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sábado, enero 14, 2017

La fallida operación que acabó expulsando a los cristianos de Al-Ándalus

Mozárabes: cristianos en tierra mora.
En un mundo globalizado como el actual, una gran parte de todos los problemas de convivencia que se producen a diario provienen de la mezcla extensa e intensa de todo tipo de credos, culturas y razas en cualquiera que sea la sociedad. Musulmanes entre cristianos, católicos entre protestantes, negros entre blancos, ingleses entre irlandeses, rusos entre ucranianos... sea cual sea, el contacto entre formas diferentes de vida resulta siempre conflictivo. Antaño, la solución era sencilla: las autoridades acababan con los elementos discordantes, ya fuera a base de eliminarlos físicamente (ver El desconocido (y británico) genocidio de aborígenes de Tasmania) o a base de expulsarlos a la fuerza de allí donde vivían (ver Osinów Dolny, el pueblo de los peluqueros y de las dos limpiezas étnicas). En España, los problemas de mezclas incómodas no son desconocidos, al igual que sus fáciles soluciones, como pudieron conocer los judíos con los Reyes Católicos o los moriscos en el siglo XVII, cuando fueron expulsados por las bravas de sus tierras de siempre, provocando un descalabro económico y social de proporciones bíblicas. Estas expulsiones de las minorías judías y musulmanas españolas por parte de la mayoría cristiana, han quedado como paradigmas de lo que es una cruel e inhumana “limpieza étnica”. No obstante, no han sido las únicas expulsiones masivas que han habido en la historia de España. ¿Conocía que los musulmanes decretaron la expulsión de todos los cristianos que vivían en Al-Andalus? ¿Y que ésta expulsión fue un daño colateral de una loca acción de un rey aragonés? Sígame y permítame que le explique el porqué de este sindiós.

Iglesia Mozárabe de Bobastro
Cuando los invasores musulmanes llegaron a la Península Ibérica en el 711, se encontraron con la desventaja de estar ocupando un territorio belicoso y muy alejado que le impedía disponer de refuerzos con cierta facilidad. Esta falta de disposición logística militar hizo que los jefes musulmanes intercalaran las acciones militares de sometimiento de ciudades estratégicas, con una política de pactos que les permitiera ahorrarse los enfrentamientos militares en la medida de lo posible. Esto produjo que los musulmanes dejaran tras de sí numerosas bolsas de pobladores cristianos que, bajo el dominio islámico, intentaban adaptarse a las condiciones negociadas por los ocupantes, normalmente una cierta permisividad a sus creencias cristianas a cambio de unos gravosos impuestos. Impuestos que, todo sea el decirlo, sólo pagaban los no musulmanes, ya que los que se islamizaban no los pagaban. Obvia decir que los visigodos ricos que no habían querido o podido huir, se convirtieron al Islam con una facilidad pasmosa simplemente por poder mantener su estatus y riquezas. Pero no todos eran ricos.

Imperio Almorávide
Conforme se vio que la ocupación no era cosa de una mañana tonta, los cristianos aislados en tierras musulmanas (los mozárabes) fueron cayendo en número progresivamente, habida cuenta los beneficios sociales que tenía la conversión al Islam. El ser cristiano en aquellas circunstancias implicaba ser un ciudadano de segunda que, a parte de pagar más impuestos que nadie, no tenía derecho ni a tener armas, ni montar a caballo (sólo mulas), ni aspirar a según qué trabajos. Por no tener, no tenían ni derecho a ser saludados por los musulmanes, ya que éstos los consideraban impuros por ser infieles. Con todo, a pesar de ello, muchas comunidades cristianas se mantuvieron fieles a su fe, en un equilibrio precario entre sus creencias y la vida social de los lugares donde habitaban. Equilibrios que les hacían añorar la libertad para con su culto de las tierras cristianas del norte de la Península.

Alfonso I el Batallador
Al pasar de los siglos (no tenían prisa tampoco, ver Sancho II de Castilla, el rey que murió cagando), la reconquista por parte de los reinos cristianos del norte fue avanzando progresivamente hacia el sur, lo que envalentonaba a los soberanos cristianos a hacer incursiones cada vez más arriesgadas. En esta situación, Alfonso I de Aragón -conocido como El Batallador- recibió en 1124 la llamada de los mozárabes de Granada que intentaron (y consiguieron) convencerle de que Granada era poco menos que el “coño de la Bernarda” debido a su caos interno y que sería muy fácil para él conquistarla. Alfonso, que hacía poco que había conquistado Zaragoza, Calatayud y Tudela y ya tenía la espada “calentita”, no dudó en ir en ayuda de los cristianos de Granada.

