. En el capítulo VI, se indica que después del oficio vespertino y de un tiempo de meditación, antes de acostarse: “[…] como es costumbre, una vez rezadas completas y tras la despedida recíproca de los monjes, se ha de ir a descansar con todo recogimiento y silencio hasta que se levanten a maitines”. Hasta aquí todo parece normal, pero en el capítulo XIII de Isidoro empiezan las advertencias: “Por la noche, cuando van a dormir y durante el sueño, nadie hablará con otro”. Y de pronto y sin previo aviso sube el tono: “No estará permitido dormir dos en un mismo lecho. En la obscuridad de la noche nadie hablará al monje con quien se encuentre. Llegada la noche, deberá lucir en el dormitorio una lámpara, a fin de que sin obscuridad se eche de ver que cada uno está descansando”. Pero pasa lo inevitable y “el que se mancha con polución nocturna, no ha de tardar en declararlo al padre del monasterio, y ha de atribuirlo a su culpabilidad, y ha de arrepentirse en su interior […]”.

De los malos pensamientos nocturnos de que eran víctimas las inocentes monjas, se ha pasado a la acción física y carnal de los monjes, ratificada por las otras dos reglas masculinas que nos faltan por ojear.

Dormitorios de S. Juan de la Peña
Dormitorios de S. Juan de la Peña
Por ejemplo, la regla de Fructuoso de Braga (c. 646) resulta muy estricta respecto a este tema cuando en el capítulo II ordena que “se pondrá el prepósito en medio del dormitorio indefectiblemente hasta que todos estén descansando y cuando ya están acostados, que recorra en silencio los lechos de todos y cada uno, para que ninguno se acueste tarde o se entregue fuera de regla a ocultas musitaciones […]”. A media noche el sueño se interrumpía para recitar doce salmos, pero antes el prepósito volverá a actuar y “visitará con diligencia los lechos de todos antes de que se levanten […] con el fin de que observe como duerme cada uno, no vayan a incurrir en alguna lascivia al dormir por incuria durante su descanso”. Por si algo no había quedado claro, en el capítulo XVI se insiste en que “no deben dormir dos monjes en un mismo lecho […]. Entre las camas debe haber una separación de un codo, para evitar los incentivos de la pasión si están próximos los cuerpos”. 

La última de las reglas antiguas conservadas, la denominada Regla Común (c. 656), muy probablemente escrita también por Fructuoso de Braga, insiste en los mismos términos, sin aportar más novedades.

Las tentaciones de S. Jerónimo (Zurbarán)
Las tentaciones de S. Jerónimo
A causa de todos estos peligros nocturnos de la carne, ya desde sus inicios el monacato diseñó varias interrupciones a lo largo de la noche que llenó con un estricto programa de oraciones y vigilias litúrgicas. De hecho, un monje raramente llegaba a ‘dormir’ más de 4 o 6 horas seguidas (según fuese invierno o verano), como lo confirma también la ‘madre de todas las Reglas monásticas’ europeas, es decir, la diseñada por Benito de Nursia (s. VI), el célebre monje itálico que asentó las bases del monacato medieval y quien, por cierto, reafirma también la estricta vigilancia que se debía observar en los dormitorios de los monjes para evitar males mayores.

Por lo tanto, al contrario de lo que un profano podría imaginar, las noches en los monasterios eran (y seguramente son aun en muchos lugares), movidas, cortas y permanentemente interrumpidas por las oraciones y la liturgia pero también por las distracciones que ponían a prueba la obligada contención sexual del monje: la noche es y será siempre la principal puerta de entrada de Satán al cuerpo y al alma humanos, y los monasterios no fueron en absoluto inmunes a esta realidad espiritual tan humana y terrenal.

