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jueves, marzo 21, 2019

Condorcet, Robespierre y la tortilla que delató a un matemático fugitivo

Una tortilla tuvo la culpa
Una tortilla tuvo la culpa
Aunque la lógica indica que la tendencia de la humanidad tendría que ser eliminar las diferencias entre ricos y pobres, la verdad es que esta utopía cada día es más utópica porque en vez de bajar, el número de pobres no hace más que subir. Esta situación hace que los ricos y poderosos formen una élite cada vez más exclusiva que copa las parcelas de poder y los encierra en su Olimpo particular, dándose casos tan sorprendentes como el de Zapatero ignorando el precio de un café en la calle. Si a esto se le une un componente intelectual, ya el asunto llega al cúlmen y pasa lo que le pasó al político, matemático y filósofo francés Nicolas de Condorcet, el cual, huyendo de Robespierre y sus secuaces, fue capturado por haber pedido una tortilla para comer. Le invito a seguir leyéndome, porque le aseguro que tiene huevos la cosa.

Rey Luis XVI
Rey Luis XVI
A finales del siglo XVIII, Francia era un auténtico caos. La monarquía borbónica representada por un Luís XVI en quiebra se aferraba al poder pese a que sus súbditos pasaban más hambre que un caracol en un espejo. Paralelamente, la burguesía, enriquecida gracias al comercio y a la incipiente industria reclamaba su espacio de poder, pero chocaba con la aristocracia y el clero, los cuales, ejerciendo sus privilegios tradicionales, copaban el poder pese a estar más arruinados que don pepito. Y, como era de esperar, todo este potaje social acabó explotando en 1789 en forma de revolución. La Revolución Francesa, más concretamente.

Toma de la Bastilla
Toma de la Bastilla
Tras la toma de la Bastilla el 14 de julio de 1789, una élite social, política e intelectual -en parte procedente de la misma aristocracia- vio la posibilidad de dar un vuelco a la situación y, apoyando la revolución, emprender toda una serie de mejoras sociales que hicieran una sociedad más justa y equitativa (ver La historia del metro o cuando la globalización se volvió necesaria). Reventada la antigua estructura en que estaba dividido su parlamento (la Asamblea Nacional), la nueva asamblea, elegida por sufragio universal -masculino, claro- promulgó la Declaración de los Derechos Humanos como ley fundamental a partir de la cual crear una nueva sociedad. Una nueva constitución fue también preceptiva  aunque a no todo el mundo le gustaba.

Nicolas de Condorcet
Nicolas de Condorcet
El rey Luís XVI, que no había sido depuesto, sino forzado a aceptar el nuevo orden social, no era muy amigo de estas exquisiteces sociales, más que nada porque a nadie le gusta que, de la noche a la mañana, le quiten todo el poder y se lo den a cuatro desarrapados -por más que fueran el 80% de la población (ver ¡Muera la libertad!... y no era una broma). Ello implicó que, si bien por delante hacía el paripé democrático (aunque vetaba todas las resoluciones que no le interesaban), por detrás se entretenía en buscar -y encontrar- el apoyo de todas las monarquías absolutistas europeas contra el nuevo orden francés. No por ninguna simpatía con el rey francés, sino porque no les llegaba la camisa al cuerpo de pensar que el ejemplo revolucionario galo llegase a sus países. Amenaza muy real, ya que era uno de los objetivos de los políticos revolucionarios. No obstante, el intento fallido de huida de Luís XVI y María Antonieta el 21 de junio de 1791, dejó claro del palo que iba el rey, provocando su detención. El invento de la monarquía constitucional había fracasado.

Ejecución de Luis XVI
Ejecución de Luis XVI
Ante la traición del rey, la Asamblea Nacional abolió la monarquía y declaró la república, por lo que el futuro de Luís XVI pendía de un hilo. No obstante, el control de la asamblea por parte de los girondinos, burgueses federalistas y a favor de una monarquía constitucional -entre los que destacaba  Nicolas de Condorcet- permitía que el monarca permaneciera con vida. Una posición que, como puede imaginar, hacía las delicias de los radicales jacobinos que, liderados por Maximilien de Robespierre, eran centralistas, republicanos, favorables a la ejecución del rey y con el apoyo de las capas más populares de la sociedad. La amenaza de intervención exterior provoca la radicalización del pueblo, que ve peligrar la revolución, lo que lleva a los diputados a juzgar a Luís XVI y, el 21 de enero de 1793, a hacerle perder la cabeza. Literalmente.

