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sábado, junio 17, 2006

Lenguas, lobos y extinciones.

Como ya he dicho en alguna ocasión, si hay algo que me atrae de forma especial son los anacronismos y los restos relictos de épocas pasadas que aún se pueden encontrar en el presente, y uno de los campos en los que me encanta hurgar, buscar es en el asunto de las lenguas. El otro día me topé con el Libro Rojo de las Lenguas en peligro de la UNESCO y llegué a la conclusión de que el hombre, no solamente se está cargando el medio ambiente en que vive, sino que con él, está destruyendo su propia herencia cultural. El hombre es un lobo para el hombre, dijo Voltaire. Tal vez se quedó corto.

La globalización de los intereses económicos y políticos de los últimos años, en que se utilizan los mass media de forma taladrante para hacer llegar a la población mensajes políticos y publicitarios de cualquier tipo, ha provocado que de las 125 lenguas que se hablan en Europa, tan solo 40 se mantengan oficialmente sin problemas y el resto esté en diversos grados de peligro. Si contamos con que el catalán sorprendentemente está situada entre las que se mantienen sin problemas, pena da pensar en qué situación se deben encontrar las otras.

Las políticas de prestigio de unas lenguas sobre otras por parte de los gobiernos, junto con la connivencia del ahorro en los presupuestos de publicidad por parte de las grandes empresas, han provocado que lenguas perfectamente funcionales pero habladas por pequeños grupos se vean progresivamente apartadas del uso cotidiano llegando algunas veces a ser aniquiladas inmisericordemente.

De esta forma nos encontramos con ejemplos tan flagrantes como el caso del occitano, que de ser una lengua de cultura y de estado, hablada incluso por un premio Nóbel -Frederic Mistral-, debido a la brutal imposición oficial del francés -que llega incluso a tratarlo despectivamente de “patois”- ha pasado en poco menos de un siglo a ser un mero cadáver lingüístico que solo unos pocos miles de “héroes” mantienen vivo ante todas las adversidades.

Peor suerte tiene el Istrio-rumano, variedad de rumano que se habla desde antes del siglo XIV (de 1329 se tiene el primer testimonio escrito) en la península de Istria, en Croacia, a pocos kilómetros de Trieste (Italia), el cual, totalmente aislado del rumano de Rumania ha aguantado a trancas y barrancas hasta la actualidad. El futuro de esta lengua es, no obstante, absolutamente negro. Tan solo lo hablan menos de 1000 personas que ya no lo tienen como lengua habitual -son bilingües con el croata- y no hay relevo generacional ni ayuda estatal de ningún tipo. Y como esta, hay quince o veinte más.

Tampoco es cuestión de llegar a los extremos que ha llegado el córnico o el manx (gaélico de Cornualles y de la Isla de Man (Gran Bretaña), respectivamente), que llegando a extinguirse los dos, uno en el 1777 (se dice que las últimas palabras de la última hablante monolingüe de córnico fueron “yo no hablaré inglés”) y el otro, el Manx, en 1974, se han conseguido resucitar consiguiendo que unos cuantos centenares de personas tengan un alto grado de competencia en dichas lenguas a base de tenacidad y de inmersión lingüística forzada.

El camino que llevamos emprendido obliga a que todo lo que sea diferencia, moleste y todo lo que no sea rentable económicamente sea digno de desaparecer. Si seguimos así todo el planeta hablaremos solamente inglés y nos llamaremos todos García, Ming, o Smith y no habremos hecho nada para evitarlo.

El siguiente paso será, sencillamente, desaparecer.

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