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miércoles, julio 18, 2018

Las alucinaciones gratuitas y sin drogas del Efecto Ganzfeld

Experimento Ganzfeld
Experimento Ganzfeld
Muchas veces nos quejamos de que, en esta sociedad en que nos ha tocado vivir, sufrimos tal bombardeo de información, que nos llega a salir hasta por las orejas. Postverdades, noticias fake, hiperactividad, falta de criterio… todo ello se ha convertido en algo cotidiano, fruto de las redes sociales y la sociedad de la información que nos rodea. Sin embargo, y por muy hartos que estemos, la verdad es que el cerebro humano está preparado para procesar todo el cúmulo de informaciones y estímulos que llegamos a recibir al cabo del día (la calidad del procesado, ya depende de cada seso), pudiéndose generar auténticos disturbios cerebrales en caso de que pudiéramos eliminar esos estímulos. Y se puede. Es el conocido como Efecto Ganzfeld.

Exceso de información
Exceso de información
Que el cerebro es una máquina extraordinaria, capaz de crear maravillas, efectuar cálculos complejos e imaginar situaciones inverosímiles, es algo que, no por conocido nos deja de sorprender cada vez que nos hacen un buen truco de magia. El único inconveniente es que este ordenador central que tenemos encima de los hombros (algunos, otros lo tienen en otro lado) necesita información externa para procesarla, ya que, sin este aporte de estímulos, el cerebro se vuelve auténticamente loco.

Dr. Wolfgang Metzger
Dr. Wolfgang Metzger
Así las cosas, el psicólogo alemán Wolfgang Metzger, estudiando la teoría de la Gelstat, según la cual el cerebro actúa reconociendo formas y agrupando conceptos conforme su experiencia, diseñó en los años 30 una forma de eliminar los estímulos sonoros y visuales. Bien… de hecho no los eliminaba, sino que los homogeneizaba, de tal forma que, a efectos prácticos, era como si los eliminase. Le llamó "Ganzfeld" (del alemán "ganz", todo, y "feld", campo) al referirse a la total privación de vista y oído.

De esta forma, a un sujeto tumbado cómodamente, se le hacía oír una especie de “fritura” similar al ruido que se obtiene cuando cambiamos entre dos emisoras de radio (conocido como “Pink Noise” o Ruido Rosa), mientras que en los ojos se ponen dos coberturas translúcidas (las dos mitades de una pelota de ping-pong) y se le enfoca una bombilla de luz roja. De esta guisa estando, se mantiene al interfecto durante varios minutos escuchando el ruido -que de hecho lo que hace es eliminar el estímulo sonoro externo- y viendo la luz rojiza que traspasa las mitades traslúcidas y sus párpados.

El efecto produce alucinaciones
El efecto produce alucinaciones
Ante esta situación de privación sensorial, el cerebro, acostumbrado como está a reconocer patrones y a predecir formas y colores -ver caras en las nubes, en los azulejos o en los desconchones de la pared… fenómenos conocidos como pareidolias- se pierde como quien se encuentra en una total oscuridad, de tal forma que comienza a hacer de su capa un sayo. O lo que es lo mismo, que el cerebro comienza a producir imágenes alucinatorias producto de la falta total de información que procesar, pudiendo llegar al extremo de afectar seriamente la salud mental del conejillo de Indias que se haya prestado al experimento. De hecho, esta forma de alucinar sin necesidad de LSD (ver Hofmann y el alucinante descubrimiento del LSD) también se consigue en las cámaras anecoicas (ver La cámara anecoica de Orfield, el lugar más silencioso del mundo)  y se ha reportado que ocurre en gente que se ha quedado durante mucho tiempo encerrada en la oscuridad (mineros accidentados, por ejemplo), expedicionarios polares o, incluso, algunos filósofos griegos, que se encerraban en cavernas y esperaban que les “fluyera” la inspiración intelectual. No obstante, este fenómeno también se utiliza para algo un pelín más misterioso: para detectar la existencia de la percepción extrasensorial, sobre todo la telepatía.