Las guillotinas sacaban humo
Las guillotinas sacaban humo
Las escaramuzas bélicas de los países amigos del descabezado rey, España y Austria sobre todo, y el caos interno de la sociedad francesa, hace que el pueblo bajo más revolucionario -los sans culottes- acabe por hacer que la rama más radical de los jacobinos domine la Asamblea. De esta forma, Robespierre y sus acólitos, para asegurar la pureza de la revolución, instauran un régimen terrorífico (La Terreur) en que las guillotinas sacan humo de tanto eliminar elementos contrarrevolucionarios. El único inconveniente era que todo el que no era favorable a sus ideas, era contrario y, por tanto, aspirante a decapitado. Y los girondinos, en tanto que contrarios a la pena de muerte del rey, eran unos candidatos perfectos. Nicolas de Condorcet, cumpliendo todos los requisitos necesarios (moderado, contrario a la pena capital, a favor del voto femenino y ex-presidente de la Asamblea), teniendo un especial cariño a su cuello, por el cual habían puesto precio, decide huir.

Maximilien de Robespierre
Maximilien de Robespierre
Así las cosas, Condorcet se refugia en París en casa de la viuda del escultor Louis-François Vernet durante 9 meses, donde aprovecha para escribir su libro más famoso. No obstante, los revolucionarios le estaban pisando los talones, por lo que permanecer en casa de Madame Vernet la ponía en un riesgo que no estaba dispuesto a permitir. Nicolas de Condorcet, visto lo visto, el día 5 de abril de 1794 escapa vestido de forma harapienta esperando llegar a casa de unos amigos, pero no los encuentra y se pasa todo el día vagando por ahí... hasta que le entra “gazuza”. 

Revolucionarios Sans-culottes
Revolucionarios Sans-culottes
Como el hambre le apretaba, entró en una tasca de mala muerte del pueblo de Clamart (a pocos kilómetros de París), donde pidió para comer una tortilla, pero no se esperaba la pregunta del mesonero: ¿De cuantos huevos? Cagada la hemos. Acostumbrado a la vida cómoda de la alta política y la intelectualidad, si algo ignoraba de forma total eran las cosas de casa y, sobre todo, las cosas de cocina de la clase más baja. Y como la ignorancia es atrevida, sin encomendarse a ningún santo, respondió al mesonero: ¡Doce huevos! El mesonero, ojiplático ante el tamaño bárbaro de aquella tortilla para una sola persona, procedió al servicio. Y no fue al único al que llamó la atención.

Tantos huevos llamaron la atención
Tantos huevos llamaron la atención
En la mesa de al lado, un par de sans-culottes estaban tan sorprendidos como el camarero, porque aquello no era ni medio normal. Pero fue cuando Condorcet pagó el servicio con una moneda de oro, que los dos hombres vieron que aquel andrajoso, de pobre tenía poco. Y como la caza del aristócrata en fuga estaba de moda durante aquellos días, procedieron a su detención. Una detención que duró tan solo tres días, dado que, al tercero, apareció en su celda muerto en extrañas circunstancias.

Muerte de Condorcet
Muerte de Condorcet
Ya se hubiera suicidado o por haber sido “suicidado”, la revolución acabó con uno de los intelectuales moderados más valiosos del país por el simple hecho de pensar diferente y ver enemigos en todas las esquinas. Condorcet, se descubrió por no saber de cuantos huevos se hacía una tortilla para uno, encerrado como estaba en su particular burbuja intelectual que algunos confundieron con un elitista y contrarrevolucionario Olimpo. Sin duda, un ejemplo más de lo malo que es la ignorancia -en cualquiera de sus formas- y, sobre todo, de lo malo que es que la radicalidad -en cualquiera de sus formas- tome el mando porque, cuando la estupidez congénita toma el poder, la misma sociedad que la ha provocado será la que la sufra (ver Rumanía o cuando la austeridad extrema destruyó un país).

¿El karma? No lo se, pero Robespierre acabó guillotinado. Piense usted lo que quiera.


Casa en Bourg-la-reine donde murió Condorcet (1914)
Casa en Bourg-la-reine donde murió Condorcet (1914)

Webgrafía

jueves, marzo 07, 2019

El Charrán ártico, 22.000 km en busca del sol eterno

Charrán ártico
Charrán ártico
Las migraciones de los animales son un espectáculo natural que muy frecuentemente podemos ver en nuestras pantallas debido al especial atractivo que produce a nuestros profanos y urbanitas ojos. Todo tipo de animales, desde ñus a palomas o de golondrinas a tortugas nos ofrecen una exhibición de esfuerzo y constancia que les hace desplazarse miles de kilómetros en busca de mejores terrenos donde criar o alimentarse. No obstante, entre todos los animales que se dedican a viajar por el planeta periódicamente, hay uno que es, con diferencia, el rey: el charrán ártico.

