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miércoles, octubre 31, 2018

Halloween y Todos los Santos, la calabaza vacía de una tradición de ida y vuelta

Calabazas de... ¿Halloween?
Calabazas de... ¿Halloween?
Llega la festividad de Todos los Santos y, con ella, llega el gran debate de todos los años...¿castañada o Halloween? Es en esta época cuando los que tienen la cadencia a seguir la tradición de comer castañas, boniatos y panellets, se enfrentan acérrimamente contra aquellos que, dando la espalda a las costumbres de toda la vida, se disfrazan de muertos, se dedican a vaciar calabazas y, haciendo el "truco o trato", celebran Halloween como si fueran auténticos granjeros de las llanuras de Oklahoma. Personalmente siempre he tenido tendencia a seguir las tradiciones locales antes que las novedades más o menos impostadas, pero este "enfrentamiento" entre unos y otros resulta absolutamente vacío porque, cuando vemos el origen, en vez de una novedad, en realidad es una vuelta a los orígenes. ¿Que le cuesta creérselo? Sígame e intentaré aclarárselo.

Día de Muertos en México
Día de Muertos en México
El culto a los muertos es un culto que es inherente a la Humanidad misma. Desde lo más remoto de la antigüedad, el ser humano ha tenido la necesidad intrínseca de homenajear a sus seres queridos que, tras su muerte, desaparecen físicamente, pero permanecen bien vivos en la memoria de los que les sobreviven. Hindúes, chinos, japoneses, africanos, indígenas americanos, aborígenes australianos... todo el mundo tiene sus tradicionales rituales funerarios que se han seguido desde la noche de los tiempos. Europa no es una excepción y, siguiendo las tradiciones grecorromanas en las orillas del Mediterráneo o las tradiciones de las tribus centroeuropeas, todos los grupos humanos que pulularon por estos andurriales tenían sus cultos particulares a los muertos.

Todos los Santos en Polonia
Todos los Santos en Polonia
La introducción de los ritos cristianos, significó la desaparición de los ritos paganos que existían previamente en beneficio de los nuevos rituales. No obstante, el culto a los difuntos era lo suficientemente potente como para que la Iglesia no pudiera eliminarlos de un plumazo, por lo que se adaptó a ellos, y uno de los antiguos ritos relacionados con los muertos, que ni tan solo la romanización había podido substituir en buena parte de la Europa Occidental era la festividad celta del  Samhain (pronunciado "sawin").

Tradición milenaria en Stonehenge
Tradición milenaria
El Samhain que se celebraría entre el 31 de octubre y el 1 de noviembre, correspondía con el final del año celta, momento equidistante entre el equinoccio de otoño y el solsticio de invierno en que comenzaba el periodo más oscuro del año y en que toda la naturaleza "moría" hasta la llegada de la primavera. Ello hacía que esta época, en que las tareas agrícolas cesaban y en que los últimos frutos de la temporada se habían cogido (castañas, calabazas, bellotas, nabos...), se convirtiera en el momento idóneo para recordar a los muertos. Muertos cuyas almas volvían a las casas de sus familiares durante este día.

Truco o trato, pequeñas ánimas traviesas
Truco o trato, ánimas traviesas
Justo entonces, la tradición marcaba que los vivos rindieran homenaje a sus muertos vaciando calabazas o nabos, dibujándoles una cara y poniéndoles una vela dentro, representando con ellas las almas de los difuntos, así como ofreciéndoles algo de comer (de aquí la tradición de dar a comer castañas, boniatos o elaboraciones como los "panellets" o los "panes de ánimas") para que en su paseo anual por entre los vivos se encontrasen acogidos. Por su parte, en el conocido "Trick or Treat" anglosajón, los niños, representando a las ánimas de los difuntos que acuden a las casas durante la víspera de Todos los Santos, reclaman sus viandas (las golosinas) y amenazan a los vecinos con asustarlos si no lo hacen, como forma de castigo a aquellos que no tuvieran el correspondiente respeto con las almas en pena. Formas complementarias de la misma simbología.

Los misteriosos fuegos fatuos
Los misteriosos fuegos fatuos
Desde un punto de vista más científico, se piensa que la costumbre de la calabaza se relacionaría con los fuegos fatuos que se producen en los cementerios por la combustión espontánea de los gases de putrefacción (más evidentes en las épocas de menos luz solar) y que se creería que eran las almas de los finados allí enterrados. A modo de ejemplo de esta tradición, que entroncaría con las raíces celtas milenarias, hay que saber que en Galicia se mantiene esta costumbre ancestral e, incluso, en Catalunya, documentado desde finales del siglo XVIII y hasta mediados del siglo XX, se vaciaban nabos y calabazas por Todos los Santos. Una tradición que, visto lo visto, de nueva no tiene nada.

