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viernes, agosto 29, 2008

Primero los pies, después, la cabeza.

Hoy me he enterado de la polémica que se ha producido este verano con el asunto de la Rana Crucificada, una obra de arte depositada en el museo Museion de la ciudad de Bolzano (Italia) y la Iglesia. En el Vaticano no ha quedado ni una vestidura sin rasgar, por la sublime blasfemia de la presencia de esa obra de arte en un museo por el ataque sin remisión que representa para la fe católica dicho objeto. De verdad que dan ganas, de romper con todo y largarse a vivir en medio del bosque porque, cuando menos, dejaría de oír las gilipolleces supinas que vomita esta sociedad.

Nos quejamos del integrismo islámico o del judío, y resulta que no vemos que desde nuestra (la suya, vaya) Iglesia, se está haciendo exactamente lo mismo que se está criticando a las demás religiones. ¡Exactamente igual!

Cuando las caricaturas de Mahoma, pusimos el grito en el cielo por la barbarie ejercida contra los que la publicaron por las "hordas" integristas musulmanas y ahora, que sale una cosa parecida -hecha hace más de 10 años- pero que afecta a la iglesia católica, resulta que hay hasta un presidente regional alemán que se pone en huelga de hambre. Hombre...¡por Dios!

Primeramente, hemos de recordar qué es una cruz: un deleznable artilugio de tormento. Los romanos mataron de esta forma tan cruel a miles de personas, desde asesinos a ladrones, pasando por disidentes políticos o religiosos... y a Jesucristo. La iglesia, simplemente, se aprovechó del símbolo por puro marketing ya que el primer símbolo (el Símbolo) cristiano fue el Pez, pero el morbo y el merchandising de símbolos hicieron decantarse a la Iglesia por la Cruz. Llevar una sardina en el cuello, no vendía, definitivamente. La Cruz, sí.

Por tanto, se apropió de un símbolo y de su imagen y quiere ejercer sobre él un mercado monopolístico, como si tuviera más derecho que nadie a hacer servir aquello en exclusiva, olvidando a la descarada que si bien muchos cristianos murieron en la cruz, otros muchísimos no cristianos murieron también en ella. Y, hombre, hasta aquí pudiéramos llegar.

Imagínese ahora que Jesús hubiera muerto en una silla... ¿tendríamos que sentarnos ahora en el suelo porque tendríamos una silla en la mesilla? ¿Las iglesias no tendrían un puñetero banco? ¿El Papa se sentaría en un almohadón y llevaría un báculo con una silla de plata? No tendría sentido, pero esto es lo que ha hecho la Iglesia católica con la Cruz y pretende exterminar cualquier uso alternativo de aquello que considera que es su imagen corporativa, sin querer darse cuenta que como potro de tortura que fue, es un símbolo que pertenece a toda la sociedad, independientemente de su adscripción religiosa o política.

Habrá gente que vea en la Cruz un símbolo de libertad, habrá otra gente que no le despierta ninguna pasión y habrá otra gente que vea en ella un repugnante símbolo de violencia humana. Todos tienen derecho a expresarse ante ella, pero lo que no tiene derecho nadie es a obligar a que los demás vean en ello lo que no quieren ver.

El autor de esta rana crucificada con una cerveza en una mano y un huevo en la otra, Martin Kippenberger (muerto en el 1997), veía en su obra un autorretrato y una expresión de la angustia humana. La llamó "Primero los pies" -Zürst die Füsse- y creo que con mucha razón.

En esta sociedad, la cabeza se utiliza muy poco. Y cuando se utiliza se corre el riesgo de salir con los pies por delante.

Qué asco.


¡Qué curioso que Ratzinger fuera el jefe del Santo Oficio!

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