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jueves, noviembre 15, 2018

La alucinante historia de Nicolas Flamel, el alquimista inmortal

La alquimia (relieve en Notre-Dame)
En llegando a final de mes, el común de los mortales, a los que no les ha tocado una Lotería Primitiva, se encuentra con que le gustaría que aquella carretada de facturas que acechan con la malsana intención de ser cobradas se convirtieran, por arte de una varita mágica, en billetes de 500 euros limpios de polvo y paja. Evidentemente, por soñar que no quede, pero la realidad dice que, o te deslomas trabajando por cuatro perras, o aquellas facturas no van a ser tan fáciles de pagar. No obstante, las ganas de buscar soluciones imaginativas para conseguir dinero fácil han existido desde siempre, estando esta motivación tan "filantrópica" tras el origen de la alquimia, la precursora de la química moderna, que pretendía conseguir la piedra filosofal para convertir el plomo en oro. Muchos hubo que lo intentaron, pero nadie la encontró... ¿o sí? Cuentan las crónicas que un tal Nicolas Flamel, no solo la consiguió, sino que, encima, logró el elixir de la eterna juventud. ¿Cómo se le queda el cuerpo?

El libro del rabí Abraham
Una de las visitas más decepcionantes que he tenido nunca fue la mítica Fuente de la Eterna Juventud, ubicada en la Bretaña francesa. La imagen que podemos otorgarle a aquella fuente de la cual tanto hemos escuchado hablar, aunque la edad no me permita ser tan naïf como para creérmela, se desmorona a cachos cuando ves que “aquello”, más que fuente no pasa de ser una vulgar gorrinera fangosa. Sea como sea los anhelos de conseguir la vida eterna y la riqueza sin límites, casi se podría decir que son inherentes al alma humana desde la más lejana antigüedad y, sobre ello, han corrido ríos de tinta desde que el hombre aprendió a leer y escribir. Justamente por esto mismo, en 1355 cayó en manos de un copista francés llamado Nicolas Flamel, un ejemplar del Aesch Mezareph (Fuego Purificador), un pequeño tratado de 21 páginas, escrito en hebreo por el cabalista judío rabí Abraham donde, de forma encriptada, se explicaría el secreto para obtener la piedra filosofal.

Nicolas Flamel, alquimista inmortal
Flamel, personaje histórico totalmente real y documentado, nació en Pontoise (hoy área metropolitana de París) en 1330 y, según cuentan las crónicas, dedicó 21 años de su vida en intentar descifrar lo que decía aquel libro. De hecho, Flamel era hijo de un copista hebreo converso al cristianismo -amistosamente convencido, fijo- por lo que conocía la lengua en que estaba escrito, pero sus conocimientos no le daban para llegar a descifrar el lenguaje simbólico ni, sobre todo, las enigmáticas ilustraciones que llevaba incluido el libro. Ello hizo que decidiera emprender un viaje hacia Santiago de Compostela en búsqueda del saber que se atesoraba en los reinos cristianos peninsulares como fruto del contacto con la potentísima cultura árabe existente en Al-Andalus (ver Silvestre II, el genial papa que trajo las matemáticas árabes a Europa). Saber que halló en la persona del Maestro Canches, rabí de León, que le enseñó a desentrañar lo que aquellas escrituras decían y que pondría en práctica al volver a París.

Nicolaus Flamellus
La biografía de Nicolas Flamel dice que en 1370 casó con la dos veces viuda Perenelle, la cual, por lo visto, tenía una importante cantidad de riquezas acumuladas de sus diversos y desgraciados matrimonios (la peste, por aquel entonces, hacía estragos, ver Caffa, las catapultas que bombardearon la peste a Europa). Ello y las habilidades inmobiliarias del copista hicieron que la fortuna de la pareja se disparara, curiosamente, a la vuelta del viaje a tierras compostelanas. Esta súbita riqueza, que se empezó a reflejar en la financiación a troche y moche de edificios y construcciones de tipo filantrópico y religioso (aún hoy se conserva una casa construida por Flamel en el 51 de la calle Montmorency de París) despertó los rumores de su origen, la cual, para las hordas de paisanos ignorantes y analfabetos, solo podía haber salido de sus oscuros conocimientos de alquimista: tenía que haber conseguido la piedra filosofal. La habladuría se hizo viral como una “fake new” cualquiera y su fama envolvió toda su vida y todo lo que tocaba. Incluso se especulaba con que el propio rey Carlos VI de Francia le hubiese pedido hacer servir su capacidad de transformar el mercurio en oro para llenar las vacías arcas de la corona.

