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jueves, marzo 13, 2014

Las "fogosas" noches de boda de los reyes europeos

La vida sexual de los reyes europeos, tradicionalmente, si algo no ha sido es casta y discreta. Resultan vox populii los continuos amantes, escarceos, concubinas y concubinos -que de todo ha habido en la cama del Señor-, incestos, pederastias, infidelidades con cornamentas más grandes que la feria del árbol, violaciones... en fin todo un abanico de posibilidades propios de gente que, teniendo la gracia de Dios encima, hacían de sus capas y sus genitales un sayo una noche si y otra también. En estas circunstancias, lo que podría esperar el común de los mortales es que las noches de boda en los casamientos reales fueran lo más parecido que pudiera haber a la imagen de desfase de Sodoma y Gomorra (o la casa de Gran Hermano, en versión actual) dada su fogosidad bajo-ventral. Pues, aunque le parezca mentira, nada más lejos de la realidad...¿se imagina usted haciendo sus "cosillas" en medio de una plaza pública? Pues en una situación semejante se encontraban buena parte de las parejas reales en su primera noche de casados. Un auténtico papelón.

Aquello no lo calentaba nadie
Hasta bien entrado el siglo XX, los reyes, reinas, príncipes y princesas, llevaban todos entre sus pertenencias el peso de sus respectivos reinos y principados. Ello significaba de facto que los países que administraban y de los cuales eran herederos eran posesión personal suya (ver La curiosa hipoteca del Emperador) cual casa, burro o maleta propios y que, por tanto, eran una mercancía más con los que comerciar y traficar a su antojo. En esta situación, las bodas eran algo más que una simple boda por amor, por lo que los intereses económicos y de equilibrio de poder entre las familias reinantes mandaban por encima de cualquier otra consideración. ¿Casarse por amor? Que no les fueran con memeces...

Enrique IV ¿el impotente?
Así las cosas, las bodas de conveniencia entre los herederos eran simples mercadeos de tierras y siervos con el fin de aumentar el poder de los clanes reales implicados. Ello hacía que en no pocas veces, las bodas reales se hicieran entre adolescentes -o directamente niños- los cuales tenían por derecho divino -y por garrotazo de los padres- unir diversas coronas en la nueva familia que estaban formando. La firma de este contrato puramente mercantil se sellaba con la consumación del "casquete" entre los recién esposos... pero claro... tanta trascendencia tenía esta "firma" que si no se llegaba a producir, la boda podía darse por nula y echar al traste todas las expectativas de poder levantadas. Había que certificarla... y ¿qué mejor que tener testigos de la firma?

César Borgia ¿le metió 8?
Imagínese la escena, que bien podría ser de vodevil: Un par de adolescentes (diecipocos y diecimenos), que era prácticamente la primera vez que veían a su "partenaire", en una época en que hablar de sexo era sinónimo de pensión completa para la eternidad en las ollas de Pedro Botero, más inocentes que el culo de un cubo -llegar vírgenes al matrimonio era condición sine-qua-non-, situados en una cama más grande y fría que una pista de patinaje y rodeados de los morbosos ojos de sirvientes, curas y notarios ávidos de poder certificar la unión. La presión sobre el par de tortolitos era similar a tener encima un trailer de 16 ejes, de tal forma que hacer cualquier otra cosa que no fuera jugar al parchís era poco menos que imposible.

En los mejores casos, en que se respetaba mínimamente la privacidad (¿eso qué eh?) de la pareja, los notarios se esperaban fuera -esperando ver las sábanas manchadas de sangre por la virginidad de la princesa- o, lo más normal, se corría una cortina entre los testigos y ellos. Obvia decir que lo único que se corría en aquella sala era la cortina. 

Tapados hasta las cejas
La mayoría de las veces, dado que era un mero formalismo, los testigos hacían la vista la gorda y daban por buena una unión que en realidad no se había producido, atribuyendo al marido una potencia sexual más parecida a la de un búfalo que a la de una persona con el fin de dejar bien al pobre chaval, el cual ni tenía el cuerpo ni los conocimientos de qué hacer en aquel momento. No eran pocos los testimonios -sobre todo por testigos contrarios a la unión- de impotencia manifiesta que solicitaban anular la boda-contrato. Más allá de discapacidades endogámicas diversas, en semejantes circunstancias de "intimidad" -léase, intimidación-, lo más raro es que se hubiera podido llegar a "firmar" cualquier unión de reinos de esta forma durante más de mil años.

Los Reyes Católicos
Los Reyes Católicos y toda su estirpe, los Tudor ingleses, los Borgia... sea como sea, y dada las sensacionales noches de bodas que se corrieron (ejem), no es de extrañar que, cuando crecieran y aprendieran un poco de qué iba el percal, se dieran tanto ellos como ellas, todos (y digo todos) los gustazos que les pidiera el cuerpo. De esta forma el disgusto y el complejo de una primera vez absolutamente desquiciada se equilibraba con el desquiciado complejo de no darse un disgusto el resto de su vida.

Una vez pasado el tiempo de estos formalismos en la cama, tal vez por eso entendamos el porqué, hoy día, los reyes son tan campechanos...

...o no.


Si fallaban, siempre había gente que los animaban

Webgrafía

1 comentario:

Anónimo dijo...

A otros les podía la presión, Felipe V, por ejemplo o más exactamente a su primera mujer: http://elpais.com/diario/2005/09/06/catalunya/1125968842_850215.html