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miércoles, febrero 12, 2014

¡Muera la libertad!... y no era una broma

La libertad personal es uno de aquellos derechos fundamentales del ser humano que, por obvios, no debiera de ser conculcado bajo ninguna circunstancia ni situación. En este ámbito, hoy en día nos podemos echar las manos a la cabeza por la deriva reaccionaria que parece haber emprendido la sociedad española, con leyes como la del aborto o la de la Justicia Universal, con las cuales se retrocede a situaciones que no se veía desde la época del franquismo. Sin embargo nada de todo esto aparece porqué sí, y si revisamos en los viejos archivos de la Historia resulta que, hace 200 años, en España, la gente gritaba por las calles "¡Muera la libertad! ¡Vivan las cadenas!"... y no era guasa.

Napoleón Bonaparte
Efectivamente, esta proclama que podría parecer sacada de un folletín satírico fue ampliamente vociferada por el pueblo de Madrid cuando el 13 de mayo de 1814, Fernando VII volvía de su "cautiverio" en Francia después de ser liberado por Napoleón, de quien fue "prisionero" desde 1808. Y pongo lo de "cautiverio" entre comillas porque convendrán conmigo que un cautiverio en un castillo francés, en el cual te dejan organizar fiestas y recepciones, percibes una renta anual, tienes una extensa biblioteca y te permiten ir de caza y de pesca con todos tus fieles sirvientes, de cautiverio al uso tiene más bien poco.

Valençay, prisión de vacaciones
Napoleón, que lo retenía en contra de su voluntad en las cercanías de Valençay, a unos 300 km de París, se vio obligado a liberarlo debido a la caída en desgracia de su imperio, restituyendo a Fernando VII en el trono español, con todos los territorios y privilegios de antes de 1808. Este cautiverio hizo crear el mote de "El Deseado" al rey español, debido a la retención contra su voluntad en tierra francesa y la voluntad del pueblo de que su legítimo soberano volviera a España. El hecho de que, habida cuenta la correspondencia que ha trascendido, Fernando VII fuera pelota y servil para con Napoleón hasta extremos que hacían avergonzar al propio emperador francés, no tenía demasiada importancia.

Cortes de Cádiz
Durante la guerra de Independencia, al desaparecer la figura del rey, la sociedad civil se organizó de forma autónoma a espaldas del invasor francés, formando las Cortes de Cádiz, y aprobando la constitución liberal de 1812, "La Pepa". Esta constitución significó romper con el régimen prácticamente feudal que se mantenía por la monarquía y aristocracia, modernizando las estructuras estatales con división de poderes, derecho a voto y supresión de los privilegios de la Iglesia y la aristocracia. Evidentemente, a los seguidores a ultranza de Fernando VII, si bien formaban parte de las Cortes, no les hizo ninguna gracia, pero la situación de guerra y de minoría les hizo "achantar la mui"... que diría un castizo. A pesar de ello, no les faltó valor para que los 69 diputados fans de "El Deseado" publicaran un manifiesto en que pedían la vuelta al absolutismo y el fin de las Cortes de Cádiz... a pesar de tener uno de los suyos presidiéndolas. Y es que eso de la igualdad, la libertad y esas zarandajas propias de liberales irreverentes, no tenían mucha tirada entre quienes la situación anterior de poder ya les venía bien.

Fernando VII
Al retornar Fernando VII a España, las Cortes dejaron de tener el control efectivo del poder político, por lo que los absolutistas -al ser los más influyentes ante el rey- lo convencieron de derogar todo lo hecho por los liberales, y volver a la situación feudal que había antes de su marcha. Obvia decir que, Fernando VII tampoco tenía muchas ganas de perder poder en pos de unos derechos humanos y una justicia en la cual ni creía, ni le interesaba, por lo que promulgó la nulidad de la Constitución de Cádiz, de las Cortes y el retorno de la Inquisición (ver Cayetano Ripoll, el catalán que fue la última víctima de la Inquisición) y del diezmo, entre otras reformas encaradas a restituir el antiguo poder oligárquico.

Portada de la Constitución de 1812
Los absolutistas, viéndose los amos de la situación, decidieron hacer limpieza de liberales de todas las instituciones con el beneplácito de Fernando VII, ocupando todos los puestos de poder de Madrid antes de la entrada del monarca. Por su parte, los campesinos habían perdido el "privilegio" feudal del usufructo de la tierra cultivada, por lo que vieron en el retorno de "El Deseado" un retorno a la situación anterior que ya les estaba bien. Definitivamente, en este país otra cosa, no, pero miedo al cambio...

Derogando "La Pepa"
En esta situación, Fernando VII encaró su entrada a Madrid en loor de multitud. En un momento dado, los madrileños, como posesos absorbidos por su locura -y habida cuenta la erradicación de la posible oposición por parte de las nuevas autoridades- se lanzaron a la comitiva, y al grito de "¡Muera la libertad! ¡Vivan las cadenas!" sorprendentemente quitaron los caballos y se pusieron a tirar ellos del coche real. De esta forma "celebraban" el final de la dominación francesa, el regreso del monarca legítimo y el retorno a los usos que tanto les interesaba... aunque ello significara volver a unos tiempos prácticamente medievales

Manifiesto absolutista
Sin embargo, la oligarquía aristocrática era de todo menos tonta y al retornar al antiguo régimen sólo lo hizo con aquellas cosas en que le beneficiaba, lo que significó que los campesinos pasaron a ser meros asalariados sin ningún "privilegio" al no ser recuperadas las mínimas prebendas que les interesaba. Ello hizo que, tiempo después, parte del campesinado descontento por el "poco" (desde su punto de vista) absolutismo que demostraba Fernando VII, se volviera aún más reaccionario y alimentara las filas del Carlismo.

Sea como sea, la rivalidad entre los modernizadores y los reaccionarios estaba servida. Se sentaban de esta forma las bases de una competición fratricida que ha acabado por marcar la vida social y política española de los 200 años posteriores.

De aquellos fuegos, estas cenizas. Para que luego digan que la Historia no tiene interés.



¡Sí, hombre! ¡Y qué más! (debió pensar Fernando VII)

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