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viernes, marzo 13, 2015

Gran Niebla de 1952. Cuando la muerte se disfrazó de bruma

La Gran Niebla de 1952
Durante el invierno, tantas horas de mal tiempo, frío y oscuridad nos hace desear que vengan los plácidos día de la primavera y el verano. Es por esta necesidad de luz y calor que, durante los escasos días de buen tiempo que se escapan como por casualidad en mitad del frío, quien más quien menos se convierte en un auténtico panel solar viviente y buscamos el escaso calorcito que nos dan esos misérrimos rayos de sol que llegan a nuestra piel. La imagen parece idílica -y tal vez lo sea-, pero esos días calmos en que el viento se para pueden llegar a ser una auténtica pesadilla para la vida humana, sobre todo, en nuestras atiborradas ciudades. Y si no, que se lo cuenten a los londinenses, cuando, durante cuatro tranquilos días de invierno, un anticiclón fue capaz de llevarse por delante a más de 12.000 personas. Se trataba de la Gran Niebla de 1952.

Típica inversión térmica
Pocas cosas hay más bonitas que un día soleado y tranquilo de invierno, sin embargo, esto mismo es un auténtico suplicio para las grandes conurbaciones metropolitanas, ya que la gran cantidad de contaminantes que se desprenden -sobre todo del tránsito rodado- no pueden circular y se mantienen justo en el sitio donde se han producido. Esto provoca que, en una situación anticiclónica y de calma chicha, las ciudades no puedan endosar al resto del territorio la mierda que producen, quedándose en la propia ciudad y convirtiendo el aire en un auténtico potaje sucio e irrespirable. Esto ocurre hoy en día, cuando se supone (que es mucho suponer) que existen leyes restrictivas sobre las emisiones de gases contaminantes, pero imagínese lo que pudo llegar a ser en un Londres de más de 8 millones de almas sin ninguna restricción y que, encima, hacía servir masivamente el carbón como combustible. Simplemente el caos.

Isobaras el 5 de diciembre de 1952
El día 5 de diciembre de 1952 se levantó soleado y claro en Londres como efecto de un anticiclón que, centrado en el Canal de la Mancha, insuflaba aire proveniente del interior de Francia y del Golfo de Vizcaya. Este aire, debido a su trayecto marítimo, venía muy cargado de humedad, por lo que, bajando por el valle del Támesis, una niebla espesa se precipitó sobre la capital inglesa al contacto con los primeros rayos de sol. Al principio no dejaba de ser una más de tantas nieblas que han hecho famosa Londres (ver El caso de las polillas que se adaptaron a la polución humana), pero al ser invierno, esta bruma hizo descender mucho la temperatura y la gente, como es lógico, metió candela a las estufas. Craso error.

Central de Battlesea, entonces a carbón
Siete años después de finalizada la Segunda Guerra Mundial, los efectos aún se hacían sentir en la economía británica. La gente consumía carbón de baja calidad, más barato, debido a que el carbón de alta calidad producido por las minas galesas y por el que se pagaba más, se destinaba prácticamente todo a exportación. Este carbón, con mayor proporción de impurezas, generaba muchos más residuos sulfurosos y hollines, por lo que el grado de contaminación era mucho mayor. Hacía frío y, por tanto, había que calentarse, pero no solo eso, las centrales eléctricas cercanas a Londres que funcionaban también con carbón y el tráfico de automóviles también se unieron a la fiesta.

La visibilidad era casi nula
De esta forma, todos los contaminantes emitidos se sumaron a las gotas de la niebla, niebla que no podía desvanecerse porque el anticiclón generaba una calma total y una inversión térmica que impedía cualquier renovación de aire, formando una capa espesa de entre 100 y 200 metros de altura que impedía ver más allá de 500 metros. Y empezaron los problemas serios.

El sol del día 5 no pudo romper la potente niebla que se había formado por la mañana, por lo que bajo de aquella capa se formó un clima gélido fruto de la nula insolación solar que llegaba al suelo. Ello, a su vez, hizo que la gente metiera más potencia a sus calefacciones y tuviera más demanda de energía eléctrica -todo ello producido a base de la combustión del carbón- generando más residuos que se iban acumulando a ras de suelo debido a la inmovilización de las capas de aire, transformando el aire en lo que los londinenses llaman "sopa de guisantes", más conocido internacionalmente como smog (término mezcla de smoke (humo) y fog (niebla)).

Picadilly Circus a mediodía
El respirar esta mezcla letal era prácticamente imposible, y los hospitales se empezaron a llenar de afectados por dolencias respiratorias. En el exterior, en las partes más cercanas al río, la visibilidad se había ido haciendo progresivamente más difícil; primero 500 metros, después 100, hasta llegar al punto de ser prácticamente nula. La gente comentaba que no se llegaba a ver los pies, los conductores no veían ni el coche de delante estando en cola y hasta incluso se tuvieron que suspender todas las actividades al aire libre porque era como estar en plena noche, entierros incluidos. Evidentemente, el aeropuerto de Heathrow tuvo que ser cerrado porque no se veía ni la pista.

El ambiente era irrespirable
Los muertos empezaron a contarse por cientos y según comentaban los equipos de emergencia en los hospitales, los pacientes llegaban con los pulmones llenos de pus y con los labios amoratados, síntoma evidente de asfixia. Pero no solo humanos se vieron afectados, sino que se dio el caso de que el ganado del mercado de Smithfield (al noroeste de Londres) moría fruto de la contaminación comprobándose que tenía sus pulmones absolutamente negros. La niebla venenosa se metía incluso en el interior de las casas y llegaba a ensuciar la ropa interior. Un auténtico desastre.

La situación duró hasta el día 9 de diciembre en que una leve brisa desvaneció la niebla mortal, haciéndola desaparecer tan rápido como se había formado. 

Las muertes se dispararon
Se considera que hubieron más de 5.000 muertos fruto directo de la niebla tóxica y decenas de miles sufrieron problemas respiratorios de mayor o menor consideración debido a la increíble carga venenosa de aquello que alguna vez había sido aire. Y es que no era para menos.

Los científicos determinaron que durante aquellos cuatro días de diciembre se lanzaron a la atmósfera 1.000 toneladas de partículas de hollín, 2.000 toneladas de dióxido de carbono, 140 toneladas de ácido clorhídrico, 14 toneladas de compuestos fluorados, y lo que fue peor, 370 toneladas de dióxido de azufre que, en contacto con el agua de la niebla, se convirtieron en 800 toneladas de ácido sulfúrico, quedando todos ellos estancados en las primeras capas de aire del cielo londinense.

El smog invadía todo
Después de este incidente, en que se vio de primera mano el problema real de la contaminación atmosférica, las autoridades decidieron prohibir la utilización del carbón para consumo doméstico, entrando en vigor diversas leyes (City of London Act de 1954, Clean Air Acts de 1956 y 1968) encaradas a evitar este tipo de desaguisados. Con todo, los fenómenos se repitieron en años posteriores, pero jamás volvieron a ser de la intensidad y mortalidad de aquel negro episodio, marcando un antes y un después en la concienciación medioambiental de la opinión pública mundial.

La próxima vez que vea que hay restricciones de velocidad por la contaminación, tómeselas en serio. Usted mismo puede llegar a saber lo que es morir asfixiado y entre terribles sufrimientos.

...y no es un consejo de Mariscos Recio.

Gran Niebla de 1952. Cuando la muerte se disfrazó de bruma

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