Panellets, viandas para los muertos
Panellets, viandas para los muertos
Ante la fuerza de tal creencia (tócame lo que quieras, pero no me toques los muertos) la Iglesia acabó adaptando la celebración de Todos los Santos -mártires, se entiende- al 1 de noviembre, llamándose la festividad en inglés antiguo "All Hallows' Even", nombre que, por economía lingüística, acabó contraído en "Halloween" y que, por mucho que nos suene a extraño o exótico simplemente significa "Víspera de Todos los Santos". O, como decimos en catalán, "roda el món i torna al born", es decir que la tradición que salió de Europa para llegar a América de la mano de los colonos europeos que fueron allí hace 500 años, simplemente ha vuelto -con un buen marketing, eso sí- al punto de partida.

Castañada o Magosto gallego
Castañada o Magosto gallego
En definitiva que, en una cultura que es fruto del mestizaje de musulmanes, celtas, romanos, griegos, iberos, fenicios y el sursum corda que ha pasado por aquí, preocuparnos por la supuesta "pureza" de unas u otras tradiciones, no deja de ser más que la reedición del "cuando el diablo se aburre, con el rabo espanta moscas". Y es que, cuando la tradición es siempre la misma, y lo que se homenajea es exactamente lo mismo, no tiene porqué haber ningún inconveniente en que, mientras te pones hasta el culo de panellets, salvas un alma del Purgatorio con cada castaña que te comes y brindas con moscatel por el recuerdo de los difuntos, los críos recuerden simbólicamente a los adultos sus "obligaciones" para con sus muertos y vacíen una calabaza para ponerle una vela en recuerdo a las almas de todos aquellos que nos dejaron.

El mundo interior, por más que nos parezca lo contrario, no es incompatible con el mundo exterior, sino complementario. Al fin y al cabo, la vida y la muerte, la risa y el miedo, la luz y la oscuridad, son las dos caras de la misma y misteriosa moneda que es nuestra existencia.

Carpe diem, memento mori. No hay más.

Castañera en Barcelona: tradiciones diferentes que, en el fondo, son las mismas
Tradiciones diferentes que, en el fondo, son las mismas
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lunes, octubre 29, 2018

Pickles, el perro que salvó una Copa del Mundo de fútbol

Pickles, el héroe
Pickles, el héroe
En 1966 todo el mundo miraba a Inglaterra. Las tierras británicas habían sido escogidas como la sede del Mundial de Fútbol de aquel año y tras la victoria de Brasil los dos mundiales anteriores, la expectación era máxima. Aprovechando la tirada de dicho evento, las autoridades organizaron una exposición de sellos poco habituales en la Westminster Center Hall, con la particularidad de que, entre las piezas expuestas, se presentaba el trofeo Jules Rimet, la copa de 1'8 kg de oro macizo con la que se premiaba a los ganadores. Sin embargo, un domingo por la tarde, tan preciada copa desapareció de su urna, a pesar de la vigilancia. ¡Un mundial sin copa! No se preocupen, ahí estaba Pickles para salvar al mundo.

Logo oficial del Mundial del 1966
Logo oficial del Mundial del 1966
La tarde del domingo 20 de marzo, la copa Jules Rimet había desaparecido para alegría y regocijo del comité organizador y de las propias autoridades. Aprovechando un descuido de sus vigilantes y que en el piso inferior se estaba oficiando una misa metodista, alguien sustrajo el precioso trofeo. Sin embargo, el ladrón solo se centró en la copa, la cual estaba valorada en unas 3000 libras de 1966 (unos 100.000 euros de hoy día) ignorando completamente los sellos, algunos de los cuales valían más de 3 millones de libras. A tres meses vista del acontecimiento deportivo más importante del mundo, se habían quedado sin copa y la noticia corrió como la pólvora por todo el orbe.

Scotland Yard se puso en marcha de cara a resolver el asunto y la FIFA empezó a hacer contactos para, llegado el caso, hacer una réplica con la que galardonar al campeón del mundo. Se empezó a interrogar a los vigilantes y a diversos trabajadores de mantenimiento del edificio en busca de algún sospechoso, pero más que aclarar las cosas, la complicaron. Cada uno explicaba una historia diferente y los testigos señalaban la presencia de diversas personas extrañas, cuyas descripciones no coincidían entre ellas. Estaban totalmente perdidos.

Joe Mears
Joe Mears
El lunes 21, Joe Mears, el presidente de la Federación Inglesa de Fútbol, recibió una llamada en la que un desconocido le decía que recibiría al día siguiente un paquete en las instalaciones del Chelsea, club del cual era presidente. Mears recibió finalmente en su casa el paquete, conteniendo el forro del trofeo y una nota en la que reclamaba 15.000 libras en billetes de 1 y 5 libras, y que si lo hacían recibirían aquel mismo viernes la estatuilla. Al poco rato de recibir el paquete, Mears recibió una nueva llamada de un tal "Jackson" que rectificaba, y que en vez de billetes de 1 y 5, que fueran de 5 y 10 -se conoce que veían poco manejable tanto billete pequeño-, instándolo a esperar una nueva llamada.

