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miércoles, abril 10, 2019

Hoy, cuento: El refresco

La necesidad de aquella empresa era acuciante. Las ventas de aquellos refrescos, que antaño tenían tanta tirada, habían bajado estrepitosamente y, si no eran capaces de remontarlas, acabarían por tener que cerrar. Toda la gente que trabajaba allí, caso de no variar el negro rumbo de colisión que se preveía en el horizonte, se verían sin su única forma de vida. Se tenía que hacer alguna cosa.

Ante la perspectiva de echar el negocio al traste, los "capos" decidieron poner el grupo de científicos encargados del I+D de la empresa a mover sus neuronas para, así, conseguir mejorar los resultados de sus ventas. Los agentes comerciales ya hacían su trabajo con fruición y ahínco, pero el producto también tenía que tener una calidad suficiente que facilitase su venta. Y la que tenía en aquel momento no era suficiente.

Así las cosas, aquellos científicos, presionados por sus superiores y por el peligro de verse en la calle de la noche a la mañana, decidieron poner toda su alma, todo su conocimiento, toda su diligencia, en conseguir la perfección hecha refresco.

Trabajaron mañana, tarde y noche durante días. Mezclaron todo tipo de hierbas buscando la excelencia en aquella bebida. Una bebida tan buena, refrescante y adictiva que consiguiera enganchar a quien lo probase.

Agua de aquí, agua de allá, este aditivo, aquel otro, esta mezcla de raíces, aquella infusión de cortezas, aquella receta, aquella otra...

De improviso, en una de aquellas miles de catas, vomitivas unas, mediocres otras, se encendió la luz. Una de las combinaciones, forzosamente estrambóticas de puro desespero por no poder hallar la piedra filosofal de los refrescos, tenía la proporción áurea del éxito. ¡La habían encontrado!

La bebida era tan efectiva, tan especial, que todo aquel que la probaba quedaba prendado por su olor, por su sabor, por su textura... por todo. Maridaba con cualquier alimento que se comiera e incluso era el complemento ideal para muchos perfumes. Era un auténtico milagro de la naturaleza que los jefes de aquella empresa, prendados como estaban de su propio refresco, no vacilaron un momento en ponerlo a la venta de forma masiva. Las ventas se dispararon.

Tal fue el éxito, que la fábrica no solo no expulsó a la gente, sino que amplió la plantilla, amplió la planta embotelladora y hasta agotó la fuente de agua que suministraba el líquido elemento base del refresco. Una mañana, sin previo aviso, un tremendo ruido invadió el edificio. La policía, armada hasta los dientes, había penetrado en el interior de las oficinas y, apuntándoles con sus armas automáticas, a gritos hicieron tirarse a todo el mundo al suelo. Detenidos, fueron juzgados y encarcelados de por vida.

Sin pretenderlo, habían dado con la droga más potente del mundo.


Tenían que conseguir la perfección hecha refresco
Tenían que conseguir la perfección hecha refresco

sábado, abril 06, 2019

Matome Ugaki, el épico último kamikaze de la Segunda Guerra Mundial

Ataque kamikaze
Ataque kamikaze
Una de las principales limitaciones que tienen las policías y los cuerpos de seguridad para luchar contra el integrismo es que muchos de sus adeptos, a falta de mejor herramienta, no dudan en inmolarse en mor de sus convicciones, ya sean religiosas, políticas o éticas, y ante esto no hay negociación posible. Los japoneses, durante la Segunda Guerra Mundial, fueron el ejemplo más claro de esta casuística, con los conocidos como kamikazes. Soldados que, atrapados entre la espada del honor ancestral del guerrero samurai y la pared del avance del ejército norteamericano, no dudaron en sacrificarse de forma épica lanzándose contra el enemigo por tierra, mar (ver Los Kaiten, los kamikazes submarinos japoneses) y aire cuando vieron la partida perdida. Tal fue el caso del vicealmirante Matome Ugaki, el cual, tras la rendición de Hirohito, hizo caso omiso a su mandato y se lanzó contra las fuerzas yanquis en un viaje sin retorno. Es el conocido como "último kamikaze".

Tuvieron efectos psicológicos
Tuvieron efectos psicológicos
A principios de febrero de 1945, las fuerzas japonesas en el Pacífico, a pesar de luchar contra los aliados como gato panza arriba, veían que la guerra estaba perdida. La imposibilidad de construir barcos, aviones y diferente material de guerra al mismo ritmo que lo hacían sus contrincantes hacía que, a cada día que pasaba, se encontrasen un poco más en desventaja. La dificultad de aplicar novedades tecnológicas en el campo de batalla tal y como estaban haciendo los EE.UU., era un plus de inconveniente que era imposible de superar. En esta situación tan desesperada, en que el código de honor del soldado japonés (el bushido) no observaba la rendición en ningún caso, el lanzar aviones pilotados por pilotos suicidas contra los barcos americanos se vio como la única forma de parar la más que posible intención aliada de invadir Japón.