Lápida de Flamel en Cluny
En 1397, Perenelle murió y en 1418 hizo lo propio Nicolas Flamel, el cual fue enterrado, junto a su esposa en el cementerio de Sant Jacques de la Boucherie, en París. No obstante, la liebre saltó tiempo después cuando, en una exhumación de la tumba de la pareja, se descubrió que, en su interior, no había ningún cadáver. ¿Dónde estaban los cuerpos de Flamel y Perenelle? Nadie pensó que, debido a su fama de cabalista y alquimista, posiblemente hubieran sufrido el expolio de su tumba, sino que dicha ausencia dio alas al convencimiento de que, con la piedra filosofal, además de convertir los metales en oro, habían descubierto el elixir de la vida eterna. Según la rumorología, primero Perenelle se habría ido a vivir a Suiza -si eres rico, dónde si no- y en 1418 (21 años después, ya es casualidad), Flamel, tras morir “aparentemente”, procedería a ir a buscarla y a seguir con su vida eterna viajando por el mundo y alejándose de su anterior vida.

Figuras jeroglíficas de Flamel
A partir de este momento, la leyenda de Flamel, Perenelle y su inmortalidad se mantienen en el tiempo y en el espacio. De hecho, Flamel habría escrito la obra “El libro de las figuras jeroglíficas” en 1399, donde se explicaría la fórmula de la piedra filosofal -que por lo visto de piedra tenía poco, al ser un polvo granulado- y habría descrito toda su peripecia para llegar a conocer el gran secreto. No obstante, no nos ha llegado ningún original ni de este libro, ni del Aesch Mezareph, y ambos se conocen por referencias y porque un tal Arnauld de Cabalerie hizo en 1612 una reedición de dicho libro. Autor que, detrás de ese seudónimo, escondería a Béroalde de Verville o, lo que es lo mismo, al mismísimo Nicolas Flamel que, disfrutando de su inmortalidad, decidió reeditar ese tratado de alquimia.

Nicolas Flamel en Harry Potter
Por si fuera poco, durante el siglo XVIII fueron diversos los autores que aseguran haber tenido conocimiento de la existencia todavía de Flamel y Perenelle. En 1712, el escritor Paul Lucas cuenta la historia de un derviche (ver El hipnótico ciclo eterno de los derviches giradores) que tuvo la oportunidad de verlo en la India en 1709; entre 1747 y 1754, Flamel se habría entrevistado en persona con el Conde de Desalleurs, embajador francés en Estambul, y en 1761 se habría dejado ver con Perenelle y un hijo que habían tenido ambos, acudiendo a una representación de ópera. De esta forma, el mito del alquimista eterno se mantuvo -y se mantiene- vivo hasta la actualidad.

Placa en la casa de Montmorency 51
El desarrollo de las ciencias modernas, y con ellas el conocimiento de las leyes que rigen la química y la física, hicieron que la misteriosa y supersticiosa alquimia dejara de tener interés para los círculos más intelectuales de la sociedad. No en vano, la transmutación de los metales en oro es perfectamente factible y viable, ya que, por ejemplo, solo has de quitarle un protón a los 80 que tiene un átomo de mercurio para dejarlo con 79, que es lo que tiene el átomo de oro (las reacciones nucleares que necesites para hacerlo es otro cantar). No obstante, el halo de misterio y de saber oculto que tiene tras de sí la alquimia hace que, aún hoy día, sea un conocimiento enigmático y seductor. Un conocimiento fascinante y secreto, solo apto para iniciados, que mantiene al margen de la cruda realidad -talmente como al inmortal Nicolas Flamel- aquel sueño recóndito, infantil e inocente de poder conseguir la vida eterna y la riqueza sin límites con el simple toque de una humilde piedra.

