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lunes, marzo 09, 2015

El sentido (y útil) entierro de la mosca de Virgilio

Requiescat In Pace
En la inmensa soledad de la cínica sociedad de hoy en día, el tener una mascota significa convivir con un ser que, la mayoría de las veces, es más querido por nosotros que las personas que nos rodean. Este hecho que, dada la misérrima calidad moral de nuestro entorno, no ha de extrañar a nadie, implica que a la muerte de este compañero -forzoso o voluntario ya queda al gusto- sus amos no duden en dedicarles unos entierros que muchas personas no pueden ni llegar a soñar. Ataúdes, incineraciones o simplemente un agujero en el jardín de casa acostumbran a ser la última morada de perros, gatos, canarios y todo tipo de fauna adlátere de los humanos, aunque no falta quien, demostrando un gran amor por sus animales y un bolsillo de poderío excepcional, decide enterrarlos en cementerios especiales o incluso dedicarles cenotafios. Tal fue el caso del poeta Virgilio, el cual, a la muerte de su mascota, tras unas exequias despampanantes, la enterró en un mausoleo construido expresamente para ella. Sólo había un inconveniente: era una mosca.

Se quieren más que a las personas
Antes, cuando hablábamos de animales domésticos, nos solíamos referir a los típicos canarios, periquitos, perros, gatos, loros o tortugas, aunque últimamente, con la proliferación de tantas especies de importación que están convirtiendo nuestros ecosistemas en una convención de la ONU faunística, la denominación "doméstica" ha pasado a admitir desde cerdos a arañas, pasando por boas constrictor y pulpos. Sea como sea, el tener una mosca como animal de compañía, por más que durante el verano te acompañen hasta el hastío, resulta extraño hasta para hoy en día. No obstante, según parece, el poeta romano Virgilio -más conocido por ser el autor de la Eneida- tenía una mosca por mascota (ver Cave Canem o la historia de un galgo muy señoritingo) y cuando le llegó el fatal momento al bicho, se sintió tan compungido por su pérdida que le dedicó un funeral por todo lo alto.

¿Una mosca como mascota?
Publio Virgilio Marón (Virgilio para los amigos hispanohablantes), poeta romano que vivió entre el año 70 a.C. y el 19 a.C., tenía una mansión en la colina Esquilina -una de las siete colinas de Roma-, y al morir su mosca, decidió erigir en sus terrenos un mausoleo donde reposarían los restos del infortunado díptero. Para ello, el poeta organizó un funeral en que más que una mosca, parecía que se enterraba un emperador.

Virgilio, inteligencia extravagante
Sacerdotes, plañideras, una banda de música de 50 personas, invitados de todo rango y condición... fueron todos parte de la comitiva fúnebre que llevaría la pequeña difunta hasta su hogar de descanso eterno. Incluso el político Cayo Mecenas -protector de Virgilio, y del cual se toma el nombre de "mecenas"- hizo un largo y emocionado elogio de la traspasada mosca. Se cuenta que en sus exequias se sirvieron los mejores manjares, corrieron los mejores vinos y que el monto total del sepelio se elevó a la nada despreciable cifra de 800.000 sestercios (moneda romana que tenía en aquella época unos 0'97 gm de plata), o lo que es lo mismo, más de 325.000 euros con la cotización de la plata de hoy en día. Nada lo del ojo y lo tenía en la mano.

Monte Esquilino en Roma
Obvia decir que el revuelo que se formó cuando la gente se enteró del despilfarro por el funeral de una simple mosca fue tremendo, pero lo que no sabían era que, más allá de honrar la figura de su inestimable (ejem) mascota doméstica, Virgilio, con aquel entierro había hecho una auténtica jugada de maestro como tan solo el talento agraciado del gran poeta latino podía llegar a concebir.

Mandaba por aquel entonces en Roma el segundo triunvirato, formado por Octavio Augusto, Marco Emilio Lépido y Marco Antonio, y una de las reformas que pretendían llevar a cabo era expropiar a los ricos terratenientes para ofrecérselas a los soldados veteranos que se jubilaban de su batallar por esas tierras de Dios. Sin embargo, había una excepción a la regla: todos los terrenos que tuvieran consideración de sagrados por tener en sus tierras tumbas o monumentos funerarios escaparían de la expropiación.

Segundo Triunvirato Romano
Virgilio, enterado de las intenciones del triunvirato gracias a filtraciones de sus contactos, preparó el paripé del entierro de la mosca antes de que entrase en vigor la ley de expropiación de los terrenos de los terratenientes. De esta forma, cuando vino a aplicarse la expropiación, sus terrenos, al acoger el mausoleo de la mosca, se habían convertido en sagrados, quedando al margen de los territorios que tenían que ser requisados para la soldadesca retirada y salvando, de esta peculiar forma, sus posesiones de la larga mano de la administración romana. Administración, por otro lado, que no puso ninguna objeción ante el hecho de que era la tumba de una vulgar mosca.

Mosaico representando a Virgilio
Aparte de la curiosidad de la historia y la inteligencia con un punto de sorna demostrada por Virgilio, la realidad es que esta anécdota parece que es una mera leyenda atribuida de forma apócrifa al poeta romano desde hace siglos, posiblemente como deformación de uno de sus poemas, "Culex" (el mosquito). Sea como sea, y viendo la tendencia a hacer domésticos hasta los escorpiones, no es de extrañar que de aquí a un tiempo las "celebrities" entierren con toda pompa y boato hasta sus propias liendres.

El problema es que no lo harán por inteligencia, sino por pura y estrambótica estulticia.

El sentido (y útil) entierro de la mosca de Virgilio
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1 comentario:

LLorenç mochales Medina dijo...

Ya en obra "Culex" ("El mosquito") Virgilio deja nota de su extraña "insctofilia". Personalmente, y siguiendo el refrán castellano que dice que "el diablo, cuando se aburre, con el rabo mata moscas", lo que indica una nula optimización del ocio, o, mejor dicho, del tedio, pienso que hubiera sido más apropiado el tema para Ovidio, pobrecito, allá desterrado en Tomis (Constanza, en los límites de la civilización) y que seguro que se aburriría mucho en el destierro añorando Roma. Pero claro, Virgilio era el niño mimado de Augusto, y no se había trajinado a su hija, entonces...