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sábado, febrero 19, 2011

La pútrida avalancha de Can Clos.

La montaña de Montjuïc, en Barcelona, es mundialmente conocida por las Olimpiadas de 1992, al acoger gran parte de las instalaciones deportivas que participaron en dicho evento. También es conocida por ser un gran pulmón verde de la ciudad y porque acoge ferias de importancia mundial (Mobile Word Congress, por ejemplo) o la Fuente Mágica. Sin embargo, esta imagen idílica y lúdica de la montaña, dista mucho de la que tenían los habitantes de la barriada de Can Clos en 1971 cuando una avalancha de mierda -literalmente- casi destruye el barrio.

En la noche del 5 al 6 de diciembre de 1971, después de unos días de lluvias intensas, los cielos se abrieron dejando caer 196 litros por metro cuadrado en la capital catalana. La caída de tanta agua sobre mojado en una época, la franquista, en que la ciudad no estaba preparada para tales desmanes de la naturaleza produjo daños importantes en infraestructuras tales como el puente de Molins de Rei, tratado en un post anterior. Inundaciones de bajos, desbordamiento de ríos, rieras y cloacas provocaron el caos en Barcelona y la saturación de los servicios de urgencia de toda el área metropolitana. Pero no solo se desbordaron las rieras.

En la montaña de Montjuïc, unos años atrás se empezaron a aprovechar los agujeros dejados por las canteras que extraían la preciada piedra arenisca amarilla con la que se construyeron infinidad de edificios históricos de la ciudad, como improvisados vertederos donde hacer desaparecer los residuos que generaba Barcelona. Miles de camiones encaraban cada día desde la Zona Franca el área que ocupa hoy la llamada Anella Olímpica -la zona donde años a venir se construirán edificios tan emblemáticos como el Palau Sant Jordi, la torre de comunicaciones de Calatrava o las instalaciones de la INEF- abocando su pestilente carga en las antiguas canteras, contaminando el aire de la Ciudad Condal y los acuíferos de Montjuïc. Una de esas canteras, ubicada aproximadamente donde hoy se encuentra el campo de béisbol Pérez de Rozas, recibió de lleno el embate de la tormenta.


Los residuos depositados en aquella cantera -que no estaba aún colmatada- absorbieron el agua de los días anteriores, pero ya no pudieron absorber los casi 200 litros caídos en aquella noche, rompiendo tras una fuerte explosión debida a los gases de fermentación el débil dique de protección y provocando un alud de detritos, lodos y aguas negras que bajaron por la vertiente sur de Montjuïc, arrasando todo lo que encontraba a su paso, en este caso el humilde barrio de Can Clos. La avalancha pútrida dejó una treintena de familias sin casa, cortó el agua, la luz, arrasó coches, mobiliario urbano y sumió la barriada bajo una capa de mierda de hasta medio metro de altura. Una auténtica alegría a puertas de Navidad, vamos.

A pesar de la dictadura, la cual no dejó que trascendiera el incidente, el barrio se puso en pie de guerra y unas 200 personas pidiendo soluciones, bloquearon el acceso de cientos de camiones a las canteras, los cuales, a pesar de la desgracia, continuaban accediendo a la zona para descargar las más de 2000 toneladas diarias de basuras que Barcelona generaba en 1971. La policía, concejales y el mismísimo alcalde Porcioles, se personaron en Can Clos ante las protestas del vecindario, arrancándole el compromiso de cerrar los vertederos en menos de un mes, cosa la cual no iba a cumplirse hasta la entrada en funcionamiento del vertedero del Garraf en 1974.

Montjuic se movió durante buena parte del siglo XX entre el barraquismo más mísero, el olvido gubernamental más ignominioso y la degradación más absoluta, y este episodio significó el principio del fin del estado tan lamentable de la montaña. El cierre de los vertederos, el fin de las barracas, la lucha vecinal, la llegada de la Democracia y las Olimpiadas del 92, permitieron que este antiguo islote ahora unido a tierra volviera a tomar, esta vez con propiedad, el nombre que había perdido durante la dura época de Franco: la Montaña Mágica.

La realidad actual esconde historias muy amargas.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Buen artículo! :-)

Saludos