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jueves, noviembre 15, 2018

La alucinante historia de Nicolas Flamel, el alquimista inmortal

La alquimia (relieve en Notre-Dame)
En llegando a final de mes, el común de los mortales, a los que no les ha tocado una Lotería Primitiva, se encuentra con que le gustaría que aquella carretada de facturas que acechan con la malsana intención de ser cobradas se convirtieran, por arte de una varita mágica, en billetes de 500 euros limpios de polvo y paja. Evidentemente, por soñar que no quede, pero la realidad dice que, o te deslomas trabajando por cuatro perras, o aquellas facturas no van a ser tan fáciles de pagar. No obstante, las ganas de buscar soluciones imaginativas para conseguir dinero fácil han existido desde siempre, estando esta motivación tan "filantrópica" tras el origen de la alquimia, la precursora de la química moderna, que pretendía conseguir la piedra filosofal para convertir el plomo en oro. Muchos hubo que lo intentaron, pero nadie la encontró... ¿o sí? Cuentan las crónicas que un tal Nicolas Flamel, no solo la consiguió, sino que, encima, logró el elixir de la eterna juventud. ¿Cómo se le queda el cuerpo?

El libro del rabí Abraham
Una de las visitas más decepcionantes que he tenido nunca fue la mítica Fuente de la Eterna Juventud, ubicada en la Bretaña francesa. La imagen que podemos otorgarle a aquella fuente de la cual tanto hemos escuchado hablar, aunque la edad no me permita ser tan naïf como para creérmela, se desmorona a cachos cuando ves que “aquello”, más que fuente no pasa de ser una vulgar gorrinera fangosa. Sea como sea los anhelos de conseguir la vida eterna y la riqueza sin límites, casi se podría decir que son inherentes al alma humana desde la más lejana antigüedad y, sobre ello, han corrido ríos de tinta desde que el hombre aprendió a leer y escribir. Justamente por esto mismo, en 1355 cayó en manos de un copista francés llamado Nicolas Flamel, un ejemplar del Aesch Mezareph (Fuego Purificador), un pequeño tratado de 21 páginas, escrito en hebreo por el cabalista judío rabí Abraham donde, de forma encriptada, se explicaría el secreto para obtener la piedra filosofal.

Nicolas Flamel, alquimista inmortal
Flamel, personaje histórico totalmente real y documentado, nació en Pontoise (hoy área metropolitana de París) en 1330 y, según cuentan las crónicas, dedicó 21 años de su vida en intentar descifrar lo que decía aquel libro. De hecho, Flamel era hijo de un copista hebreo converso al cristianismo -amistosamente convencido, fijo- por lo que conocía la lengua en que estaba escrito, pero sus conocimientos no le daban para llegar a descifrar el lenguaje simbólico ni, sobre todo, las enigmáticas ilustraciones que llevaba incluido el libro. Ello hizo que decidiera emprender un viaje hacia Santiago de Compostela en búsqueda del saber que se atesoraba en los reinos cristianos peninsulares como fruto del contacto con la potentísima cultura árabe existente en Al-Andalus (ver Silvestre II, el genial papa que trajo las matemáticas árabes a Europa). Saber que halló en la persona del Maestro Canches, rabí de León, que le enseñó a desentrañar lo que aquellas escrituras decían y que pondría en práctica al volver a París.

Nicolaus Flamellus
La biografía de Nicolas Flamel dice que en 1370 casó con la dos veces viuda Perenelle, la cual, por lo visto, tenía una importante cantidad de riquezas acumuladas de sus diversos y desgraciados matrimonios (la peste, por aquel entonces, hacía estragos, ver Caffa, las catapultas que bombardearon la peste a Europa). Ello y las habilidades inmobiliarias del copista hicieron que la fortuna de la pareja se disparara, curiosamente, a la vuelta del viaje a tierras compostelanas. Esta súbita riqueza, que se empezó a reflejar en la financiación a troche y moche de edificios y construcciones de tipo filantrópico y religioso (aún hoy se conserva una casa construida por Flamel en el 51 de la calle Montmorency de París) despertó los rumores de su origen, la cual, para las hordas de paisanos ignorantes y analfabetos, solo podía haber salido de sus oscuros conocimientos de alquimista: tenía que haber conseguido la piedra filosofal. La habladuría se hizo viral como una “fake new” cualquiera y su fama envolvió toda su vida y todo lo que tocaba. Incluso se especulaba con que el propio rey Carlos VI de Francia le hubiese pedido hacer servir su capacidad de transformar el mercurio en oro para llenar las vacías arcas de la corona.