Réplica de la
 Copa Jules Rimet
Mears, avisó a la policía y ésta decidió que harían una entrega falsa, con una pequeña cantidad de billetes verdaderos y el resto en recortes de periódico, para de esta manera, cazar al ladrón. Joe Mears, estaba enfermo del corazón y, del disgusto, le dio un ataque de asma, lo cual hizo que a la siguiente llamada el interlocutor fuera su mujer. Su mujer pasó el teléfono a un policía en el papel de asistente de Mears, habida cuenta la imposibilidad de que el propio Mears llevara la negociación. A regañadientes consiguieron finalmente concretar la entrega con el supuesto ladrón.

En el momento de la entrega, el tal Jackson no disponía del trofeo y tras una rocambolesca acción de captura que incluía una persecución a pie por las calles de Londres -Jackson se percató de que era una encerrona-, fue detenido y reconocido como un ladronzuelo de poca monta llamado Edward Betchley. Negó que fuera él el ladrón y dijo que había actuado como intermediario de otro personaje que le había pagado 500 libras por ello. A pesar de todo el follón, seguían sin el trofeo.

Pickles y David Corbett
Pickles y David Corbett
El 27 de marzo de 1966, David Corbett, un conductor de barcazas del Támesis, y su perro Pickles, un mestizo de collie, se dirigían a la cabina de delante de su casa a hacer una llamada. En ese momento, Pickles, dió rienda suelta a su instinto canino y olió insistentemente un paquete que se encontraba oculto entre el seto de delimitación de su casa, lo cual llamó la atención de su dueño. El paquete estaba envuelto en papel de diario y atado con cuerdas y cuando David lo abrió descubrió que se trataba de la copa del mundo que había sido robada una semana atrás y que estaba en boca de todo el mundo. El trofeo había sido, finalmente, recuperado.

Pickles, una estrella mediática
Pickles, una estrella mediática
Pickles se convirtió en una celebridad en Inglaterra, protagonizando incluso una película. Su amo obtuvo unas ganancias de 6.000 libras en concepto de recompensas y, al igual que su perro, acaparó las portadas de los medios de comunicación después del hallazgo. Inglaterra, acabó llevándose el Mundial de 1966 tras ganar la final por 4 a 2 ante el equipo de la Alemania del Oeste y, en agradecimiento, se invitó a Pickles a la recepción oficial a la que se había invitado, como no, a David Corbett, su dueño.

Inglaterra, ganadora del mundial 1966
Al final se dio carpetazo al asunto del robo sin saberse quién había sido el ladrón, si bien el detenido fue encarcelado y condenado a dos años de cárcel. Desgraciadamente, Joe Mears, murió de un ataque al corazón dos semanas antes de celebrarse el Mundial, como consecuencia del estrés que había padecido durante el robo. Sin embargo, todo ello no fue óbice para que Pickles, el inesperado héroe de esta historia, celebrara la Copa del Mundo de Fútbol obtenida por Inglaterra lamiendo el plato de su amo en aquella recepción.

¿Le parece poco? ¡Pues Pickles bien movía su cola!

Pickles, recibiendo 500 libras de Gillette
Art. Rev. 07/11/13 15.29 358 v

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sábado, octubre 27, 2018

La curiosa hipoteca del emperador Carlos I de España

Carlos I, el novio hipotecado
Si hay alguna cosa que envidiamos de las altas esferas y grandes fortunas es que, a final de mes, no tienen encima de sus espaldas las pesadas y odiosas cuotas de la hipoteca. Tener dinero suficiente para no tener que padecer por llegar a pagar la incómoda mensualidad a nuestros paupérrimos bancos (nótese la ironía) es una de las grandes preocupaciones de la gente joven y no tan joven en este país. Pudiéramos pensar que un industrial, o un político, o un aristócrata no tienen este tipo de tribulaciones, pero resulta que un conocido rey español tuvo que pedir una hipoteca -cual vulgar españolito mileurista- para poderse casar. Curioso, pero cierto.

Joao III de Portugal, el cuñado
Corría el año 1525 y las arcas reales del Emperador Carlos I de España y V de Alemania, estaban más limpias que una caja de bombones en un club de mujeres. Las Cortes castellanas (ver El linchamiento del regidor Tordesillas o la brutal forma de castigar un mal político), por su parte, habían solicitado al emperador que se casase con alguna princesa española con la intención de "españolizar" un poco al monarca, habida cuenta que había nacido en Gante (Flandes, actual Bélgica), se había criado y educado en el extranjero, y la gente lo tenía prácticamente por un forastero. Todo el cúmulo de circunstancias empujó al monarca, de 25 años, a buscarse una moza casadera entre la nobleza disponible.

