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viernes, marzo 28, 2014

La trágica semana en que las momias bailaron con los obreros

Momias profanadas
Una de las imágenes que más han trascendido de la Semana Trágica de Barcelona de 1909, es aquella foto en la que se ve la ciudad llena de columnas de humo procedentes de las iglesias y conventos que se quemaron, en un momento de radicalismo anticlerical, durante aquel episodio revolucionario. Este episodio implicó una dura represión del ejército y las fuerzas del orden sobre la población barcelonesa, comportando fusilamientos sumarísimos de cabecillas y personajes destacados de aquella revuelta. Sin embargo, no todos lo eran, y uno de los sentenciados a muerte, un joven disminuido psíquico, lo fue por algo tan poco habitual como... marcarse unos pasos de baile con la momia de una monja. Increíble, pero cierto.

La Ciudad Quemada
En 1909, el ambiente que se respiraba en la Ciudad Condal era de todo menos pacífico y alegre. Las durísimas condiciones de trabajo de las industrias de la ciudad, las más duras condiciones de vida de las familias obreras humildes, la losa moral de una represiva Iglesia ultraconservadora y una política que utilizaba el pucherazo como forma de gobierno, hacían de la capital catalana una auténtica olla a presión sin válvulas de escape.

Tropas custodiando las obras
En este contexto "calentito", el descubrimiento de minas de plomo argentífero a un paso de Melilla un par de años antes hizo pensar al gobierno en hacer un ferrocarril para transportar el valioso metal. Los habitantes de la zona, hartos de la colonización española, dijeron que de eso nada y atacaron las obras de la vía férrea, arrasando y dejando en evidencia a unos chapuceros militares españoles. El gobierno de Maura, presionado por los intereses del Conde de Romanones -propietario de las minas- decidió aplacar a los marroquíes a base de llevar ejército a mansalva, movilizando a unos 12.000 reservistas de Madrid, Campo de Gibraltar y Catalunya pero (¡oh, casualidad!) solo fueron obligados a embarcar los catalanes. Fue la espoleta que detonó la bomba.

Trincheras en las calles de Barcelona
Para más inri, si se querían salvar de ir a la guerra, los soldados -en buena parte, únicas fuentes económicas de sus familias- tenían que pagar 6000 reales (1500 pesetas), un sueldo impensable para un obrero que ganaba entre 3 y 5 pesetas al día, de tal forma que solo irían a la guerra los pobres. Ello provocó una oleada de movilizaciones populares en contra, la cual se acabó por radicalizar cuando llegaron noticias de que habían muerto más de 300 soldados en las escaramuzas, la mayoría embarcados en Barcelona la semana anterior.

Quema de conventos
La huelga general convocada para el 26 de julio de 1909 acabó por derivar en una violencia extrema durante toda la semana siguiente, con trincheras en medio de las calles, francotiradores en las ventanas, el ejército a cañonazos por las calles de Barcelona, formando un caos generalizado que inundó prácticamente toda Catalunya. Los que se llevaron la peor parte fueron las iglesias, conventos, curas y monjas que fueron el chivo expiatorio de toda la indignación, habida cuenta su connivencia con el poder y su nula implicación con las injusticias que sufría el pueblo llano, al cual simplemente recetaban resignación cristiana a granel.

Espectáculo macabro
La locura de la violencia desenfrenada llevó a la quema de iglesias, conventos y todo lo que olía a religión. Los curas y monjas, si bien fueron en gran parte respetados -algunos cayeron por su oposición a los asaltantes- fueron fruto de mofa, befa y escarnio público, despertando en no pocos casos la pena de la gente, habiéndose dado el caso de prostitutas ayudando a huir a monjas exclaustradas. En medio de esta vorágine de odio y violencia anticlerical, algunas tumbas de religiosas fueron profanadas, descubriendo cuerpos atados de pies y manos que fueron interpretados erróneamente (recordar que el 50% de la población barcelonesa era analfabeta) como que habían sido enterradas vivas y contra su voluntad. Fue tirar gasolina sobre una fogata.

Momias de monjas
Se empezaron a abrir tumbas a diestro y siniestro, mostrando en público las momias de las y los religiosos enterrados que supuestamente mostraban las barbaridades cometidas por la Iglesia, desconocedores como eran de los ritos funerarios de la institución para con los suyos. Las momias, en sorprendente estado de conservación para los profanadores, se mostraban -cual muestrario de escobas- por las calles de Barcelona, lo cual se sumaba a la humillación general anticlerical.

Ramon Clemente
Así las cosas, un joven disminuido psíquico de unos 20 años llamado Ramón Clemente García, mozo de una carbonería de la calle de Roig, no tuvo una mejor idea que ponerse a bailar irreverentemente con la momia recién desenterrada del convento de las Jerónimas de la calle Sant Antoni. El hecho, fruto del paroxismo antirreligioso que envolvía la ciudad durante aquellas fechas, no resultó ajeno a los ojos de algún vecino poco amigo de la lucha obrera, el cual, una vez controlada la situación por el ejército, no dudó en denunciar al insolente mozo. Detenido y sometido a consejo de guerra por un tribunal militar, y pese a su discapacidad, fue condenado a muerte y fusilado el día 4 de octubre de 1909 en el castillo de Montjuïc.

Todo acabó por volver a la normalidad manu militari, pero la represión brutal de unas fuerzas del orden que daban cobertura a un gobierno corrupto y caciquil, junto a la represión moral ejercitada por una Iglesia que encontró cobijo tras la fuerza militar, no cicatrizaron la herida, sino que, tiempo a venir, serían desgraciadamente el caldo de cultivo de hechos similares acaecidos durante la Guerra Civil.

De aquellos fuegos, estas cenizas. Vale la pena reflexionar al respecto.

La conflictividad social explotó en forma de anticlericalismo

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