Lápida de Flamel en Cluny
En 1397, Perenelle murió y en 1418 hizo lo propio Nicolas Flamel, el cual fue enterrado, junto a su esposa en el cementerio de Sant Jacques de la Boucherie, en París. No obstante, la liebre saltó tiempo después cuando, en una exhumación de la tumba de la pareja, se descubrió que, en su interior, no había ningún cadáver. ¿Dónde estaban los cuerpos de Flamel y Perenelle? Nadie pensó que, debido a su fama de cabalista y alquimista, posiblemente hubieran sufrido el expolio de su tumba, sino que dicha ausencia dio alas al convencimiento de que, con la piedra filosofal, además de convertir los metales en oro, habían descubierto el elixir de la vida eterna. Según la rumorología, primero Perenelle se habría ido a vivir a Suiza -si eres rico, dónde si no- y en 1418 (21 años después, ya es casualidad), Flamel, tras morir “aparentemente”, procedería a ir a buscarla y a seguir con su vida eterna viajando por el mundo y alejándose de su anterior vida.

Figuras jeroglíficas de Flamel
A partir de este momento, la leyenda de Flamel, Perenelle y su inmortalidad se mantienen en el tiempo y en el espacio. De hecho, Flamel habría escrito la obra “El libro de las figuras jeroglíficas” en 1399, donde se explicaría la fórmula de la piedra filosofal -que por lo visto de piedra tenía poco, al ser un polvo granulado- y habría descrito toda su peripecia para llegar a conocer el gran secreto. No obstante, no nos ha llegado ningún original ni de este libro, ni del Aesch Mezareph, y ambos se conocen por referencias y porque un tal Arnauld de Cabalerie hizo en 1612 una reedición de dicho libro. Autor que, detrás de ese seudónimo, escondería a Béroalde de Verville o, lo que es lo mismo, al mismísimo Nicolas Flamel que, disfrutando de su inmortalidad, decidió reeditar ese tratado de alquimia.

Nicolas Flamel en Harry Potter
Por si fuera poco, durante el siglo XVIII fueron diversos los autores que aseguran haber tenido conocimiento de la existencia todavía de Flamel y Perenelle. En 1712, el escritor Paul Lucas cuenta la historia de un derviche (ver El hipnótico ciclo eterno de los derviches giradores) que tuvo la oportunidad de verlo en la India en 1709; entre 1747 y 1754, Flamel se habría entrevistado en persona con el Conde de Desalleurs, embajador francés en Estambul, y en 1761 se habría dejado ver con Perenelle y un hijo que habían tenido ambos, acudiendo a una representación de ópera. De esta forma, el mito del alquimista eterno se mantuvo -y se mantiene- vivo hasta la actualidad.

Placa en la casa de Montmorency 51
El desarrollo de las ciencias modernas, y con ellas el conocimiento de las leyes que rigen la química y la física, hicieron que la misteriosa y supersticiosa alquimia dejara de tener interés para los círculos más intelectuales de la sociedad. No en vano, la transmutación de los metales en oro es perfectamente factible y viable, ya que, por ejemplo, solo has de quitarle un protón a los 80 que tiene un átomo de mercurio para dejarlo con 79, que es lo que tiene el átomo de oro (las reacciones nucleares que necesites para hacerlo es otro cantar). No obstante, el halo de misterio y de saber oculto que tiene tras de sí la alquimia hace que, aún hoy día, sea un conocimiento enigmático y seductor. Un conocimiento fascinante y secreto, solo apto para iniciados, que mantiene al margen de la cruda realidad -talmente como al inmortal Nicolas Flamel- aquel sueño recóndito, infantil e inocente de poder conseguir la vida eterna y la riqueza sin límites con el simple toque de una humilde piedra.

