Publi-5

viernes, octubre 19, 2018

Pompeya año 59, la primera batalla campal entre aficiones de la Historia

Fresco de Pompeya con la batalla campal del Anfiteatro
La batalla campal de Pompeya
Más allá de los beneficios que se derivan para la salud del practicarlo, el deporte es, hoy en día, sobre todo un tremendo negocio. La capacidad que el futbol, el baloncesto o las carreras de motos tienen de atraer -y apasionar- al personal es solo equiparable a la ingente cantidad de dinero que estos espectáculos de masas son capaces de generar. Pero claro, allí donde se junta gente y pasiones enfrentadas, surgen chispas, que, a veces, prenden en forma de tumultuosos encontronazos físicos que pueden derivar en auténticas masacres (ver La Guerra del Fútbol o cuando el deporte rey fue capaz de desatar una guerra). Esto, que en principio quedaría al margen del deporte, pero que ciertos “periodistas deportivos” con pocos escrúpulos venden hasta la saciedad con imágenes en bucle y vestidas de supuesta información, podíamos pensar que ha surgido en los últimos tiempos, pero nada más lejos de la realidad. De hecho, en una fecha tan alejada como el 59 d.C. las crónicas ya nos cuentan que hubo una monumental pelotera entre aficiones, a cuenta de un espectáculo deportivo, que produjo diversos muertos. Se produjo en Pompeya y se trata de la primera noticia en la Historia de una trifulca semejante.

Anfiteatro de Pompeya
Anfiteatro de Pompeya
Pompeya es ampliamente conocida por la erupción que, en el año 79 d.C., enterró la ciudad y sus habitantes bajo varios metros de cenizas volcánicas procedentes del Vesubio. No obstante, hasta el momento de la destrucción, Pompeya era una ciudad muy populosa gracias a su puerto, que la convertía en un centro comercial de primer orden al aprovechar su relativa cercanía a la Vía Apia para distribuir mercancías ya fuera con Roma como con el sur de la península Itálica; era lo que hoy denominaríamos un “hub”. Esta situación privilegiada hacía que la ciudad estuviera equipada con todo tipo de infraestructuras, entre ellas un anfiteatro (ver La oculta ubicación del anfiteatro romano de Barcelona) con capacidad para 20.000 personas, donde se realizaban, como en todo el Imperio, las populares luchas de gladiadores.

Mosaico con gladiadores
Mosaico con gladiadores
Las luchas de gladiadores, para quien no tenga mucha idea, serían el equivalente romano de las actuales veladas de Lucha Libre (Wrestling) aunque bastante más sangrientas, ya que el morbo y la sangre siempre atraían mucho en aquella época. Ello significaba que, igual que hoy en día, los gladiadores tuvieran una gran afición que se movilizaba cuando “actuaba”, levantando pasiones entre la gente -algunos volvían locas a las mujeres como un David Bisbal cualquiera- y generando una gran expectación. No obstante, y como pasa siempre, cada público tiene sus cadencias, generando unas filias y unas fobias diferentes según los pueblos. El Real Madrid tiene sus fans irredentos, exactamente igual que el F.C. Barcelona... ¿y qué pasa cuando se enfrentan? Que forman un cóctel explosivo que salta a la más mínima.

Pollice verso (1872)
Pollice verso (1872)
Así las cosas, Livineyo Régulo, un oscuro personaje que tenía que ser una buena “pieza” ya que había sido expulsado del Senado romano (se desconoce el porqué), organizó en el anfiteatro de Pompeya un juego de gladiadores para público disfrute en el año 59 de nuestra era. Los espectáculos de gladiadores, como ya he comentado alguna vez, tenían mucho de promoción y de limpieza de la imagen personal de quien los organizaba, por lo que los emperadores y grandes personajes los utilizaban profusamente para ganarse la simpatía del pueblo. Es fácil pensar que, ante la situación de haber sido expulsado del Senado, el tal Livineyo Régulo pudiera haber organizado unos juegos para congraciarse con el populacho. La cuestión es que los juegos atrajeron un gran gentío, como acostumbraba a pasar.

Violencia latente
Violencia latente
El espectáculo, como era de esperar atrajo una gran cantidad de gente de la misma Pompeya, pero también lo hizo de Nuceria, una población distante unos 12 km de ella, pero más al interior. Hasta aquí todo normal, ya que la afición por los gladiadores trascendía lo meramente local, sin embargo, el gran problema era que ambas poblaciones no podían verse ni en pintura desde tiempos inmemoriales en que, por una causa u otra, siempre habían acabado en bandos diferentes. Obvia decir que, la pasión de las luchas de gladiadores, despertaban los bajos instintos y las altas inquinas entre los pompeyanos y los nucerinos… y aquel día se mostraron en todo su “esplendor”.