Casa de Nicolas Flamel, una de las más antiguas de París

Webgrafía

miércoles, noviembre 14, 2018

La espectacular y otoñal Playa Roja de China

La playa roja de Panjin
Este planeta, si bien es duro vivir en él, tiene la capacidad de maravillar a todo aquel que quiera disfrutar de la belleza elevada a su máxima potencia. Grutas, montañas, valles, desiertos, selvas... todo un abanico de espectáculos naturales (ver La gigantesca belleza de la cueva Son Doong) que pueden dejar con la boca abierta a cualquiera que sepa -y quiera- gozar con el medio ambiente que nos rodea. Una de estas maravillas la podemos encontrar en China, en forma de un color púrpura intenso. Me refiero a la Playa Roja de Panjin.

Sedimentos colonizados
Panjin es una ciudad de poco más de un millón de habitantes que se encuentra en la parte norte de la costa de China. Bueno, para ser más exactos está un poco hacia el interior, pero ello es debido a que está situada en el delta del río Liao, un río de 1345 km de longitud que avena una vasta cuenca de 232.000 km2. Sin embargo, este río, tiene la característica de que baja con poco caudal y, encima, cargadísimo de loess, un finísimo fango que ocupa buena parte de las llanuras interiores chinas como producto de los casquetes glaciales (ver Wrangel, el dominio del último mamut) que ocupaban la zona durante la última glaciación.

Un otoño rojo
Esta particular geología produce que el río Liao baje cargado de sedimentos y genere bajíos en su desembocadura (ver El problemático lodazal de los sedimentos de los embalses), situada en una tranquila bahía. Estos bajíos sobresalen muy pocos centímetros del nivel del mar, por lo que es fácilmente colonizable por las plantas costeras, generando unos extensos tapices verdes de vegetación durante muchos kilómetros. Ello no sería ningún espectáculo destacable en sí, habida cuenta que ello se produce en infinidad de costas del mundo, pero en llegando el otoño, toda la alfombra verde se convierte, como por arte de magia, en una alfombra de color rojo espectacular.

Acceso restringido al público
Allá donde se mire, el paisaje parece haber sido sometido al efecto de un filtro de color púrpura, convirtiendo la zona de marjales litorales del río Liao en un paisaje de auténtica ciencia-ficción. Y así sería si no fuera porque, además de ser real, la zona se convierte en una auténtica explosión de vida con 260 tipos de pájaros y 399 especies diferentes de otros animales, algunos de ellos amenazados de extinción.

El color verde da paso al rojo
El culpable de este intenso color rojo es una pequeña hierba crasa anual que crece en terrenos costeros, la cual es resistente a la sal de la familia de las Suaedas. Esta planta baja -de entre 10 y 50 cms- se mantiene verde durante todo su ciclo anual, pero que en otoño, procede a su florecimiento volviéndose toda ella del color púrpura característico. Las zonas lagunares, al estar colonizadas casi exclusivamente por esta especie de hierba, se tiñen de color rojo siendo un espectáculo magnífico que ocupa una vasta extensión de terreno.

Paisaje sorprendente
Por suerte, este espectáculo no está masificado como se pudiera pensar por la invasión del turismo. Ello es debido a que se encuentra se encuentra protegido como parque natural desde 1988 y salvo pequeñas zonas, está su acceso prohibido al público.

Sea como sea, la restringida zona que es apta para el turismo, nos proporciona un espectáculo natural sin parangón en todo el mundo y que vale la pena de cuidar y mantener para las generaciones venideras.

Un espectáculo natural poco alterado por el hombre

Art. Rev. 11/02/14 23.07 287 v

Webgrafía

sábado, noviembre 10, 2018

Moresnet, un pequeño país de apátridas

Mapa de Moresnet-Neutral
Los conflictos armados, a parte de una calamidad para el pueblo llano, ha propiciado en muchas ocasiones una reestructuración de las fronteras con resultados que tan solo la lógica de los perdedores o vencedores puede llegar a comprender (ver El Marco, la aldea partida por el puente fronterizo más corto del mundo). Países artificiales y enclaves o fronteras totalmente aberrantes respecto su geografía física o humana han plagado (y plagan) los mapas políticos de todo el mundo. La antigua Checoslovaquia, Yugoslavia o el más cercano para nosotros enclave de Llívia, no son más que ejemplos de esta arbitrariedad secular. Otro ejemplo fue el pequeño estado europeo de Moresnet-Neutral el cual llegó a ser el primer país oficialmente esperantista del mundo.

