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martes, junio 03, 2014

Moragues, 12 años de humillación, 300 años de recuerdo

Busto de Moragues en Sort
La caída del sitio de Barcelona en septiembre de 1714 ante las tropas de Felipe V es algo que no se puede negar que ha quedado profundamente clavado en el acerbo catalán. El empeño puesto por buena parte de la población catalana en la defensa del bando austracista en la Guerra de Sucesión, y la posterior posguerra marcaron a fuego una época, las cenizas de la cual aún se pueden observar hoy en día. Sea como sea, perder una guerra nunca es plato de buen gusto de nadie, por lo que el hecho de la derrota ya puede ser suficiente humillación, sobre todo si el bando ganador se recrea generosamente en este hecho. Sin embargo, en el caso del 1714 y Barcelona, y aunque pueda extrañar a más de a uno, no es raro que tal derrota haya trascendido 300 años ya que eso fue lo que pretendió Felipe V. O si no, que se lo pregunten a la mujer del General Moragues.

Jaula en St. Hilari Sacalm
Josep Moragues, nacido en Sant Hilari de Sacalm (el pueblo de la Font Vella) en 1669 era el heredero de una familia de agricultores más o menos acomodados el cual se encontró luchando contra los franceses repetidamente, debido a que el ejército gabacho, por aquel entonces estaba más tiempo "de visita turística" por Catalunya que por sus propios territorios, y las razzias a los labradores catalanes eran el pan de cada día. Ya un tiempo atrás, la corona francesa se había apropiado del Rosellón gracias al Tratado de los Pirineos, pero por ellos, no habrían hecho ascos a anexionarse hasta el Ebro. Y en esas estaban.

Moragues, ante tal perspectiva, desarrolló una "ligera" (ejem) inquina contra los franceses, que cuando llegó la Guerra de Sucesión, le llevó a oponerse a muerte contra Felipe V ya que, además de otras gracias, tenía el apoyo incondicional de Francia y sus ejércitos. Sabiendo lo que había luchado contra los franceses, su adscripción en esta nueva guerra estaba más que clara desde un primer momento.

Castellciutat
Su determinación y liderazgo le hizo tomar el mando de numerosos grupos armados, ya que sus tropas hostigaban con mucha eficacia a las tropas borbónicas, sobre todo en la Catalunya Central y en el Pirineo. Ello le llevó a ser nombrado, primero coronel y posteriormente general, encargado de la defensa del enclave estratégico del castillo de Castellciutat, en la Seu d'Urgell, ya que desde aquí se controlaba el acceso de las tropas francesas hacia el interior de Catalunya. Las amistades, entre los borbónicos, obvia decir que las tenia a capazos.

Castillo de Cardona
Pero en 1713, los aliados ingleses y austriacos dan la espalda a los defensores catalanes (ver El Tratado de Utrecht o cuando la Historia pasó por Hospitalet) y Moragues se ve obligado a rendir Castellciutat, retirándose a Sort a descansar del batallar. No obstante, el cuerpo "le pedía marcha" y, en mayo de 1714, decidió volver a la carga, esta vez, encargándose de la Catalunya central, donde desde el castillo de Cardona, se hostigaba a las tropas felipistas para aliviar en lo posible el sitio de Barcelona. Pero Barcelona acabó cayendo y, a la semana, también lo hizo Cardona, con él y su familia dentro.

Sitio de Barcelona
Moragues volvió a retirarse a Sort, pero al poco tiempo recibió una misiva real que lo instaba a ir a Barcelona, pero oliéndose que nada bueno le esperaba, decidió ir a Barcelona, pero para pillar el primer barco que fuera a Mallorca, que entonces aún no había caído en poder de Felipe V (ver Nova Barcelona, el exilio de los vencidos el 11 de septiembre de 1714). Escondido en Montjuïc, fue traicionado y preso el 22 de marzo de 1715 por las tropas borbónicas, las cuales le tenían ciertas ganas: Felipe V estaba deseoso de cogerlo para darle "las gracias" por todo lo "vivido" juntos... ¡y vaya si se las dio!

El 27 de marzo de 1715, el General Josep Moragues, descalzo y vestido con camisa de penitente, negándosele cualquier honor ni rango militar, fue enganchado a un caballo siendo arrastrado vivo por las calles de Barcelona. Moragues estaba visto como un auténtico héroe por la población barcelonesa, por lo que el mero hecho de verlo tratado así ya era bastante impactante. Pero no iba a acabar aquí.

Portal de Mar (1852)
Tratado como un maleante de la peor calaña, Moragues fue llevado al patíbulo, donde se le degolló y se descuartizó en cuatro cuartos como si fuera un pollo, separándosele la cabeza, la cual, para escarnio de toda la población, y para recordar a los barceloneses a quién debían rendir pleitesía, fue puesta dentro de una jaula y colgada en medio de una de las puertas de más tránsito de la ciudad: el Portal de Mar.

El espectáculo no debía de ser muy agradable, la verdad sea dicha, ya que todo el mundo que saliera o entrase por aquella puerta (recordar que Barcelona estaba totalmente amurallada) se topaba con la cabeza de un muerto. Pero es que no estuvo ni un día, ni una semana, ni un mes... sino que se estuvo en esa ubicación durante la friolera de 12 años. Realmente, quien pretendiera olvidar lo que había pasado años atrás, lo tenía francamente difícil.

Retrato de Moragues
De nada sirvieron las insistentes súplicas de su mujer para que se restituyera el honor de la familia (incluso fue repetidamente encarcelada por la justicia borbónica con cualquier excusa) y no fue hasta que el embajador del emperador Carlos intercedió -haciéndose mucho el pesado- en la corte de Felipe V, que desde Madrid, finalmente se accedió a descolgar semejante macabro adorno de la puerta de acceso a la ciudad.

Felipe V al revés (Xàtiva)
Felipe V, haciendo gala de un revanchismo sin límites, hizo escarnio, mofa y befa de los perdedores, lo cual, posiblemente fuera lo que hiciera más daño. Se destruyó uno de los barrios más densamente habitados de la ciudad para construir una fortificación -la Ciudadela- que vigilara de cerca la rebelde Barcelona, con el inri de que los propios desalojados se tenían que destruir sus casas. Se desarmó la población, se le prohibió usar su lengua, se le restringió el uso de un solo cuchillo de cocina por casa -atado, por si acaso- e incluso las tradicionales casacas de los Consellers, símbolo de su rango, hizo que fueran vestidas por los porteros del ayuntamiento. De oreja, rabo y vuelta al ruedo.

En definitiva, que Felipe V, tras vencer la Guerra de Sucesión quiso que a los catalanes, como castigo ejemplar, no se les olvidara quién era el que mandaba en esta tierra y realmente lo hizo a la perfección. 300 años más tarde, su -infausto- recuerdo está perfectamente vivo.

No quiso que se olvidara, y lo consiguió
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