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lunes, agosto 30, 2010

De vuelta.

Después de unos días de asueto en la Costa Brava, disfrutando al máximo de estos días tan perfectos para el veraneo -incluso demasiado, debido al calor sahariano y al sol a espuertas recibido-, ya hemos vuelto a nuestra jaulita de cemento, asfalto y mala leche que es la ciudad, a disfrutar de su "gratificante" cotidianidad y de su disarmónico caos diario.

La verdad es que quisiera volver con buen rollo y optimismo a la rutina diaria, pero si algo intento ser es objetivo y realista (por ello un tanto pesimista), y solamente los ignorantes o los que no tienen opción de contrastar estados anteriores con posteriores pueden sentirse contentos de volver a la impersonal gris mole de tochos y coches que es la metrópoli. Total, que volveremos a tomarlo exactamente donde lo dejamos allí por el 17 de agosto, aunque con un poco más de barba.

Sin embargo, ayer, en el programa Redes de Eduard Punset, este político-científico me hizo un poco más sabio, y un poco más alegre si cabe: no todo está perdido. Existen unas neuronas, las llamadas neuronas espejo, que se encargan de hacernos empatizar con todo nuestro entorno y actuar en consecuencia. Según este descubrimiento, resulta que cuando recordamos o vemos a otros sufrir o alegrarse, nuestro cerebro activa las neuronas exactamente igual que quien lo está experimentando en primera persona. Curioso cuando menos.

Es por la actividad de estas neuronas que somos capaces de disfrutar con una buena lectura, padecer con el sufrimiento ajeno o alegrarnos con su alegría. Curiosamente, el recuerdo de algo también nos activa las mismas neuronas que si lo estuviéramos experimentando. Es por ello que, si se encuentran algo "depres" por volver de las vacaciones, recuerden los mejores momentos que hayan podido vivir en los últimos tiempos y les será una magnífica terapia. El cerebro no encuentra diferencia entre lo recordado y lo experimentado.

Yo voy a hacerlo inmediatamente.

Un refrescante mojito virtual... ¡mmmm!

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