Punto de los 3 países (antes 4)
Moresnet-Neutral estaba situado a pocos kilómetros al oeste de Aquisgrán, en lo que es hoy la frontera entre Bélgica y Alemania, y su origen lo hemos de buscar en el Congreso de Viena habido en 1815 después de la caída de Napoleón. En este congreso, entre otras, se redefinió toda la frontera entre Prusia y los Países Bajos, pero hubo una zona, Moresnet, en que los contendientes no se pusieron de acuerdo debido a la existencia de una estratégica mina de zinc

El litigio fue tan duro (ver Olivenza, el Gibraltar español), que tras un año de negociaciones se decidió que el territorio se dividiera en tres, uno para los Países Bajos, otro para Prusia y el tercero, de 344 hectáreas, forma triangular y que contenía la mina de zinc, fue considerado terreno neutral, formando entonces el pequeño estado de Moresnet-Neutral, el cual sería gestionado por dos comisarios, uno prusiano y el otro de los Países Bajos.

Sello de Moresnet
Moresnet tenia 256 habitantes en 1816, pero el desarrollo de la producción del zinc hizo que la población ascendiera hasta los 2.572 en 1856. Tenía su propia escuela y ayuntamiento -ubicado en el edificio de la empresa que gestionaba la mina- y dado que se estipuló que fuera el derecho francés el que rigiera el territorio, la única moneda aceptada oficialmente era el franco francés

El correo era un poco más problemático, ya que en ningún caso tuvo un servicio de correos como tal, sino que cuando se tenían que enviar cartas a la zona prusiana se iban a la parte prusiana y lo depositaban en un buzón prusiano, con los sellos prusianos y viceversa cuando era para el otro lado. En el momento de recibirlas, los carteros llevaban puntualmente las cartas desde uno y otro vecino sin mayor inconveniente. No cambiaron mucho las cosas cuando en el 1830 Bélgica se independizó de los Países Bajos, si bien el comisario correspondiente pasó a ser belga y no holandés.

Bandera del pequeño estado
El hecho de vivir en una tierra de nadie, tenía sus beneficios y sus inconvenientes, claro. Como beneficio era que, como no podían tener ejército, los habitantes se libraban de facto de hacer el servicio militar, lo que hacía que muchos quintos de los alrededores se radicaran en Moresnet para escapar de la "mili". Como contrapartida era que los "neutrales", en cuanto ponían un pie fuera de sus fronteras, eran declarados oficialmente apátridas y no tenían embajadas que defendieran sus derechos. A pesar de todo esto, la vida discurría sin muchos altibajos en Moresnet-Neutral, pero todo cambió cuando a mediados de los 60 del siglo XIX, llegó para atajar un brote de cólera un médico más inquieto que la cola de una lagartija y revolucionó toda la vida social del pequeño territorio neutral: el Doctor Molly.

Doctor Wilhem Molly
Wilhem Molly (1838-1919) creó el primer servicio de Correos de Moresnet (con una emisión propia de sellos que fue abolida por los comisarios prusiano y belga en cuanto se enteraron), pero además era un esperantista acérrimo y aprovechó la circunstancia de una popularidad labrada a base de buen hacer y tarifas muy bajas para hacer de Moresnet-Neutral un estado en que el esperanto fuera oficial. Ello lo consiguió cuando en 1908, el IV Congreso Esperantista reunido en Dresde, escogió Moresnet como central mundial del Esperanto. El Dr. Molly también se encargó de la realización del himno (llamado "Amikejo" -Tierra de gran amistad-) y de proporcionar al pequeño enclave una bandera propia. Pero poco le duraría la alegría.

Tarjeta postal (1905)
En 1914, Prusia invadió el territorio, ya que en ningún momento renunció a su posesión, acabando de facto con la existencia de la neutral Moresnet, ya que al acabar la Primera Guerra Mundial (ver Henry Gunther, el último muerto de la 1ª Guerra Mundial), el Tratado de Versalles adjudicó el territorio oficialmente a Bélgica; en 1895 se habían cerrado las minas de zinc y con ellas desapareció la razón de ser del minúsculo estado europeo.

En la actualidad, a parte de un museo, aún se conservan 50 de los 60 hitos que marcaban la antigua frontera (el más conocido de los cuales, marcaba el límite de 4 estados) y algunos topónimos, quedando todo ello como recuerdo de los antiguos juegos del poder de las grandes potencias sobre el viejo continente.

Imagen habitual de un país poco habitual
Art. Rev. 24/05/12 19.18 1264 v