Enfrentamiento entre aficiones
Enfrentamiento entre aficiones
Cuenta el historiador Tácito que, en aquellos juegos, los encontronazos entre ambas aficiones empezaron con provocaciones de tipo verbal, es decir, que comenzaron a mentarse a la madre -o el gladiador, que para estos casos es lo mismo- lo cual encendió los ánimos de pompeyanos y nucerinos. Ánimos que, lejos de calmarse, fueron cada vez a más, liándose una batalla campal a pedrada limpia entre aficionados de uno y otro bando, hasta el punto que a la zarabanda de piedras voladoras siguieron las armas (se conoce que estaba permitidas entrarlas a aquellos espectáculos) acabando el follón con varios muertos y múltiples heridos entre los “contendientes” (ver Un tigre, un toro y el infinito disparate humano). Seguramente, los gladiadores fliparon en colores al ver que el verdadero espectáculo sangriento, en vez de en la arena, se estaba desarrollando en las gradas.

Cicerone denuncia Catilina in Senato, Cesare Maccari, 1880, Palazzo Madama
Senado romano
Según parece, los que peor salieron fueron los nucerinos, ya que eran minoría y los pompeyanos, que estaban en casa y eran más, repartían estopa con mucha más alegría y tranquilidad. Sea como fuere, la trifulca llegó a conocimiento de Nerón, el cual pasó la patata caliente a los senadores, de estos a los cónsules y, de nuevo, a los senadores, los cuales sentenciaron prohibir durante 10 años los juegos de gladiadores en el anfiteatro de Pompeya, un golpe durísimo a unos espectáculos que eran una auténtica locura para los ciudadanos del Imperio Romano. No obstante, no solo hubo castigo para los pompeyanos, sino que los organizadores de aquella “juerga flamenca”, entre ellos el promotor, el exsenador Livineyo Régulo -sobre el que seguro pesaba su mal recuerdo en el Senado-, fueron desterrados de Pompeya a perpetuidad.

Moneda con Nerón y Popea
Moneda con Nerón y Popea
Como ocurre en la actualidad con los castigos supuestamente “ejemplares” que se producen cuando se produce un altercado semejante en un campo de fútbol, el castigo no duró todo el tiempo de la condena. El propio Nerón levantó la prohibición de los “ludi gladiatorii” en Pompeya 5 años después, especulándose que Popea Sabina, la esposa de Nerón, pompeyana y con la cual se había casado poco tiempo antes, habría convencido al emperador para que levantara el castigo a sus paisanos.

Estupidez humana en estado puro
Estupidez humana en estado puro
Sea como sea, la erupción del Vesubio arrasaría con toda la ciudad años a venir, si bien ha llegado hasta la actualidad un fresco en que se retrata aquella algarada con todo lujo de detalles, posiblemente encargado por alguien para el cual aquellos hechos fueron de especial orgullo. Y es que, si bien Instagram es una cosa de nuestros días, está visto que el repartirse de hostias en los estadios, vanagloriarse de ello, y hacerse la foto para tener el recuerdo, es una de aquellas vergüenzas que, más allá de la supina estupidez que demuestra quien lo hace, no ha sido capaz de borrar de nuestro acervo ni el incansable pasar de los siglos.

Ayer, como hoy, el deporte desata pasiones
Ayer, como hoy, el deporte desata pasiones
Webgrafía

domingo, octubre 14, 2018

Los augustiani, los patéticos "palmeros" profesionales de Nerón

Herederos de los augustiani
Dignos herederos de los augustiani
Campaña electoral. El candidato (o candidata) del partido X está en pleno mitin en un auditorio, arropado por la militancia y con una gran cantidad de medios de comunicación; se sabe que el noticiario de la tele va a hacer una conexión en directo. Es justo en el momento en que entra en antena que, a una señal, mientras el candidato está en plena arenga, y sin comerlo ni beberlo, se produce una gran ovación: han entrado en acción los conocidos como “palmeros”, gente del partido o afines a él cuya finalidad reside en hacer de claque, es decir, a aplaudir cuando el momento lo requiera. Puede parecer algo moderno, sin embargo, esta forma de hacer “ambiente” en un entorno, el político, en que es más fácil que te caiga un tomate que no un aplauso, no es cosa de hace dos días. De hecho, el emperador romano Nerón, allá por el siglo I d.C., ya organizó un grupo de personas dedicado única y exclusivamente a aplaudirle y vitorearle, aunque no hubiera nadie proclive a hacerlo. Se trata de los augustiani.