¿Experimentando la telepatía?
¿Experimentando la telepatía?
Según los estudios de diversos parapsicólogos durante principios de los años 70 del siglo XX, esta privación de sentidos hace que se disparen las capacidades precognitivas y de sentidos paranormales que, según la paraciencia, todos disponemos. En este caso, al inducir a una persona el fenómeno de Ganzfeld, las alucinaciones que tendría estarían influidas por los pensamientos que le estaría “mandando” otro sujeto que estuviese mirando una serie de dibujos en su cercanía. Es decir, mientras que una persona está viendo una serie de dibujos de forma aleatoria, el otro tendría que ver en sus alucinaciones los dibujos que está viendo su comunicador. ¿Y cómo saber si las ha visto o no las ha visto? Pues después de la sesión Ganzfeld, al que se le ha sometido al proceso se le pasan una serie de dibujos en que, de cada cuatro dibujos, uno es de los que ha visto el “emisor”, y el “receptor” tiene que reconocerlos. Estadísticamente, si fuesen elegidos por simple azar, el tanto por ciento de acierto tendría que ser del 25%. La sorpresa es que se han llegado a documentar hasta el 35% de aciertos, dato inexplicado que sirve como prueba de que “algo” existe para los que creen en estas cosas y que no prueba nada para los que no creen en estas sensibilidades paranormales. Sea como sea, la polémica está servida.

Hippies alucinando sin drogas
Alucinando sin drogas
En definitiva, que nuestro cerebro, por mucho que nos guste o no, está diseñado para gestionar información a punta pala ya que ello nos permite sobrevivir en un mundo tan cambiante y ambiguo como el nuestro. Posiblemente este mundo no sea el mejor que podamos tener, ni el que más nos gustase vivir, pero, sea uno o sea el otro, nuestra mente está diseñada para procesar una información con la que podemos volvernos locos, pero sin la que, por mucho que nos duela, podemos volvernos igualmente locos. Eso sí, puestos a volverse tarumba, hágalo con un buen libro, que, para hacerlo con la realidad, simplemente tiene que abrir Twitter o ver un Telediario.

Consejo de amigo escritor.
 
El experimento hace que el cerebro se pierda
El experimento hace que el cerebro se pierda

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lunes, julio 16, 2018

La Máquina de Antikythera, la sorprendente computadora de la Antigua Grecia

La Máquina de Antikythera en el Museo Nacional de Arqueología de Atenas
La Máquina de Antikythera
En la isla de Creta, unos arqueólogos encuentran unos extraordinarios autómatas de bronce que habían quedado enterrados desde la época de la Antigua Grecia. Uno de aquellos arqueólogos, cegado por el poder de tales androides, decide eliminar a todos sus compañeros y desarrollar a partir de aquellas máquinas olvidadas un ejército de robots con el que dominar el mundo. Desgraciadamente para sus aviesas intenciones, uno de aquellos que habían sido sus compañeros quedó solo malherido por lo que, conociendo la técnica, creó un robot que se enfrentara a aquella amenaza para la Humanidad. Así se explica en el primer capítulo de la serie el origen de Mazinger Z (ver El icono histórico del enorme Mazinger Z de Tarragona). Esta ficción, basada en el mito del gigante Talos, el invencible gigante de bronce creado por Hefesto y los cíclopes (ver La mitológica, pero real, historia de los cíclopes fosilizados) para proteger Creta de los extranjeros, puede quedar como lo que es, una simple mitología. Sin embargo, cuando en 1900 se encontró en el mar una extraña máquina medio corroída, más de un presupuesto sobre los antiguos griegos tembló como un flan. Me refiero a la Máquina de Antikythera: la computadora más antigua de la Historia.

Ubicación de Antikythera
Ubicación de Antikythera
Las islas griegas, a parte de un bello (y caro) destino turístico donde las cámaras de fotos y los Instagram sacan humo cada día, es uno de los principales puntos de interés arqueológico del mundo. El hecho de que a orillas del Egeo se desarrollase una de las culturas más avanzadas -intelectualmente hablando- y que más han influenciado a las civilizaciones posteriores, ha convertido estas tierras en un centro donde los arqueólogos han hecho su particular agosto. Y no solo en superficie, donde es normal que se hallen restos, sino incluso en los fondos submarinos, donde el descubrimiento de piezas es mucho más dificultoso y sorprendente.

Extrayendo los restos (1900-1901)
Extrayendo los restos (1900-1901)
Así las cosas, en el año 1900 un grupo de pescadores de esponjas descubrió a 45 metros de profundidad, en las costas de la isla griega de Antikythera (también conocida como Anticitera o Antiquitera), un barco romano hundido a mediados del siglo I a.C. que transportaba un valioso cargamento de ánforas, estatuas, cristalería, monedas y toda una serie de diverso material de origen griego. Todo el cargamento fue izado durante el 1901 y, depositado en el Museo Nacional de Arqueología de Atenas, los arqueólogos determinaron que buena parte de los restos estaban datados del siglo IV a.C. Y, como ocurre demasiado frecuentemente, una vez catalogados los artículos más bellos y destacados, el resto quedó en el fondo de un armario.