Isabel de Avis, la novia
Tras muchas deliberaciones y negociaciones, Carlos I decidió casarse con su prima-hermana Isabel de Avis, hermana del rey Juan III de Portugal. Y lo que más le atrajo de la aspirante a emperatriz consorte fue, además de su belleza y de sus 23 fértiles años -lo cual le aseguraba la descendencia- las 900.000 doblas de oro que aportó como dote para el casorio. La cifra no era nada desdeñable para las cuentas del monarca, ya que si tenemos en cuenta el peso en oro de dicha dote (3.6 gm de oro cada moneda) y el precio de dicho oro actualmente (33.27 € el gramo), la cantidad aportada superaría hoy en día los 107 millones de euros. La cantidad estaba la mar de bien, pero quedaba feo que la familia de la novia pusiera tanto y el novio pusiera solo la mano, por lo que a pesar de que la cosa estaba achuchadilla, el rey algo tenía que poner y tuvo que buscar financiación.

Baeza, el aval
Al final, tras negociar con los bancos de la época, consiguió aportar 300.000 doblas de oro como arras para el enlace. ¿Cómo consiguió los 36 millones de euros que, al cambio, aportó? Sencillo. Simplemente tuvo que hipotecar algunas de sus posesiones para que los banqueros le dieran la cantidad que necesitaba para poder contraer matrimonio, y estas fueron, ni más ni menos, que las tres ciudades andaluzas de Baeza, Andújar y Úbeda -con sus lugareños, edificios y monumentos, evidentemente. ¿Qué si no, puede hipotecarse un monarca? Suponemos que la noticia no haría mucha gracia a los habitantes, si bien también es muy posible que el pueblo llano jamás llegara ni a enterarse de semejantes triquiñuelas reales.

El lugar del convite
Sea como sea, el 11 de marzo de 1526 a las 12 del mediodía se celebró la boda real -con todos los fastos posibles- en el Real Alcázar de Sevilla (ver Las kilométricas uñas de los pies de Felipe V) con una ceremonia oficiada por el Arzobispo de Toledo. La historia no dice nada de qué fue lo que pasó con la hipoteca, por lo que podemos entender que el rey atendió sus compromisos sin mayor inconveniente, pero de lo que sí ha quedado constancia es de que, en España, ni los emperadores se escapan de estar entrampados con los bancos y sus siempre cómodas hipotecas.

En España, de la hipoteca no se escapa ni el Emperador.
Art. Rev. 23/4/11 18.41 1954 v

viernes, octubre 19, 2018

Pompeya año 59, la primera batalla campal entre aficiones de la Historia

Fresco de Pompeya con la batalla campal del Anfiteatro
La batalla campal de Pompeya
Más allá de los beneficios que se derivan para la salud del practicarlo, el deporte es, hoy en día, sobre todo un tremendo negocio. La capacidad que el futbol, el baloncesto o las carreras de motos tienen de atraer -y apasionar- al personal es solo equiparable a la ingente cantidad de dinero que estos espectáculos de masas son capaces de generar. Pero claro, allí donde se junta gente y pasiones enfrentadas, surgen chispas, que, a veces, prenden en forma de tumultuosos encontronazos físicos que pueden derivar en auténticas masacres (ver La Guerra del Fútbol o cuando el deporte rey fue capaz de desatar una guerra). Esto, que en principio quedaría al margen del deporte, pero que ciertos “periodistas deportivos” con pocos escrúpulos venden hasta la saciedad con imágenes en bucle y vestidas de supuesta información, podíamos pensar que ha surgido en los últimos tiempos, pero nada más lejos de la realidad. De hecho, en una fecha tan alejada como el 59 d.C. las crónicas ya nos cuentan que hubo una monumental pelotera entre aficiones, a cuenta de un espectáculo deportivo, que produjo diversos muertos. Se produjo en Pompeya y se trata de la primera noticia en la Historia de una trifulca semejante.

Anfiteatro de Pompeya
Anfiteatro de Pompeya
Pompeya es ampliamente conocida por la erupción que, en el año 79 d.C., enterró la ciudad y sus habitantes bajo varios metros de cenizas volcánicas procedentes del Vesubio. No obstante, hasta el momento de la destrucción, Pompeya era una ciudad muy populosa gracias a su puerto, que la convertía en un centro comercial de primer orden al aprovechar su relativa cercanía a la Vía Apia para distribuir mercancías ya fuera con Roma como con el sur de la península Itálica; era lo que hoy denominaríamos un “hub”. Esta situación privilegiada hacía que la ciudad estuviera equipada con todo tipo de infraestructuras, entre ellas un anfiteatro (ver La oculta ubicación del anfiteatro romano de Barcelona) con capacidad para 20.000 personas, donde se realizaban, como en todo el Imperio, las populares luchas de gladiadores.

Mosaico con gladiadores
Mosaico con gladiadores
Las luchas de gladiadores, para quien no tenga mucha idea, serían el equivalente romano de las actuales veladas de Lucha Libre (Wrestling) aunque bastante más sangrientas, ya que el morbo y la sangre siempre atraían mucho en aquella época. Ello significaba que, igual que hoy en día, los gladiadores tuvieran una gran afición que se movilizaba cuando “actuaba”, levantando pasiones entre la gente -algunos volvían locas a las mujeres como un David Bisbal cualquiera- y generando una gran expectación. No obstante, y como pasa siempre, cada público tiene sus cadencias, generando unas filias y unas fobias diferentes según los pueblos. El Real Madrid tiene sus fans irredentos, exactamente igual que el F.C. Barcelona... ¿y qué pasa cuando se enfrentan? Que forman un cóctel explosivo que salta a la más mínima.