Palmeros profesionales
Palmeros profesionales
Que los elogios son siempre más difíciles de arrancar de la gente que los reproches o el descontento es algo que, en el mundo de la farándula, se conoce bien. Es en esos momentos, en que la gente no reacciona ante un chiste demasiado inteligente o demasiado malo, que el actor o actriz de turno se encuentra como delante de la dentadura de un tiburón hambriento (ver El USS Indianapolis o el peor ataque de tiburones de la historia). Es, para evitar esos momentos incómodos, en que el fracaso atraviesa el ambiente en forma de estridente estallido silencioso, que llega el capote de la claque en forma de sonora ovación, transformando el desastre más absoluto en éxito rotundo. No obstante, una cosa es que lo haga un artista más o menos mediocre y otra, mucho más patética, que lo utilice un político como si fuera un espectáculo. Aunque, bien mirado, no deja de ser un espectáculo igual…

Nero Claudius Cæsar Augustus Germanicus
Nero Claudius Cæsar Augustus Germanicus
Sea como sea, el emperador Nerón (37 d.C.- 68 d.C.) según las crónicas de la época, reunía ambas “virtudes”, es decir, era un político malo como él solo y un artista aún más malo todavía. La gracia es que en política este problema lo arregló con el “ordeno y mando” y, en el campo artístico, como no podía obligar a la gente a que le gustasen sus versos, pues también. Así las cosas, cuando se presentaba a algún concurso, ya fuera de poesía, de canto, de interpretación o de carreras de carros, además de ganarlos todos por la gracia de Dios (a ver qué juez era el guapo que lo dejaba segundo), daba la orden de que no se fuera nadie del recinto mientras que estuviera él actuando. La mejor forma de asegurar la asistencia, vamos. Pero no tenía suficiente…

El halago, a Nerón, no le debilitaba
El halago, a Nerón, no le debilitaba
Nerón, para asegurarse una ración generosa de halagos y vítores en sus apariciones -difícilmente arrancarás aplausos sinceros si cantas peor que Arrancapinos y obligas a la gente a verte quiera o no- ordenó la creación de un grupo de aplaudidores que se dedicaría a aprender todos los tipos de ovaciones que había (las acclamatio) y que lo acompañaría en todas sus actuaciones, ya fueran artísticas como políticas. De esta manera, formó un grupo de unas 5.000 personas escogido entre melenudos y fermosos caballeros romanos -como eran de estatus superior, su opinión tenía mayor validez- los cuales se turnaban para acompañar al emperador allí donde pusiera sus imperiales posaderas.

Vistoso telón de fondo
Vistoso telón de fondo
Los augustiani, aunque algunos eran incorporados a la fuerza, cobraban por ovacionar a Nerón, por lo que eran auténticos “palmeros” profesionales (los jefes de los diferentes grupos llegaban a ganar 40.000 sestercios) que destacaban por su juventud, fuerza y gallardía en el momento de halagar los oídos del emperador. Oídos que no se cansaban de oír los continuos halagos e insistentes ovaciones a las actuaciones líricas que por lo visto perpetraba y que hacían convencer a los jueces -si no estaban ya bastante convencidos- de las virtudes de Nerón para ganar el primer premio. No obstante, no se limitaban a hacer de “claca” en los espectáculos a los que acudía, sino que también se dedicaban a seguirlo en los discursos políticos (era muy mal orador y Séneca le tenía que escribir los textos) o incluso a ir por la calle en grupos, aplaudiendo y cantando a grito pelado las excelencias del emperador para, a modo de “influencers”, así aumentar la popularidad de Nerón entre la gente.

Espontáneo gesto de alegría
Espontáneo gesto de alegría
Sea como fuere, el buen (y siempre excesivo) trabajo de los augustiani no calmó los ánimos a los militares, senadores o al mismo pueblo llano ante las arbitrariedades políticas y las excentricidades insoportables de un personaje como Nerón (ver Nerón y el trozo que le falta al Coliseo de Roma). Personaje caído en desgracia y que, aunque los “palmeros” no dejaron de acompañarle en todo momento, no pudieron evitar que los insistentes rumores de revuelta por parte de sus generales, así como de que no era un gran artista -totalmente injustificados, claro- le hicieran suicidarse en el año 68.

