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sábado, mayo 25, 2019

El impuesto sobre las barbas o la forma de modernizar Rusia a la fuerza

El zar no gustaba de las barbas
El zar no gustaba de las barbas
Aunque ahora parece que ya va de bajada, hace no mucho que se puso de moda que los hombres lleváramos barbas pobladas, convirtiéndose poco menos que en una obligación social. El fenómeno, conocido como "hipster" hizo que allí donde se mirara que había un hombre, las barbas fueran las reinas. Barbas por aquí, barbas por allá, barbas por acullá... el hecho de calzar una poblada melena en el mentón se convirtió en algo que superaba la opción personal y, bien al contrario, era el síntoma evidente de la falta de criterio de la masa frente a las interesadas modas que marcaban los cuatro "influencers" del momento. Personalmente gasto una permanente perilla desde el 2010, pero cuando el rebaño masculino empezó a dejarse las barbas sin ton ni son, yo mismo hubiera rapado las barbas al cero a más de uno. Sea como sea, esta fobia por las barbas (también conocida como pogonofobia) no es cosa nueva, y el mismo zar Pedro el Grande llegó a estar tan en contra del pelo facial que puso un impuesto a aquellos que llevaran barbas. No obstante, aunque el asunto puede parecerle una banalidad, le puedo asegurar que tan conocido zar tenía sus poderosas razones para hacerlo.

Popes ortodoxos
Popes ortodoxos
La Rusia del siglo XVII, si bien era casi tan grande como lo es en la actualidad, la realidad era que, a nivel internacional, su peso específico era poco, por no decir nulo. El hecho de ser un país en que las tradiciones asiáticas se mezclaban sin solución de continuidad con las europeas hacía que la sociedad rusa, eminentemente rural y pobre, fuera tradicionalista y religiosa hasta el extremo. Esta situación, propiciada por el aislamiento secular de los pueblos perdidos en la inmensidad de las grandes estepas rusas, acabó creando un país de espaldas a la modernidad y alejado de los escenarios donde se disputaba la geoestrategia mundial.

Pedro I de Rusia
Pedro I de Rusia
Cuando Pedro el Grande accedió al poder en solitario en 1696 (desde 1682 había sido zar junto con su hermano, Iván V), él, que había viajado por Alemania, Francia e Inglaterra y había visto la grandeza de las culturas de esos países, decidió que ya estaba bien de tanta tontería. Quería que Rusia formase parte de los países más desarrollados de Europa, pero para ello tenía que actualizarse de forma urgente, tanto a nivel de administración del estado como social (ver La Tsar Kolokol, la campana más grande del mundo). Evidentemente, una sociedad cerrada, neofóbica y tradicionalista hasta la nausea como era la rusa de aquel entonces, no iba a poner las cosas fáciles. Y lo sabía.

Boyardos rusos
Boyardos rusos
En el convencimiento de que el hábito no hace al monje, pero ayuda a hacérselo creer, Pedro el Grande impuso a su corte toda una serie de reformas en el vestir tradicional de esas élites, con la intención de dar una imagen más occidental de lo que estaba dando hasta el momento. La idea era que la aristocracia, en tanto que “vip's” de la vida social rusa, sirviesen de ejemplo para sus súbditos y, por mimetismo, éstos modernizasen sus vestimentas hacia un estilo más “civilizado”, dejando de lado la imagen de mongoles de las estepas que llevaban por costumbre. Los jóvenes, más abiertos a cambios y novedades que los mayores, enseguida adoptaron los nuevos estilismos, pero los adultos no estaban tan dispuestos a ceder ante las nuevas tendencias. Una de esas costumbres ancestrales que los refractarios nobles rusos no estaban dispuestos a admitir era la de raparse las tradicionales y largas barbas. Barbas que los hombres mantenían en sus caras desde que se casaban debido a que, para aquella gente era algo sagrado. Según ellos, había muchos ejemplos en la Biblia sobre las barbas y, sobre todos ellos, la historia de Sansón, el cual perdió su fuerza con el corte de su pelo.

