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martes, septiembre 30, 2014

El macabro juicio a un papa muerto... y presente

El papa Formoso
Ahora que la "legalidad" parece tener un hueco en las primeras páginas de la actualidad diaria, me viene a la mente uno de los episodios más lamentables y vergonzosos que ha pasado nunca el papado y, por extensión, la cristiandad entera. Invocando la legalidad vigente en el Vaticano en su momento, el papa Esteban VI (¿o era VII?) no dudó en juzgar a un papa anterior -el papa Formoso- por un asunto de corrupción, por lo que se le hizo estar presente en el juicio y se le asignó un defensor de oficio. Hasta aquí, pudiera ser considerado todo normal, pero claro... cuando resulta que el acusado había muerto 9 meses antes, la cosa cambia bastante... y, como le puede dar en la nariz, a peor.

A finales del siglo IX, la labor de los papas no puede decirse que fuera exactamente plácida ni sencilla. En aquella época, el Imperio Carolingio era lo más parecido a un reino de taifas que podía existir y estaba dividido entre diversos pretendientes que, dominando cada uno diferentes partes del antiguo imperio de Carlomagno, no dudaban en presionar al papa de turno para que les coronase como emperador, habida cuenta que tan sólo el visto bueno del sumo pontífice daba validez al emperador de turno.

Formoso, pero con mejor pinta
Siguiendo estas premisas, los papas tenían que hacer auténticos encajes de bolillos entre las opciones que más interesaban a su papado, las tendencias familiares y las encerronas diplomáticas de los diversos contendientes. Ello implicaba que, por ejemplo, entre el 866 y el 872, el papa Nicolás I enviara a Formoso -entonces cardenal obispo de Porto (localidad cercana a Roma)- a diversas misiones en Bulgaria y Francia para calmar los ánimos búlgaros y convencer al rey de los Francos de ser el siguiente emperador del Imperio en detrimento de otros pretendientes. Y tan bien lo hizo que se ganó el cariño de los búlgaros y convenció a Carlos el Calvo, para ser coronado emperador. No obstante, todo se iba a complicar.

A la muerte de Nicolás I en 872, Formoso fue nominado como "papable", pero finalmente no fue agraciado con la "lotería" papal, sino que salió elegido Juan VIII. Este nuevo papa lo tenía entreojillo en tanto que había sido competidor suyo, tenía cierta reputación de buen hacer y, sobre todo, desde que se había opuesto a que Carlos el Calvo fuera también coronado rey de Italia, tal y como pretendía Juan VIII. Formoso, y una parte importante de Roma, preferían la opción germánica de Arnulfo de Carintia. Todo era cuestión de gustos.

Carlos el Calvo
En 875, Juan VIII se salió con la suya, y ante la llegada de Carlos el Calvo para su coronación, Formoso se arremangó las sayas y salió pies-para-qué-os-quiero de Roma junto a otros activistas del bando de Arnulfo, lo cual fue aprovechado por Juan VIII para excomulgarlo y acusarlo de corrupción, conspiración... y hasta de la muerte de Manolete. La excomunión le duró hasta el 883, en que el nuevo papa Marino I lo rehabilitó y lo restituyó en los cargos que tenía anteriormente. Pero si algo tenía aquella época, era que los papas duraban menos que un caramelo en la puerta de un colegio y en el 891, tras dos pontífices más -a parte de Marino- le tocó a Formoso, finalmente, ser papa.

Arnulfo de Carintia
A pesar del (poco) tiempo pasado, las rencillas entre los bandos "germanófilo" y "francófilo" seguían plenamente vigentes y ante el jaque -mate, claro- que los francófilos pusieron a Formoso para forzarlo a coronar como emperador a Lamberto de Spoleto, Formoso contestó llamando a su amigo Arnulfo de Carintia el cual se presentó con sus tropas en Roma para desbancar a Lamberto. En 896, Arnulfo vence a Lamberto y Formoso lo nombra emperador. Sin embargo, en abril de aquel mismo año, Formoso muere con 80 años, y  pocos meses después Arnulfo se ve obligado a retirarse a sus dominios bávaros por haber sufrido un ictus en una batalla contra Lamberto. Todo vuelve a cambiar.