Un recurso contra la mediocridad
Un recurso contra la mediocridad
Nerón acabó muriendo, y con él sus augustiani, sin embargo, la costumbre de llevar “palmeros” a aplaudir en los espectáculos de dudoso éxito y a los líderes políticos que no lo merecen, quedó, trascendiendo hasta nuestros días. Unos días, los actuales, en que la mediocridad se ha vuelto la norma, los aplausos enlatados una costumbre y donde ignorantes políticos, henchidos de soberbia, con la bandera por única vestimenta y excéntricos como Nerón, necesitan sus propios augustiani (ver La Devotio Ibérica o la costumbre hispana de seguir al líder hasta la muerte) para que los aíslen de una realidad que, aunque no lo quieran ver, los aborrece profundamente.

Escultura "Die Claque" (la claque) en Schwetzingen
Escultura "Die Claque" (la claque) en Schwetzingen

Webgrafía

jueves, octubre 11, 2018

El apestoso y explosivo entierro de Guillermo el Conquistador

Guillermo I en el Tapiz de Bayeux
Guillermo I en el Tapiz de Bayeux
Cuando hablamos de Historia, los grandes personajes que la forman acostumbran a lucir con luz propia gracias a los relatos que han llegado hasta nosotros y que los historiadores se encargan de divulgar. Sus crónicas, sus hechos, sus conquistas…, en tanto que quienes las han escrito han tendido a ser poco críticos con el personaje, cuando no directamente interesados en la propagación de una imagen idealizada de él, han tenido propensión a olvidar ciertos “sutiles” detalles que, digamos, ensuciaban sus biografías. Uno de estos personajes ilustres es el de Guillermo el Conquistador, el cual conocemos como flamante rey de Inglaterra y por ser protagonista del famoso Tapiz de Bayeux (ver Una maravilla para admirar largamente: el Tapiz de Bayeux), siendo la imagen arquetípica del monarca medieval, cristiano y caballero. Hasta aquí, todo bien, pero…claro… cuando sabemos que gastaba una prominente barriga cervecera, que cuando murió dejaron el cuerpo abandonado en pelotas y que, cuando lo iban a enterrar, el cadáver petó como una castaña pilonga…, como que el mito se te viene abajo. Pues si tiene curiosidad en saber qué es lo que pasó, sígame un momentillo, que la historia no tiene desperdicio.

Imperio de Guillermo I
Imperio de Guillermo I
Que las relaciones entre ingleses y franceses nunca han sido demasiado buenas es un hecho histórico innegable, aunque el hecho de ver que el escudo del Reino Unido tiene un par de lemas en francés (“Honi soit qui mal y pense” y “Dieu et mon droit”) ya te habla de que hay más cosas que les unen de lo que les separa, y en este “roce” que, en vez de cariño, ha producido la rozadura, tiene mucho que ver el rey Guillermo el Conquistador. Este duque normando -ergo vikingo afrancesado- que obtuvo la corona inglesa en 1066 por follones de familia dirimidos a espadazos fue, por ejemplo, el que abrió la puerta a que el inglés tenga hoy un 40% de términos latinos (casi todos préstamos del francés) al ascender al poder a una élite normanda a la que el pueblo bajo quiso imitar. Sea como sea, y como era típico en la época, no tuvo un reinado plácido ya que eran múltiples los frentes en los que batirse en batalla para mantener el orden en los límites de su reino. Y, uno de ellos, era contra la monarquía francesa de los Capetos, en concreto su estimado enemigo Felipe I.

El momento del accidente
El momento del accidente
En 1086, Guillermo, que se llevaba a partir un piñón (nótese la ironía) con su hijo Roberto, el cual se había aliado con el rey francés en contra de su padre, se vio obligado a volver de Inglaterra al ducado de Normandía para poner las cosas en vereda, iniciando una campaña contra el condado de Vexin, condado ubicado a unos 40 km al noroeste de París. La campaña hubiera sido como otra cualquiera (ver La sangrienta batalla "light" de Bremule) si no hubiera sido por el incidente que tuvo en julio de 1087 cuando estaba asediando la villa de Mantes: en el fragor de la batalla, su caballo se encabritó al asustarse cuando pasó por unas ruinas en llamas y, aunque no cayó, se dio un golpe muy fuerte con el pomo de la silla de montar. El golpe, en sí, tampoco hubiera tenido demasiada consecuencia, pero Guillermo era un fan del buen yantar, estaba obeso (hasta el punto que lo comparaban con una embarazada) y el golpe se multiplicó, produciéndole una rotura del intestino que acabó por derivar en una dolorosísima peritonitis.

