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jueves, agosto 15, 2013

Un tigre, un toro y el infinito disparate humano

El toro Hurón y el tigre César
En los últimos años la fiesta de los toros ha devenido un espectáculo polémico. Por un lado, los detractores, que están convencidos de la barbaridad e inutilidad de un espectáculo sangriento y desfasado, y por otro, los defensores, los cuales se justifican en la belleza del toreo y la herencia milenaria de la misma para mantenerla en activo. Sea uno u otro, si algo no se puede negar es que el toreo es un (¿arte?) milenario, que tiene reminiscencias de las antiguas luchas de animales salvajes en los circos romanos... o si no, pregunten a los donostiarras por la que se armó, cuando en 1904 a algún iluminado se le ocurrió organizar una lucha entre un toro y un tigre de Bengala... y se escaparon.

Antigua Plaza de El Chofre
La tarde del domingo 24 de julio de 1904 se había organizado en San Sebastián, en la antigua plaza de toros de El Chofre, un programa doble consistente en una novillada seguida de una lucha entre un tigre de Bengala y un toro de lidia de las marismas del Guadalquivir. El inusitado cartel despertó una gran expectación en toda la población y, en especial, de la aburrida alta sociedad que veraneaba por aquellos entonces en la capital guipuzcoana, lo cual produjo que el coso estuviera hasta la bandera. Los reventas hicieron su agosto y todas las fuerzas vivas (entre ellos diputados, industriales, aristócratas...) ocuparon sus andanadas y palcos con una inusitada fruición; el espectáculo creo tal interés que más de 3000 personas provenientes del País Vasco francés, y numerosa prensa internacional hicieron acto de presencia. El morbo se cortaba en aquel ambiente.

Espectadores en El Chofre
En el primer acto, la novillada, consistente en la lidia de 4 toros, fue de lo más deslucida y aburrida. Al instalarse una jaula de leones del circo que ocupaba casi la mitad del redondel, los toreros no pudieron torear a gusto ya que los toros se refugiaban cerca de los burladeros y no daban facilidades. Sea como sea, el público, sediento de sangre y de emociones fuertes como estaba, lo que quería en realidad era ver la insólita lucha entre fieras salvajes, con lo cual la novillada precedente más les molestaba que atraía. Y si querían emociones fuertes, a fe cierta que las encontraron.

En llegando a la hora de la lucha del tigre -bautizado como César- y el toro de 5 años llamado Hurón, el público de la plaza de El Chofre despertó y lo convirtió en un auténtico circo romano, donde las más bajas pasiones humanas se desataron y las apuestas corrían como la pólvora. Según parece, los franceses apostaban más por los tigres y los locales más por el toro. Hurón y César entraron al jaulón acompañados del griterío de los desatados espectadores.

Jaulón en el redondel
En el primer envite, el toro ya dejó a las claras quién tenia las de ganar, al herir al tigre. Éste, acobardado, se defendió como pudo y se hizo el muerto contra la verja. El público, ávido de sangre y muerte, empezó a demostrar su descontento agriamente, ya que del espectáculo prometido, no había habido nada de nada. El presidente de la plaza, en viendo que aquello no iba por buen camino, estuvo a punto de suspender la lucha, pero la presión de un público enfervorizado que quería más, hizo que los mozos azuzaran al tigre (se dice que le tiraron cohetes) para continuar el lamentable espectáculo.

El tigre se puso de nuevo en movimiento, y el toro se arrancó a por él, embistiéndolo contra la puerta, la cual cedió con la fuerza de los animales y permitiendo que salieran a la negra arena de El Chofre. El morboso griterío del público se trocó en una explosión de histeria colectiva, habida cuenta que si bien un burladero era suficiente defensa para con un toro, un par de metros de pared no eran nada para un tigre de Bengala asustado y corneado. El caos se hizo el dueño total del coso.

Hurón arremetiendo contra César
En medio del desbarajuste y del miedo generalizado, los migueletes (cuerpo armado de la Diputación Foral de Guipúzcoa, predecesor de la Ertzaintza) encargados de la seguridad del festejo abrieron fuego total contra el tigre y el toro, sin darse cuenta que el potente fuego de sus fusiles Mauser, al impactar oblicuamente, rebotaban en el suelo y tiroteaban a los espectadores del lado contrario. Sin embargo, la fiesta no había acabado, ya que, en viéndose tiroteados, algunos de los asistentes también sacaron sus pistolas personales y repelieron el ataque. Aquello parecía la guerra; gritos, correrías, disparos, gente agazapada... el acabose.

Cuando todo pasó, el toro y el tigre habían muerto, así como al menos una persona (alguna fuente cita dos) y más de 20 personas heridas de diversa consideración por herida de bala. La noticia dio la vuelta al mundo de mano de los reporteros extranjeros (ingleses, americanos y franceses) que dieron cobertura al evento y, como no podía ser de otra forma, hablando pestes de él. Los ingenieros encargados de la seguridad de la instalación determinaron que la jaula no tenía las condiciones óptimas para un disparate como el celebrado y ello llevó a la autoridad competente a prohibir ad aeternum las luchas entre fieras destinadas al solaz del morbo de la gente. 

Aquella fue la última vez que se celebró en España una salvajada semejante, la cual acabó, como era esperado, con un baño de sangre, pero con un espectáculo penoso y vergonzante que Dante difícilmente hubiera llegado jamás ni a imaginar.


Momento de la escapada de las pobres bestias


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