Esta situación inesperada permite al bando de Lamberto poner al frente del papado a uno de los suyos, Bonifacio VI, pero como les dura 15 días -contados-, instauran después a Esteban VI, el cual coronará a Lamberto de Spoleto (¡qué casualidad!) como Emperador.

El papa Esteban VI (o VII)
De esta forma, presionado por la facción lambertiana, y aprovechando sus facultades papales, Esteban VI -o VII, hay confusión entre los autores por el numeral- , a principios de 897, convocó un sínodo (una junta de obispos, vamos) en que se juzgaría el papado de Formoso, pero con la macabra novedad de que el mismísimo papa muerto nueve meses antes, estaría en persona ante el auditorio. El llamado Sínodo Cadavérico había dado comienzo.

Para ello, se desenterró el cadáver de Formoso, y así, a medio corromper -se supone que no debía oler exactamente a jazmín-, se vistió con sus trajes papales y se le sentó en un trono en medio de la sala. Eso sí, para que pudiera defenderse equitativamente, se le asignó un joven diácono que tenía el papelón de hacer las veces de abogado defensor... siempre que le dejara  Esteban VI, que para eso era el que organizaba el sarao, y era el que llevaba la voz cantante. Formoso, todo sea el decirlo, iba a presentar poca batalla.

Espacio carolingio en 898

El lamentable espectáculo en que se convirtió el sínodo, en que Esteban VI sacó sapos y culebras por la boca en contra del cadavérico Formoso, acabó con la sentencia de culpabilidad por perjurio, conspiración, violación de las leyes canónicas e incluso de actuar como obispo cuando era un simple seglar, comportando como castigo la anulación de su elección como papa y todos los nombramientos que había hecho el cadáver presente en vida -el del emperador rival, incluido.


Pero el tétrico y revanchista juicio no acabó aquí. Finalmente, a los despojos de Formoso se le rasgaron las vestiduras papales, se le cortaron los tres dedos con que bendecía y se le enterró en una fosa común, pero tan solo como paso previo a ser lanzado al río Tiber, donde fue encontrado por un monje que, piadosamente, guardó el cadáver. No obstante, el "Synodus Horrenda" acabó por ser un boomerang mortal para el propio Esteban VI.

Basílica de San Pedro
Durante el sínodo, corrió el rumor de que el cuerpo de Formoso, una vez desenterrado había producido milagros, lo que, junto al infame trato del cadáver, hizo que el pueblo de Roma se revolucionase en contra del Papa Esteban VI. El populacho, lleno de ira, depuso al papa y lo encarceló, donde murió estrangulado en agosto de 897. El nuevo papa (Teodoro II) a finales de 897 rehabilitó la memoria de Formoso y ordenó que fuera enterrado en la Basílica de San Pedro con vestimentas papales. La faena fue acabada por el papa Juan IX en 898, ya que el anterior papa había durado tan solo 20 días, confirmando la nulidad del Sínodo del Cadáver y prohibiendo que se pudiera hacer nuevos juicios a personas muertas.

Sergio III
Sea como fuere, en 904,- y tras 2 papas más tras Juan IX- accede al papado Sergio III, antiguo obispo presente en el infausto sínodo y anti-formosiano irredento, el cual anuló los edictos de rehabilitación de los dos papas anteriores pro-formosianos e intentó rehabilitar la memoria de Esteban VI.  Por suerte, Formoso no dio más tumbos después de muerto y, a pesar de las idas y venidas de las facciones papales, el pobre hombre pudo finalmente reposar en paz hasta el día de hoy, no sin antes haber sido protagonista involuntario de uno de los episodios más lúgubres y deplorables que han trascendido de la historia vaticana.


La tétrica farsa del Sínodo Cadavérico

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