Capitel con representación de monje huyendo del diablo. Claustro del Monasterio de Valldaura (Manresa, Barcelona)
Monje huyendo del diablo. Claustro de Valldaura (Manresa)

Notas
  • Las reglas monásticas hispanas de época visigoda se encuentran traducidas en el volumen 321 de la Biblioteca de Autores Cristianos (Madrid, 1971)


Doctora en Historia Antigua y Arqueología, especializada en Antigüedad Tardía y Arqueología Cristiana, es investigadora y profesora en distintas instituciones. El 2011 fue ‘Semáforo Verde’ en La Vanguardia por su hipótesis de localización del anfiteatro romano de Barcelona y el mismo año la Societat Catalana d’Arqueologia le concedió el Premio Josep Barberà i Farràs.


jueves, junio 07, 2018

Maximiliano I, el emperador mexicano que fue tendido de un tendedero

Maximiliano I, Emperador de México
Maximiliano I, Emperador de México
Es harto conocido que no hay nada mejor que morirse para que empiecen a hablar bien de alguien, sobre todo si ha sido un personaje famoso. Todo lo malo y las pestes que propios y extraños (más los propios que los extraños, todo sea el decirlo) vierten sobre el interfecto en vida, por arte de birlibirloque se trocan en halagos y bellas palabras en cuanto que dimite de este valle de lágrimas; no hay quien lo entienda, pero es así. Sin embargo, una cosa es el trato verbal y otra el trato que se dé al cadáver, el cual, como no se entera de nada, es un perfecto Don Tancredo (ver La terquedad que hizo que un obispo estuviera 366 años insepulto). Y un ejemplo de esto le pasó al cuerpo de Maximiliano I, Emperador de México, que sin comerlo ni beberlo se encontró colgado de un tendedero como si fueran unos calzoncillos recién lavados. Si tiene curiosidad por saber cómo pudo llegar a darse tal histriónica circunstancia, a continuación se lo explico.

Ofrecimiento de la corona
Ofrecimiento de la corona
A alguien no muy ducho en historia de México, le podrá sorprender el hecho que en dicho país norteamericano haya habido un emperador como tal, pero así fue. El 10 de abril de 1864, en el Castello di Miramare, en las cercanías de Trieste (Italia), se corona Emperador de México a Ferdinand Maximilian Joseph Maria von Habsburg-Lothringen (Maximiliano, para los amigos), archiduque de Austria y hermano del Emperador austro-húngaro, Francisco José. La realidad es que el hombre, poco tenía que ver con México, pero cuando en julio de 1863, una delegación de políticos conservadores y de la Iglesia Católica mexicana le propusieron ostentar la máxima representación del poder en aquel país, para él que era tercero en la línea sucesoria –ergo no vería el poder imperial ni por asomo- se le presentaba una oportunidad que difícilmente podía rechazar.

Benito Juárez
Benito Juárez
El devenir de México desde la independencia de España estaba siendo de todo menos tranquila (ver San Jacinto 1836, la siesta más cara de la Historia). Los continuos cambios de gobierno y las luchas entre las facciones liberales (republicanas) y las conservadoras (monárquicas) habían llevado al país a una continua guerra civil y a una división entre estados monárquicos y republicanos. La intromisión de las potencias europeas no hizo más que empeorar las cosas, llevando a México a la quiebra y obligando a su presidente, el liberal Benito Juárez, a hacer en 1861 una suspensión de pagos a los países creditores, a la sazón, España, Gran Bretaña y Francia. Países que, en vistas del desaguisado, enviaron diversos ejércitos a invadir México reclamando los pagos atrasados. 

Castillo de Chapultepec
Castillo de Chapultepec
Después de varías promesas de pago, España y Gran Bretaña retiraron sus tropas, pero no así la Francia de Napoleón III que, aprovechando que Estados Unidos estaba en plena Guerra Civil , quiso apoyar a los conservadores mexicanos y a los confederados estadounidenses para debilitar el creciente poder de la Unión. Los casi 30.000 soldados franceses desembarcados en el puerto de Veracruz toman Ciudad de México en junio de 1863 y arrinconan las tropas de Benito Juárez en el norte (ver Los quebraderos de cabeza de EE.UU. y México por un caprichoso Río Bravo). La mayoría del territorio estaba bajo poder conservador y ello permitió que Maximiliano I llegase el 28 de mayo de 1864 a México, habilitándose como palacio imperial el Castillo de Chapultepec. No obstante, pronto les saldría rana el emperador para sus avaladores conservadores.