Despedida con flores
Despedida con flores
En esta tesitura, el vicealmirante Matome Ugaki fue encargado por el alto mando nipón de comandar la 5ª flota aérea japonesa, situada en la isla de Kyushu (al sur de Japón) dedicándose desde este punto a enviar centenares de operaciones kamikazes contra la marina norteamericana -sobre todo contra barcos de transporte y portaaviones, que eran especialmente delicados y estratégicos- que se estaba acercando peligrosamente a la isla de Okinawa, a unos 550 km al sur del archipiélago japonés.

Matome Ugaki
Matome Ugaki
Los efectos de estos ataques eran devastadores para los aliados, no tanto a nivel material como psicológico, aunque para quien resultaron catastróficos fueron para los propios japoneses, ya que perdían los aviones y, lo que era peor, los pilotos y su valiosísima experiencia. Una fuerza técnica y humana que era totalmente irremplazable. La toma de Okinawa, la entrada en la guerra de la Unión Soviética y los dos bombazos atómicos acabaron por convencer al emperador Hirohito de que no valía la pena seguir con la guerra, por lo que el 15 de agosto de 1945 a las 12 del mediodía, y tras una declaración radiodifundida, Japón se rindió.

Bebiendo sake antes de morir
Bebiendo sake antes de morir
Semejante golpe bajo al honor castrense japonés hizo que hubiera, entre los altos mandos, conatos de rebelión para impedir la rendición a toda costa (ver El golpe de estado contra Hirohito para evitar que Japón se rindiera) y una auténtica "epidemia" de suicidios rituales entre las más altas figuras militares japonesas, al no poder haber evitado la vergüenza de la deshonrosa derrota y no poder soportar el verse juzgados y humillados por los vencedores (ver El periodístico festín de hienas del suicidio del General Tojo).

Firma de la rendición
Firma de la rendición
Tras oír el comunicado del emperador, Ugaki, desoyendo el mensaje de Hirohito, decidió que, como no había recibido ninguna comunicación "oficial" obligándole a finalizar los ataques, decidió comandar él mismo un último ataque contra los invasores norteamericanos. Pese a las protestas de sus subalternos, que le reprocharon que tomara tan drástica decisión cuando la posguerra necesitaría de su experiencia y liderazgo, Ugaki se preparó para el ataque, encontrando el apoyo de 22 soldados nipones dispuestos a pilotar sendos 11 biplazas hacia su trágico destino.

Ugaki antes de su "última misión"
Ugaki antes de su "última misión"
De esta forma, Ugaki, vestido de verde oscuro, sin ninguna condecoración ni emblema de su rango y equipado simplemente con unos binoculares y una ceremonial espada corta, se hizo una última honrosa foto y tomó el lugar de un suboficial encargado de la radio en uno de los aviones. El suboficial, un tal Akiyoshi Endo, se enfadó como una mona y se negó a ser dejado en tierra por lo que, encastrados tres en un avión de dos plazas, emprendieron, tras los rituales tradicionales, su última batalla por el honor japonés. Tres de los once aviones volvieron por problemas técnicos y, a las 19.24 h se recibió un último mensaje del bombardero Yokosuka D4Y de Ugaki, en que se informaba de que iniciaba un ataque a un barco americano. Nunca más se supo de ellos.

Bombardero Yokosuka D4Y
Bombardero Yokosuka D4Y
A la mañana siguiente, una patrulla americana en la isla de Iheya, en Okinawa, descubría los restos de un avión humeante con tres tripulantes muertos, uno de los cuales, vestido de verde oscuro, tenía la cabeza destrozada, le faltaba un brazo y estaba acompañado por una espada corta. No se sabe exactamente qué pasó ya que, durante aquellas horas, la marina estadounidense no documentó ningún ataque kamikaze a sus tropas. Sea como sea, algunas versiones apuntan a que, ante la falta de objetivos a su alcance, intentó impactar contra un transporte de tropas, sin mucho éxito. Los otros siete habrían caído al mar, posiblemente derribados por cazas americanos, aunque no ha quedado documentación al respecto.