Pollice verso (1872)
Pollice verso (1872)
Así las cosas, Livineyo Régulo, un oscuro personaje que tenía que ser una buena “pieza” ya que había sido expulsado del Senado romano (se desconoce el porqué), organizó en el anfiteatro de Pompeya un juego de gladiadores para público disfrute en el año 59 de nuestra era. Los espectáculos de gladiadores, como ya he comentado alguna vez, tenían mucho de promoción y de limpieza de la imagen personal de quien los organizaba, por lo que los emperadores y grandes personajes los utilizaban profusamente para ganarse la simpatía del pueblo. Es fácil pensar que, ante la situación de haber sido expulsado del Senado, el tal Livineyo Régulo pudiera haber organizado unos juegos para congraciarse con el populacho. La cuestión es que los juegos atrajeron un gran gentío, como acostumbraba a pasar.

Violencia latente
Violencia latente
El espectáculo, como era de esperar atrajo una gran cantidad de gente de la misma Pompeya, pero también lo hizo de Nuceria, una población distante unos 12 km de ella, pero más al interior. Hasta aquí todo normal, ya que la afición por los gladiadores trascendía lo meramente local, sin embargo, el gran problema era que ambas poblaciones no podían verse ni en pintura desde tiempos inmemoriales en que, por una causa u otra, siempre habían acabado en bandos diferentes. Obvia decir que, la pasión de las luchas de gladiadores, despertaban los bajos instintos y las altas inquinas entre los pompeyanos y los nucerinos… y aquel día se mostraron en todo su “esplendor”.

Enfrentamiento entre aficiones
Enfrentamiento entre aficiones
Cuenta el historiador Tácito que, en aquellos juegos, los encontronazos entre ambas aficiones empezaron con provocaciones de tipo verbal, es decir, que comenzaron a mentarse a la madre -o el gladiador, que para estos casos es lo mismo- lo cual encendió los ánimos de pompeyanos y nucerinos. Ánimos que, lejos de calmarse, fueron cada vez a más, liándose una batalla campal a pedrada limpia entre aficionados de uno y otro bando, hasta el punto que a la zarabanda de piedras voladoras siguieron las armas (se conoce que estaba permitidas entrarlas a aquellos espectáculos) acabando el follón con varios muertos y múltiples heridos entre los “contendientes” (ver Un tigre, un toro y el infinito disparate humano). Seguramente, los gladiadores fliparon en colores al ver que el verdadero espectáculo sangriento, en vez de en la arena, se estaba desarrollando en las gradas.

Cicerone denuncia Catilina in Senato, Cesare Maccari, 1880, Palazzo Madama
Senado romano
Según parece, los que peor salieron fueron los nucerinos, ya que eran minoría y los pompeyanos, que estaban en casa y eran más, repartían estopa con mucha más alegría y tranquilidad. Sea como fuere, la trifulca llegó a conocimiento de Nerón, el cual pasó la patata caliente a los senadores, de estos a los cónsules y, de nuevo, a los senadores, los cuales sentenciaron prohibir durante 10 años los juegos de gladiadores en el anfiteatro de Pompeya, un golpe durísimo a unos espectáculos que eran una auténtica locura para los ciudadanos del Imperio Romano. No obstante, no solo hubo castigo para los pompeyanos, sino que los organizadores de aquella “juerga flamenca”, entre ellos el promotor, el exsenador Livineyo Régulo -sobre el que seguro pesaba su mal recuerdo en el Senado-, fueron desterrados de Pompeya a perpetuidad.

Moneda con Nerón y Popea
Moneda con Nerón y Popea
Como ocurre en la actualidad con los castigos supuestamente “ejemplares” que se producen cuando se produce un altercado semejante en un campo de fútbol, el castigo no duró todo el tiempo de la condena. El propio Nerón levantó la prohibición de los “ludi gladiatorii” en Pompeya 5 años después, especulándose que Popea Sabina, la esposa de Nerón, pompeyana y con la cual se había casado poco tiempo antes, habría convencido al emperador para que levantara el castigo a sus paisanos.

Estupidez humana en estado puro
Estupidez humana en estado puro
Sea como sea, la erupción del Vesubio arrasaría con toda la ciudad años a venir, si bien ha llegado hasta la actualidad un fresco en que se retrata aquella algarada con todo lujo de detalles, posiblemente encargado por alguien para el cual aquellos hechos fueron de especial orgullo. Y es que, si bien Instagram es una cosa de nuestros días, está visto que el repartirse de hostias en los estadios, vanagloriarse de ello, y hacerse la foto para tener el recuerdo, es una de aquellas vergüenzas que, más allá de la supina estupidez que demuestra quien lo hace, no ha sido capaz de borrar de nuestro acervo ni el incansable pasar de los siglos.