Pío Nono
Pío Nono
La idea de traer de nuevo la monarquía a México escondía la intención de hacer marcha atrás a las reformas que el gobierno liberal de Juárez había implantado tiempo atrás, cosa que los lobbys conservadores y la Iglesia Católica (con el Papa Pío IX al frente) no estaban dispuestos a permitir. El problema fue que escogieron como emperador a alguien que también tenía tendencias liberales y, al poco de llegar al poder, pronto empezó a legislar no exactamente como esperaban los terratenientes…

Ferdinand Maximilian von Habsburg
Ferdinand Maximilian von Habsburg
Para empezar, lejos de tirar atrás las reformas liberales de Benito Juárez, las dio por buenas, pero no solo eso, sino que hizo diversas reformas encaminadas a fomentar los derechos humanos y sociales de los indígenas, sobre libertad de culto, eliminación de privilegios eclesiásticos, universalización de los estudios..., entre muchos otros, que llenaron de orgullo y satisfacción a sus antiguos avaladores, que pasaron a darle la espalda ante tamaña “fechoría”. Paralelamente, y por si fuera poco, toda la situación geopolítica internacional favorable a Maximiliano I se dio la vuelta como si fuera un calcetín.

Fusilamiento de Maximiliano I
Fusilamiento de Maximiliano I
En 1865, los federados habían ganado la Guerra de Secesión (ver Los buitres que celebran anualmente la batalla de Gettysburg), de tal forma que dieron su total apoyo a los republicanos de Juárez contra Francia. Napoleón III, por su parte, se había encontrado que Prusia había ganado su guerra contra Austria, de modo que el nuevo imperio alemán amenazaba seriamente las fronteras francesas en Europa. Ante este revés, en 1866 Francia retiró gran parte del apoyo militar a Maximiliano, el cual se encontró vendido entre la desaparición de los aliados franceses, la falta de apoyos conservadores y el avance imparable de las tropas republicanas. A pesar de todo, Maximiliano decidió mantenerse al frente de sus tropas, hasta que, asediado en Querétaro por el ejército de Juárez, fue vencido, y aunque escapó, fue detenido y fusilado junto a dos de sus generales (Miramón y Mejía) el 19 de mayo de 1867.

Momia de Maximiliano I
Momia recompuesta
El cuerpo de Maximiliano I, que había muerto del impacto de 5 balas en pecho y abdomen, fue llevado al Convento de Capuchinas de Querétaro, donde el doctor Vicente Licea lo embalsamó a voluntad del nuevo gobierno republicano, quien supuso que Austria pediría la repatriación del cadáver, como así pasó.  El inconveniente fue que Licea, más preocupado por vender ropas del finado a sus seguidores bajo mano que por hacer bien su trabajo, hizo un embalsamamiento de mírame-no-me-toques y, cuando siete días después fue trasladado a Ciudad de México, lo que llegó fue una auténtica piltrafa (ver El extraño entierro a trozos de Don Juan de Austria). De hecho, estaba negro y mojado, ya que el carro había volcado por dos veces, yendo en uno de ellos a parar el cadáver a un río. De traca y banda de música.

Máscara mortuoria del Emperador
Máscara mortuoria del Emperador
Así las cosas, en llegando a Ciudad de México, se habilitó la Iglesia del Hospital de San Andrés para hacerle un nuevo embalsamamiento habida cuenta que aquello que había llegado no había quien lo entregase. Los embalsamadores, ante la magnitud de la chapuza, decidieron que la mejor forma de hacer lixiviar los líquidos que tenía el cadáver era tenderlo en un tendedero y tenerlo unos cuantos días así. Y así lo tuvieron como quien pone a secar un jamón. La momia de Maximiliano fue finalmente reembalsamada y transportada a Austria en la fragata Novara (la misma que lo trajo en vida en 1864) siendo enterrado finalmente en la Cripta Imperial de Viena.

En definitiva, un triste fin para un gobernante digno que, más allá de sus bienintencionadas políticas (de hecho, Juárez no estaba en contra de su persona, ni de sus ideas, sino contra el hecho de haber sido impuesto a dedo) será recordado por haber sido el último Emperador de México… y por haber sido puesto a secar en un tendedero.  

Cosas de la Historia.