Pilotos kamikazes preparados
Pilotos kamikazes preparados
Según parece el vicealmirante Ugaki se suicidó no tanto por una cuestión de honor personal -que también- sino por la vergüenza de haber sacrificado la vida de tantos valientes pilotos y no haber sido capaz de conseguir los objetivos propuestos. Sea como sea, Japón resultó derrotada en una guerra en que el fanatismo imperialista y un arcaico modo de concebir la guerra no le dejó más salida que luchar hasta el final. Matome Ugaki, de esta forma, ha quedado para la historia como el último de los  kamikazes de la Segunda Guerra Mundial. Kamikazes que, si bien no fueron capaces de dar la vuelta a la tortilla, marcaron con su sacrificio el espíritu de toda la sociedad nipona posterior; convirtiéndose, de rebote, en un ejemplo de abnegación, disciplina y dignidad humanas que jamás ha de volverse a utilizar para hacer el mal, sino para hacer avanzar la humanidad.

Morir matando. Una cuestión de honor
Morir matando. Una cuestión de honor

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domingo, marzo 31, 2019

Serre Ponçon: la sala de baile de las misteriosas señoritas con sombrero

Demoiselles coiffées
Demoiselles coiffées
Para los que amamos la naturaleza y disfrutamos de nuestro entorno natural, la Tierra es un proveedor incansable de espectáculos de insuperable belleza. Detrás de cada esquina de nuestro planeta podemos tener una pequeña maravilla que, con su observación, nos haga disfrutar de una escena digna de hacer olvidar el duro día a día de nuestras tediosas vidas. Uno de estos pequeños -o no tan pequeños- prodigios naturales los podemos encontrar en Francia, cerca de la frontera italiana, donde unas mujeres misteriosas que visten sombreros tienen una curiosísima sala de baile.

Lac de Serre-Ponçon al fondo
Lac de Serre-Ponçon al fondo
En las cercanías del Lac de Serre-Ponçon, un embalse construido en el cauce del río Durance -afluente del Ródano- en plenos Prealpes provenzales, la naturaleza ha modelado de forma un tanto extraña para el profano los sedimentos que milenios atrás dejaron los glaciares que bajaron por su valle. Estos sedimentos, llamados morrenas (ver Glaciares pirenaicos, la lenta muerte de nuestros glaciares domésticos), están formados por una mezcla de arcillas, arenas, gravas y bloques de roca de diferentes medidas y composiciones.

Las piedras protegen lo de debajo
Esta composición, en que materiales blandos se mezclan de forma totalmente heterogénea con materiales muy duros, hace que cuando la superficie de la tierra pierde su cobertura vegetal, la erosión incida fuertemente sobre los sedimentos subyacentes, arrancando los materiales más blandos y dejando los más duros y compactos. Los bloques y piedras más duras, por tanto, hacen más resistencia a la erosión, actuando en no pocas de las veces como auténticos paraguas para con los sedimentos blandos que la soportan, creando una especie de parapeto que impide que las lluvias ataquen directamente las arenas y las arcillas que hay inmediatamente debajo de estos bloques de piedra.

Equilibrio imposible
Equilibrio imposible
Esta protección inesperada del terreno, hace que el agua circulante (ver Missoula, un cataclismo hecho riada) genere torres de tierra de varios metros de alto al abrigo del bloque más grande que, a modo de sombrero aguanta, de forma muchas veces casi imposible, las más duras condiciones climáticas. Estas altas y estilizadas torres, coronadas con una piedra en su ápice es lo que se ha dado a llamar como "chimeneas de hadas" o, más internacionalmente Demoiselles Coiffées (señoritas con sombrero, en francés).

Alturas considerables
En la zona que estamos hablando, las morrenas alpinas dejaron un substrato idóneo para que la erosión actuase de esa forma, creando diversos parajes a pocos kilómetros de distancia los unos de los otros en que las "señoritas" se muestran en todo su esplendor. En algunos casos, la acumulación de tanta dama con pamela, hace que se produzca lo que se ha dado a llamar como "sala de baile" de las dames coiffées. Sin embargo, estas simpáticas señoritas, y como si fuera fruto de una maldición, sólo pueden permanecer en su sala si están cubiertas, ya que en el momento en que, por una u otra causa, la piedra que les hace de abrigo acaba por caer, la lluvia y el viento borra en muy poco tiempo los blandos materiales que formaban su cuerpo.

Sala de baile
Sala de baile
Remollon, Théüs, Savines le Lac, Le Sauze, Pontis... son poblaciones de la zona que muestran esta curiosísima e inestable forma de modelado de la superficie terrestre (ver Columbretes: la ignota joya volcánica de la Isla de las Serpientes) en cada recodo del camino. Camino que llena de asombro a quien, mirando más allá del paisaje cotidiano, tiene el placer de poder admirar a estas bellas señoritas de sólido sombrero y blando corazón.

La erosión produce un paisaje espectacular
Art. Rev. 17/12/13 12.28 246v

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