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martes, septiembre 15, 2015

El Algabeño y sus lanzas contra los rojos

Acoso y derribo
Las tradiciones taurinas son un foco constante de polémicas. Por un lado, los defensores de los animales, cada vez más numerosos y combativos, y por el otro los acérrimos defensores de estos festejos que esgrimen la tradición y la cultura como excusa para mantenerlos, aunque la mayoría de las veces simplemente encierran intereses económicos que se basan en un espectáculo morboso (ver Un tigre, un toro y el infinito disparate humano). Un claro ejemplo es el caso del Toro de la Vega, en que anualmente una horda de lanceros a caballo, y por mera diversión "tradicional", dan muerte a lanzazos a un toro -cual mamut a manos de Neandertales- desde, como mínimo, el siglo XVI. Ello, que pudiera tener su sentido hace 500 años, se ha de reconocer que no deja de ser más que una macabra salvajada en pleno siglo XXI (ver La muerte de los toros), pero las presiones de los que tienen algo (y no poco) a ganar, hacen que se mantenga a viento y marea. Personalmente, cuando veo esas imágenes, no puedo, por menos, que reafirmarme en mi pensamiento de que quién es capaz de matar a un animal, es capaz de matar a una persona, y se me vienen a la memoria casos como los de Pepe El Algabeño, torero y rejoneador de principios del siglo XX que, lanza en ristre, se dedicaba a ir por los campos andaluces acosando y derribando animales; el único inconveniente es que estos “animales” eran de dos patas, pobres jornaleros y, para más inri, rojos republicanos.

Pepe el Algabeño
José García Carranza, más conocido como Pepe el Algabeño -por haber nacido en La Algaba, Sevilla- era un torero y terrateniente al cual el toreo le venía de ser hijo y sobrino de toreros. De fama más o menos mediocre, tuvo que dedicarse al rejoneo tras ser cogido gravemente en 1929 en una corrida en Bayona (Francia). No obstante, sus convicciones ultraderechistas le llevaron a destacar en otras "faenas"...un poco menos artísticas.

Nada más producirse el 18 de julio de 1936 el golpe de estado que llevó a la Guerra Civil, Sevilla se vio envuelta en una de las más duras confrontaciones entre los sublevados y las tropas republicanas. Los nacionales, que recibían las simpatías de los ricos terratenientes y señoritos andaluces, al mando del general Queipo de Llano, se enfrentaron a las milicias republicanas, formadas casi en exclusiva por la sufrida multitud de pobres jornaleros del campo. Cabe recordar que, hasta entonces, la estructura social del campo andaluz no difería demasiado del más duro feudalismo medieval, por lo que el enfrentamiento era total.

Queipo de Llano
Queipo de Llano, con unas fuerzas mucho menores pero con el apoyo del capital humano y económico de los grandes hacendados, consiguió imponerse rápidamente en Sevilla, instaurando una brutal y sangrienta represión sobre los barrios trabajadores. Esta política de limpieza de la oposición republicana a fuego y cuchillo llevada a cabo por falangistas y legionarios, contaba también con la participación de los elementos más preeminentes de los cortijos sevillanos -entre ellos Pepe el Algabeño- los cuales, imbuidos de un total sectarismo fascista, se prestaron desde un primer momento a hacer la faena sucia al nuevo régimen y limpiar el territorio de las molestas "alimañas marxistas".

Represión fascista en Sevilla
De esta forma, se formó lo que se dio a llamar la Policía Montada de Sevilla, en que "señoritos" terratenientes a caballo seguidos por sus cuadrillas, y tras la pertinente misa, salían a los campos a dar caza a jornaleros rebeldes con sus garrochas de 3 metros y de afilada punta de acero, artilugios con los cuales se alancean los toros de lidia en campo abierto. El Algabeño, en estas lides, destacaba por su sanguinaria brutalidad y su falta total de humanidad. 

Paramilitares de "limpieza"
Hasta tal punto era cruel, que se cuenta que se jactaba de sus matanzas en público y que no dudaba en vaciar el cargador de su pistola sobre prisioneros detenidos si así lo consideraba oportuno. El colmo llegó en una de sus "razzias" en que habiendo pillado a un grupo de jornaleros con dinamita, se negó a gastar balas con ellos y, atándoles un cartucho a cada uno en la cintura, los encendió, haciéndolos volar uno a uno hasta acabar con todos. Obvia decir que Queipo de Llano -el cual llegó a prohibir el luto para que las familias no rindiesen homenaje a los más de 3.000 muertos que provocó en 5 meses- lo tenía entre sus más apreciados colaboradores.

El Algabeño murió en diciembre de 1936 en la Batalla de Lopera, donde se enfrentaba a las Brigadas Internacionales, y se le homenajeó en su sepelio ensalzando el estereotipo torero, viril y patriota, pero sin aludir -¡faltaría más!- a los execrables asesinatos cometidos entre la población civil sevillana. Propaganda de guerra obliga.

Garrochistas
Hay gente para las que la muerte de un animal no altera lo más mínimo -incluso lo ven una diversión-, pero a las que la muerte de un ser humano les repulsa, como si el ser humano fuera un ente superior que tiene más derecho a la vida que los que considera "inferiores". Sin embargo, poco pensamos que, indefensos ante un arma asesina, la única protección que tenemos es la delgada linea roja de la cordura de quien nos apunta.

Recuerde: usted no decide quién es inferior o no, sino quien tiene el arma, y el Algabeño, por su condición de torero, estaba acostumbrado a matar seres "inferiores" de más de 600 kg.

¿Cuánto pesa usted?

Animales o personas, tanto da

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