Casa de Nicolas Flamel, una de las más antiguas de París

Webgrafía

miércoles, noviembre 14, 2018

La espectacular y otoñal Playa Roja de China

La playa roja de Panjin
Este planeta, si bien es duro vivir en él, tiene la capacidad de maravillar a todo aquel que quiera disfrutar de la belleza elevada a su máxima potencia. Grutas, montañas, valles, desiertos, selvas... todo un abanico de espectáculos naturales (ver La gigantesca belleza de la cueva Son Doong) que pueden dejar con la boca abierta a cualquiera que sepa -y quiera- gozar con el medio ambiente que nos rodea. Una de estas maravillas la podemos encontrar en China, en forma de un color púrpura intenso. Me refiero a la Playa Roja de Panjin.

Sedimentos colonizados
Panjin es una ciudad de poco más de un millón de habitantes que se encuentra en la parte norte de la costa de China. Bueno, para ser más exactos está un poco hacia el interior, pero ello es debido a que está situada en el delta del río Liao, un río de 1345 km de longitud que avena una vasta cuenca de 232.000 km2. Sin embargo, este río, tiene la característica de que baja con poco caudal y, encima, cargadísimo de loess, un finísimo fango que ocupa buena parte de las llanuras interiores chinas como producto de los casquetes glaciales (ver Wrangel, el dominio del último mamut) que ocupaban la zona durante la última glaciación.

Un otoño rojo
Esta particular geología produce que el río Liao baje cargado de sedimentos y genere bajíos en su desembocadura (ver El problemático lodazal de los sedimentos de los embalses), situada en una tranquila bahía. Estos bajíos sobresalen muy pocos centímetros del nivel del mar, por lo que es fácilmente colonizable por las plantas costeras, generando unos extensos tapices verdes de vegetación durante muchos kilómetros. Ello no sería ningún espectáculo destacable en sí, habida cuenta que ello se produce en infinidad de costas del mundo, pero en llegando el otoño, toda la alfombra verde se convierte, como por arte de magia, en una alfombra de color rojo espectacular.

Acceso restringido al público
Allá donde se mire, el paisaje parece haber sido sometido al efecto de un filtro de color púrpura, convirtiendo la zona de marjales litorales del río Liao en un paisaje de auténtica ciencia-ficción. Y así sería si no fuera porque, además de ser real, la zona se convierte en una auténtica explosión de vida con 260 tipos de pájaros y 399 especies diferentes de otros animales, algunos de ellos amenazados de extinción.

El color verde da paso al rojo
El culpable de este intenso color rojo es una pequeña hierba crasa anual que crece en terrenos costeros, la cual es resistente a la sal de la familia de las Suaedas. Esta planta baja -de entre 10 y 50 cms- se mantiene verde durante todo su ciclo anual, pero que en otoño, procede a su florecimiento volviéndose toda ella del color púrpura característico. Las zonas lagunares, al estar colonizadas casi exclusivamente por esta especie de hierba, se tiñen de color rojo siendo un espectáculo magnífico que ocupa una vasta extensión de terreno.

Paisaje sorprendente
Por suerte, este espectáculo no está masificado como se pudiera pensar por la invasión del turismo. Ello es debido a que se encuentra se encuentra protegido como parque natural desde 1988 y salvo pequeñas zonas, está su acceso prohibido al público.

Sea como sea, la restringida zona que es apta para el turismo, nos proporciona un espectáculo natural sin parangón en todo el mundo y que vale la pena de cuidar y mantener para las generaciones venideras.

Un espectáculo natural poco alterado por el hombre

Art. Rev. 11/02/14 23.07 287 v

Webgrafía

sábado, noviembre 10, 2018

Moresnet, un pequeño país de apátridas

Mapa de Moresnet-Neutral
Los conflictos armados, a parte de una calamidad para el pueblo llano, ha propiciado en muchas ocasiones una reestructuración de las fronteras con resultados que tan solo la lógica de los perdedores o vencedores puede llegar a comprender (ver El Marco, la aldea partida por el puente fronterizo más corto del mundo). Países artificiales y enclaves o fronteras totalmente aberrantes respecto su geografía física o humana han plagado (y plagan) los mapas políticos de todo el mundo. La antigua Checoslovaquia, Yugoslavia o el más cercano para nosotros enclave de Llívia, no son más que ejemplos de esta arbitrariedad secular. Otro ejemplo fue el pequeño estado europeo de Moresnet-Neutral el cual llegó a ser el primer país oficialmente esperantista del mundo.

