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lunes, abril 20, 2015

Ramree o el batallón japonés devorado por los cocodrilos

Cocodrilo de agua salada
Que el hombre es el peor depredador del planeta es una obviedad que, con tan solo visitar cualquier mercado de abastos del mundo, queda completamente ratificado. Ya sea para comer o para traficar con cualquier parte de ellos, el ser humano no duda en acabar con cualquier bicho viviente que se mueve por el planeta, rememorando aquello de que, de lo que no me cuesta, lleno la cesta y poniendo en un serio peligro la biodiversidad del planeta. Elefantes, tigres, bisontes, canguros, osos, tiburones, ballenas, bacalaos (ver Atilas al pil-pil)... todo lo que sea susceptible de ser decapitado, destripado y asado, se decapita, destripa y asa inmisericordemente, por mucho que la especie en cuestión sea peligrosa y nos sea potencialmente letal. No obstante, hay algunas veces que el reino animal pasa al ataque y los hombres, de ser los depredadores pasan a ser los depredados. Me estoy refiriendo a la matanza de soldados japoneses de la isla Ramree, una truculenta historia de la Segunda Guerra Mundial en que el enemigo no hablaba, pero también iba blindado: la máquina de matar llamada Cocodrilo de Agua Salada.

Un superdepredador implacable
Los cocodrilos, por mucho que hayamos trivializado su imagen, siempre despiertan en nosotros un atávico sentimiento de miedo. El ver esas fauces llenas de dientes, su tamaño descomunal, su capacidad de comerse las presas sin masticar, su silencioso cuerpo acorazado y, sobre todo, esos ojos de depredador nato exentos de todo atisbo de humanidad, hace que nos estremezcamos ante ellos. Y no es para menos, ya que son unos superdepredadores que no han sufrido modificaciones en los últimos 80 millones de años y que han sido capaces de colonizar hasta el mismísimo desierto del Sahara (ver La increíble supervivencia de los cocodrilos del desierto).

Aliados bombardeando Ramree
En este sentido, el Cocodrilo marino o de agua salada (Crocodylus porosus), es una auténtica mole animal que puede llegar a sobrepasar los 7 metros de longitud y los 1.500 kilos de peso, siendo el reptil más grande que existe en el planeta en la actualidad. Su hábitat se distribuye por el norte de Australia y las zonas pantanosas del sudeste asiático, y posee una fama de "comehombres" totalmente merecida, como pudieron comprobar para su desgracia los ejércitos japoneses que lucharon en las costas de la antigua Birmania durante la Segunda Guerra Mundial.

Desembarco aliado en la isla
A principios de 1945, Japón había llegado al máximo de su expansión por el sudeste asiático, poniendo en serio peligro las fronteras de la India, por aquel entonces aún colonia británica. Los japoneses habían ocupado Birmania (actual Myanmar) por lo que los ejércitos aliados emprendieron una durísima campaña para evitar su avance y hacerlos retroceder en la medida de lo posible. Uno de los enfrentamientos se produjo en la isla de Ramree, una isla de unos 1.350 km2 situada en la costa de Birmania, muy cercana al continente y caracterizada por sus pantanos y densos manglares.

Esta isla había sido ocupada por los ejércitos japoneses no mucho tiempo antes y se habían hecho fuertes en la población de Ramree en el centro de la isla.

Base japonesa abandonada
El 21 de enero de 1945, el ejército británico inició un bombardeo naval que llevó al desembarco de tropas hindúes para tomar la isla, mientras que un batallón de unos 1.000 japoneses se atrincheraron en su base y presentaron una dura y feroz batalla. No obstante, los aliados, superiores en número y en equipamiento, consiguieron rodearlos y éstos, antes de rendirse, decidieron abandonar su fortín e ir a buscar otras unidades japonesas por el único sitio que no estaba ocupado: los manglares.

De esta forma, casi 1.000 soldados nipones decidieron hacer una dura travesía de 16 km por el medio de un impenetrable pantano, con el fin de huir de las tropas británicas. Pero no contaron con la naturaleza. Una naturaleza que les cayó a plomo al caer la noche del 19 de febrero de 1945.

Un lodazal mortífero
Los manglares se caracterizan por ser una densa red de raíces de árboles que crecen en zonas pantanosas costeras afectadas por las mareas, fijando y reteniendo las partículas de barro que puede haber en suspensión. Este bosque de agua salobre genera, de esta forma, uno de los hábitats más ricos y plagado de mosquitos del planeta... e infestado de los temibles cocodrilos de agua salada.

El Emperador no los salvó
En esta circunstancia, la caída de la noche significó la apertura de la barra libre de incauta comida para la gran colonia de cocodrilos de la zona, los cuales, amparados por la oscuridad y sus tremendas cualidades depredadoras, simplemente tenía que escoger el soldado japonés que más le apeteciera.

Un cazador temible
Los gritos desgarradores de los soldados igualmente desgarrados por los descomunales cocodrilos que los atacaban, atravesaban la noche del impracticable lodazal. De nada servían los disparos defensivos, ya que a ciegas, en medio de la oscuridad, los reptiles salían de la nada y desaparecían de inmediato con su botín. A lo sumo, el crujir de los huesos del desgraciado soldado elegido o el ruido del típico volteo descoyuntador de los cocodrilos dentro del agua daban testimonio de la macabra ópera que la naturaleza estaba interpretando en directo en aquella noche.

El balance humano fue terrorífico. De los más de 900 soldados japoneses que emprendieron la marcha, tan solo sobrevivieron 20, los cuales, enfermos y malheridos, contaron su brutal experiencia a las tropas británicas que los capturaron. Experiencia que ha quedado para los anales como la mayor matanza humana documentada producida por cocodrilos, e incluida en el Libro Guinness de los Récords.

Un sangriento recordatorio para que, de una vez por todas, seamos humildes, respetuosos y conscientes de que, en este planeta, por mucho que no nos lo parezca, no vivimos solos.



En la noche poco hacían las balas contra los monstruos

Webgrafía

1 comentario:

Anónimo dijo...

Interesante narración, como todas las de Ireneu, con el que siempre aprendemos un poquito más de historia.