Charrán alimentándose
Charrán alimentándose
El charrán ártico (Sterna paradisaea) es un pájaro mediano de la familia de las gaviotas que, con sus 100 gm de peso, 35 cm de largo y 80 cm de punta a punta de las alas, ostenta el récord mundial de migración anual más larga por encima de cualquier otro animal (ver El mito no tan mito del suicidio masivo de los lemmings) sobre la superficie de la Tierra. Y, la verdad, que no es para menos, ya que para esta pequeña bola de plumas el planeta se le queda pequeño.

El hielo es su medio ambiente
El hielo es su medio ambiente
Nuestro pequeño héroe, como bien dice su nombre, acostumbra a vivir en las orillas del Océano Glacial Ártico, por lo que se puede encontrar en las costas boreales de Siberia, Canadá, Groenlandia o Escandinavia (ver El curioso efecto de las aguas muertas). Sin embargo, en cuanto se acaba el verano, coge la familia, el hatillo y se va a buscar tierras más benignas para él. En el caso del charrán, esto significa irse a las costas de... la Antártida.

Nidos pequeños y poco elaborados
Nidos pequeños y poco elaborados
Efectivamente, el charrán cuando acaba el verano boreal y ha terminado la temporada de reproducción en el gran norte, se va en busca del verano austral, donde tiene sus territorios de invernada, haciendo la friolera de más de 22.000 km en un viaje que le lleva unos dos meses. Lo más asombroso del caso es que, en cuanto acaba el verano austral, el charrán vuelve a su terruño de origen en las tierras árticas, lo que comporta hacer una vuelta completa a la Tierra cada año. Y es que, parece que le guste tanto el sol, que va constantemente buscando aquellos sitios donde no se llega a poner nunca el astro rey.

Polluelo de charrán ártico
Polluelo de charrán ártico
Justamente por el hecho de vivir en las zonas circunárticas el camino que tome para ir hacia la Antártida le es un poco igual, si bien al ser un ave marina, utiliza el Atlántico y el Pacífico para dirigirse a sus "pastos" de invierno. Ello implica que una gran parte del trayecto los pase sobre mar abierto, por lo que su migración es una auténtica proeza biológica, y más si tenemos en cuenta la extrema precocidad de los polluelos de estas aves para comenzar a volar y emigrar.

Rutas de migración
Rutas de migración
En 1928, un pequeño charrán anillado en las costas de Labrador (Canadá) el 23 de julio, fue encontrado en las costas de Natal (Sudáfrica) poco más de 3 meses después. Pero no es el único ejemplo; un charrán anillado en las islas Farne (al sur de Escocia) durante el verano de 1982 cuando todavía no había emplumado, se encontró en Melbourne (Australia) en octubre de ese mismo año. Tanta distancia recorrida anualmente hace que durante su larga vida (puede vivir hasta 34 años), este animalejo pueda recorrer perfectamente la distancia Tierra-Luna de ida y de vuelta, o lo que es lo mismo, casi 800.000 km. Ahí es nada.

Se emparejan para toda la vida
Se emparejan para toda la vida
Sea como sea, el pobre bicho no hace los 22.000 km de una tacada, sino que después de una serie de jornadas por mar abierto, aprovecha las ricas aguas costeras del trópico para hacer un pequeño receso. Así las cosas, se han encontrado charranes en la costa del delta del Níger en África, donde se alimentan a base de pequeños peces y recargan las pilas para poder acabar el viaje, el cual, para más inri, no hacen en linea recta norte-sur. Ello es debido a que aprovechan las zonas de mejores vientos para hacer el gasto mínimo de energía y aprovechar, de paso, la riqueza biológica de las aguas por donde pasan. Auténtica ingeniería viajera.

En definitiva, la vida del charrán ártico es un auténtico ejemplo de constancia y determinación (ver La inaudita proeza de Shackleton), en la cual, por buscar su mejor opción en la vida, no duda en recorrer el mundo entero para alcanzarlo. Un ejemplo a tener en cuenta la próxima vez que se queje porque tiene que desplazarse 20 minutos a su lugar de trabajo.

Un incansable buscador del sol eterno
Un incansable buscador del sol eterno
Art. Rev. 23/12/13 15.47 261v

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domingo, marzo 03, 2019

Hoy, cuento: El bulevar

Aquella plomiza mañana me pesaba en el alma como sólo la soledad sabe hacerlo: con una aplastante frialdad. Pensaba que tomar un poco el aire me permitiría salir, al menos un rato, del agujero negro en que se había convertido mi vida, pero no. El gris asfalto, la contaminación tóxica de los tubos de escape y las macilentas plantas del desértico parterre, no colaboraban a despejarme. Al contrario, me arrastraban a un marasmo de patetismo y decrepitud que me angustiaba. Me asfixiaba.