Restos del artilugio
Restos del artilugio
En 1902, el director del museo, el arqueólogo griego Valerio Stais, revisando un cacho de bronce corroído procedente del pecio romano de Antikythera, vio que en aquella masa informe metálica destacaba una serie de engranajes. Stais los relacionó con un reloj astronómico, pero los investigadores que lo estudiaron vieron que, caso de serlo, era algo demasiado complejo para su época y que no cuadraba con el resto de elementos recuperados. Se pensó que era algo que había caído posteriormente al hundimiento del barco, se volvió a meter en el cajón (los almacenes de los museos, esos agujeros negros del conocimiento humano…) y no fue hasta 1951 que el físico e historiador inglés Derek John de Solla Price se interesó de nuevo por los fragmentos que formaban aquel extraño amasijo metálico.

Derek John de Solla Price
Derek John de Solla Price
Tras varios años de estudio y la constatación de que “aquello” de normal tenía poco, en 1971, Price y el físico nuclear griego Charalampos Karakalos (y después alguno se queja de que mi nombre -también de origen griego- es raro) sometieron a la conocida como “Máquina de Antikythera” a un escáner de rayos X y otro de rayos Gamma. Fue la constatación de que estaban ante una auténtica maravilla de la técnica, un predecesor de los computadores actuales cuyos semejantes no se vuelven a encontrar hasta bien entrado el siglo XVI, con el desarrollo de los complejos mecanismos de relojería.

Varios fragmentos de la Máquina
Varios fragmentos de la Máquina
La máquina, formada por 82 fragmentos -algunos recuperados del pecio por el capitán Jacques Cousteau en 1976- consistía en una extraordinaria maquinaria de relojería compuesta por no menos de 37 ruedas dentadas en bronce de diferentes tamaños (la mayor era de 14 cm), y que estaban instaladas en una caja de madera de 34 x 18 x 9 cm. Según los científicos, que pudieron ver que las ruedas y los pocos restos de la caja estaban grabados, llegaron a la conclusión de que se trataba de un artilugio que predecía mecánicamente el zodiaco, las fases de la Luna, del Sol, de los eclipses y de los planetas conocidos en aquel momento. Una verdadera pasada.

Imagen de Rayos X del fragmento principal
Imagen de Rayos X
De esta forma, aplicando los profundos conocimientos de astronomía de los pensadores griegos, la Máquina de Antikythera era capaz de determinar las fechas de los acontecimientos griegos más remarcables (las Olimpiadas, por ejemplo) y de reproducir con una precisión inaudita la ubicación de cada uno de los cuerpos celestes en un momento dado. Una precisión increíblemente compleja dado que, eventos como las fases de la Luna, que tienen una velocidad variable de tránsito en el firmamento, son muy difíciles de representarse mecánicamente. Lo mejor es que, confeccionadas diversas réplicas tras la revisión de los restos con tomografía 3D computerizada, se ha constatado que la máquina funciona a la perfección. Sin embargo, el misterio persiste porque… ¿quién la construyó? ¿Quién tenía el suficiente conocimiento para desarrollarla? La verdad es que no se sabe.

Excavando el barco romano
Excavando el barco romano
Según el estudio de los restos del naufragio y de la maquinaria, se cree que pudiera ser un botín que los romanos obtuvieron durante la conquista de Rodas y que, en tránsito hacia Roma -posiblemente para entregarlo a Julio César- naufragó en aguas del Egeo a mediados del siglo I antes de nuestra era. Este botín incluiría la máquina de Antikythera, una maquinaria que, según el estudio de las inscripciones pudiera haberse construido en la segunda mitad del siglo II a.C. por alguien, evidentemente, muy ducho en astronomía y matemáticas. Hay quién ve la mano del físico y astrónomo Hiparco de Nicea e incluso la del mismo Arquímedes (ver El golpe de suerte de Arquímedes y su Eureka). Sea como sea, su creador permanece en el anonimato.