Ayer, como hoy, el deporte desata pasiones
Ayer, como hoy, el deporte desata pasiones
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domingo, octubre 14, 2018

Los augustiani, los patéticos "palmeros" profesionales de Nerón

Herederos de los augustiani
Dignos herederos de los augustiani
Campaña electoral. El candidato (o candidata) del partido X está en pleno mitin en un auditorio, arropado por la militancia y con una gran cantidad de medios de comunicación; se sabe que el noticiario de la tele va a hacer una conexión en directo. Es justo en el momento en que entra en antena que, a una señal, mientras el candidato está en plena arenga, y sin comerlo ni beberlo, se produce una gran ovación: han entrado en acción los conocidos como “palmeros”, gente del partido o afines a él cuya finalidad reside en hacer de claque, es decir, a aplaudir cuando el momento lo requiera. Puede parecer algo moderno, sin embargo, esta forma de hacer “ambiente” en un entorno, el político, en que es más fácil que te caiga un tomate que no un aplauso, no es cosa de hace dos días. De hecho, el emperador romano Nerón, allá por el siglo I d.C., ya organizó un grupo de personas dedicado única y exclusivamente a aplaudirle y vitorearle, aunque no hubiera nadie proclive a hacerlo. Se trata de los augustiani.

Palmeros profesionales
Palmeros profesionales
Que los elogios son siempre más difíciles de arrancar de la gente que los reproches o el descontento es algo que, en el mundo de la farándula, se conoce bien. Es en esos momentos, en que la gente no reacciona ante un chiste demasiado inteligente o demasiado malo, que el actor o actriz de turno se encuentra como delante de la dentadura de un tiburón hambriento (ver El USS Indianapolis o el peor ataque de tiburones de la historia). Es, para evitar esos momentos incómodos, en que el fracaso atraviesa el ambiente en forma de estridente estallido silencioso, que llega el capote de la claque en forma de sonora ovación, transformando el desastre más absoluto en éxito rotundo. No obstante, una cosa es que lo haga un artista más o menos mediocre y otra, mucho más patética, que lo utilice un político como si fuera un espectáculo. Aunque, bien mirado, no deja de ser un espectáculo igual…

Nero Claudius Cæsar Augustus Germanicus
Nero Claudius Cæsar Augustus Germanicus
Sea como sea, el emperador Nerón (37 d.C.- 68 d.C.) según las crónicas de la época, reunía ambas “virtudes”, es decir, era un político malo como él solo y un artista aún más malo todavía. La gracia es que en política este problema lo arregló con el “ordeno y mando” y, en el campo artístico, como no podía obligar a la gente a que le gustasen sus versos, pues también. Así las cosas, cuando se presentaba a algún concurso, ya fuera de poesía, de canto, de interpretación o de carreras de carros, además de ganarlos todos por la gracia de Dios (a ver qué juez era el guapo que lo dejaba segundo), daba la orden de que no se fuera nadie del recinto mientras que estuviera él actuando. La mejor forma de asegurar la asistencia, vamos. Pero no tenía suficiente…

El halago, a Nerón, no le debilitaba
El halago, a Nerón, no le debilitaba
Nerón, para asegurarse una ración generosa de halagos y vítores en sus apariciones -difícilmente arrancarás aplausos sinceros si cantas peor que Arrancapinos y obligas a la gente a verte quiera o no- ordenó la creación de un grupo de aplaudidores que se dedicaría a aprender todos los tipos de ovaciones que había (las acclamatio) y que lo acompañaría en todas sus actuaciones, ya fueran artísticas como políticas. De esta manera, formó un grupo de unas 5.000 personas escogido entre melenudos y fermosos caballeros romanos -como eran de estatus superior, su opinión tenía mayor validez- los cuales se turnaban para acompañar al emperador allí donde pusiera sus imperiales posaderas.

Vistoso telón de fondo
Vistoso telón de fondo
Los augustiani, aunque algunos eran incorporados a la fuerza, cobraban por ovacionar a Nerón, por lo que eran auténticos “palmeros” profesionales (los jefes de los diferentes grupos llegaban a ganar 40.000 sestercios) que destacaban por su juventud, fuerza y gallardía en el momento de halagar los oídos del emperador. Oídos que no se cansaban de oír los continuos halagos e insistentes ovaciones a las actuaciones líricas que por lo visto perpetraba y que hacían convencer a los jueces -si no estaban ya bastante convencidos- de las virtudes de Nerón para ganar el primer premio. No obstante, no se limitaban a hacer de “claca” en los espectáculos a los que acudía, sino que también se dedicaban a seguirlo en los discursos políticos (era muy mal orador y Séneca le tenía que escribir los textos) o incluso a ir por la calle en grupos, aplaudiendo y cantando a grito pelado las excelencias del emperador para, a modo de “influencers”, así aumentar la popularidad de Nerón entre la gente.