Sin saber hacia dónde dirigirme, ni si valía la pena seguir adelante, me encontré arrastrando mis pies y mi alma por una larga avenida jalonada de árboles pelados y llenos de cicatrices que tenía los carriles de circulación a los lados. Extrañamente estrecha, si mi melancolía me lo hubiese permitido, hubiera podido tocar ambas hileras de árboles con solo poner los brazos en cruz. Bastante calvario llevaba, como para, encima, haberlo hecho patente para los demás... Caso de que hubiera habido alguien, claro.

Una explosión detrás mío, me extrajo de golpe de mi tupida nebulosa mental. ¿Qué había pasado?

El estallido, que se había producido a un centenar de metros en medio de aquel desolado bulevar, había provocado que el pavimento saltase por los aires levantando una columna de agua de varios metros, tal como si fuese una mina en el mar. Quedé flipando.

Todavía no estaba repuesto del shock que, una segunda explosión se produjo unos metros más adelante, en mi dirección. A los pocos segundos, una tercera, una cuarta y una quinta. Las explosiones se dirigían a toda velocidad hacia mi. Mis ojos no creían lo que estaban viendo; querían huir, pero mi paralizado cuerpo no reaccionaba. Una nueva detonación a menos de cinco metros me hizo reaccionar al final. Huir. Huir a todo trapo. Huir.

Mis cortas piernas no corrían lo suficiente como para dejar atrás aquellas explosiones que me pisaban los talones y una de ellas, de tan cerca, me dejó empapado. Y corrí. Como nunca lo había hecho. Corrí en busca de una salida entre aquella jaula de árboles y setos que dejara zafarme, pero sólo la huida hacia adelante estaba permitida. Correr o morir. No había más escapatoria.

Una eternidad pasó a la vez que mi corazón latía hasta salirse por la boca. Finalmente, un paso cebra me permitió girar y cruzar la calle. ¡Mi salvación! Pero no fue más que un espejismo. Las detonaciones cruzaron por el mismo sitio por donde lo había hecho yo. ¿Qué endemoniada pesadilla estaba viviendo? Estaba muerto en vida, pero tenía que seguir corriendo. Un paso más, un metro más, una pulgada más.

Tomé una calle, tomé otra, giré a izquierda, giré a derecha, pero no podía escapar. Aquellas malditas explosiones que me perseguían de aquella forma tan inmisericorde, me acabarían por coger y volaría por los aires borrando mi triste existencia de este valle de lágrimas. Un exhausto e inoportuno tropezón dio con mis huesos en el suelo. Ya no podía levantarme y rompí a llorar. Un estallido a mis pies que me llenó de miedo, agua y cascotes me dijo que allí se acababa todo. Era el final. Pero...

Había cerrado los ojos y estaba temblando esperando la detonación que me despanzurrara, cuando me di cuenta de que algo raro pasaba. Aquella explosión temida estaba tardando más de lo que debiera. No es que la deseara exactamente, pero me extrañó. Primero el uno y después el otro, abrí los ojos y pude ver que los estallidos habían cesado. Una oleada de alegría nerviosa recorrió mi extenuado y dolorido cuerpo, dándome fuerzas para levantarlo.

Una vez incorporado, me di la vuelta y pude ver algo maravilloso: me encontraba delante de un canal por el que discurría una corriente de agua tan límpida y cristalina que se veían los numerosos peces que nadaban dentro de ella. Un sentimiento de felicidad me llenó el alma.

Ese canal reseguía exactamente el recorrido de mi desesperada huida y, cuando deshice el camino, vi que todo había cambiado. El día, como por arte de magia, se había abierto y lucía un sol despampanante, pero no solo eso, sino que todo aquel gris y mortecino bulevar se había convertido en un canal lleno de vida, donde los antaño mustios árboles flanqueaban el curso de agua henchidos de salud y verdor. Los pájaros revoloteaban y cantaban hasta quedarse roncos, atrayendo un numeroso público que se sentaba a orillas del canal y se bañaba, y pescaba, y se reía... y vivía.

Aquel canal que, en su grito de escape, a punto estuvo de matarme, irónicamente me devolvió a la vida. Una vida que llenó toda la ciudad. Una vida que, jamás, jamás, tenía que haber sido enterrada bajo la ignominiosa lápida del cemento y el asfalto.

¿Qué endemoniada pesadilla estaba viviendo?
¿Qué endemoniada pesadilla estaba viviendo?