Barba tradicional boyarda
Barba tradicional boyarda
Pedro I, ante la negativa de una parte de su corte (los boyardos) a admitir ningún cambio modernizador -eran eslavos y rehuían de cualquier contacto con el occidente europeo- decidió ponerlos a la moda por fuerza, imponiendo toda una serie de gravosos impuestos a los que se entestaran en seguir con su estilo “garrulo”. Y uno de ellos, implantado en 1698, fue destinado a gravar las barbas. No hace falta decir que, en cuanto les tocaron el bolsillo, las pelambreras faciales cayeron como las hojas en otoño. La verdad es que, calzar una barba, fueras o no noble (el impuesto valía tanto para los pobres como para los ricos), no era exactamente barato.

Moneda acreditativa del pago del impuesto sobre las barbas
Moneda acreditativa del pago
Según la documentación que nos ha llegado hasta la actualidad, los ricos empresarios tenían que pagar 100 rublos al año, la gente de la corte y militares, 60 rublos, los ciudadanos de Moscú, 30 rublos y los campesinos, que no tenían para pagar una tasa anual, tenían un peaje de 2 medios kopek (un kopek, vamos) cada vez que entraban ¡o salían! de las ciudades. Si tenemos en cuenta que un rublo de aquel entonces valdría hoy unos 12 euros y un kopek valdría 0,12 euros, hagan ustedes cuenta del pico que les costaba mantener la barba a los ricos y a los pobres de solemnidad.

Cosacos tradicionalistas (1899)
Cosacos tradicionalistas (1899)
De esta forma, a las puertas de las ciudades más grandes de Rusia -más que nada Moscú- los funcionarios del zar controlaban que la gente vistiera según la etiqueta impuesta por Pedro el Grande y los barbudos se dejaran su peludo peaje. Los que habían pagado su impuesto, enseñaban  una ficha especial en plata que demostraba que estaba al corriente de pago ¿Y si se negaban a pagar? Sencillo... se les rapaba la barba quisieran o no. Para algunos era tan doloroso desprenderse de ellas, que las recuperaban cuidadosamente para que fueran incluidas en sus ataúdes ya que, según cuentan los cronistas, pensaban que no entrarían al cielo si no tenían sus barbas con ellos en el momento de su entierro. La medida, como puede comprender, funcionó a la perfección pese a la oposición frontal de algunos barbudos recalcitrantes. Tal fue el caso de los aguerridos -y muy tradicionalistas- cosacos.

Estatua de Pedro I en San Petersburgo
Estatua de Pedro I en San Petersburgo
El impuesto a las barbas se mantuvo hasta 1772 y sirvió para que el zar Pedro I forzara a la población a modernizarse, así como para minar el poder de los aristócratas más reaccionarios que se oponían a su acercamiento hacia las potencias occidentales. El zar, además de la vestimenta y las barbas, dio la vuelta a Rusia como si fuera un calcetín, haciendo una renovación total de la administración rusa, la educación impartida, la economía, el ejército y la estructura de la corte, modificando incluso los títulos nobiliarios. La occidentalización forzada por Pedro el Grande llegó hasta la creación de una ciudad a orillas del Báltico, San Petersburgo (también conocida durante muchos años como Leningrado), para poder tener una comunicación directa con las potencias europeas.

Antigua estatua de Pedro I en Riga
Antigua estatua de Pedro I en Riga
El zar Pedro I, de esta manera, está considerado el gran modernizador de Rusia, ordenando su reino respecto los estándares más avanzados que se daban en aquel momento. No obstante tanto avance, si algo no avanzó en nada fueron los derechos y libertades de la ciudadanía, ya que, lejos de suprimir barreras, Pedro el Grande quiso remarcar las diferencias de clase para asegurar su poder. Sus siervos, sin barbas y vistiendo a la moda occidental, fueron acogotados aún más si cabe, condenados a vivir unas vidas miserables que se diferenciaban bien poco de las de los esclavos. Una situación que, tiempo a venir, formaría el explosivo caldo de cultivo (ver Khodinka 1896, cuando hambre y postureo se unieron mortalmente) que acabó en una de las revoluciones más famosas y trascendentes de la Historia: La revolución rusa.