Punto de los 3 países (antes 4)
Moresnet-Neutral estaba situado a pocos kilómetros al oeste de Aquisgrán, en lo que es hoy la frontera entre Bélgica y Alemania, y su origen lo hemos de buscar en el Congreso de Viena habido en 1815 después de la caída de Napoleón. En este congreso, entre otras, se redefinió toda la frontera entre Prusia y los Países Bajos, pero hubo una zona, Moresnet, en que los contendientes no se pusieron de acuerdo debido a la existencia de una estratégica mina de zinc

El litigio fue tan duro (ver Olivenza, el Gibraltar español), que tras un año de negociaciones se decidió que el territorio se dividiera en tres, uno para los Países Bajos, otro para Prusia y el tercero, de 344 hectáreas, forma triangular y que contenía la mina de zinc, fue considerado terreno neutral, formando entonces el pequeño estado de Moresnet-Neutral, el cual sería gestionado por dos comisarios, uno prusiano y el otro de los Países Bajos.

Sello de Moresnet
Moresnet tenia 256 habitantes en 1816, pero el desarrollo de la producción del zinc hizo que la población ascendiera hasta los 2.572 en 1856. Tenía su propia escuela y ayuntamiento -ubicado en el edificio de la empresa que gestionaba la mina- y dado que se estipuló que fuera el derecho francés el que rigiera el territorio, la única moneda aceptada oficialmente era el franco francés

El correo era un poco más problemático, ya que en ningún caso tuvo un servicio de correos como tal, sino que cuando se tenían que enviar cartas a la zona prusiana se iban a la parte prusiana y lo depositaban en un buzón prusiano, con los sellos prusianos y viceversa cuando era para el otro lado. En el momento de recibirlas, los carteros llevaban puntualmente las cartas desde uno y otro vecino sin mayor inconveniente. No cambiaron mucho las cosas cuando en el 1830 Bélgica se independizó de los Países Bajos, si bien el comisario correspondiente pasó a ser belga y no holandés.

Bandera del pequeño estado
El hecho de vivir en una tierra de nadie, tenía sus beneficios y sus inconvenientes, claro. Como beneficio era que, como no podían tener ejército, los habitantes se libraban de facto de hacer el servicio militar, lo que hacía que muchos quintos de los alrededores se radicaran en Moresnet para escapar de la "mili". Como contrapartida era que los "neutrales", en cuanto ponían un pie fuera de sus fronteras, eran declarados oficialmente apátridas y no tenían embajadas que defendieran sus derechos. A pesar de todo esto, la vida discurría sin muchos altibajos en Moresnet-Neutral, pero todo cambió cuando a mediados de los 60 del siglo XIX, llegó para atajar un brote de cólera un médico más inquieto que la cola de una lagartija y revolucionó toda la vida social del pequeño territorio neutral: el Doctor Molly.

Doctor Wilhem Molly
Wilhem Molly (1838-1919) creó el primer servicio de Correos de Moresnet (con una emisión propia de sellos que fue abolida por los comisarios prusiano y belga en cuanto se enteraron), pero además era un esperantista acérrimo y aprovechó la circunstancia de una popularidad labrada a base de buen hacer y tarifas muy bajas para hacer de Moresnet-Neutral un estado en que el esperanto fuera oficial. Ello lo consiguió cuando en 1908, el IV Congreso Esperantista reunido en Dresde, escogió Moresnet como central mundial del Esperanto. El Dr. Molly también se encargó de la realización del himno (llamado "Amikejo" -Tierra de gran amistad-) y de proporcionar al pequeño enclave una bandera propia. Pero poco le duraría la alegría.

Tarjeta postal (1905)
En 1914, Prusia invadió el territorio, ya que en ningún momento renunció a su posesión, acabando de facto con la existencia de la neutral Moresnet, ya que al acabar la Primera Guerra Mundial (ver Henry Gunther, el último muerto de la 1ª Guerra Mundial), el Tratado de Versalles adjudicó el territorio oficialmente a Bélgica; en 1895 se habían cerrado las minas de zinc y con ellas desapareció la razón de ser del minúsculo estado europeo.

En la actualidad, a parte de un museo, aún se conservan 50 de los 60 hitos que marcaban la antigua frontera (el más conocido de los cuales, marcaba el límite de 4 estados) y algunos topónimos, quedando todo ello como recuerdo de los antiguos juegos del poder de las grandes potencias sobre el viejo continente.