Reconstrucción por ordenador
Reconstrucción por ordenador
En conclusión, que, durante 2.000 años, el mar mantuvo en el olvido un saber y una técnica que, hasta 1.500 años después de su desaparición, el hombre no supo desarrollar de nuevo. De esta forma, la misteriosa Máquina de Antikythera nos muestra que el conocimiento, más allá de una cosa de “frikis” asociales, es un valor estratégico y fundamental pero, sobre todo, frágil, de la civilización humana. Una civilización que, lejos de la imagen de "bichos raros" que tiene de los investigadores, necesita para avanzar la formidable genialidad de aquellas mentes capaces de estudiar y comprender el mundo que les rodea (ver Hedy Lamarr, la inventora más bella del mundo), al margen de la superficialidad y anodina mediocridad de la sociedad que los señala.
 
Reconstrucción de la Máquina de Antikythera

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jueves, julio 12, 2018

La tribu de los Tasaday, el fraude paleolítico que encandiló al mundo

La tribu de los Tasaday
La tribu de los Tasaday
Cuando se produce un descubrimiento científico remarcable, muchas veces sorprende el ver cómo la misma comunidad de investigadores pone en tela de juicio dicho descubrimiento intentando rebatir las pruebas que se presentan. Desde un punto de vista externo, puede parecer que dichas objeciones tienen el fin de mantener el statu quo de los científicos del momento (y alguna vez sí que puede que lo sea), pero la verdad es que, en este mundo de la investigación, en que el éxito y el renombre van de la mano de sustanciosas subvenciones, si no fuera por esta inmisericorde crítica a degüello, los científicos descubrirían la piedra filosofal tres veces al día (ver El vergonzoso fraude del hombre de Piltdown). O dicho de otra forma, que ante la fama, la sinceridad es un nimio detalle… y si puedo meterla hasta la bola, no nos vamos a andar con remilgos. Y esto mismo ocurrió en 1971 cuando el mundo científico se sacudía con la noticia de que, en Filipinas, una tribu que vivía aún en la Edad de Piedra había sido descubierta: la tribu de los Tasaday. El único inconveniente fue que, con el tiempo, se vio que muy del Paleolítico no es que fueran… 

Manuel Elizalde Jr.
Manuel Elizalde Jr.
En julio de 1971, saltaba a la palestra informativa la noticia de que el empresario filipino (y crápula rematado) Manuel Elizalde Jr había entrado en contacto con una tribu primitiva que vivía aislada del mundo en uno de los confines más perdidos de la espesa selva tropical de la isla de Mindanao. Elizalde, antropólogo aficionado y descendiente de una rica familia de origen navarra que había hecho fortuna en Filipinas cuando todavía era colonia española (ver Rizal o cómo un pacifista hizo perder las Filipinas a España), explicó que aquella tribu -a la que se dio a llamar Tasaday-, habían desarrollado su cultura totalmente al margen de la civilización. Eran el último vestigio que quedaba de la Edad de Piedra y, con las pruebas que aportaba, no era para menos.

Cavernícolas en estado puro (a priori)
Cavernícolas en estado puro (a priori)
La tribu, consistente en unos 25 individuos de diversas edades, vivían tranquilamente en una zona de cuevas de lo que la selva les daba. No conocían el hierro, utilizaban herramientas de piedra, vestían con taparrabos hechos de hojas, no conocían la agricultura y aborrecían la violencia, hasta el punto que su lengua no tenía una palabra que significara “guerra”. Una auténtica burbuja de inocencia humana descubierta gracias a los contactos de un cazador local, dando aviso de su descubrimiento a Manuel Elizalde.

Portada del National Geographic
Portada del National Geographic
Elizalde que, desde 1968 era consejero del dictador Ferdinand Marcos para asuntos indígenas, había creado la fundación Panamin, una ONG privada pero subvencionada por el estado para salvaguardar las minorías étnicas en Filipinas y, con ella, se dedicó a gestionar el legado de los Tasaday. El revuelo que se formó fue monumental en todo el mundo y pronto montones de antropólogos, amén de gente famosa, demostraron su interés por visitar a aquellos que habían vivido en aquella auténtica burbuja en el tiempo. Se escribieron libros e incluso National Geographic les dedicó la portada y un reportaje de 32 páginas. Con la tontería, Elizalde fue capaz de recoger 35 millones de dólares para los tasaday. Dile tonto.