Espontáneo gesto de alegría
Espontáneo gesto de alegría
Sea como fuere, el buen (y siempre excesivo) trabajo de los augustiani no calmó los ánimos a los militares, senadores o al mismo pueblo llano ante las arbitrariedades políticas y las excentricidades insoportables de un personaje como Nerón (ver Nerón y el trozo que le falta al Coliseo de Roma). Personaje caído en desgracia y que, aunque los “palmeros” no dejaron de acompañarle en todo momento, no pudieron evitar que los insistentes rumores de revuelta por parte de sus generales, así como de que no era un gran artista -totalmente injustificados, claro- le hicieran suicidarse en el año 68.

Un recurso contra la mediocridad
Un recurso contra la mediocridad
Nerón acabó muriendo, y con él sus augustiani, sin embargo, la costumbre de llevar “palmeros” a aplaudir en los espectáculos de dudoso éxito y a los líderes políticos que no lo merecen, quedó, trascendiendo hasta nuestros días. Unos días, los actuales, en que la mediocridad se ha vuelto la norma, los aplausos enlatados una costumbre y donde ignorantes políticos, henchidos de soberbia, con la bandera por única vestimenta y excéntricos como Nerón, necesitan sus propios augustiani (ver La Devotio Ibérica o la costumbre hispana de seguir al líder hasta la muerte) para que los aíslen de una realidad que, aunque no lo quieran ver, los aborrece profundamente.

Escultura "Die Claque" (la claque) en Schwetzingen
Escultura "Die Claque" (la claque) en Schwetzingen

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jueves, octubre 11, 2018

El apestoso y explosivo entierro de Guillermo el Conquistador

Guillermo I en el Tapiz de Bayeux
Guillermo I en el Tapiz de Bayeux
Cuando hablamos de Historia, los grandes personajes que la forman acostumbran a lucir con luz propia gracias a los relatos que han llegado hasta nosotros y que los historiadores se encargan de divulgar. Sus crónicas, sus hechos, sus conquistas…, en tanto que quienes las han escrito han tendido a ser poco críticos con el personaje, cuando no directamente interesados en la propagación de una imagen idealizada de él, han tenido propensión a olvidar ciertos “sutiles” detalles que, digamos, ensuciaban sus biografías. Uno de estos personajes ilustres es el de Guillermo el Conquistador, el cual conocemos como flamante rey de Inglaterra y por ser protagonista del famoso Tapiz de Bayeux (ver Una maravilla para admirar largamente: el Tapiz de Bayeux), siendo la imagen arquetípica del monarca medieval, cristiano y caballero. Hasta aquí, todo bien, pero…claro… cuando sabemos que gastaba una prominente barriga cervecera, que cuando murió dejaron el cuerpo abandonado en pelotas y que, cuando lo iban a enterrar, el cadáver petó como una castaña pilonga…, como que el mito se te viene abajo. Pues si tiene curiosidad en saber qué es lo que pasó, sígame un momentillo, que la historia no tiene desperdicio.

Imperio de Guillermo I
Imperio de Guillermo I
Que las relaciones entre ingleses y franceses nunca han sido demasiado buenas es un hecho histórico innegable, aunque el hecho de ver que el escudo del Reino Unido tiene un par de lemas en francés (“Honi soit qui mal y pense” y “Dieu et mon droit”) ya te habla de que hay más cosas que les unen de lo que les separa, y en este “roce” que, en vez de cariño, ha producido la rozadura, tiene mucho que ver el rey Guillermo el Conquistador. Este duque normando -ergo vikingo afrancesado- que obtuvo la corona inglesa en 1066 por follones de familia dirimidos a espadazos fue, por ejemplo, el que abrió la puerta a que el inglés tenga hoy un 40% de términos latinos (casi todos préstamos del francés) al ascender al poder a una élite normanda a la que el pueblo bajo quiso imitar. Sea como sea, y como era típico en la época, no tuvo un reinado plácido ya que eran múltiples los frentes en los que batirse en batalla para mantener el orden en los límites de su reino. Y, uno de ellos, era contra la monarquía francesa de los Capetos, en concreto su estimado enemigo Felipe I.

El momento del accidente
El momento del accidente
En 1086, Guillermo, que se llevaba a partir un piñón (nótese la ironía) con su hijo Roberto, el cual se había aliado con el rey francés en contra de su padre, se vio obligado a volver de Inglaterra al ducado de Normandía para poner las cosas en vereda, iniciando una campaña contra el condado de Vexin, condado ubicado a unos 40 km al noroeste de París. La campaña hubiera sido como otra cualquiera (ver La sangrienta batalla "light" de Bremule) si no hubiera sido por el incidente que tuvo en julio de 1087 cuando estaba asediando la villa de Mantes: en el fragor de la batalla, su caballo se encabritó al asustarse cuando pasó por unas ruinas en llamas y, aunque no cayó, se dio un golpe muy fuerte con el pomo de la silla de montar. El golpe, en sí, tampoco hubiera tenido demasiada consecuencia, pero Guillermo era un fan del buen yantar, estaba obeso (hasta el punto que lo comparaban con una embarazada) y el golpe se multiplicó, produciéndole una rotura del intestino que acabó por derivar en una dolorosísima peritonitis.