Mantes-La-Jolie
Mantes-La-Jolie
Ante tal situación, se retiró al priorato de Saint Gervais, a las afueras de Rouen, para cuidarse de su mal, pero las limitadas capacidades sanitarias del momento a lo único que le llevaron fue a que la infección se extendiera, llenando sus intestinos de pus, y a una larga agonía que duró durante 5 eternas semanas. Finalmente, el día 9 de septiembre de 1087, con 59 años, moría el rey Guillermo I el Conquistador… ¿y se cree que le dieron honores reales? Pues se equivoca. Guillermo no es que fuera excesivamente popular (tenía cierta tendencia a ordenar cortar miembros como convincente forma de castigo) y los sirvientes, en el momento en que murió, lo que vieron fue la oportunidad perfecta para desplumarlo y llevarse todo lo que de valor pudieran sacar de él: arrasaron con todo lo que pillaron, dejando el cuerpo abandonado y medio desnudo tirado por el suelo de la casa. El final que Guillermo, sin duda, siempre había deseado.

Lápida donde estuvo el priorato en Rouen
Lápida donde estuvo el priorato
El rey había dejado orden de ser enterrado en la Abadía de los Hombres, en Caen, fundado por el propio Guillermo, pero con la desbandada de los sirvientes era evidente que nadie iba a empezar los trámites de su entierro. Trámites que asumió como propios un caballero poco pudiente llamado Herluin, que descubrió el cadáver del rey y que se encargó de mandar arreglarlo (a lo barato, que no tenía el bolsillo para muchas alegrías) y de enviarlo a Caen. El único inconveniente es que estaban a unos 125 km de su destino y el camino se tenía que hacer en barca por el Sena y camino de carro. Finales de verano, un largo trayecto y el cadáver lleno de pus, no presagiaban nada bueno.

Abbaye aux Homes en Caen
Abbaye aux Homes en Caen
En llegando a Caen, cuando fueron a enterrarlo en el mausoleo preparado para el caso, se encontraron con la oposición frontal de un afectado por la expropiación de las tierras que ocupaba la abadía, el cual se negó en redondo a permitir que el rey (aquí vemos su popularidad) fuera enterrado en aquel lugar. Al final, lo consiguieron convencer a base de pagarle el equivalente a 60 chelines, pero cuando ya parecía que podían enterrarlo, se produjo un fuego en Caen y, ante la urgencia (recordar que, un fuego sin control, podía significar la destrucción de la ciudad entera), sirvientes y monjes salieron a la carrera a ayudar a apagarlo. El cuerpo de Guillermo, una vez más, quedó en espera de entierro.

Estatua de Guillermo I en Falaise
Estatua de Guillermo I en Falaise
Cuando, al final, se pudieron poner manos a la obra, los monjes encargados de oficiar el funeral se encontraron con una sorpresa… ¡el cadáver no cogía dentro del sepulcro labrado en mármol! El rey Guillermo era alto (1,78 m) y obeso, pero la infección primero y el pasar tantos días desde su muerte después -si no fueron semanas, que las crónicas no determinan las fechas-, habían hinchado el cuerpo hasta el punto que no cabía dentro de su tumba. ¿Qué hacer entonces? Pues el iluminado de turno lo tuvo claro… ¡Apretémoslo y que entre de todas formas! Y, sin encomendarse a ningún santo, así lo hicieron.

Tumba de Guillermo I (s.XIX)
Tumba de Guillermo I (s.XIX)
Justo en el momento en que forzaban al malogrado Guillermo a meterse donde no cabía, el abdomen del cadáver explotó como un globo. El pus, la carne en descomposición y el contenido putrefacto de los intestinos salieron expulsados de golpe, duchando con generosidad y alevosía a todos aquellos que estaban en aquel momento oficiando el sepelio (ver La chapuza épica de la voladura de una ballena putrefacta). De inmediato, la atmósfera de la iglesia se llenó de una peste a corrompido que tiraba para atrás, “perfume” que no consiguieron minimizar ni encendiendo todos los incensarios de que disponían en aquel momento. Obvia decir que, después del real estallido, la ceremonia corpore insepulto acabó a toda prisa. Unas prisas inversamente proporcionales a las prisas que, en su momento, no habían tenido para enterrarlo.

Del cadáver de Guillermo el Conquistador, en la actualidad, no quedan más que un fémur y la mandíbula, los cuales son los únicos restos que han sobrevivido a las diversas profanaciones, desplazamientos y reconstrucciones que ha padecido la tumba durante estos más de 900 años pasados desde su entierro. Una muestra más de que, una vez que morimos, no somos nada (ver El extraño entierro a trozos de Don Juan de Austria) y que, lo realmente incorruptible de nosotros, nuestro patrimonio real, es la memoria de lo que hayamos sido capaces de dejar para las siguientes generaciones.

Imagen idealizada de Guillermo el Conquistador (s. XIX)
Imagen idealizada de Guillermo el Conquistador (s. XIX)

Webgrafía