Ferdinand Marcos y su mujer Imelda
Marcos y su mujer Imelda
Para evitar desmanes con los posibles visitantes, semanas más tarde se bloqueó con guardas el acceso a los indígenas y en abril de 1972, Marcos ordenó una zona de exclusión de 182 km2 alrededor de sus cuevas. Tan solo Elizalde y un selecto grupo de 11 antropólogos tendrían oportunidad de visitarlos. En 1976, la instauración de la Ley Marcial en todo el país por parte de Marcos cortó de raíz cualquier posible estudio. No obstante, la comunidad científica internacional tenía la mosca detrás de la oreja desde hacía tiempo, ya que había cosas que no cuadraban (vivían a tan solo 3 horas del pueblo más cercano, por ejemplo) y corrían voces críticas con el régimen que acusaban a Marcos y a Elizalde de utilizar a los cavernícolas en su propio beneficio. La polémica entre los que creían que eran falsos y los que eran verdaderos quedaba servida.

En 1986, el régimen dictatorial de Marcos se vino abajo, poniendo los pies en polvorosa y huyendo a Hawaii, dejando a las Filipinas sumidas en el caos. En medio de este caos, el periodista suizo Oswald Iten vio la oportunidad de visitar por su cuenta a los tasaday y ver qué era lo que había de verdad o de mentira en ellos. Se quedó de pasta de boniato.

Vivían en chozas y cultivaban (foto de 1986)
Vivían en chozas y cultivaban
Según su testimonio, cuando llegó a la zona de las cuevas, allí no había nadie. Los tasaday habían dejado las cuevas y vivían en unas chozas al otro lado de la montaña, pero no solo vivían en chozas, sino que se dedicaban a la agricultura y vestían con ropas normales al estilo tradicional. De los hombres prehistóricos no quedaba nada y, cuando les preguntó el porqué de aquello, le dijeron que habían sido presionados por Elizalde para que actuaran como hombres de las cavernas a cambio de protección y para conseguir dinero. No en vano, Elizalde, ante el caos político, salió del país en 1983 con no menos de 1 millón de dólares procedente de Panamin.

Vaciando troncos con herramientas de madera. Paripé por intereses de Estado
Paripé por intereses de Estado
Según parece, Marcos (muerto en 1989) y Elizalde (muerto en 1997 en extrañas circunstancias) habrían orquestado el paripé mediático de los tasaday con fines publicitarios del régimen ante su población (tener en el país unos “ejemplares” únicos en el mundo de filipinos primigenios reforzaba el orgullo patrio) y ante el mundo, dado que en aquel momento Marcos reclamaba sus derechos sobre el estado malayo de Sabah. La situación estuvo bajo control hasta el hundimiento del tirano, cuando se destapó el pastel. Todo había sido una treta… o no.

Una tribu real, pero no paleolítica
Una tribu real, pero no paleolítica
A pesar de que la situación había sido un montaje, la realidad es que los Tasaday existían de verdad. Si bien no eran los “unicornios rosas” de la antropología moderna en forma de hombres primitivos que aún vivían en grutas, sí que eran una tribu prácticamente aislada en medio de la selva filipina que utilizaban las grutas con cierta asiduidad. Según estudios lingüísticos, los tasaday estaban relacionados con grupos relativamente próximos, de los cuales se habrían separado a mediados del siglo XIX como forma de escape ante una epidemia, y se habrían mantenido durante generaciones con un mínimo de contacto con el exterior. No eran familiares de Pedro Picapiedra, pero aún guardaban elementos culturales extraordinarios.

Los tasaday, en moto
Los tasaday, en moto
En definitiva, que, en la actualidad, los tasaday son más de un centenar, van en moto, tienen teles, visten normalmente y cultivan sus cosechas. Nada diferente de otros grupos humanos. No obstante, la publicidad a nivel mundial que recibieron –y que, según sus propias declaraciones, les hizo más mal que bien (lo tranquilos que estaban ellos con sus plantitas)- sirvió para poner en candelero la polémica de los grupos indígenas que, en las zonas más remotas del planeta viven su vida al margen de los iPhone y el Mundial de fútbol (ver El sexto sentido de los caníbales con cara de perro). ¿Tenemos derecho a perturbar su medio ambiente? ¿Viven atrasados y tenemos que ayudarlos? ¿Hemos de tenerlos en reservas como si fueran animales? Toda una serie de preguntas sin respuesta clara sobre unas sociedades en extinción que, mientras deliberamos si son galgos o podencos, simplemente estamos perdiendo a marchas forzadas.

Y es que, cuando tengamos las respuestas, ya no habrá mundo que salvar.

Desgraciadamente.

Una burbuja de inocencia antropológica explotada. Los tasaday en su caverna.
Una burbuja de inocencia antropológica fraudulenta

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