Imagen habitual de un país poco habitual
Art. Rev. 24/05/12 19.18 1264 v

jueves, noviembre 08, 2018

La reina Victoria y la trascendente epidemia de hemofilia entre las casas reales europeas

La Reina Victoria de Gran Bretaña
Uno de los temas políticos que más polémica han generado en los últimos tiempos es el encaje de la monarquía dentro de las estructuras democráticas de poder modernas. Y es que eso de que alguien posea la jefatura del Estado por ser Dios gracioso, cuando una de las máximas de los Derechos Humanos es la igualdad de todos los hombres (y mujeres, no me sean puntillosos) entre sí, resulta, cuando menos, chocante. Sin embargo, las diferentes monarquías europeas, ya sean por tradición, por glamour o por imposición, han conseguido que esta figura remanente de la época en que los países eran propiedad personal de sus reyes (ver La curiosa hipoteca del emperador Carlos I de España)  se mantenga todavía en candelero. Sea como sea, uno de los argumentos que utilizan los contrarios al mantenimiento de la monarquía es que prácticamente todas las coronas europeas están emparentadas, como fruto de siglos de casorios entre familiares cercanos, con los problemas físicos que todo ello comporta. Un ejemplo de estos desórdenes, por grave y trascendente, lo produjo la Reina Victoria de Inglaterra la cual, sin saberlo, produjo una epidemia de hemofilia que acabó por afectar a varias casas reales europeas.

Cualquier herida puede ser fatal
El hecho de que cuando te haces una herida y te sale sangre, se ataje a los pocos minutos (siempre y cuando no te hayas llevado un buen corte, claro) es algo que, por normal, ya lo damos hasta por sentado. Sin embargo, este gesto automático para cualquiera, no lo es tanto para las personas que sufren de hemofilia, ya que ellas tienen un defecto en la sangre que les impide la coagulación correcta en caso de sufrir alguna herida abierta. O dicho de otra forma, que si los concursantes de Masterchef fueran hemofílicos, ya hubieran habido varios muertos, porque lo que es leve para cualquiera (un corte preparando la cebolla para el sofrito), para estos enfermos es grave, cuando no directamente mortal, debido a su imposibilidad de parar de forma natural la más mínima hemorragia.

Eduardo ¿El padre de Victoria?
La hemofilia, por tanto, es una enfermedad muy grave que pone en serio riesgo la vida de las personas, ya que nadie está libre de hacerse una herida en cualquier momento, o lo que es peor, de padecer heridas internas que no puedan ser atajadas de forma rápida y contundente. Y de la crueldad de esta afección genética recesiva que se dice que transmiten las mujeres, pero padecen los hombres, no se escapan ni las casas reales europeas, las cuales debido a estar emparentadas entre sí, además de los reinos, se han pasado los genes encargados de transmitir la hemofilia. Lo más gracioso es que, en toda familia que se produce una historia de estas, hay un “individuo cero” a partir del cual se transmite la enfermedad, y en el caso de las monarquías del Viejo Continente, se ha detectado que el tal primer individuo fue, ni más ni menos, que la Reina Victoria de Inglaterra. Lo raro del asunto es que no hay constancia de ningún afectado de hemofilia anterior a ella. ¿De dónde salió el gen entonces?

Genética de la hemofilia
Si bien hay diversos tipos de hemofilia según el factor de coagulación “estropeado” (A, B,C o D), todos tienen en común que se producen por un error genético presente en el cromosoma X de la persona. Así de esta forma, los hombres, al tener los cromosomas XY, desarrollarán la enfermedad si su cromosoma X está afectado, pero las mujeres (al ser XX), solo la desarrollarán si tienen ambos cromosomas afectados, pero no lo harán si solo uno de ellos lleva el error genético. No obstante, las mujeres que solo tienen un cromosoma X “infectado” -recordar que no es una infección, sino un fallo genético-, a pesar de no desarrollar la enfermedad, sí pueden transmitirlo a sus descendientes, y es por ello que se dice que lo padecen los hombres, pero lo transmiten las mujeres. En el caso que nos compete, la Reina Victoria, que portaba el gen de la hemofilia de clase B, no la padeció, pero sí que la transmitió... para desgracia de los herederos de las casas reales británica, prusiana, rusa y española.