Mantes-La-Jolie
Mantes-La-Jolie
Ante tal situación, se retiró al priorato de Saint Gervais, a las afueras de Rouen, para cuidarse de su mal, pero las limitadas capacidades sanitarias del momento a lo único que le llevaron fue a que la infección se extendiera, llenando sus intestinos de pus, y a una larga agonía que duró durante 5 eternas semanas. Finalmente, el día 9 de septiembre de 1087, con 59 años, moría el rey Guillermo I el Conquistador… ¿y se cree que le dieron honores reales? Pues se equivoca. Guillermo no es que fuera excesivamente popular (tenía cierta tendencia a ordenar cortar miembros como convincente forma de castigo) y los sirvientes, en el momento en que murió, lo que vieron fue la oportunidad perfecta para desplumarlo y llevarse todo lo que de valor pudieran sacar de él: arrasaron con todo lo que pillaron, dejando el cuerpo abandonado y medio desnudo tirado por el suelo de la casa. El final que Guillermo, sin duda, siempre había deseado.

Lápida donde estuvo el priorato en Rouen
Lápida donde estuvo el priorato
El rey había dejado orden de ser enterrado en la Abadía de los Hombres, en Caen, fundado por el propio Guillermo, pero con la desbandada de los sirvientes era evidente que nadie iba a empezar los trámites de su entierro. Trámites que asumió como propios un caballero poco pudiente llamado Herluin, que descubrió el cadáver del rey y que se encargó de mandar arreglarlo (a lo barato, que no tenía el bolsillo para muchas alegrías) y de enviarlo a Caen. El único inconveniente es que estaban a unos 125 km de su destino y el camino se tenía que hacer en barca por el Sena y camino de carro. Finales de verano, un largo trayecto y el cadáver lleno de pus, no presagiaban nada bueno.

Abbaye aux Homes en Caen
Abbaye aux Homes en Caen
En llegando a Caen, cuando fueron a enterrarlo en el mausoleo preparado para el caso, se encontraron con la oposición frontal de un afectado por la expropiación de las tierras que ocupaba la abadía, el cual se negó en redondo a permitir que el rey (aquí vemos su popularidad) fuera enterrado en aquel lugar. Al final, lo consiguieron convencer a base de pagarle el equivalente a 60 chelines, pero cuando ya parecía que podían enterrarlo, se produjo un fuego en Caen y, ante la urgencia (recordar que, un fuego sin control, podía significar la destrucción de la ciudad entera), sirvientes y monjes salieron a la carrera a ayudar a apagarlo. El cuerpo de Guillermo, una vez más, quedó en espera de entierro.

Estatua de Guillermo I en Falaise
Estatua de Guillermo I en Falaise
Cuando, al final, se pudieron poner manos a la obra, los monjes encargados de oficiar el funeral se encontraron con una sorpresa… ¡el cadáver no cogía dentro del sepulcro labrado en mármol! El rey Guillermo era alto (1,78 m) y obeso, pero la infección primero y el pasar tantos días desde su muerte después -si no fueron semanas, que las crónicas no determinan las fechas-, habían hinchado el cuerpo hasta el punto que no cabía dentro de su tumba. ¿Qué hacer entonces? Pues el iluminado de turno lo tuvo claro… ¡Apretémoslo y que entre de todas formas! Y, sin encomendarse a ningún santo, así lo hicieron.

Tumba de Guillermo I (s.XIX)
Tumba de Guillermo I (s.XIX)
Justo en el momento en que forzaban al malogrado Guillermo a meterse donde no cabía, el abdomen del cadáver explotó como un globo. El pus, la carne en descomposición y el contenido putrefacto de los intestinos salieron expulsados de golpe, duchando con generosidad y alevosía a todos aquellos que estaban en aquel momento oficiando el sepelio (ver La chapuza épica de la voladura de una ballena putrefacta). De inmediato, la atmósfera de la iglesia se llenó de una peste a corrompido que tiraba para atrás, “perfume” que no consiguieron minimizar ni encendiendo todos los incensarios de que disponían en aquel momento. Obvia decir que, después del real estallido, la ceremonia corpore insepulto acabó a toda prisa. Unas prisas inversamente proporcionales a las prisas que, en su momento, no habían tenido para enterrarlo.

Del cadáver de Guillermo el Conquistador, en la actualidad, no quedan más que un fémur y la mandíbula, los cuales son los únicos restos que han sobrevivido a las diversas profanaciones, desplazamientos y reconstrucciones que ha padecido la tumba durante estos más de 900 años pasados desde su entierro. Una muestra más de que, una vez que morimos, no somos nada (ver El extraño entierro a trozos de Don Juan de Austria) y que, lo realmente incorruptible de nosotros, nuestro patrimonio real, es la memoria de lo que hayamos sido capaces de dejar para las siguientes generaciones.

Imagen idealizada de Guillermo el Conquistador (s. XIX)
Imagen idealizada de Guillermo el Conquistador (s. XIX)

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