Corona y cetro de la monarquía mexicana
Corona y cetro de la monarquía mexicana

Webgrafía

domingo, junio 03, 2018

El Congo, la inmensa y atroz propiedad privada del rey de Bélgica

Caricatura de Leopoldo II y el Congo
Caricatura de Leopoldo II y el Congo
Aunque pueda parecer raro para un punto de vista actual, desde la Edad Media y hasta el advenimiento de la Revolución Francesa, los reinos no eran un ente colectivo de los habitantes de aquel territorio como lo son actualmente, sino que eran una propiedad única y exclusiva de los reyes y reinas del momento. Ello significaba que, cuando un soberano alcanzaba el trono, con él adquiría, como quien compra una caja de galletas, tanto el espacio geográfico como su contenido, ya fueran ganado, edificios o personas (ver La curiosa hipoteca del emperador). Con el éxito de las ideas liberales y humanistas de la revolución francesa -derechos humanos, sobre todo- el concepto de Estado Moderno se generalizó, incluso en el caso de las colonias, que en este caso pasaban a ser jurisdicción de las diferentes metrópolis. No obstante, hubo un caso que se saltó todas las normas hasta bien entrado el siglo XX: el Congo Belga. ¿Su particularidad? Que no pertenecía a Bélgica, sino que era una propiedad privada de su rey, Leopoldo II.

Antiguo Congo Belga
Antiguo Congo Belga
La República Democrática del Congo (también conocido en su momento como Zaire) es un territorio inmenso de casi dos millones y medio de kilómetros cuadrados -España tiene unos 500.000- ubicado en el centro del continente africano, a ambos lados del Ecuador, que fue hasta 1960 colonia de Bélgica, momento en que, igual que muchos otros países de África obtuvo su independencia (ver Un despropósito llamado independencia de Guinea Ecuatorial). Hasta aquí pudiera ser como la historia de tantas colonias europeas, sin embargo, la historia del Congo dista mucho de ser normal.

África colonial (1880-1913)
África colonial (1880-1913)
A mediados del siglo XIX, las diferentes potencias europeas se empiezan a repartir el mundo como un gran almacén en el primer día de rebajas, es decir, como si no hubiera un mañana. España y Portugal, en caída libre, intentan mantener el tipo como pueden, mientras que Gran Bretaña, Francia, Holanda y Alemania pugnan por aumentar sus colonias con el fin de asentar su estatus de grandes potencias económicas y militares mundiales. O dicho de otra forma, que si no tenías colonias, no eras nadie.

Leopoldo II, rey de los belgas
Leopoldo II, rey de los belgas
En esta situación, Bélgica, un pequeño país entre Holanda y Francia independizado de éstos últimos en 1830, bastante problema tenía para mantener sus límites territoriales de la glotonería imperialista de sus vecinos europeos, como para meterse en berenjenales coloniales. No obstante, no pensaba lo mismo su rey, Leopoldo II, rey de los belgas.

Leopoldo II, deslumbrado por los imperios coloniales y, como un niño caprichoso y mal criado (que en realidad era), quería también el suyo. El problema era que los belgas no estaban por la labor, y no le permitían veleidades militares colonialistas de ningún tipo... y como en Bélgica mandan los belgas y no su rey, pues...¡dos piedras! A pesar de ello, su obcecación le llevó a promover y a interesarse por una zona inexplorada del centro de África, la región del río Congo.

Henry Morton Stanley
Henry Morton Stanley
Así las cosas, las expediciones de Cameron (1873-75), Stanley (1873-77) y Brazza (1875), llevaron a Leopoldo II a fundar en 1878 el Comité de Estudios del Alto Congo (CEHC), supuesta ONG filantrópica dedicada a estudiar las posibilidades comerciales del centro de África para las potencias europeas, pero que lo único que pretendía era la adquisición (léase como apropiación, tras la cesión de sus derechos por parte de los legítimos propietarios) de tierras para su explotación comercial. Presupuestada con 1 millón de francos, sus principales accionistas eran Leopoldo II -con 240.000 francos- y la AHV, acrónimo holandés de Asociación Comercial Africana, con 130.000 francos. El resto quedaba repartido entre otros pequeños "filántropos". Las tierras, de las cuales se extraía marfil (a cuenta de matar elefantes a punta pala) y caucho, pronto se mostraron deficitarias por la falta de infraestructuras y por el "poco" compromiso de los pueblos negros para con los europeos que los habían "salvado" de los esclavistas árabes. Arrasar con sus pueblos, raptar a sus familias o cortarles las manos, por lo visto, no era suficiente para convencerlos de abandonar su indolencia. Llámenlos pusilánimes.