Linaje de la Reina Victoria
La Reina Victoria (1819-1901), como he comentado antes, no padeció la enfermedad, pero sí que la transmitió, por lo que significa que recibió la hemofilia en herencia de sus padres. Sin embargo, no hay ningún antecedente hemofílico entre sus antepasados, por lo que... o bien Victoria padeció la mutación a lo “novo” (es decir, que se le produjo espontáneamente a ella sola) o bien su padre, el príncipe Eduardo de Kent, tenía una cornamenta que ríase usted de la feria del árbol. Ello significaría que la Reina Victoria sería bastarda por fecundación de su madre “Made in Pica en Flandes” por parte de un hemofílico. Sea como sea, la reina británica llevaba el “regalito” incluido en sus genes... ¡y vaya que si lo pasó!

Leopold, Duque de Albany
Así las cosas, de los 9 hijos que tuvo (5 chicas y 4 chicos), dos mujeres fueron transportadoras (Alicia y Beatriz) y uno de los chicos padeció la enfermedad, en concreto, el menor, Leopoldo, Duque de Albany, que murió de una caída de poca importancia, pero que le produjo hemorragias internas que acabaron por ser letales a los 30 años de edad. Evidentemente, ninguno de los tres se quedó la hemofilia para ellos y Beatriz y Alicia la armaron gorda en sus respectivos descendientes.


Princesa Alicia de Inglaterra
Alicia tuvo 7 hijos, de los cuales 3 también portaban el gen hemofílico: Irene (que se lo endilgó a dos de sus hijos, herederos de Prusia), Federico de Hesse (que se murió a los 3 años al caerse desde una ventana) y Alix, más conocida por ser la esposa del zar Nicolas II (ver Khodinka 1896, cuando hambre y postureo se unieron mortalmente), la cual traspasó la hemofilia posiblemente a dos de sus hijas y, sobre todo, a su hijo Alexei, el zarevich. Heredero real que merece un capítulo aparte, ya que al sufrir la enfermedad con toda su virulencia, cualquier golpe le producía dolorosísimas y graves hemorragias. Ello produjo que su madre Alix (más conocida como Alexandra Feodorovna) buscara refugio en la medicina de la época (los médicos atiborraban a Alexei a aspirinas, para calmarle el dolor) y en personajes oscuros como Rasputín, que consiguió mejorarlo al eliminar las aspirinas de su tratamiento -sin saberlo eliminó el efecto anticoagulante de las aspirinas-, creando una gran inestabilidad política que desembocó en la Revolución Rusa. El asesinato de toda la familia real acabó con la transmisión de la corona y, de forma colateral, del gen de la hemofilia.

Princesa Beatriz de Inglaterra
Por su parte, Beatriz, pasó su carga hemofílica a 3 de sus 5 hijos: Dos hombres, Leopoldo (muerto con 32 años durante una operación de rodilla) y Mauricio (muerto con 23 años durante la I Guerra Mundial) y la tercera, Victoria Eugenia, conocida por haberse casado con Alfonso XIII de Borbón y haber transmitido la enfermedad a dos de sus 7 retoños, más concretamente a Gonzalo (muerto con 19 años en 1934 desangrado tras un pequeño accidente de tráfico) y a Alfonso Pío, Príncipe de Asturias (muerto en 1938 con 31 años, en similares circunstancias a su hermano Gonzalo). Ningún otro hermano dio señales de padecer la enfermedad, por lo que los descendientes reales españoles de Alfonso XIII no han mostrado síntomas de hemofilia hasta hoy -Gonzalo y Alfonso eran tíos abuelos del actual Felipe VI.

Alfonso XIII y familia
En conclusión, que la consanguinidad fruto de mantener “puro” durante generaciones un estamento totalmente obsoleto y fuera de toda lógica democrática actual, curiosamente se intenta contrarrestar incorporando material genético que no tenga nada que ver con lo que le da sentido, es decir, su derecho de sangre (ver Pingelap, la isla del blanco y el negro). Sea como sea, el caso de la epidemia de hemofilia transmitida entre las familias reales europeas es un ejemplo de cómo, por mucho que haya nostálgicos que vean los beneficios de mantener una institución como la monarquía, la lógica del mestizaje tanto biológico como político y como social, dan la razón a quien la ve una carga inútil y prescindible para cualquier Estado.

La vida avanza por su mestizaje, no por su pureza.

Tengámoslo en cuenta.

Descendientes con el gen de la hemofilia de la Reina Victoria

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