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sábado, febrero 25, 2006

Hoy, cuento: El diario.

Volvía del trabajo. No había sido un día excepcionalmente duro, pero el mero hecho de tener que ir a la oficina, ya resultaba bastante agotador para alguien que no iba al trabajo por un especial deseo de realización personal.

Iba por la calle con la prisa de quien lo tiene todo hecho y se solaza en el disfrute de un camino monótono de cotidianeidad, cuando me fijé en un diario que alguien había dejado en un precario equilibrio encima de un buzón de correos. Me llamó la atención y lo cogí.

Era un diario del día de aquellos que a cambio de enterarte de que en peluquería “Piluca” te hacen unas mechas de colores muy bien de precio, te informan con cierta profusión de lo que ha pasado en tu entorno. Mi escasa melena me impedía poder aprovecharme de la oferta, pero ello no era óbice para empaparme de la información del día, aunque ya quedara poco para que el mismo acabase.

Empecé a leer ávidamente el adoptado diario mientras continuaba mi retorno a casa, no sin riesgo de comerme un farol de la calle o pisar una perdida alegría canina. Todo era interesante: los artículos de información nacional o local, la sección de deportes, las entrevistas, el horóscopo...

Me estaba empapando de información y ya casi me chorreaba, cuando levanté la vista del papel; mi vista periférica era muy buena, pero todo tenía un límite. Me paré de golpe.

¿Dónde estoy? -Me pregunté.

De primer golpe de vista no reconocía absolutamente nada de lo que me rodeaba; era una calle destartalada y vieja, el alcantarillado estaba en penosas condiciones, así como la acera, y en el ambiente se respiraba un hedor hediondo. Los árboles estaban medio muertos y los edificios eran auténticos castillos de naipes en ruinas que amenazaban con venirse abajo en cualquier momento, a pesar de lo cual, la gente seguía viviendo en ellos. Las personas que se cruzaban conmigo iban harapientas y pobres e incluso los coches que circulaban por el levantado pavimento eran unas cafeteras mecánicas con ruedas llenas de parches. Estaba estupefacto.

Una vez recompuesto un poco de la impresión, pude reconocer una serie de detalles de distribución de las cosas en la calle, que me hizo reconocer por donde iba. ¡Iba por el camino correcto!

¿Que había pasado? ¿Me hacía efecto ahora el carajillo de coñac de después de comer? Me dio un repelús.

Me estaba desplazando conforme mi rumbo habitual, pero todo estaba cambiado y, encima, para peor. Era rarísimo e inexplicable, al menos para mis entendederas. Aceleré el paso y me dirigí casi a oscuras hacia mi casa ya que la calle estaba alumbrada con una potente bombilla de cuarenta vatios cada setenta metros. Curiosamente, la fachada del Ayuntamiento se parecía al Teatro Real en día de estreno.

La vida parecía que seguía normalmente a pesar de todo. Yo, por mi parte, tenía ganas de llegar a casa y saber que pensaba mi mujer de este sindiós sin explicación aparente.

Al llegar a la puerta de la vivienda me encontré, como era costumbre diaria al coincidir nuestros horarios, al vecino que se dirigía a su trabajo. Siempre iba mal arreglado ya que trabajaba en una fabrica de encargado de mantenimiento de maquinaria pesada y, para él, no tenía gran sentido ir de esmoquin a hacer su faena diaria. Un esmoquin era justamente lo que vestía en aquel momento. Realmente, hacía un efecto raro a la vista un individuo con traje de noche y una pesada caja de herramientas metálica en el hombro.

Subí las escaleras de dos en dos por la desvencijada escalera hasta mi piso, cuya puerta me dio al tacto la consistencia de un cartón más que de una madera. Yo sabía que no era gran cosa pero, al menos, cuando me había ido por la mañana era una puerta decente. Le pregunté qué había pasado a mi mujer, que me salió a recibir con una penosa bata de guatiné, unas roídas zapatillas y un erótico conjunto de rulos y redecilla en la cabeza. ¿El mejor detalle? la colilla de “celtas” sin emboquillar que llevaba en la boca.

Nada, cariño. ¿Que va a pasar? Debes estar cansado –Me respondió-.

La cara de bobo que me debió quedar debe ser de antología, porque me hizo sentarme en el sofá, antaño cómodo y agradable y en este momento pringoso y roñoso, que crujió con ansiedad cuando me senté encima. La tele estaba encendida, pero de ser una televisión a color y bastante nueva, era un aparato viejo, en blanco y negro y con los mandos pegados con papel de celo. Estaban dando las noticias en la cadena pública nacional.

Al ratito de verlas, mi piso se convirtió en un palacio.



Curiosamente, la fachada del Ayuntamiento se parecía al Teatro Real en día de estreno.

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