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jueves, septiembre 05, 2013

Les Gorges de la Fou, el cañón más estrecho del mundo

El agua es uno de los elementos moldeadores de la corteza terrestre más potentes que existen, ya que a su paso no resiste ni la más alta ni dura montaña. A su paso, el terreno se esculpe tomando formas caprichosas y bellas, ya sea en forma de anchos valles, creando meandros o deltas. Sin embargo, pocas cosas atraen más poderosamente la atención del visitante que los profundos y estrechos cañones que el agua ha realizado en la roca tal y como un cuchillo corta la mantequilla.Ya hace un tiempo dediqué un artículo al bello y peligroso Antelope Canyon, pero... ¿conocía que el cañón más estrecho del mundo lo tenemos en Catalunya? Efectivamente, son las llamadas Gorges de la Fou y se encuentran en la Catalunya Nord, a un paso de la frontera franco-española.

Menos de 1 metro de ancho
En plenos Pirineos, en la comarca norcatalana del Vallespir, entre las poblaciones de Prats de Molló y Arles de Tec y a escasos 30 kilómetros del punto fronterizo del Coll d'Ares, nos encontramos con un gran cartel que invita a visitar esta auténtica maravilla de la naturaleza. Visita que, con total seguridad, no dejará indiferente a quien decida hacerla.

El río Ribera de la Fou
Las Gorges de la Fou (topónimo catalán que significa "gargantas del precipicio") han sido excavadas en la roca caliza por el pequeño río truchero de la Ribera de la Fou, creando un estrechísimo congosto de 1739 metros de longitud de paredes verticales de más de 200 metros de altura y con la particularidad de tener en muchos de sus tramos menos de 1 metro de anchura. Si padece claustrofobia, piénselo dos veces antes de entrar, ya que a lo angosto del paso -es obligatorio el uso de casco de protección- hay que añadir tramos en que la caída de grandes rocas ha formado estrechas grutas al encajarse entre las paredes, creando, eso sí, un espectáculo natural de primer orden.

Paseo espectacular
Para permitir el acceso al turismo, se ha instalado una pasarela metálica que recorre 1487 metros de este hermosísimo cañón y que hace aún más impactante la visita, ya que el aire fresco (14-18 grados) que a veces con fuerza circula por el estrecho paso, junto con el retumbante bramido de la caída de las aguas a nuestros pies y las paredes verticales que difícilmente dejan pasar la luz del día, crean un ambiente que pone el vello de punta y a los más sensibles nos puede provocar un síndrome de Stendhal (ver El síndrome de Stendhal o el empacho por sobredosis de belleza).

La gruta de los trabucaires
Este cañón, si bien es conocido desde la antigüedad, no fue explorado en su totalidad hasta principios del siglo XX (1928 más concretamente) debido a que la tradición popular vincula el lugar con la presencia de brujas y seres fantasmales, lo cual, junto a la dificultad de acceso, fue freno suficiente para que la gente no se acercase lo más mínimo. Justamente este tabú supersticioso fue aprovechado durante el siglo XVIII y XIX por los bandoleros (llamados "trabucaires" en la zona) que utilizaban el cañón como refugio para escapar de los migueletes tras cometer sus fechorías, añadiendo un plus de misterio e inquietud a la garganta.

"Canicas" caídas del acantilado
La visita a las Gorges de la Fou, por la cual se hace pagar un peaje -actualmente 9.50€ per cápita-, dura entre una hora y media y dos horas, remontando el curso del río y superando con algunos tramos de escaleras, un desnivel de unos 150 metros. Existen teléfonos de emergencias y sitios de refugio cada 500 metros, por lo que la seguridad parece garantizada, si bien no pasa desapercibida la gran malla que cubre gran parte del recorrido para minimizar los riesgos de caída de piedras desde lo alto del acantilado. Piedras, alguna de varios kilos, que se acumulan sobre nuestras cabezas en algunos tramos en recordatorio de que la naturaleza sigue su trabajo erosivo sin importarle quién está debajo.

Tramo más ancho de la garganta
Esta maravilla kárstica situada en las estribaciones del mágico macizo del Canigó, es una de las mejores excursiones que se pueden hacer por la zona de los Pirineos Orientales, sintiendo en primera persona la fuerza y la energía que desprende una naturaleza, que si bien puede ser controlada por el hombre, jamás llegará a ser dominada.


200 metros de paredes verticales nos contemplan

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