Plantación de caucho
Plantación de caucho
En 1879, Leopoldo II tiene un golpe de suerte, y la AHV quiebra, por lo que vio la oportunidad de quedarse como accionista principal. Los otros accionistas viendo que aquello era un negocio ruinoso vendieron sus participaciones, de tal forma que el rey de los belgas se quedó como único propietario de toda aquella empresa. Había quedado endeudado hasta las orejas pero, con unas posesiones 100 veces mayores que la mayor hacienda privada existente en la actualidad (ver El rancho más grande del mundo: Anna Creek Station), ya tenía su propio imperio colonial... ¡ya estaba contento el niño! El golpe de gracia llegó en 1885 cuando las potencias internacionales reconocieron su posesión y Leopoldo II fundó el Estado Independiente del Congo. La guinda del pastel llegó en 1897 cuando el auge de la producción de caucho para la industria del automóvil, convirtió aquel deficitario negocio en un auténtico Cuerno de la Abundancia.

La temida Force Publique
La temida Force Publique
Con una contabilidad llevada en secreto hasta el extremo, se estima que Leopoldo amasó una fortuna superior a los 80 millones de dólares a costa de las barbaridades que su ejército particular (la Force Publique -Fuerza Pública) de unos 19.000 hombres perpetraba con la población para mantener el ritmo de producción de caucho, con beneficios que supone rondarían el 700%. No en vano, se estima que entre 5 y 10 millones de personas murieron durante el dominio de Leopoldo II debido a los atroces métodos utilizados con la población civil. No estaban esclavizados, cierto. Estaban peor.

Manos cortadas
Manos cortadas
La sociedad belga, que no se había enterado de nada (la imagen que se vendía en la metrópoli era la de una misión de buena voluntad para civilizar negritos) comenzó a sospechar que no era oro todo lo que relucía en el Congo. Rumores cada vez más insistentes de las barbaridades que allí se cometían se propagaron gracias a observadores extranjeros, sobre todo por predicadores afroamericanos presbiterianos (la Iglesia Católica belga, no decía ni mu) a pesar de los intentos denodados de Leopoldo II de censurar (y falsear) toda la información que hablase de ello. El escándalo acabó siendo de tal calibre, tanto a nivel nacional como internacional, que en 1908 el rey se vio obligado finalmente a ceder la soberanía del Congo a Bélgica. Eso sí, no le salió gratis al Estado Belga, ya que con la soberanía iba el pack envenenado de todas las deudas que había contraído el ínclito monarca.

El "chicote" en acción
El "chicote" en acción
Leopoldo II murió en 1909, y si bien la soberanía pasó a Bélgica, formando, ahora sí el Congo Belga, los congoleños no mejoraron ni un ápice sus condiciones de vida. Los “chicotes” (inhumanos látigos cortos que desgajaban las carnes) siguieron usándose y los crueles métodos de la Force Publique, pese a la caída en desgracia de la producción de caucho natural y su sustitución por la minería del cobre, oro y otros metales, continuaron hasta el final de la época colonial en 1960. 

En estos tiempos en que nos escandalizamos por las noticias de la convulsa África Negra, y que nos molesta la llegada de miles de inmigrantes africanos a las costas y las vallas que separan el Primer del Tercer Mundo (ver Peñón de Vélez: el patético y absurdo récord de la frontera más corta del mundo), bien haríamos en reflexionar un poco y ver que, simplemente, Europa está recogiendo una milésima parte de la ignominia, el dolor y el caos que unos pocos caprichosos y codiciosos poderosos sembraron en todo un continente.

Para no olvidar.

Un hombre contemplando la mano y el pie amputados de su hija de 5 años (1904)
Un hombre mirando la mano y el pie amputados de su hija de 5 años (1904)

Webgrafía