"Tour" de Alfonso I
Así las cosas, con un contingente de unos 4.000-5.000 caballeros (según los organizadores, 1.500 según la policía... estooo... los historiadores) y una cantidad de unos 15.000 infantes -exageraciones de pescador amateur a parte-, Alfonso I partió hacia Granada el 2 de septiembre de 1125, camino de Valencia dirección Teruel.

A partir de aquí, la caravana real tomó vía hacia Denia, Murcia, y de allí a Baza y Guadix (donde pasó las Navidades del 1125) hasta llegar a las puertas de Granada. Lo gracioso del asunto fue que las escaramuzas con los ejércitos de los almorávides fueron mínimas de tal forma que, aquello, si no hubiese sido por algunos saqueos y algún asedio frustrado (caso de Baza), era más parecido a un tour turístico que a una operación militar. Tour que hacía que muchos mozárabes de las tierras por donde pasaba la “caravana multicolor” del Batallador, se añadiesen a la comitiva para emigrar a los reinos cristianos.

Los combates fueron ocasionales
En enero de 1126, después de avisar mediante carta oficial a los mozárabes granadinos de su cercanía a la ciudad y provocar, con ello, un gran revuelo en la comunidad cristiana que alertó a las fuerzas musulmanas (la discreción no era lo suyo, estaba visto) el aragonés, finalmente, se plantó en Granada.

Tras 10 días de espera con mal tiempo, y viendo que los mozárabes de la ciudad no se habían revuelto como habían convenido, Alfonso I decidió abortar el ataque y dirigirse hacia Córdoba, no sin antes abroncar agriamente a los mozárabes por su pasividad. Los mozárabes granadinos, por su parte, reprendieron al soberano maño por haber tardado la vida en llegar a Granada (es lo que tiene el turismo) y por haber roto el efecto sorpresa con su indiscreta misiva, cosa que permitió prepararse con mucha antelación a los defensores musulmanes. Ni en los chistes de Gila, vamos.

Tropas almorávides
Alfonso I, tras el frustrado ataque, se dirigió hacia Córdoba, donde se dedicó a saquear los campos del sur de la provincia, siendo interceptado en Arnisol (actual Anzur) por las tropas musulmanas provenientes de Sevilla de Alí ibn Yusuf a las cuales venció en la única batalla de todo su periplo andalusí. Desde aquí, seguido de cerca por la caballería almorávide que los hostigaba, se dirigió a la costa de Motril, desde donde volvió otra vez a Granada para intentar capturarla. Desgraciadamente, ya habían llegado refuerzos del norte de África y las fuerzas aragonesas, vista la imposibilidad de salir victoriosos, emprendieron vía Guadix, Caravaca (Murcia) y Játiva, un penoso viaje de vuelta debido a los 10.000 mozárabes civiles que llevaban con ellos, a la peste y a las continuas escaramuzas con sus perseguidores musulmanes. Esos mozárabes, si bien ralentizaban la marcha, tenían la ventaja de que le venían de coña a El Batallador, habida cuenta la necesidad de repoblar con cristianos las tierras acabadas de reconquistar al sur de Zaragoza. Sea como sea, a los cristianos de Granada no les iban a ir tan bien las cosas.

Costa de Motril
Una vez pasada la amenaza cristiana, el Cadí de Córdoba Abū l-Walīd Muḥammad ibn Rušd (a la postre, el abuelo del filósofo Averroes) que se había dirigido a Marrakesh a informar el Emir de lo ocurrido, promulgó una fatua (un edicto, vamos) en otoño de 1126 por la cual se ordenaba la expulsión de todos los cristianos que habían en tierras andalusíes. El hecho de haber colaborado con Alfonso I para derrocar el poder almorávide los hacía especialmente incómodos, por lo que Ibn Rušd decretó su deportación masiva al Magreb, más concretamente a Meknés y a Salés (ver La pillería de Colón que hizo que Rodrigo de Triana se volviera musulmán) como castigo a su rebeldía.

Paisaje de Guadix
Esta deportación de un número indeterminado de mozárabes (posiblemente varios miles) significó un golpe durísimo para unas comunidades cristianas que se habían mantenido ante viento y marea en tierras musulmanas desde hacía cuatro siglos. Comunidades autóctonas que si bien no desaparecieron del todo (aún se hicieron nuevas deportaciones en 1138 y 1170) prácticamente fueron eliminadas de Granada, Córdoba y Sevilla. Magro resultado para una incursión alocada y chapucera que, a pesar de los 10.000 mozárabes trasladados a tierras aragonesas hizo más mal que bien justamente a aquellos que tendría que haber beneficiado: los cristianos autóctonos

¿Y aún se extraña de que durase tanto la Reconquista?


Granada, un objetivo fallido con unas graves consecuencias

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