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lunes, septiembre 15, 2014

La intolerancia a la lactosa: cuando la solución se vuelve un problema

Vaso de leche
Quien más quien menos conoce a alguien -si no es que lo vive en propias carnes- a quien la leche le sienta como un auténtico tiro. Desde aquel (o aquella) a quien no le acaba de sentar demasiado bien pero la toma normalmente, a aquel al cual tomar un vaso de leche y salir pitando para el lavabo es todo uno, la población mundial presenta toda una serie de problemáticas fisiológicas al respecto de la toma de la leche, las cuales, si pensamos que somos mamíferos y nos alimentamos de leche en nuestros primeros estadios, la lógica nos dicta que no debieran existir. Sin embargo, existen, y cada vez hay más constancia de estas reacciones adversas, pero... si la leche es tan buena para el cuerpo como nos venden ¿cómo puede ser que haya tanta gente a la que le siente mal? Una adaptación evolutiva que no todo el mundo tiene parece estar detrás de este desaguisado lácteo.

Somos mamíferos hasta de adultos
Aficiones "mamíferas" de los varones adultos aparte, que el hombre es un animal mamífero es algo fuera de toda duda. La necesidad de alimentarnos de la leche materna durante los primeros meses de vida nos incluye en el mismo grupo que el resto de mamíferos, los cuales, igualmente, amamantan a sus crías con leche proporcionada por sus madres. No obstante, a diferencia del resto de mamíferos los cuales dejan de tomar leche al llegar a una cierta edad, el ser humano continua tomando leche en la edad adulta, y aunque sea un alimento muy nutritivo y sano, en no pocas personas esta leche es de difícil digestión, cuando no directamente indigesta... para desgracia de las empresas lecheras, evidentemente.

Solo beben hasta el destete
La leche, formada por un 87% de agua y un 13% de proteínas, grasas y azúcares diversos (del cual, el más importante es la lactosa) es perfectamente digerida por las crías de los mamíferos -niños incluidos- gracias a la existencia de una enzima, la lactasa, en su sistema digestivo. Esta enzima permite romper las grandes moléculas de lactosa de la leche, transformándolas en otras sustancias más pequeñas y digeribles que aportan gran cantidad de energía a las criaturas. Ello les permite un gran desarrollo en sus primeras fases de vida hasta el momento del destete, a partir del cual, todos los mamíferos dejan de tomar leche, menos el hombre.

Una costumbre peligrosa
En el ser humano, por el contrario, tras llegar al destete, su sistema digestivo continúa generando lactasa, por lo que puede seguir transformando las moléculas de lactosa y obteniendo energía de ellas aún en edad adulta. Esto es en teoría, porque, en realidad, resulta que no todo el mundo dispone de esta enzima -generando todo tipo de problemas digestivos- y, además, no todas las poblaciones humanas se ven afectadas de la misma forma: el 98% de los chinos no toleran la leche, mientras que el 90% de los suecos y daneses la toleran perfectamente. ¿Qué está pasando aquí?

Los simios infantiles toman leche
Tras estudiar la distribución de los afectados por intolerancia a la lactosa a nivel mundial, se llegó a la conclusión de que una mutación genética, surgida en el centro de Europa hará unos 10.000 años, había hecho que una serie de individuos pudieran digerir correctamente la lactosa pudiendo aprovechar este recurso alimenticio que estaba fuera del alcance de quien no disponía dicha mutación.

La leche, recurso de supervivencia
Ello implicaba que, en época de hambrunas, las personas que no fueran capaces de alimentarse de la leche del ganado morían, mientras que las que sí pudieran fueran capaces de sobrevivir y reproducirse, marcando ésta mutación la diferencia entre la vida y la muerte. Ello explicaría el hecho de que en la misma Europa, los países nórdicos sean muy lecheros, mientras que los del sur -sin llegar a los extremos de los chinos- no sean tan tolerantes (España, por ejemplo, el 50% de la población es intolerante).

Mapa de intolerancia láctea
El mapa mundial de tolerantes de la leche, por tanto, seguiría la mezcla genética de estos primeros portadores europeos y el desarrollo del pastoreo, pero los científicos se dieron cuenta que al sur de Sudán, Tanzania y Kenia (ver ¿Le apetece una hamburguesa de mosquitos?), las etnias tutsi y fulani también toleraban la lactosa, pero que no tenía nada que ver con el gen europeo -se había desarrollado 3000 años más tarde- y estaba también ligada al desarrollo y expansión de la ganadería. 

Sequías, ganado y mutaciones
En este caso, se llegó a la conclusión que las sequías habían forzado a que los pueblos de pastores del sureste africano aprovecharan la disposición de leche de sus ganados como fuente de agua. De esta forma, los individuos que habían desarrollado una mutación que les permitía digerir la leche, se verían beneficiados de disponer tanto de un aporte de líquido como nutritivo, ya que quién no lo tuviera además de no poder hidratarse, podría morir por diarreas provocadas por la intolerancia a la lactosa. La genética había utilizado dos caminos independientes en épocas diferentes para llegar al mismo sitio.

La leche puede ser indigesta
En definitiva, al contrario de lo que la industria lechera ha repetido desde siempre, la leche no es tan buena para todo y para todo el mundo. Si usted encuentra que la leche no le sienta bien, no haga el tonto y no la consuma, por mucho que la costumbre y el peso del marketing lechero se la intente endiñar, ya que es posible que usted, como buen mamífero adulto, no esté diseñado para digerirla. Yo, por suerte, sí puedo hacerlo.

Algo bueno tenía que tener ser rubio y con ojos verdes ¿no?

Los lácteos, una solución para unos y un problema para otros



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