Caricatura de la época sobre el corte de barbas
Caricatura de la época sobre el corte de barbas

Webgrafía

domingo, mayo 19, 2019

Eurovisión 2019: la venda que no cae

Los 22. Nada nuevo bajo el sol
Los 22. Nada nuevo bajo el sol
He de reconocer que esta edición del festival de Eurovisión, que le ha tocado celebrar a Israel, me ha dejado bastante frío. La calidad de las canciones presentadas era muy bajo y habían pocas que salieran del marasmo general. De hecho, he tenido verdaderos problemas para escoger cuáles serían las posibles ganadoras, pero es que, cuando he visto la favorita del público y la de las casas de apuestas, poco menos que me he echado a temblar. La española, saliendo en el número 26 y último (la cosa ya prometía), por simple contraste me ha hecho pensar que quedaría entre el 10 y el 13. Finalmente ha quedado el 22 con 60 puntos; nada nuevo bajo el sol.

John Lundvik (Suecia)
John Lundvik (Suecia)
Dentro de una edición mediocre, en que había demasiada cosa insulsa y mala de solemnidad (Grecia, Eslovenia, Israel, Malta, Alemania...) pocas canciones destacaban de la tabla rasa general del festival. Los suecos más negros que Legrá, el guaperas amante del flamenco de Azerbaiyán, el musulmán italiano y el grupo de Noruega con un rapero lapón nieto de un onubense de Ayamonte, eran de lo poquito que se salvaban, aunque ninguna llegará a quedar en el olimpo de las eurovisivas inolvidables.

La australiana... pinchada de un palo
La australiana... pinchada de un palo
En el sector “friki” tan solo han aparecido el "tecno-punk anticapitalista" de los islandeses -que han provocado la ira del público durante las votaciones cuando han salido con sendas banderas palestinas-, el inclasificable representante francés con bailarina obesa incluida, las australianas colgadas de un palo y, como destacable, la representación española, que con el pegadizo ska “La venda” interpretada por Miki, encandiló al público pero, visto lo visto, no a los jurados ni votantes. Si la venda no cae y nos entestamos en llevar productos de consumo interno, pasan esas cosas. Por suerte, ya ni se dignan a comentar la jugada en el "postpartido". Como diría el juez Marchena, mucho mejor.

Duncan Laurence (Países Bajos)
Duncan Laurence (Países Bajos)
Esta mediocridad se ha hecho patente en el momento de las votaciones, en que los 6 primeros han ido muy a la zaga, siendo al final el televoto el que ha decantado el ganador, dando la victoria al favorito y, para mi gusto, soso representante de Países Bajos. Televoto que ha permitido sacar a España del último puesto en que estaba -los 41 jurados profesionales solo le han dado 7 puntos- y meter a Alemania con sus “hermanas Sister” -al no darle ni un punto el televoto- en el farolillo rojo. El ser del Big Five siempre es un handicap (ver Eurovisión 2016: el handicap de ser del Big Five).

Madonna...¿o Sara Montiel?
Madonna...¿o Sara Montiel?
Curiosamente, la máxima expectación estaba fuera del escenario israelita, no solo por las amenazas yihadistas, sino por la presencia en directo de la sexagenaria e incombustible Madonna. Una Madonna que, sin despeinarse y con su nuevo look de parche en el ojo al estilo pirata, ha cantado (como una graja, todo sea el decirlo) el "Like a Prayer" y, ya un poco más en su línea, una nueva canción de su último trabajo Madame X. Los años no pasan en balde, aunque resulta curioso que cada vez más se parezca a Sara Montiel.

En definitiva, una edición que no pasará a la historia, pero que, seguro no olvidará este verano cuando, en todas las ferias de pueblo y bares musicales salte hasta la extenuación la canción española. Eso de ganar Eurovisión, si acaso, ya se lo dejamos a otros países.

Mejor.

Divertida, pero no gustó en Europa
Divertida, pero no gustó en Europa